Por qué a veces es más fácil criar a un hijo sola que junto con un padre

Hemos crecido escuchando los cuentos de hadas que terminan con un final feliz en forma de boda. Pero, por alguna razón, no nos dicen qué ocurre después de la boda. Aparentemente, se supone que debe continuar una desenfrenada felicidad. Sin embargo, no todos los que se encuentran en un matrimonio son exclusivamente felices y positivos. Algunos escogen el camino de la soledad.

Genial.guru piensa que hay muchas mujeres como la protagonista de este artículo. Y posiblemente muchas de nuestras lectoras se sientan identificadas con sus pensamientos.

Me llamo Elena, tengo 34 años, soy madre de una pequeña hija y estoy divorciada. No porque mi esposo me haya dejado, sino porque yo así lo decidí.

Mi mamá siempre me dijo: “Todas las muchachitas se tienen que casar al menos una vez”. Yo le creí, dado que mi madre es casada y por eso estoy aquí.

En mi entorno, se considera que una mujer casada automáticamente es exitosa: ella tiene lo más importante, un esposo. Las madres solteras conocidas llevan el apodo despectivo de “mamá de una noche” o “mamá luchona”. ¡Por supuesto que no logra retener a un hombre, tuvo un hijo fuera del matrimonio! En cierto modo, esta es una vergüenza.

Se tiene un mejor trato hacia una mujer que en algún momento estuvo casada y, por alguna razón, se quedó sola con su hijo. Qué pena, ya que seguramente se separaron por llevar una mala vida.

Siendo una adolescente, sentí que aquí había gato encerrado: no percibía una felicidad pura y amor entre mis padres. Los niños son difíciles de engañar, yo vi cómo ellos simplemente vivían contentos. Cómo seres cercanos, como parientes, pero no cómo personas apasionadas que se aman el uno al otro.

De todos modos, me casé, y eso fue casi a los 30 años. Mi esposo era un buen hombre. A decir verdad, la tan esperada satisfacción de que ya me había casado, y por lo tanto, había cumplido una tarea muy importante en la vida de toda mujer, por alguna razón, no llego a mí. Solo tuve la sensación de que iba por el camino equivocado.

Esto me torturó tanto que, después de unos cuantos meses de la boda, comencé a estar deprimida. En ese entonces, me di cuenta, pero ahora sé qué es lo que era: nada me alegraba, mi estado de ánimo pasó a ser demasiado triste, me daba igual como me veía, quería llorar todo el tiempo o simplemente mirar hacia la pared. Es extraño, ¿por qué estaba pasando por esto si había hecho todo bien, no es así?

De cara al futuro, te diré que, después de 4 años, nos divorciamos. Esto no fue por la depresión, ya que con el tiempo casi logré vencerla. Esto ocurrió después del nacimiento de mi hijo. Comprendí que mi esposo no estaba listo para la responsabilidad de un niño. Nuestras esferas de acción se dividieron: yo me encargaba de absolutamente todas las decisiones que tuvieran que ver con el bebé, porque “tú eres la madre, tú sabes lo mejor”. El papel del padre se reducía únicamente a ganar dinero. No es la mejor asignación de roles.

Yo me cansaba, pero mi esposo estaba en contra de las niñeras. Decía que no era cosa de otro mundo, que nosotros podíamos lidiar con ello. Literalmente, yo sola. La única ayuda con la que podía contar era simplemente poder darme una ducha y hacer algunas tareas del hogar sin el bebé por un par de horas cuando mi esposo llegaba del trabajo. Como el bebé debía crecer rodeado de sus seres queridos, no se tomó en cuenta la opción de que yo regresara al trabajo.

Una vez, mi esposo se fue a un viaje de negocios y mi hija de un año y yo nos quedamos solas. Y de pronto, resultó que no lo extrañaba. Por alguna razón, las labores en casa eran menos y no me cansaba a pesar de que estaba sola. Lo más extraño es que, sin él, me sentía más libre.

No, no coloqué sus maletas afuera de la puerta. Pero me hice una pregunta a mí misma: ¿Vivo con esta persona porque la amo o hay otras razones?

Él pasaba poco tiempo con nuestra hija. Yo me encargaba de absolutamente todos los deberes. ¿Para qué necesitaba un esposo? ¿Para reparar el carro? Yo encontré un buen mecánico, mi esposo nunca se encargó de eso, siempre estaba en el trabajo. ¿Limpiar el departamento? Incluso antes, nunca me ayudó con las tareas del hogar. ¿Preparar la cena? No sabía cocinar. ¿Encender la lavadora? Él me llamaba para saber qué botón presionar. ¿Cambiar las baterías de los juguetes? Para ello me compré un desarmador.

¡Oh, es cierto, tener relaciones sexuales! Sabes, literalmente después de un par de años de vida familiar, no se consigue desearse el uno al otro como antes. Y cuando te sumerges por completo en la vida cotidiana, entonces nadie te trae flores y tampoco te compran ropa interior de encaje. Ya nadie se esfuerza porque ambos se acostumbraron el uno al otro. Discretamente, nos convertimos en personas ajenas con diferentes intereses.

Aunque el movimiento feminista cada vez se hace más popular, tenemos que aceptar que nuestro mundo aún pertenece a los hombres. Ellos tienen más posibilidades de ser contratados, ascienden de puesto más rápido y ganan más. En cierta medida, comprendo un poco a los empleadores; la mujer, frecuentemente, es una trabajadora poco “fiable”: puede darse de baja por maternidad o pedir permiso para el cuidado de los hijos. En general, somos más vulnerables.

Por eso las mujeres se casan: si se descarta el componente emocional, así hay más posibilidades de no morir de hambre si te despiden. Puedes quedarte con tu hijo de baja por maternidad y no temblar por cada centavo al no tener suficiente dinero. Por supuesto, solo si tu esposo es normal y no considera que vives de él, sin reprocharte un pedazo de pan. Porque hay casos así.

Cuando respondí la pregunta de cuál era la razón para vivir con mi esposo, me divorcié.

Y aquí estoy, sola. Bueno, para ser más exacta, con una hija. En las actividades cotidianas, nada cambió, yo seguí encargándome de todo. Moralmente, todo se volvió más fácil y no había necesidad de una segunda opinión. Sí, ahora mi hija pasa tiempo con su papá legalmente. Además, este tiempo es más de lo que pasaban juntos antes.

¿Dinero? Sé cómo ganarlo. Aunque, por supuesto, me limito más que antes. La única dificultad aquí es que, al vivir con un hombre, automáticamente cuentas con él. Con su ayuda moral, financiera y física. A veces obtienes esta ayuda, a veces no. Ahora solo cuento conmigo misma. Esto no aporta tranquilidad, pero me di cuenta de que tenía que aceptar que así sería.

La actitud de la sociedad. Sí, ahora soy madre soltera. No, no como una desafortunada que no logró retener a su marido, sino como una loba que no encaja con las leyes de la manada.

Por costumbre, las personas que me conocen poco me ven con lástima. Pero no necesito que sientan lástima por mí, esta es mi elección. No, no tienes que regalarme la ropa vieja de tus hijos que ya han crecido, tengo la posibilidad financiera de comprarle a mi hija todo lo necesario.

El patriarcado en la sociedad está llegando a su fin. Ahora, no pueden aplastar a las madres solteras y mucho menos pueden humillarlas. A veces lo intentan, pero sé cómo protegerme. Ahora me siento mucho más mujer que cuando estaba casada.

Ciertamente, no odio a los hombres. Me caen muy bien. Y estoy lista para tener una relación saludable. Pero para mí, la mejor forma de vivir es la unión libre. No la propongo como sugerencia; simplemente, para mí, es más cómodo. Desafortunadamente, este punto de vista no es aceptado por muchas sociedades y los hombres están igual que las mujeres. Por eso, tarde o temprano, surge la pregunta de comenzar a vivir juntos. En mi opinión, no es necesario.

Posiblemente a alguien esto le parezca egoísta. Pero el amor y saber no traicionarse a uno mismo es lo mejor que cómo madre le puedes enseñar a tu hijo.

¿Qué opinas de la decisión de esta mujer? ¿Con qué estás de acuerdo?

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