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Un especialista analiza por qué las personas inteligentes a veces toman decisiones tontas

Suele pensarse que las personas inteligentes están a salvo de cometer tonterías. Se supone que cuentan con la capacidad intelectual necesaria para tomar siempre el atajo más conveniente, y que rara vez caen en errores. Sin embargo, todos hemos conocido personas muy inteligentes que, sin embargo, han tomado decisiones equivocadas en muchas ocasiones, sin que su extraordinaria capacidad mental les ahorrara la posibilidad de hacer una verdadera tontería.

Genial.guru te cuenta por qué, según el autor de un libro que explora este tema, la inteligencia superior y las decisiones tontas suelen convivir con mayor frecuencia de la que se esperaría.

La inteligencia

Es imposible definir en pocas palabras qué es la inteligencia, y qué aspectos de nuestra vida gobierna. Sin embargo, cuando decimos que alguien es inteligente, la mayoría coincidimos en lo mismo: inteligente es quien tiene mayor capacidad para incorporar conocimientos, mayor desarrollo del pensamiento abstracto que le permite resolver cálculos, pensar lógicamente, ver un conflicto desde un lugar distinto que le permita desenterrarlo y sacar conclusiones acertadas.

Tomando en cuenta lo anterior, podría creerse que una persona inteligente tiene la vida más fácil y que sus posibilidades de tomar decisiones tontas son escasas o, directamente, nulas. Pero no es así, y eso también lo sabemos. Muchos hemos conocido casos de personas inteligentes que cometen errores increíblemente tontos, que toman caminos que son, a todas luces, imposibles, que se embarcan en tareas que no conducen a nada.

Podríamos decir, entonces, que todos conocemos a alguien inteligente que se hundió en la más profunda tontería. ¿Por qué sucede esto?

Las decisiones tontas

¿Para tomar una decisión tonta hace falta ser tonto? Pensémoslo un poco. ¿Qué es una decisión tonta? Pongamos el siguiente ejemplo: a una persona se le ofrece elegir, en el medio del desierto, entre 10 kilos de oro y un recipiente con agua. ¿Cuál sería la decisión correcta y cuál la tonta?

Sin agua, el ser humano no sobrevive en un desierto; sin oro, en cambio, sí. La decisión parece fácil. Hasta ridícula. Pero el oro nos permite comprar miles de litros de agua. Eso sí, siempre y cuando alguien nos venda agua en el desierto. En esta situación, es muy probable que una persona de inteligencia normal se preocupe solo por saciar su necesidad más urgente, y elija el agua.

En cambio, la persona con una inteligencia superior no va a desestimar el oro así nomás. Elegir el agua sería lo mismo que darse por vencido. Entonces, hasta es posible que, en sus cálculos y en su ambición (tan propia de las mentes inteligentes) desestime la real importancia de la sed, y hasta deje de verla como un problema real. Cuestión: todos conocemos personas inteligentes que, después de pensarlo, optarían por el oro. O mejor: optarían, tontamente, por morir de sed.

La inteligencia y sus trampas

David Robson publicó el libro La trampa de la inteligencia, en el cual es claro respecto al valor de la inteligencia. La inteligencia es una capacidad, una herramienta. Pero tomar decisiones inteligentes no depende de contar con la herramienta, sino de hacer un buen uso de ella. Mal usada, entonces, esa herramienta podría convertirse en una trampa. La inteligencia y la racionalidad pueden ir por distintos senderos.

Según Robson, una persona con coeficiente intelectual alto debería aprender a hacer uso de su capacidad, a dominarla para que juegue a su favor, pues, si alguien se encierra en su propia inteligencia, y desestima sus límites, las opiniones ajenas, las facultades de los otros, difícilmente puede aprender de sus errores, y entonces su capacidad se convertiría en un problema para sí mismo.

En su libro, Robson menciona ejemplos de personalidades reconocidas por su inteligencia que tomaron en algún momento de su vida decisiones tontas que las llevaron al fracaso, al ridículo, a la ruina, a la cárcel e, incluso, a la muerte. Pero Robson no se queda en la descripción del problema, sino que, además, propone qué hacer para que la inteligencia no termine jugándonos en contra.

Claves para un buen uso de la inteligencia

Las claves que se desprenden de la lectura del libro de Robson son, entre otras, la humildad, la curiosidad y la reflexión. La humildad nos permite reconocer nuestros límites, tomar en cuenta las advertencias de los otros, no agotarnos en nosotros mismos y en nuestras posibilidades. No exagerar nuestras capacidades y nuestras virtudes, a punto tal de que ellas terminen haciéndonos perder el control y caer en la ceguera.

La curiosidad nos ayudará a hacernos preguntas antes de tomar decisiones. Las preguntas no son sinónimo de dudas o de no entender; no hay debilidad en ellas. Al contrario, en las preguntas hay exploración, y eso siempre es importante para tomar una decisión, ya que conoceremos mucho mejor el terreno en el que nos estamos moviendo.

En cuanto a la reflexión, es necesario entender que actuar con apresuramiento puede perjudicarnos. Las personas muy inteligentes entienden con mayor rapidez las cosas, pero eso no significa que sus decisiones deban ser veloces. La velocidad a veces nos lleva a no tomar en cuenta la profundidad, y para tomar una decisión se necesita evaluar un problema profundamente, medir en detalle los pros y los contras, tener en cuenta, también, la posibilidad del fracaso.

Si no tomamos en cuenta estos puntos, difícilmente la inteligencia juegue a nuestro favor, y en vez de abrirnos los ojos, nos pondrá una venda que nos lleve a movernos a ciegas exponiéndonos a tropezar tontamente con las cosas.

¿Cuál es la cosa más tonta que le has visto hacer a alguien inteligente? ¿Tu inteligencia te ha tendido alguna vez una trampa? Por favor, cuéntanos en los comentarios.