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“¿Qué universidad? Ya le buscamos un bachillerato, ojalá al menos entre ahí”. La historia de cómo unos padres bien intencionados casi destruyen el talento de su hijo

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Cuando a nuestros hijos algo no les sale bien, desafortunadamente, no siempre nos ponemos a pensar en las causas, sino que inmediatamente emitimos un veredicto: “¡No te estás esforzando lo suficiente!”. Pero, muchas veces, para lidiar con el problema solo necesitas confiar en el niño, escucharlo. El futuro de tu hijo o hija puede depender de ello. La profesora Iana Polianskikh contó en Facebook una historia dramática de su práctica sobre lo importante que es creer en nuestros hijos, incluso cuando parece que todo está perdido.

Genial.guru considera que el texto de Iana les ayudará a los padres a mirar a sus hijos con ojos diferentes y recuperar la esperanza aún cuando ya casi se ha perdido.

Ten fe en el niño. En cada momento, en cualquier situación, pase lo que pase, ten fe en el niño. Aún cuando sientas que estás por bajar los brazos completamente... por favor, ten fe.

Tuve un caso terrible en mi práctica docente. Un gris día de marzo, me llamó una mujer que había sacado mi número de un sitio de tutoría y casi llorando me pidió que ayudara a su hijo. Estaba por ser reprobado en matemáticas en el último grado de la secundaria: tenía solo las peores notas, nada funcionaba para hacerlo estudiar, no había hecho ni un solo examen durante el año, todos estaban en estado de shock, lloraban y pedían ayuda para “sacar la nota mínima necesaria para aprobar”.

Y yo justo tenía un estudiante que acababa de ingresar a la universidad y había liberado un lugar. Realmente no me entusiasmaba esa cantidad de malas notas y, aparentemente, falta de motivación, pero decidí aceptar.

Fui a la casa. La madre, desde la puerta, me dijo que él no quería estudiar, que yo tenía que buscar cómo motivarlo. Vaya lío, me dije. Último grado, marzo. Perfecto. Casi me di la vuelta y me fui, pero no me alcanzó el coraje. Entré.

Frente a la mesa estaba sentado un delgado y agotado adolescente con círculos oscuros debajo de los ojos y una mirada exhausta. Me presenté y dije que había venido a ayudar. Él respondió bruscamente que no necesitaba ayuda.

Por qué, dije, no jugamos un juego matemático. El chico me frunció el ceño, pero no se negó. Le expliqué las reglas, se interesó, hasta sonrió. Empezamos a jugar. Un movida genial, dos movidas geniales, y me venció brillantemente. Guau... nunca antes había perdido en ese juego.

Era demasiado raro. No había sido una victoria accidental, habían sido movidas pensadas extraordinariamente ​​y un hermoso pensamiento lógico. ¿Y él tiene malas notas en matemáticas? ¿En serio?

Compartí mis pensamientos con él y le pedí ver sus cuadernos. Estaba increíblemente avergonzado, se veía que realmente no quería decepcionarme. Pero me los mostró.

Nunca olvidaré lo que vi allí. Había soluciones completamente inusuales a los problemas estándares: métodos gráficos, derivadas de una función, uso de las propiedades de las funciones, ecuaciones con parámetros, cálculos analíticos asombrosamente cortos y hermosos. Tachados. Brutalmente tachado con rojo. Algunas hojas se habían tachado con tal fuerza que hasta quedaron rasgadas. Y las peores notas. Un montón de notal malas combinadas con las frases “¡En la clase no se hizo así!”.

Llamé a su madre, le dije que el niño era excelente en matemáticas y que tendría que ingresar en la Facultad de Ciencias Exactas. Que tendrían que dejar de preocuparse por las calificaciones escolares, que ahora lo ayudaría a llegar a esa desafortunada “nota mínima necesaria”, pero que lo que tenían que hacer era comenzar a trabajar con el formato del perfil del examen estatal unificado y rendir la solicitud a la beca. El chico estaba en shock. Nadie le había dicho nada ni remotamente parecido nunca... Se quedó sentado, mirando su cuaderno como si hubiera sido hechizado. Y la madre dijo: “Sí, como no. ¿Y por qué este genio tiene unas notas tan malas?”. Traté de explicarle que los suyos eran métodos de solución no estándar y que, tal vez, su maestro de escuela simplemente no los entendía o no quería aceptarlos, y por eso le ponía notas bajas. Pero la madre se mostró inflexible: “El niño es un tonto, no puede hacer nada como se debe. ¿Qué universidad? Ya le buscamos un bachillerato, ojalá al menos entre ahí. Ayúdelo con la nota mínima”.

Un caso difícil. Bueno, dije, está bien. Accedí a ayudar con la nota mínima, pero comencé a darle algunos rompecabezas del examen de ingreso y de las Olimpiadas. Resolvía algunos más rápido y más genialmente que yo, usando cosas extrañas que me hacían sonreír con admiración. El niño no dejaba de preguntar: “¿De verdad lo estoy haciendo bien? ¿Absolutamente bien?”. Nadie nunca había creído en él... Después de la clase con él, lloré en el parque cerca de su casa, sin saber qué hacer y cómo convencer a sus padres.

Un día, el chico les hizo un escándalo a sus padres. Les dijo que se matricularía en una Universidad normal y que necesitaba un tutor de física. Después de eso su madre me llamó y me dijo secamente que ya no quería que yo fuera a su casa.

Y un par de días después me llamó el propio chico. Me dijo que si bien todavía no tenía la cantidad necesaria para pagar mis clases, estaba dispuesto a pagarme 8 USD, y el resto me daría al cobrar su primer salario. Yo estaba en shock. Y le dije que sí.

Comenzamos a prepararnos para la admisión. Le conté acerca del chico a un amigo que es tutor de física, y él también aceptó ayudarlo a distancia: le recomendó libros, le dio tareas, se las revisaba y se las comentaba. El chico a duras penas se sacó la nota mínima necesaria para recibirse (lo convencimos de que escribiera las “respuestas estándar”), aprobó el examen de ingreso de matemáticas con 99 puntos, el examen de física con 96 y el de la beca con 100. Lo aceptaron con los brazos abiertos.

Ahora está terminando el segundo año de la Facultad de Ciencias Exactas. Participa en concursos estudiantiles y da conferencias. Trabaja en una gran empresa de tecnología especializada en Internet. Como había prometido, nos dio el dinero por las clases tanto a mí como al tutor de física, con porcentaje extra. Nos manda felicitaciones en todos los días festivos y me manda flores.

¿Por qué decidí recordar esta historia? Es solo que antes de ayer, en el día del niño, su madre me envió el único mensaje de texto en todo este tiempo. Decía “gracias”.

Imagen de portada Tu tutor / Marmot-film
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