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14 Actos de padres que hicieron que sus hijos dejaran de confiar en ellos para siempre

Hace poco, publicamos un artículo llamado “10 Actos de padres que demuestran lo fácil que es perder la confianza de los niños”. Este tema resultó ser muy cercano para nuestros lectores; obtuvimos bastantes comentarios de seguidores que compartieron casos similares que ocurrieron en su infancia. Sí, algunos abogaron por los padres, argumentando que ellos podrían haber lastimado a sus hijos sin querer. Sin embargo, una persona destacó lo siguiente: “Los resentimientos infantiles son recordados toda la vida. Y te podría parecer que todo pasa, pero no, nada se va, nada se olvida”.

Genial.guru decidió publicar algunas historias de nuestros lectores que ayudarán a los padres de niños pequeños y a los hijos adultos a mirarse desde otra perspectiva. Y, posiblemente, les haga replantear sus métodos de crianza y modificar su actitud hacia sus hijos.

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Recuerdo cómo mi mamá me insultó una vez hace muchos años. Durante un tiempo, vivimos en casa de mi hermano mientras hacían remodelaciones en nuestro hogar. Mi mamá, antes de ir a trabajar, me pidió ir al mercado. Yo estaba alistándome para irme, pero no encontraba la llave del departamento. Todas las llaves estaban colgadas en la entrada bajo candado. Busqué por todo el departamento, pero no encontré como abrirlo. Llamé a mi mamá diciéndole que no había llaves y que no dejaría el departamento abierto. Como respuesta, obtuve un montón de malos tratos verbales acerca de lo irresponsable y floja que era. ¡Esto fue a los 18 años!

Por la tarde, se supo que mi hermano accidentalmente había tomado sus llaves y las mías, pero no se había dado cuenta. Y yo llamé a todos preguntándoles si no se habían llevado un par de llaves extra. Mi mamá, aun así, no se disculpó, ya que “daba igual y yo era una floja e irresponsable”. Han pasado cerca de 14 años, pero todavía lo recuerdo.

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Era un día bonito de verano. Fui a la tienda cuando tenía entre 10 y 12 años. Me sobró cambio y decidí pasar a la florería para comprarle unos narcisos a mi mamá, después fui corriendo a casa para darle la sorpresa. Ella abrió la puerta, vio las flores y mi sonrisa, y me dijo: “¡¿Para qué has comprado eso?!”. Desde entonces, recuerdo ese día.

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En mi infancia, estaba ahorrando para una muñeca con un traje nacional georgiano. Aún recuerdo que costaba 0,05 USD. Y cuando casi había ahorrado todo el dinero que necesitaba, ¡mi tío me lo robó y lo gastó en bebida! Mi mamá y mi abuela me dijeron que yo misma lo había perdido, “Además, ¿para qué necesitas una muñeca?”, esas fueron sus palabras. Nunca más volví a confiar en los adultos.

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Vivíamos en una residencia compartida. Recuerdo que, un día, mi papá me habló y puso bajo mi nariz una condecoración rota del ejército. Me pidió explicarle por qué la había encontrado en el pasillo y por qué la había tomado. Por supuesto, yo no la había tomado y eso fue lo que le dije... Me castigó durante medio día. Decidí echarme la culpa y le dije que me la había llevado para mostrársela a mis amigos, que la había perdido y alguien la había roto. Le dije todo lo que él quería escuchar.

Por la tarde, mi hermana menor vio la condecoración y dijo: “Oh, la estaba buscando. Yo la estuve llevando de aquí para allá y la rompí”. Mi papá no se disculpó y mi mamá, con una sonrisa, le dijo a mi hermana: “No pasa nada, te queda de lección”. Yo tenía 9 años. Desde entonces, no siento nada hacia mis padres. Para mí, son personas ajenas.

Después de muchos años, mi esposa insistió en invitar a mis padres a nuestra casa para que el abuelo y la abuela conocieran a sus nietos y tuvieran un recuerdo. Al final, mis padres se llevaban los dulces a su habitación a escondidas y nos decían que los niños se los habían comido. A decir verdad, incluso los niños contaban los días para que se fueran. Así que, en mi caso, mis padres son incorregibles. Por otro lado, tengo un claro ejemplo del tipo de padre que no debo de ser para mis hijos.

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Yo coleccionaba monedas especiales. Toda mi familia sabía sobre esto y, si a alguno de ellos le daban cambio con una de estas monedas, entonces me la regalaban. Yo valoraba mucho esta colección con grandes personajes de la historia de mi país. Junté unas 12 o 13 monedas, no eran muchas, pero al fin y al cabo, era mi colección.

Mi papá se gastó el dinero destinado para los víveres en bebida y durante media hora se arrodilló frente a mí para que le diera mi dinero y él pudiera comprar papas. Me prometió que me lo devolvería después. En ese entonces, yo ya no confiaba en él, pero aun así decidí darle mi dinero. Por supuesto, nunca me lo regresó y él ni siquiera lo recuerda.

Ahora tengo 45 años y aún lo recuerdo todo.

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Cuando tenía entre 10 y 12 años, estuve ahorrando dinero durante un año. Una vez, mi papá me dijo que debía cambiar mis monedas por billetes para que fuera más fácil guardarlo. Entonces, yo se lo di. Nunca más volví a ver este dinero. Cuando le pregunté por él, mi papá me dijo que no recordaba dónde lo había dejado.

Tal vez por eso ahora me compro cosas como loca. Porque ahora tengo dinero, pero mañana tal vez no. Sin embargo, tendré zapatos y ropa nueva.

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Mi mamá siempre estaba en mi contra. Siempre apoyaba a los demás y nunca se ponía de mi lado. Ahora tengo 40 años y tengo una relación muy tensa con ella, casi como enemigos. Los rencores infantiles no se pueden ni olvidar ni perdonar.

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En la escuela, me acusaron de haber robado el monedero de mi profesora; en ese entonces, yo tenía 11 años. Yo no lo había hecho, pero no sé por qué ella decidió que había sido yo. Me acusaron frente a toda la clase. Mandaron llamar a mi mamá y, como resultado, ella me tuvo que cambiar de escuela. Lo que más me dolió fue que todos me veían y despreciaban, ni siquiera mi mamá me defendió ni me creyó.

Ahora soy una persona adulta, pero desde entonces no puedo perdonar tal traición. No importa lo que mi hijo haga, yo siempre estaré de su lado y creeré en su verdad. Es una lástima que los padres a veces olvidan oír y escuchar a sus hijos.

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Odié mi infancia y siento impotencia por cómo fue. “Debes respetar, ser obediente y agradecida con los mayores”. Cualquier intento por llorar terminaba con la frase: “¡No llores! Hay niños que caminan descalzos y no andan llorando, pero tú...”. Me estremezco solo de pensarlo.

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Yo también recuerdo una historia de mi infancia que me afectó. Podría parecer una tontería, pero a mí me llegó hasta el alma. Tenía 9 años y me hice un peinado con una nueva horquilla. Fui a presumirle a mi mamá y ella me miró y me dijo: “¡Te ves como una tonta con ese peinado!”.

Desde entonces, siempre ando con el cabello suelto o con una coleta. Por alguna razón, me siento incómoda con un peinado.

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A los 12 años, trabajé y ahorré todo el verano. Soñaba con una bicicleta y me la compré. Sin embargo, mi papá se la quedó a pesar de tener un color verde de mujer. Después, me quitaba el dinero de mi beca y se lo mandaba a mi hermana para que pudiera vivir en la residencia estudiantil (ella estudiaba en otra ciudad). Desde entonces, tengo rencor.

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Recuerdo que, cuando tenía 7 años, mi mamá me dijo: “Te voy a castigar por mentir y no por tus acciones”. La siguiente vez que hice algo y confesé honestamente, de todos modos me castigaron... Desde entonces, prefiero no decir toda la verdad.

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Recuerdo que, a los 5 años, comencé a componer poemas; cuadraban por sí solos, incluso era muy fácil hacerlo. Durante mucho tiempo, tuve vergüenza de contarle a mi mamá; pero un día, ella misma leyó mi poesía. Me dijo que no era bueno mentir y decir que yo misma había compuesto esos poemas. Después de esto, nunca más volví a escribir poemas.

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Mi mamá leyó mi diario y le contó a mi papá. ¡Me castigaron por nada! Yo tenía una amistad con un chico y nos vimos un par de veces. Pero mi papá decidió que yo aún era demasiado joven (aunque estaba en tercero de secundaria) y me castigó diciendo malas palabras. A pesar de que lo perdoné, ¡el rencor se quedó muy en el fondo de mi corazón! Sí, ahora tengo 71 años.

Posdata

Por desgracia, los padres modernos a veces también cometen actos después de los cuales el corazón de un niño se puede llenar de rencor. Aquí tenemos algunos ejemplos:

  • En el trabajo, junto con las demás chicas, discutimos acerca de los diarios y conversaciones personales de nuestros hijos. Nunca olvidaré la frase: “Los diarios son para los maniáticos, ¡por eso siempre hay que leerlos!”. Otra mujer dijo que no veía nada extraño en leer el diario de su hijo de sexto grado de primaria. Además, hubo una mamá que nos leyó una conversación íntima de su hijo de 16 años. Estos son algunos ejemplos modernos.
  • Cuando mis hijos estudiaban en la escuela, el director y los asesores pedagógicos nos mandaron a llamar a una reunión de toda la escuela sobre cómo cuidar a nuestros hijos. Nos dijeron que debíamos revisar sus bolsillos, mochilas, casilleros y teléfonos. Cuando yo (por cierto, casi la única; solo hubo otro papá que me apoyó) dije que los asesores pedagógicos nos llamaban para hacer lo que ellos siempre habían considerado indecente e irrespetuoso —es decir, espiar y escuchar todo a su alrededor— todos comenzaron a quejarse. Mi argumento fue: “Una vez que tu hijo se dé cuenta de estas acciones, dejará de confiar en ti para siempre”. La directora dijo que era necesario, ya que todos los niños eran drogadictos y solo con un seguimiento total se podría cuidar de ellos. En casa, se lo conté a mis hijos, y ellos ni siquiera se lo tomaron en serio. Ahora, mis hijos tienen 32 y 29 años y tengo una buena relación con ellos.

¿Tus padres hicieron algo que hiciera que perdieras la confianza en ellos?

Imagen de portada Irina Zn / facebook