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Cómo fue y a qué olía el Palacio de Versalles en la época de Luis XIV

La construcción del Palacio de Versalles pasó a la historia como una de las más costosas: los gastos equivalieron a unos 300 mil millones de dólares actuales, pero los constructores tuvieron que ahorrar dinero, por lo que el edificio pasó a ser recordado por sus habitantes no solo por su exquisita decoración, sino también por las corrientes de aire que eran tan fuertes que los obligaba a dormir bien abrigados. Sin embargo, Versalles ganó popularidad por ser “un lugar impregnado de malos olores” de los cuales no había escapatoria. Pero ¿esto era realmente así? ¿O solo se trataba de una especulación?

Genial.guru decidió descubrir cuán cierto es nuestro conocimiento sobre Versalles y sus habitantes de la época de Luis XIV.

Higiene y vestimenta

Habitación de Luis XIV.

Se suele decir que, desde la época de Luis XIV, Versalles era, por decirlo suavemente, un lugar muy oloroso. Pero ¿qué tan cierto es esto? Para comenzar, en aquella época, la actitud hacia la higiene era algo diferente de la actual, y el agua caliente se consideraba una “sustancia” que provocaba la propagación de enfermedades. Se creía (con razón) que abría los poros a través de los cuales (y esto es, por supuesto, una suposición) podía penetrar cualquier enfermedad, incluso la peste.

Se dice que Luis XIV se bañó solo tres veces en su vida. Pero, a pesar del hecho de que, en aquel momento, los procedimientos de higiene se realizaban con menos frecuencia que ahora, esta afirmación no es nada más que un mito. Luis tenía baños, en su mayoría portátiles, aunque los usaba, por regla general, para las sesiones amorosas con sus damas favoritas. Por ejemplo, en el anexo del palacio construido para Madame de Montespan, había una piscina octagonal con agua estancada. En cuanto a la higiene del monarca en general, todas las mañanas lo limpiaban con un paño empapado en alcohol, y se cambiaba la ropa interior varias veces al día.

Pero los vasallos de Luis XIV, que vivían en Versalles, no tenían sus propios baños, por lo que su procedimiento de limpieza se reducía principalmente al llamado “lavado en seco”: se limpiaban con un paño que, en ocasiones, era empapado con algo agrio.

Por cierto, la ropa interior y las camisas (las cuales eran usadas tanto por hombres como por mujeres) se cambiaban muy a menudo: los puños blancos de estas simbolizaban la pureza, y se exhibían para que los viera todo el mundo. Estas prendas en sí eran muy costosas, tanto que, después de la muerte de una persona, pasaban a formar parte del inventario de su propiedad. La ropa exterior del rey y los cortesanos no se lavaba, sino que se limpiaba a fondo, ya que la seda y el terciopelo que se usaban para coserla podían dañarse por el lavado. Pero las camisas, ropa de cama y manteles se entregaban a las lavanderas.

Moda masculina de la época de Luis XIV.

En general, los habitantes de Versalles creían que todo lo que era visible debería estar limpio: por ejemplo, en los libros farmacéuticos de aquella época había recetas de bálsamos, enjuagues bucales y baños paro los pies. Por cierto, ellos cuidaban sus dientes lo mejor que podían: había polvos especiales para su limpieza, pero no eran lo suficientemente eficaces. Además, el azúcar, que era muy caro en aquel entonces, estaba disponible solo para las personas muy ricas que abusaban de él, lo que a menudo causaba caries en los dientes.

Por ejemplo, la esposa de Luis XIV, María Teresa, al momento de casarse (a los 22 años), tenía muy mala dentadura. Y el mismo rey fue famoso por su mal aliento, cuya causa principal era el mal estado de su mandíbula. Curiosamente, él nació con dos dientes, lo que ocurre en muy pocas ocasiones.

Sin embargo, era imposible eliminar todos los olores. Por lo tanto, los cortesanos se echaban mucho perfume. En aquella época, se utilizaban aromas muy pesados ​​de origen animal, como ámbar o almizcle. Los farmacéuticos de la corte crearon bolsitas que no solo se colocaban en cofres con ropa de cama y vestimenta, sino que también se acoplaban a los vestidos en la zona de las axilas o los muslos.

En cuanto a Luis XIV, en su juventud también gozaba de echarse perfumes, pero con la edad dejó de soportar los olores fuertes. Por lo tanto, antes de que él entrara en una habitación, los sirvientes abrían todas las ventanas para quitar los posibles aromas en esta. En una ocasión, el monarca no dejó que su amante, Madame de Montespan, entrara en su carruaje, y todo porque olía fuertemente a perfumes y cremas corporales.

Las fragancias favoritas del rey eran el olor de azahar, el cual estaba impregnado en su alcoba, y la esencia de azahar, la cual se añadía incluso a las fuentes de la calle.

El perfumista de la corte.

El perfume también se utilizaba para resolver otro problema: además de enmascarar los olores del cuerpo humano, tenía que cubrir el hedor del “baño”. A pesar de que en el palacio había una especie de excusados públicos, su condición solía ser tan terrible que algunos de los habitantes de Versalles hacían sus necesidades en rincones escondidos del palacio. Además, había muchos perros en el lugar, los cuales, por supuesto, no se molestaban en buscar sitios específicos para ir al baño.

En las habitaciones había orinales que eran vaciados por los sirvientes. La mayoría de las veces, su contenido simplemente se echaba por la ventana, ya que un cierto análogo del sumidero estaba demasiado lejos. Tal cosa, por supuesto, apenas mejoraba el olor en el palacio. Los mismos sirvientes, durante las grandes reuniones de la nobleza en Versalles, recorrían los pasillos con los orinales para que cualquiera pudiera usarlos. Pero los “cuencos higiénicos” no eran suficientes para todos, y muchos, sin esperar al sirviente, hacían sus necesidades detrás de las cortinas.

El mismo rey tenía sillas especiales con ranuras debajo de las cuales se colocaba el orinal. Lo que puede parecer aún más extraño es que, durante el procedimiento íntimo, él incluso podía recibir visitas. Esto era un gran honor para los invitados, equivalente a acompañar al rey en la comida real.

Rituales en la corte de Luis XIV

La vida del “Rey Sol” estaba rodeada de varios rituales y ceremonias, uno de los cuales era el baño de la mañana. Luis XIV era despertado por un lacayo, quien dormía en la misma habitación, y luego se llamaba a un cirujano (para que se asegurara de que las heces reales estuvieran en orden) y al médico personal del monarca, quien se encarga de controlar su pulso.

Luego, los cortesanos entraban en la habitación, cuyo número podía llegar hasta 100 personas. Se alineaban en un cierto orden, dependiendo del rango, y un sirviente procedía al afeitado, ritual que era contemplado por los presentes. Además, estas personas tenían el honor de ver el proceso de vestir al rey, después de lo cual, él abandonaba la alcoba.

Por cierto, los cortesanos tenían que pagar un monto importante por tener la oportunidad de ver los procedimientos matutinos del monarca. Incluso la misma habitación de Luis XIV se asemejaba a una escena teatral: la cama, cubierta con marquesinas en su totalidad, estaba ubicada en un podio elevado.

Curiosamente, todos los rituales eran perfectos hasta el más mínimo detalle. Así, por ejemplo, los zapatos y la túnica eran entregados al rey por diferentes ayudantes. En los días nublados, cuando entraba poca luz en la alcoba real, un lacayo le preguntaba al monarca quién tendría el honor de sostener el candelabro, y el que recibía ese privilegio se convertía en su “guardián” durante la ceremonia.

Paseo de Luis XIV.

En general, la posición de cada uno de los cortesanos dependía totalmente de la opinión del rey. Los habitantes de Versalles competían entre sí en el lujo de sus atuendos, ya que la ropa podía influir en la opinión de Luis XIV sobre cada quien. La carrera de la moda fue tan intensa en ese período que algunos de los nobles literalmente se declararon en bancarrota debido a los gastos exorbitantes relacionados con el vestuario.

Pero el “Rey Sol”, quien, en su infancia, sobrevivió a un motín que pasó a la historia como “la Fronda”, tenía sus propias razones para mantener a los cortesanos a su lado: solo de esa manera podía controlarlos e impedir que los señores y señoras nobles prepararan otro ataque. Todos los que estaban en la corte eran espiados, incluso su correspondencia era abierta y leída. El propio rey tampoco dudaba en espiar, y, a menudo, registraba la ropa de los cortesanos con sus propias manos, buscando cartas que pudieran estar relacionadas con una conspiración.

No es de extrañar que las cenas en la corte de Luis XIV también fueran muy pomposas. El rey solía desayunar y almorzar solo, aunque las mismas personas que estaban presentes durante los rituales matutinos podían asistir a la comida del monarca. Pero la cena (en la que, además de la familia, estaban presentes los cortesanos) era un magnífico ritual preparado por decenas de cocineros. Cabe mencionar que el rey era literalmente insaciable.

A Luis XIV le encantaban los platos con carne, y la mayoría de sus comidas comenzaba con estofado de carrilleras de ternera. En su menú había palomas, cisnes, halcones y pavos; es decir, casi todas las aves comestibles, así como una gran variedad de caza y, por supuesto, ostras y mariscos. El postre favorito del rey eran las naranjas: se glaseaban con caramelo y se espolvoreaban con oro comestible.

A pesar de los obvios problemas de los dientes del rey, se cree que, a la edad de 40 años, sus mandíbulas estaban completamente desprovistas de ellos. Sin embargo, el apetito de Luis se mantuvo sin cambios durante toda su vida, y, cuando perdió la capacidad de masticar los alimentos, simplemente comenzó a tragarlos. El rey siempre comía con las manos, y los que compartían la comida con él tenían prohibido usar cuchillos afilados (lo que también formaba parte de su miedo a las conspiraciones).

Retrato ecuestre de Luis XIV, realizado en 1692.

Otra cosa que fue el resultado del mismo miedo eran los numerosos retratos de Luis. Durante su reinado, que duró 72 años, se crearon cerca de 300 imágenes del monarca. Por supuesto, también se hicieron por vanidad, pero el propósito principal de estas era recordar constantemente a los cortesanos quién estaba por encima de todos ellos, exactamente igual que los dictadores del siglo XX.

Cuando el rey abandonaba la sala, se exhibía su retrato, el cual tenía que ser tratado con el mismo respeto que el propio monarca: por ejemplo, ninguno de los cortesanos debía darle la espalda. Es decir, en aquella época, los retratos de Luis jugaron un gran papel en la vida política de Francia, país que se encontraba bajo la bandera del absolutismo.

Luis XIV se despide del futuro rey, Luis XV.

Luis XIV murió en 1715, a la edad de 76 años (justo antes de su cumpleaños), debido a una gangrena que comenzó a causa de una lesión en la pierna. Tal vez hubiera vivido más tiempo, pero el rey rechazó la propuesta de los médicos de amputar la extremidad afectada, considerándola indigna. Poco antes de su muerte, el rey recuperó la consciencia y les dijo a los cortesanos que rodeaban su cama: “¿Por qué lloran? ¿Realmente pensaban que viviría para siempre?”.

Desde la época del rey Felipe el Hermoso, en las autopsias de los monarcas franceses se extraían las entrañas, se separaban los corazones de otros órganos y luego se enterraban las tres “partes” en diferentes lugares para que la gente pudiera rendir homenajes al gobernante fallecido no solo en la tumba principal. De acuerdo con la voluntad del rey difunto, el procedimiento se llevó a cabo en su alcoba, en presencia de todos los cortesanos.

El cuerpo de Luis XIV fue enterrado en la basílica de la abadía de Saint-Denis, en el santuario de los reyes franceses. Menos de un siglo después, en 1793, los restos del “Rey Sol” fueron desenterrados y profanados por los revolucionarios, junto con las cenizas de otros monarcas. La placa conmemorativa de cobre acoplada al ataúd fue fundida para hacer un caldero.

Algunos historiadores creen que la Revolución francesa fue la venganza por la vida increíblemente lujosa del rey y sus descendientes, la cual causó un gran daño a la tesorería del Estado: la gente común no lograba entender cómo los monarcas y cortesanos podían vivir así cuando el pueblo no tenía dinero ni siquiera para adquirir pan. Y Luis XVI, el tataranieto del gran “Rey Sol”, tuvo que pagar por ello con su cabeza.

¿Qué opinas sobre la vida de la corte francesa? ¿Te gustaría volver al pasado para vivir en aquella época? Comparte tus pensamientos con nosotros en la sección de comentarios.

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