Un texto importante sobre cómo se puede arruinar la autoestima de un niño a pesar de tener buenas intenciones

Miré el cuaderno de mi hijo. Ahí vi algo simplemente increíble. Un ocho por la tarea, el trabajo estaba lleno de correcciones indicadas en rojo. Lo curioso es que había verificado justo esa actividad y no había encontrado ni un solo error.

Por cierto, no lo he hecho durante mucho tiempo. No hacíamos la tarea juntos, excepto en aquellos casos cuando había que hacer un modelo de alguna manualidad con conos y bellotas en una noche. Y no revisaba, salvo aquellas situaciones en las que mi niño se sentía dudoso o quedaba sin saber qué escribir.

Pero en este caso lo había verificado todo. No encontré errores. Y pasando un día me encontré con el extraño arte de la maestra corrigiendo una “A” por una “A”, una “e” por una “e”, una “z” por una “z”. No sé por qué, pero me dieron ganas de tomar un café y convertirme en el ministro de educación.

Sé que el lema de esta maestra en particular es que no hay límite para la perfección. Ella, tal vez, habría encontrado algo para corregir hasta en los cuadernos de los escritores más famosos. Si a ella le parece que la curva de la “S” no es lo suficientemente perfecta, te llevarás a casa una mala nota. Y no importa en absoluto que tu composición sea más genial que una de Hemingway. Aunque esta no es la peor opción en la realidad.

En general, entre los maestros de mediana edad a menudo me he encontrado con la opinión de que los niños todavía no son del todo personas. Son solo plántulas de repollo en el huerto, son inferiores. No se los puede comparar con una col madura, ya que sus cabezas de repollo sobre los hombros lamentablemente aún no se han desarrollado...

Vale la pena mencionar que ese punto de vista es muy ventajoso. Ayuda no considerar al niño como una persona, no escucharlo, no respetarlo, no estar imbuido y, en general, hacer lo que sea: esas personas aún no son adultas, lo que significa que no existen.

Una vez entré en una institución escolar para hacer una consulta y no había nadie allí, silencio total. Solo una señora solitaria estaba parada en el pasillo. Le dije:

—¿Dónde está toda la gente?

Y ella me dijo:

—Arriba, en la sala de actos. Todos están ahí, los niños y la gente.

Más tarde me dijeron que esa era la directora, una profesora de honor.

Pero en nuestro caso es otra cosa. Nuestra maestra hace observaciones, corrige lo correcto a lo incorrecto. Una vez pregunté: “¿Para qué hacen eso?”.

Entonces me explicaron: “¡Es para que el niño se esfuerce por escribir aún mejor!”.

... Eso me hizo recordar algo muy lejano, ya casi olvidado. En la secundaria tuvimos un tipo de olimpiada, no me acuerdo si era estatal o regional. Obtuve el primer lugar esa vez.

Y luego una profesora me explicó: “Te dieron el primer lugar por lástima, querida. Mírate, ¡es increíble que no te dieran limosna! Toda pálida, verde, llevas puesta cualquier cosa...”.

En defensa de mis gustos adolescentes, solo pude decir que en ese entonces todos usábamos “cualquier cosa” y lo llamábamos moda. En ese año en particular, los jeans deshilachados, una playera descolorida y un montón de adornos por todos lados se consideraban algo moderno. Entonces resultó que había ganado no por estudiar bien (y, de hecho, de año en año ganaba los primeros lugares en donde podía), sino porque me veía como una vagabunda. Se apiadaban de mí en unos juegos olímpicos, ¿estamos?

Ella no decía todo esto por malicia, sino para que siguiera esforzándome y estudiando aún más. Bueno, eso me lo explicó después, cuando mi madre fue a aclarar por qué la niña había llegado con lágrimas de las olimpiadas luego de haber ganado el primer lugar.

Tenía una madre adecuada. De camino a la oficina de la directora, se encontró con alumnas de sexto grado maquilladas con diminutas faldas y dijo:

—¿Está segura de que mi hija tiene problemas de vestimenta?

No había problemas, hasta nos hicimos amigas de esta dañina señora en algún momento, pero la molestia, por supuesto, permaneció. Luego comencé a examinar mis éxitos durante mucho tiempo y siempre trataba de aclarar: ¿y esta buena nota, este premio es para mí? ¿Seguro? ¿Seguro, seguro? ¿No es por lástima? Necesito confirmar. ¡Acláreme de nuevo!

Sí, ahora parece gracioso. Pero el adolescente promedio generalmente tiene problemas con la cabeza y la autoestima, y ​​lastimar esta última sin pensarlo bien nunca se sabe a lo que puede llevar...

Ya que no es un método correcto, queridos padres. Castigar por lo malo y alabar por lo bueno, eso sí. Pero regañar cuando todo va bien, para que sea aún mejor, no se debe hacer. Parece que todo el mundo ya lo ha comprendido y entendido, pero no. Todavía me encuentro con familias donde un ocho es una mala nota. Incluso que el niño pueda probarles el teorema de Fermat no significa nada, ya que la letra “S” tiene una curva imperfecta... todo está mal. Parece que piensan lo siguiente: ¡se lo diremos así para que no sea agrandado!

En lugar de moralidad, te diré un secreto.

El caso es que la perfección tiene límites. Llegan exactamente en aquel momento cuando se agotan las fuerzas, cuando con un último esfuerzo inhumano cruzas la cinta de finish con el pecho y ves cómo se pone la siguiente meta. Y en algún momento, ya no te importa nada: tanto la perfección como las metas y quienes las ponen. Sin embargo, es aquí donde comienza la libertad. Pero esa es una historia completamente diferente.

Genial.guru publica este texto con el permiso de la autora, la escritora que trabaja bajo el nick Sashka s Chashkoy.

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