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12 Culpas que la maternidad podría hacernos sentir sin razón (y una que sí es completamente nuestra)

Cuando supe que sería mamá, la felicidad más grande que jamás sentí se mezcló con mis nervios, e inevitablemente un temor igual de grande también se hizo presente; y es que ser madre es una de las pocas responsabilidades en las que vas a ciegas, enfrentando retos y obteniendo satisfacciones. Puede sentirse como estar en un bosque desconocido sin saber si llevas las herramientas para enfrentar cualquier situación. No sabes si estás haciéndolo bien o mal, solo lo haces, y también aprendes en el camino. Pero en esa incertidumbre aparecen sensaciones y sentimientos que, aunque puedan estar fundamentados en lo emocional, no lo están en la razón.

Genial.guru cree tanto en tu labor que quiere hacerte ver lo bien que estás haciéndolo. Por eso, enlistó algunas situaciones que tu pequeño ha vivido o vivirá y que probablemente te hagan sentir culpable, aunque en realidad no sea así.

1. Sus primeras fiebres

Cuando se enfrenta a sus primeras fiebres, puedes preocuparte mucho y pensar que debiste abrigarlo más o quizá un poco menos. Pero para tu decimosexta vez lidiando con las enfermedades (no es cierto, antes), entenderás que no es tu culpa y que no importa cuánto amor y protección le des (porque sabemos que se lo das a manos llenas en cada oportunidad que puedes, cuando llora y también cuando sonríe), tarde o temprano la fiebre llegará. Y seguirás preocupándote por que su debut en la vida sea menos aterrador con tu amor y tus cuidados, con o sin fiebre, porque enfermarse es inevitable.

2. Cuando pierde peso

Uno de los raros consejos que recibes como mamá es el de mantener al bebé gordito, “porque estar rellenito es sinónimo de buena salud”. Así, mientras va aumentando su peso mes a mes, te sientes una mamá orgullosa de ti y también de él, porque cada vez que lo alimentas sabes que se aferra con muchas ganas y amor a la vida, y, de paso, también a ti.

Pero, por el contrario, si pierde 50 g, en automático parece ser tu culpa por no alimentarlo bien. Con el tiempo te darás cuenta de que los bebés suelen duplicar su peso en las primeras semanas y luego ese proceso se detiene. Los vaivenes no determinan para nada tu desempeño como mamá, ya que suceden según su crecimiento, y este sí es señal de que estás haciéndolo espectacular.

3. El día en que retiras la lactancia

Antes de que tu hijo llegue al mundo a alegrarte la vida, te informas mucho sobre todo lo que tiene que ver con bebés; lees y escuchas que no hay mejor alimento para él que la leche materna. Bueno, esto es cierto. Así que, cuando el pequeño llega, sientes que tu excelencia maternal se medirá con qué tanto mantengas la lactancia, porque quieres lo mejor para él desde el primero hasta el último instante.

Pero llega un día, ese que quizá él tampoco quería que llegara, cuando la lactancia debe parar. No importa el motivo, inevitablemente sucede. Y no sabes si estás haciendo lo correcto, porque ambos la pasan mal, pero sí, estás haciéndolo bien, porque así debe ser. Así que apláudete por el tiempo en que pudiste hacerlo, haya sido mucho o poco.

4. Separarte de él

No importa cuánto necesites liberarte de la carga de la maternidad; aunque sea por un ratito, siempre duele, y no es para menos. Estás acostumbrada a tener compañía hasta cuando tienes que ir al baño. Tampoco importa el motivo; llega el día en que deben separarse, y mientras te despides, ves en su rostro angustiado su necesidad de ti, de tu amor. Y entonces piensas que eres la peor madre por atreverte a separarlo de ti, incluso si esa razón es el inicio de su vida escolar u otras responsabilidades como el trabajo.

Lo que no consideras, y deberías de, es que se trata de otro de esos momentos que tarde o temprano suceden. No te irás para siempre, y tu pequeño se adaptará y volverá a sonreír si está en un lugar seguro. Después, ambos pasarán del “felices” al “muy felices” en el momento del reencuentro.

5. Cuando se lastima

Cuando tu pequeño se lastima o se cae, llega a tu mente el duro cuestionamiento hacia ti misma sobre la imposibilidad de quererlo tanto y no poderle evitar ni el dolor de una caída. Y no solo tú, ya que las personas que quieren a tu hijo también podrían culparte por no estar pendiente de él. No saben, y a ti se te olvida, que en sus primeras noches no dormías por cuidar algo tan simple como su respiración. Desconocen, y a ti se te olvida, que ese pequeño no quiere a nadie más de lo que te quiere a ti, por tu amor, tus atenciones y por la seguridad que solo tú le inspiras y le das. Debes recordar que ni con toda la atención del mundo podrás evitar las caídas. Son aprendizajes y habrá más, literalmente y en sentido figurado.

6. Sus rabietas o berrinches

Un día parece que estás haciendo un buen trabajo porque ves a tu pequeño feliz, sonriendo, siendo amable hasta con los animales; y de un momento a otro, sientes que todo está mal, porque te das cuenta de que tu niño se deja llevar por el primer capricho que se le cruza en el camino y la mente. Y decirle que no lo lleva a sentir furia, y en el choque, estalla en una rabieta... seguramente fue tanto amor y mimos que le diste.

Pero pronto te darás cuenta de que es algo pasajero y que, mientras pasa, tu hijo está haciendo más que ser caprichoso: él está aprendiendo, está comprendiendo que tiene autonomía y voluntad, está identificando sus emociones y entendiendo que éstas también pasan, está reconociendo que puede querer y no querer. Estos son aprendizajes esenciales para sus otras etapas de la vida. Así que tu amor y mimos no lo arruinan, lo fortifican.

7. Cuando pelea con otros niños o no quiere compartir

Quizá te sientes juzgada por otras personas cuando tu hijo hace algo que no está bien visto, como pelear con otro niño por cualquier desacuerdo o no querer compartir sus juguetes. Esas personas solo pueden ver a un pequeño siendo malcriado, pero tú quizá veas una desilusión en ti misma, porque crees que no estás inculcándole valores como el respeto o la empatía.

Solo te hace falta mirarlo con los ojitos para los que eres siempre cariño e inspiración. Él ve tu autonomía y quiere ser igual de independiente, te ve tomar decisiones todo el tiempo y quiere hacer lo mismo; siempre sabes lo que quieres y él desea tener esa misma seguridad; te ve ser empática y quiere intentarlo; pero no es sencillo, porque, por un lado, le pides que respete lo que no es suyo, pero, por otro, lo obligas a no decir nada si alguien no respeta lo que a él le pertenece. ¿Puedes verlo? Está aprendiendo bien, pero algunas cosas le resultan confusas todavía.

8. Los accidentes de baño

Una de las etapas que más incertidumbre provocan es cuando llega el momento de enseñarle a ir al baño. Y sí, lees todos esos consejos en Internet que te dicen que tengas cuidado con el entrenamiento, porque puedes provocar una especie de trauma. Así que, cuando crees que lo superaron y le diste cientos de abrazos y besos porque avisó, el proceso vuelve al principio, y entonces piensas que quizá fue por tu pérdida de paciencia cuando tuviste que lavar su ropita por milésima vez.

Más pronto que tarde, te darás cuenta de que todo eso es parte del proceso y de que ambos están haciéndolo excelentemente bien; tanto que desearás que vuelva a usar pañal un día, en el automóvil, en medio del tráfico, cuando sus imprudentes ganas de ir al baño no tengan dónde desahogarse.

9. Todas y cada una de las veces en que te hace perder la paciencia

En ocasiones te cuesta trabajo diferenciar lo que es el amor sin límites y lo que es la paciencia ilimitada. El primero lo tienes, sin duda; la segunda, definitivamente no, y no debes pensar que porque la paciencia se agota significa en automático que te falta amor o aprender a amar. Pasas por alto que no eres la reencarnación de la paciencia infinita, y tu pequeño tampoco es un angelito desbordando siempre bondad, aunque lo parezca y en ocasiones te convenza. Ambos son humanos que van por ahí errando, aprendiendo, corrigiendo; y los límites son necesarios para que tu labor de educar y enseñar se cumpla, incluso si la paciencia se ve afectada en el camino.

10. No poder darle todo lo que te gustaría o quisieras

Hay momentos en la vida en los que la economía no está a tu favor. Suele suceder cuando quieres comprar aquel biberón con tecnología anticólicos, o cuando tu pequeño desea el juguete con el que otro niño está jugando y simplemente lo ve con antojo, sin exigírtelo. Pasa incluso cuando tanto amor te hace creer que lo merece todo, porque su rostro cuando le das algo que anhela no tiene precio.

Pero en el fondo sabes que está bien no dárselo todo, porque lo educa en una posición en la que aprende a valorar aún más lo que tiene, y lo que no tiene, aprende (y aprendes) que no lo necesita realmente, porque él es capaz de hacer un mundo con tan solo una caja. Y si hay algo que necesita, seguro que estás haciendo lo posible para que no le falte, y eso es suficiente para apreciar tu esfuerzo y la dedicación que le pones al difícil trabajo de ser madre, o padre.

11. Reírte de sus pequeñas desgracias

Con el tiempo, aprendes a medir las situaciones verdaderas de riesgo, pero cuando éste no está llamando a la puerta y a tu pequeño le ocurren sucesos que a él no le agradan tanto, aunados a su inocencia y su ternura natural e innata, todo resulta absolutamente más simpático y gracioso de lo normal, y te sorprendes a ti misma riéndote de lo que a él le desagrada. Parece cruel, pero si lo vemos de otro modo, él aprende de tu mano que la vida se disfruta y que las cosas malas pasan de un llanto a una carcajada sin aviso. Además, en ambas situaciones, tú estarás ahí para él, para consolar, reír y disfrutar.

12. Apoyarte en tu hijo mayor para cuidar al pequeño

Ser mamá es complicado y nunca se acaba una vez que lo inicias; por ello es comprensible que en ocasiones te sorprendas a ti misma apoyándote en el hermanito mayor para cuidar o atender al pequeño. Siempre se trata de cosas sencillas que puede hacer sin dificultad, pero aun así te sientes culpable por delegar tus responsabilidades a un pequeño a quien crees interrumpir su infancia.

Lo cierto es que les has regalado a ambos una compañía con tal conexión que jamás se comparará con ninguna otra, que seguirá creciendo y se mantendrá fuerte incluso cuando ya no estés con ellos. Además, al educar desde el amor, como sabemos que lo haces, los hermanos hacen suya la idea de estar ahí para el otro hasta para cubrir sus travesuras. También comprenden lo que es el cuidado y la protección por el más vulnerable, algo que luego podrán reproducir con cualquiera que lo necesite.

Bono: Aunque sí, hay algo de lo que sí eres culpable

¿Puedes recordar lo que sentiste la primera vez que tuviste entre tus brazos a esa pequeña vida que habías creado? Seguro no hay instante que alguna vez se le acerque a tanta emoción, y de ese momento y de esa sensación sí eres completamente culpable. También lo eres de dar un amor incondicional tan grande que tu imaginación jamás fue capaz de concebirlo, y eres muy culpable de ser tan valiente y andar por el escabroso camino de la maternidad sin estar segura de lo que falta por enfrentar.

¿Cuál de estas situaciones te sucede más a menudo? ¿Crees que nos faltó mencionar alguna?

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