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A los 22 años, descubrí que mi novio tenía esquizofrenia, y eso cambió mi vida

Nos conocimos jugando a la “Mafia”. Al día siguiente tuvimos una cita. Era un joven alegre e inteligente. Se graduó de la mejor escuela de matemáticas de la ciudad. Aunque no conseguía graduarse en la universidad y a los 24 años estudiaba y trabajaba como tutor de matemáticas. Fue una relación maravillosa, llena de amor, comprensión y romanticismo, como si fuera un cuento de hadas. Pasamos juntos todos los días durante 8 meses. Y después descubrí que él tenía esquizofrenia.

Mi nombre es Polli Holli y hace poco comencé a contar cómo salí de una relación difícil con una persona con una enfermedad mental. Hoy, estoy dispuesta a contar mi historia a los lectores de Genial.guru.

La primera señal de alarma sonó cuando mi madre me propuso pasar tiempo con la familia en el mar. Tenía muchas ganas de relajarme después de mi graduación. Él me rogaba que no me fuera, diciéndome que no podía imaginar cómo viviría sin mí durante 10 días.

Pero aun así, me fui a Chipre. Y comenzó a comportarse de manera extraña: me escribía miles de mensajes incoherentes, trataba de llamarme 100 veces al día. Todos los días me contaba sobre su nueva idea de negocio y de sus socios, hacía publicaciones raras en las redes sociales y me mandaba fotos de cómo paseaba por el parque a las cuatro de la madrugada.

Luego desapareció por casi todo un día. Me dijeron que había perdido el teléfono y en ese momento estaba en consulta médica. Por la noche, me llamó desde otro número, hablaba con dificultad y reaccionaba muy lentamente. Su madre me dijo: “Querida, le dimos una pastilla, no ha dormido en varios días seguidos. ¡Todo estará bien, descansa y no te preocupes por nada!”.

Pero él mismo me dijo que había decidido diversificar la relación y jugar conmigo al gato y al ratón, motivo por el que arrojó su iPhone a la calle.

Arrojó. El teléfono. A la calle.

Al día siguiente, no volvió a contactarse conmigo y llamé a su madre. Aunque ella trató de evadir la conversación, finalmente lo confesó. Confesó que su hijo estaba enfermo de esquizofrenia y que había sufrido un nuevo ataque.

Llamé a una amiga psicoterapeuta por Skype y, entre sollozos, traté de explicarle la situación. No sé cómo, pero ella logró tranquilizarme y asegurarme que todo saldría bien.

Nuestros amigos en común comenzaron a escribirme, planteándome muchas preguntas. Resultó que casi todos sabían sobre su enfermedad. Todos menos yo.

Su mejor amigo me dijo que mi novio había comprado un anillo y me iba a hacer una propuesta de matrimonio. Esta noticia me aterrorizó, me alegré por una fracción de segundo de que estuviera en el hospital y no me recibiera en el aeropuerto.

Cuatro días después, regresé a casa, donde el temor me invadió aún más. Perdí 5 kilos y estaba temblando constantemente. Al descansar un poco, fui a ver a su madre y hablé con ella durante más de tres horas.

Me contó que mi novio antes era un niño normal y sano. Inteligente y talentoso. Sacaba las mejores notas, ganaba competencias internacionales. Un chico amable y comunicativo, con un montón de amigos y aficiones. Después de la escuela, sin exámenes, ingresó en la Escuela Superior de Economía con una beca y se fue a Moscú.

Según su madre, allí conoció a una persona, el fundador de una escuela de cierto movimiento. Y tras esta reunión, comenzó todo.

Comenzó a saltarse las clases y consiguió un empleo de maestro de yoga. Escribía publicaciones extrañas y no dormía durante días seguidos. Finalmente, dejó sus estudios para regresar a su ciudad natal.

Debido a que no lo entendían ni sus padres ni sus amigos, comenzó a volverse aún más loco. Aquel año, comenzó la guerra entre Ucrania y Rusia y se fue como voluntario a Donbass. La persona que no podía darle ni una patada a un gato se fue a matar gente. Entonces, sus padres se dieron cuenta de que las cosas iban muy mal.

Lo encontraron en un tren y lo llevaron a un hospital psiquiátrico. Desde entonces, cada año tiene un nuevo ataque al llegar el verano.

Cabe destacar que, en las primeras dos semanas de nuestras citas, le pedí que me dijera honestamente si tenía algún problema de salud. Me contó que había tenido asma en su infancia. Me ocultó por completo lo de la esquizofrenia progresiva.

No sé dónde estaba en aquel tiempo mi cabeza, pero yo pensaba así:

  • El ataque es solo una vez al año.

  • No mata a nadie, no corta ni viola (simplemente pelea en la calle y arroja su agresividad contra los transeúntes, nada más).

  • Es mío, tan lindo y querido.

Conclusión: ¡Mantendré la relación con él y encontraré la manera de curarlo!

Leía grupos en línea donde mujeres escribían sobre los mismos problemas, cómo los manejaban y todo iba bien con ellas, lo que me daba esperanzas de que terminaríamos igual.

Simplemente, no podía creer completamente en este diagnóstico, me parecía que era una estúpida broma de alguien. “¡Pero si fue una relación ideal, fue un cuento de hadas!”, soltaba mis pensamientos a mi psicoterapeuta. “Sí, querida, fue un cuento de hadas, por eso no puede ser verdad”, me respondió la especialista y me recetó antidepresivos.

En aquel momento, mi entonces novio y yo hablábamos muy poco. Un par de veces a la semana, su madre lo visitaba en el hospital y teníamos la oportunidad de hablar por teléfono. Él siempre lloraba diciéndome cuánto me amaba.

Después de recibir el alta, no lo reconocía. Demacrado, con una mirada extinta, sollozaba constantemente y decía que no quería vivir. Su madre me convencía de que era temporal y pronto todo volvería a ser como antes. Ella compró un departamento de un dormitorio en el centro de la ciudad especialmente para nosotros y lo amuebló.

Tras pasar un par de semanas, la situación realmente mejoró: comenzó a ir a la universidad, a verse con sus amigos. Un día me ofreció ir a un restaurante. Allí se puso de rodillas y sacó una caja con un anillo. Al mirar sus ojos tristes y enamorados, temí que pudiera comenzar a sufrir un nuevo ataque debido a mi negativa y acepté convertirme en su esposa. A los 22 años, convertirse en la esposa de un hombre con esquizofrenia, ¿por qué no?

Todos nuestros amigos nos felicitaron, un anillo brillaba en mi dedo y por dentro me sentía incómoda y desagradable.

Estuve en el papel de la novia durante unos tres días cuando se produjo un nuevo ataque. Dejó de dormir y aumentó considerablemente su actividad en las redes sociales. Nuevamente, atormentado por sus obsesiones.

Girando mi anillo de compromiso, finalmente me di cuenta de que mi futuro esposo estaba enfermo y no había forma de arreglarlo.

Durante ese nuevo ataque, comenzó a considerarse a sí mismo un hombre de negocios increíble y lanzaba sus puños a todos los que caían en desgracia. Se mostraba grosero con los transeúntes y provocaba a los tipos duros del barrio. Tenía ganas de pelear con alguien y demostrar su superioridad.

Este ataque repetido ocurrió dos semanas después de finalizar su tratamiento en la clínica y sus familiares decidieron no volver a mandarlo al hospital, sino tratar de ayudarlo de forma ambulatoria. El tratamiento funcionó, se calmó y al parecer volvía a ser como antes.

Pero cambió mi actitud. Para mí, ya no era hombre. Era una persona enferma que necesitaba atención y vigilancia.

Comenzó a trabajar de nuevo, trataba de convencerme de que nos fuéramos a su nuevo departamento y formáramos una familia. Llegamos al acuerdo de que viviríamos juntos de jueves a domingo: me sentía más tranquila sabiendo que él estaría bajo la supervisión de su madre durante al menos media semana.

Solo le pedí una cosa: que se acostase temprano. Solo eso. No necesitaba nada más, solo su sueño, ya que era la base de su salud. En cuanto no dormía una noche, comenzaban sus ataques. Pero se iba a jugar a la “Mafia” por las noches, ignorando mi misiva.

Comenzaron las primeras disputas tras un año de relación. Lloraba por cada nimiedad y dejé de respetarlo, soñando con que todo terminase cuanto antes. Pero fue muy difícil tomar la decisión. Mi vida se convirtió en un pantano frío y viscoso.

Una situación me sacó de mis casillas por completo. Se fue a jugar y apagó el teléfono. Hasta la una de la mañana traté de ponerme en contacto con él y luego simplemente me di por vencida. En respuesta a esta indiferencia, dijo: "¡Ya ves, ya estás acostumbrándote y no te molesta tanto! Me di cuenta de que estaba tratando de adiestrarme y, prácticamente, comencé a odiarlo.

Sabía con certeza que me separaría de él. Pero su madre... ella estaba increíblemente feliz de que yo todavía estuviera conectada con su familia y hacía todo lo posible por complacerme. Me invitaba a su casa, amueblaba nuestro departamento, me llamaba para conversar. Empezó a aflorar en mí un sentimiento de culpabilidad.

Se acercaba el Año Nuevo, que decidimos celebrar con mi familia.

Por la mañana tuvimos una discusión, visitamos a su madre, donde tomamos un par de botellas de vino y fuimos a casa de mi familia. Él iba de muy mal humor, aunque en la fiesta nos refrescamos e hicimos las paces. De repente, se echó a llorar y dijo que no estaba seguro de querer estar conmigo.

En lugar de aplaudir, pedí posponer esa conversación hasta al día siguiente para no estropear mi estado de ánimo y el de mi familia. Durante toda la fiesta se mostró reservado y silencioso, se fue a la cama inmediatamente tras oír las campanadas y no hice nada por detenerlo.

Yo estaba a la mesa, comiendo sin ganas y fingiendo que todo iba bien. Crucé la mirada con mi madre, vi sus ojos tristes y llenos de compasión. Y estallé. Lloré durante unos 30 minutos por el cansancio, la vergüenza y el resentimiento de haberme metido en un callejón sin salida.

El 1 de enero, él ya había cambiado de opinión acerca de dejarme. Esta noticia no me hizo feliz; sabía que ya no podía seguir así. Tuvimos una larga conversación entre lágrimas, pero decidimos separarnos.

Al parecer, yo podía respirar aliviada y comenzar a llevar una vida feliz, pero no fue así.

Una semana después de nuestra separación, me llamó a las 5 de la madrugada de un sábado. Dijo que quería devolverme el teléfono que le había dado después de que él arrojase el suyo. Le pregunté qué demonios estaba haciendo a las 5 de la mañana y si había tomado pastillas para dormir. “Bueno, no podía conciliar el sueño y bebí agua”. Bebió agua en vez de las pastillas contra los ataques... Muy bien.

“¿De verdad crees que te dejaré ir? Eres mi novia. No podrás ir a ninguna parte”. Estas palabras sonaban frías y bien sopesadas. Empecé a entrar en pánico.

Él comenzó a bombardearme con mensajes en las redes sociales. Decía que me daría un hijo, lo llamaríamos Sasha y viviríamos felices para siempre. Comenzó a llamarme desde otros números, pidiendo a extraños que me enviaran sus mensajes.

¡Una conocida mía, a quien yo le había mandado justo antes mensajes larguísimos contándole cuánto le temía y lo harta que estaba de él, me llamó y me dijo que ella le había aconsejado que me recibiera del trabajo con un ramo de flores! Me dijo que él quería ir a mi casa, pero ella lo persuadió para que acudiera al trabajo. ¡Avergonzarme delante de mis colegas y seguirme en la oscuridad en la calle será mucho mejor, claro!

Tenía miedo de volver del trabajo, miraba constantemente a mi alrededor. Él se quedó con la llave del portal y respiré hondo varias veces antes de entrar al edificio.

No sabía qué esperar de una persona enferma. Llamé a su madre y le pedí que hiciera algo al respecto. Su indiferente “No te hará nada, simplemente ignóralo” no fue particularmente consolador, sobre todo si me ponía a recordar todas sus peleas durante sus ataques.

Los mensajes y llamadas de desconocidos continuaron. Volvía a altas horas de la noche después de una sesión con un psicólogo y recibí un mensaje del que simplemente me empezaron a temblar las manos: “Cariño, no te preocupes, él irá a verte mañana por la noche”.

Después de este mensaje, estuve realmente asustada. Me sentí como una presa en una cacería. Mi padre había fallecido hacía unos años, solo tenía a mi madre y una hermana menor. No había nadie para protegernos. Me sentí responsable y culpable por mi familia.

No hay una ley contra una persona que te persigue en mi país, por lo que la policía no podía ayudarme. “Chica, cuando él venga y comience algún tipo de abuso físico, entonces nos llamas”, respondieron desde el departamento a mi misiva. Cuánto tiempo hace falta esperar a los agentes si llamo, creo que te lo puedes imaginar tú mismo.

Afortunadamente, resultó que mi hermana tiene una amiga cuyo padrastro ocupaba un puesto policial de envergadura. Me prometió este que un minuto después de llamarle yo, tendría a todo un equipo en la puerta de mi casa.

Llamé a su madre y le advertí de que me había puesto de acuerdo con la policía y que su hijo podría acabar en la cárcel si no me dejaba en paz.

Con esto se acabó todo. Dejó de molestarme a través de otras personas y de enviarme estos terribles mensajes, pero durante mucho tiempo seguí mirando por la mirilla antes de salir de casa. Y también, todavía tengo miedo de los chicos parecidos a él y trato de evitar ir por su barrio sin una necesidad especial.

Espero que mi historia sincera, algún día, pueda ayudar a alguien, por lo que quiero enumerar los síntomas de una enfermedad mental a los que yo debería haber prestado atención, pero no lo hice a tiempo:

  • contradicciones en los datos de la biografía;

  • problemas con el trabajo, falta de socialización;

  • atención especial por parte de sus parientes;

  • una paradójica falta de autosuficiencia en la vida cotidiana;

  • un vínculo afectivo demasiado fuerte y amor insano.

Pero estas son las primeras señales de alarma. Y aquí están las señales que hablan del inicio de un ataque:

  • un cambio drástico en el patrón de comportamiento;

  • una agresividad irracional;

  • falta de sueño y ausencia de fatiga durante varios días seguidos;

  • apertura de pensamientos (no sé cómo definirlo con mayor precisión); por ejemplo, mi ex podría escribir 7-10 publicaciones delirantes en una noche con una diferencia de un par de minutos entre ellas.

Sé que con mi historia puedo provocar enojo en algunos lectores. Ya me reprocharon y me acusaron de que las personas con esquizofrenia son como los demás y yo soy una simple estúpida.

Pero quiero decir que la oportunidad de construir una relación con una persona enferma solo existe en un caso: cuando esta es consciente y acepta su enfermedad. Cuando durante la remisión, voluntariamente, toma las pastillas, cumple con las indicaciones de los médicos y trata de vivir de manera consciente. Mi ex creía que los médicos eran idiotas y que él estaba más sano que todos los que lo rodeaban. Creo que si hubiera asimilado y admitido que sufría esta enfermedad, hubiéramos podido encontrar una solución eligiendo las pastillas para una larga remisión.

Y por último, les deseo que nunca tengan que enfrentarse a este problema, que casi arruinó toda mi vida.

¿Alguna vez te has topado con una persona con algún tipo de trastorno mental? ¿Cómo lo afrontaste? ¿Crees que esta historia es un caso aislado? Comparte tus reflexiones en los comentarios.