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Yo también sufrí depresión posparto, y hoy te contaré cómo logré superarla

Cuando nace un bebé, también nace una madre. Yo dejé de ser solo Ilse para convertirme en la mamá de Helena. Pero lo cierto es que nadie me preparó para ello: ni siquiera los cursos más avanzados de profilaxis, ni los libros más extensos sobre el tema. La maternidad llega y es absolutamente real y verdadera. Es entonces cuando comienzan los verdaderos cambios, lo que puede ser muy abrumador. Cuando nació mi hija, mi vida se transformó por completo: me sentía una mujer absolutamente distinta a la que había sido antes. No solo me encontraba muy cansada y desorientada, sino que además entré en un profundo estado de depresión. ¿Por qué? ¿Qué sucedía? ¿Acaso no era más feliz ahora que tenía a esa hija que tanto había deseado?

Hoy, especialmente para Genial.guru, quiero compartir mi historia sobre cómo logré superar la temible depresión posparto.

1. Acepté lo que me sucedía

El nacimiento de un hijo es una experiencia tan maravillosa como apabullante. Luego de un parto tranquilo y después de controlar que la bebé estuviera sana, nos fuimos a casa. Entonces, comenzamos a recibir visitas de familiares y amigos ansiosos por conocer a nuestra pequeña hija. Todo el mundo me decía lo hermosa que era y lo feliz que me veía en mi nuevo papel de madre. Pero lo cierto era que, en esos primeros días, apenas se iban todos, yo me echaba a llorar. Estaba demasiado cansada, adolorida y abrumada. Mi madre me consolaba y me decía que esos días iban a pasar y pronto todo volvería a la normalidad. Pero yo estaba segura de que mi vida nunca sería normal de nuevo. Mi esposo también intentó hacerme sentir mejor e investigó en todos los libros que teníamos y en todas las páginas de maternidad mis síntomas: irritabilidad, tristeza, angustia, desorientación y ansiedad. Entonces me dijo: “Tienes depresión posparto”. Al inicio no quise aceptarlo y me aferré a la idea de que solo era una fase. Sin embargo, una noche, mientras la bebé lloraba y yo no era capaz de atenderla, afirmé que algo pasaba conmigo.

2. Necesitaba ayuda, así que la pedí

Cuando nos convertimos en madres, inmediatamente se activa algo en nuestro interior que nos hace sentir y pensar que ya no somos prioridad, ni siquiera para nosotras mismas: ahora tenemos un hijo y hay que cuidarlo y protegerlo a toda costa. Así que los primeros días luego del nacimiento de mi bebé, solo me enfoqué en proveerla de mí, enteramente. Mi esposo intentaba involucrarse, hacer su papel de padre, pero (por un impulso arrebatado) no lo dejaba participar. “Yo tengo que hacerlo, yo soy su madre”, repetía cada vez que él quería hacer un cambio de pañal o mecerla un poco. Lo mismo sucedía cuando llegaban mis padres de visita: yo no permitía que nadie me ayudara. Sin embargo, cuando no pude más, entendí que no podría afrontar la maternidad sola. Necesitaba ayuda y debía pedirla. Cuando acepté que presentaba factores de riesgo, comencé a recibir todo el apoyo necesario. Así conseguí descansar un poco más, dormir durante las siestas de la bebé, ducharme mientras mi madre o mi esposo se hacían cargo de ella y comer a mis horas. Eso realmente marcó la diferencia en mi estado de ánimo.

3. Me di tiempo para conocer a mi hija

Entender que yo también era importante y que sin mi equilibrio físico y mental mi bebé no estaría bien, me ayudó a dar el primer paso. Conforme pasaron los días, fui conociendo a mi hija. Era cierto que habíamos tenido una conexión especial y profunda durante sus nueve meses en mi vientre, pero también era verdad que, en cuanto nos separamos en su nacimiento, ella comenzó a ser una persona distinta a mí. Así que me di tiempo para conocerla, observarla y averiguar rasgos de su carácter. Yo creía saber todo de bebés luego de haber leído tres libros de crianza. Pero cada uno es distinto y tiene su propio temperamento. Me olvidé un poco de seguir las reglas de los libros y comencé a averiguar quién era mi hija, qué le gustaba, qué le molestaba, cada cuánto me pedía comer... Examiné sus movimientos, sus sonidos y me concentré en su mirada. Aquello fue conmovedor para mí, y entonces comprendí que podía hacerlo, que era capaz de ser una madre, porque mi hija y yo nos entendíamos.

4. Bajé mis expectativas sobre la maternidad

Quizá una de las cosas que más me angustiaron cuando sufrí depresión posparto era pensar en la idea de la maternidad como una responsabilidad muy seria, casi colosal. Y lo es, de eso no hay duda. Sin embargo, ese pensamiento absolutista complicó un poco las cosas. Tenía miedo al futuro, a lo que me tendría que enfrentar. Pensaba en la mujer que había sido antes, la misma que luego olvidaba las llaves adentro de la casa, la que perdía documentos importantes, o a la que se le morían las plantas y entonces me decía a mí misma que no podría. Sin embargo, descubrí con el paso de los días que definitivamente no se trataba de resolver el cambio de pañales, la hora de la siesta y la educación universitaria de mi hija de un momento a otro. Por supuesto que no. La maternidad es un día a la vez, y darme cuenta de ello me permitió disfrutarla definitivamente. Sí, quizá un día la bebé quiso estar pegada a mi pecho y no pude hacer otra cosa más que estar tumbada con ella en la cama, pero al otro todo fue diferente, durmió más minutos de siesta y yo pude leer un libro mientras tanto. No todos los días eran iguales, y yo no tenía la misma energía siempre, así que simplemente resolví enfrentar la maternidad como venía, a pasitos, sin apresurarme ni intentar ser una supermamá de la noche a la mañana.

5. Me permití consentirme

Una vez que resolví que podía ser una mamá tranquila y permitir que otros me ayudaran, comencé a darme pequeños lujos. Decidí que todos los días, aunque fuese 20 minutos, destinaría un momento solo a mí. Dejaba a mi esposo pasar más tiempo con nuestra bebé y me escapaba a la cocina o a la sala a ver un capítulo de alguna serie, leer un libro, llamar a alguna amiga o comerme un chocolate. Un bebé es muy demandante y sus necesidades son impostergables. Debido a eso, ese rato conmigo a solas era muy importante para mí, pues era la oportunidad de desconectarme de mis deberes habituales y del ritmo intenso de cuidado.

6. Comencé a cuidarme y a quererme

Entendí la fábula del avión en peligro: si en un vuelo hay una descompresión en el aire, se pide a los adultos que antes de colocar la mascarilla a un niño o a un anciano, él mismo se la ponga, pues de nada servirá tener a un montón de personas inconscientes. Bueno, así es con la maternidad. Si una madre no se atiende primero, será incapaz de cuidar a su hijo. Cuando comprendí que esa sensación de asfixia que sentí los primeros días de atención a mi recién nacida venía de mi falta de cuidado, pude hacer un cambio. Comencé por arreglarme bien, pese a que probablemente no salía mucho, intenté peinarme y maquillarme de manera casual y me quité el permanente pijama. Acepté que mi cuerpo había cambiado: ¡había creado vida! Y que su regreso a la “normalidad” llevaría tiempo. Entonces, hice mi mejor esfuerzo para alimentarme sanamente, para hacer un poco de caminata dentro de la casa y para alentar mis pensamientos con cosas positivas. Descubrí una nueva forma de quererme a través de mi propio cuidado. Todas las mamás lo merecemos.

7. Compartí mis sentimientos con otras madres

Sentirse comprendida y apoyada por otras mujeres que atraviesan la maternidad es muy importante. Yo comencé con mi propia madre. Acudí a ella en mis momentos de tristeza y le hacía gran cantidad de preguntas sobre la maternidad. Gracias a sus consejos pude disipar mis dudas. Lo mismo sucedió cuando me acerqué a mis amigas que ya eran mamás. Descubrí que todas tenían algo que decirme, algo que contarme y algo que confiarme. Algunas de ellas incluso habían atravesado por lo mismo que yo y no lo supe hasta entonces.

8. Me quité el miedo a decir lo que sentía

Recuerdo que cuando más me sentía abrumada y triste, no quería contárselo a nadie. Tenía miedo de ser juzgada, de que me llamaran “mala madre” por el simple hecho de tener un cambio hormonal tremendo. Sin embargo, cuando entendí que lo que me sucedía era normal, y que le ocurre al 80 % de las mujeres en el mundo, me sentí comprendida y menos sola. Entonces me animé a decirle a mi esposo cómo me sentía, a mis padres y a mis amigas. Así recibí el apoyo y la ayuda correcta. Incluso tomé un par de sesiones de terapia psicológica para hablar de ello, y entonces supe mi diagnóstico: tenía algo llamado “baby blues”, que es la forma menos severa de depresión posparto, y se manifiesta con profunda tristeza o melancolía luego del nacimiento de un bebé. Este estado solo me duró un par de semanas y luego pude disfrutar de mi nueva vida de mamá, de mi bebé y de mi familia plenamente. Pero, sin duda, en cuanto me quité el prejuicio de que la depresión posparto era algo anormal o que no debería estar ocurriéndome, hubo una diferencia. Por lo que es importante que toda madre primeriza que no sepa qué es lo que ocurre con sus sentimientos hable de ellos y busque la ayuda pertinente, pues puede ser que su tristeza solo sea pasajera, como en mi caso, o sea algo más delicado que se deba tratar con urgencia.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión posparto afecta a una de cada seis mujeres que dan a luz. Por lo que, si tú acabas de tener un bebé y sientes una tristeza persistente, falta de interés por alguna actividad que antes disfrutabas, pérdida de apetito, culpabilidad o desesperanza, es hora de tomar un respiro y saber que estos estados son absolutamente normales luego de tener un hijo, pero pueden atenderse. La ayuda profesional siempre es necesaria.

Ahora que mi bebé está cerca de cumplir los dos años, recuerdo esa época casi como un sueño, pero también me admiro por la fortaleza que tuve para salir adelante. Además, el tremendo amor que Helena inspiró en mí me permitió superar esa etapa rápidamente.

Si ya has tenido un bebé y pasaste por lo mismo, ¿podrías compartir tu experiencia con nosotros? ¿Cómo sobrellevaste los días más oscuros de la maternidad? ¡Cuéntanos! Tu testimonio podría ayudar a otras mujeres que estén afrontando esta etapa.

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