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Qué pasa en Fukushima 8 años después del accidente nuclear (Japoneses valientes viven allí para salvar a los animales)

El 11 de marzo de 2011, el mundo fue testigo del mayor accidente nuclear que se ha producido desde Chernóbil. Un terremoto de gran magnitud y un tsunami, provocado por este, destruyó la central nuclear de Fukushima I y causó la muerte y el sufrimiento de muchas personas. Pero si, en la actualidad, la zona de exclusión de Chernóbil fue saqueada casi “hasta el fondo”, en la prefectura de Fukushima prácticamente todo permanece intacto.

La ausencia de merodeadores es un hecho que bien merece respeto, pero aún más, a Genial.guru le impresionaron las historias de quienes regresaron a la zona de exclusión únicamente para salvar a los animales que fueron abandonados tras la evacuación.

Valentía vs. precaución

En vísperas de los Juegos Olímpicos de Verano, previstos en Japón para 2020, las autoridades locales están haciendo un gran esfuerzo para restaurar los territorios infectados. Los liquidadores trabajan activamente para limpiar y desinfectar el terreno y los funcionarios firman documentos que cancelan las órdenes iniciales de evacuación de ciertas zonas de exclusión. Pero muchos japoneses no tienen prisa por regresar a sus hogares por razones de seguridad.

El reloj sobre el refrigerador muestra la hora del terremoto ocurrido el 11 de marzo de 2011 (cocina en una casa de la ciudad de Namie, prefectura de Fukushima).

Sin embargo, hay excepciones. Naoto Matsumura y su familia fueron evacuados del área radioactiva inmediatamente después del accidente. Un tiempo después, él regresó conscientemente a casa para cuidar de sus animales abandonados durante el suceso. Al entrar con su auto a la ciudad, Naoto quedó impactado: se apresuraba, impulsado por la preocupación por sus propios animales, y se topó con cientos de gatos, perros, cerdos, vacas, ovejas, cabras e incluso avestruces agotados que apenas podían moverse por el hambre que experimentaban.

Y Naoto se quedó, convirtiéndose en el único habitante de la localidad. Comenzó a alimentar a todos los animales que encontraba en su camino, recorría patios, desataba a los perros, soltaba a las vacas, las juntaba en manada, construía corrales para cerdos y así día tras día.

Debido al hecho de que los animales en las granjas de Fukushima estuvieron expuestos a la radiación, se hizo imposible emplearlos con fines agrícolas y las autoridades locales tomaron la decisión de sacrificarlos por razones de humanidad. Para evitar esto, Naoto se ofreció como voluntario para asumir la custodia de estos.

Ahora, lo ayudan con medicamentos y comida para mascotas las personas que no son indiferentes a esto. La revista estadounidense sobre estilo de vida Vice creó una película sobre este japonés valiente.

Naoto Matsumura no es el único que cree que los animales no deben pagar por los errores de los humanos. The New York Times escribió sobre Masami Yoshizawa, un agricultor de Namie que regresó a su rancho afectado por la radiación porque no podía permitir que las autoridades ejecutaran la orden del gobierno para matar a los animales.

“Estas vacas son un testimonio vivo de la estupidez humana, aquí, en Fukushima”, sentenció Masami sin rodeos. “El gobierno quiere matarlos para borrar lo que sucedió aquí y restaurar para Japón su status quo previo al accidente. No lo permitiré”.

El periodista de Nueva Zelanda, David Farrier, visitó el rancho de Masami Yoshizawa.

De manera regular, recorre el vecindario en busca de animales agotados, a los que a veces tiene que tirar de las orejas para conseguir que lo sigan hasta la casa. Al mismo tiempo, Masami está tratando de evitar los puestos de control policial: es técnicamente ilegal que alguien viva en la zona de exclusión.

Sin embargo, fue detenido varias veces y obligado a firmar un formulario ya elaborado pidiendo disculpas por entrar en el territorio prohibido. Masami firmaba, pero primero tachaba el punto en el que se prometía no volver a hacerlo.

Mientras que Keigo Sakamoto, un granjero de Naraha, desde el principio, se negó a dejar su hogar en la zona de exclusión. Se quedó para cuidar de 500 animales abandonados durante la evacuación.

Una mirada desde fuera a los problemas internos

En 2018, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón invitó a cinco periodistas a la prefectura de Fukushima (venían de Rusia, Países Bajos, Alemania, Brasil y Hong Kong) al objeto de mostrarles cómo iban las cosas allí. Uno de los corresponsales, Konstantin Volkov, después de la visita, preparó material para el periódico ruso Rossiyskaya Gazeta, en el que expuso datos interesantes que describen la situación actual de Fukushima.

“El periodista alemán Sören Kittel, el más prudente de nuestro grupo, trajo consigo un contador Geiger. Con él, medíamos todo: agua, fruta, pescado, arroz, sake, a los japoneses... Estos nos miraban con asombro: ellos mismos no miden nada, cediendo esa responsabilidad a las autoridades y al operador de la central nuclear de Fukushima I”.

Resultó que los alimentos por los que la región era famosa antes del accidente son muy solicitados también ahora, por ejemplo, las manzanas, el sake (este, según Konstantin Volkov, posee un sabor muy delicado y es considerado el mejor de Japón) y el arroz de Fukushima (también el mejor de Japón, tanto que incluso lo compra la casa imperial). Por cierto, al verificar el arroz con un contador Geiger, los indicadores no superaron el nivel de radiación natural.

Un técnico de laboratorio utiliza un contador Geiger para medir la radiación en pescado capturado cerca de la planta de energía nuclear Fukushima I, dañada por el tsunami.

Al final, se descubrió que no todos los japoneses confían en los operadores en cuanto a las mediciones de radiación. En la prefectura de Fukushima, por el bien de todos los niños de Japón, se unieron las madres no indiferentes. Con sus propios esfuerzos, crearon un laboratorio desde cero para medir la radiación de prácticamente todo: arroz, mariscos, agua, tierra, musgo e incluso polvo de las aspiradoras. Curiosamente, ninguna de estas mujeres poseía conocimientos especiales para tales actividades, por lo que tuvieron que aprender durante el proceso.

Noriko Tanaka, empleada de este laboratorio, afirma que el problema de la radiación no se limita solo a la zona contaminada. Además de los posibles problemas de salud, existe un factor social: la posible discriminación de los niños en crecimiento que provienen de estas áreas contaminadas. Algunos de los que fueron evacuados de Fukushima a otras prefecturas se enfrentan a los prejuicios y burlas de sus compañeros, por ejemplo, en la escuela.

Los expertos miden el nivel de radiación en niños que provienen de la zona contaminada.

Hola, ¿cómo llego a Fukushima?

Queda prohibida la visita por cuenta propia a la zona de exclusión. Sin embargo, en 2016, el intrépido fotógrafo malayo Keow Wee Loong, junto un par de personas de ideas similares, penetró en el territorio convencionalmente delimitado por la “línea roja”. Estas personas hicieron un gran esfuerzo por pasar desapercibidos para los vigilantes, ya que no habían solicitado permiso alguno a las autoridades. Del equipo antirradiación especial, solo contaban con una máscara de ventilación porque, poco antes de su intrépida aventura, Loong había perdido todo su dinero destinado a este cometido.

A pesar de la disposición del joven fotógrafo a hacer todo lo posible por llegar a la zona de exclusión de Fukushima, no resultó ser el primero. En 2013, los representantes de Google pasaron por las calles de Namie, de modo que los usuarios de Google Maps pueden “caminar” virtualmente por las calles abandonadas y ver cómo se veía la ciudad dos años después del accidente.

Japón apuesta por el turismo nuclear

Las autoridades locales, por todos los medios, buscan reanimar los territorios peligrosos, no solo en el contexto de la naturaleza, sino también a los ojos de la sociedad. Así, un bloguero viajero, Sergei Kondratenko, llegó a la ciudad evacuada de Fukushima, Ōkuma. En su cuenta de Instagram, publicó 10 fotos desde allí y escribió lo siguiente:

“Si la zona de Chernóbil fue básicamente saqueada, en Fukushima todo se mantuvo casi intacto. Una ciudad típica japonesa, pero sin gente. Muchas casas están perfectamente conservadas, los habitantes las abandonaron con prisas, llevándose solo los documentos. La gente no sabía que no iba a volver allí. En esta ciudad fantasma todavía funcionan los semáforos y por la noche se enciende la iluminación de las calles. Da miedo. Lo que pasa es que, en la actualidad, en la zona de exclusión trabajan unas 20 mil personas minimizando las consecuencias del accidente”.

A la pregunta de sus suscriptores sobre si tomó algún medicamento antes de entrar en la zona de exclusión, Sergei respondió negativamente, porque allí solo está prohibido caminar por la hierba y tocar objetos. Sobre otra cuestión candente de si es posible organizar esta ruta turística por su propia cuenta, Sergei escribió que era imposible hacerlo por sí mismo y que él, personalmente, tenía un guía.

Y tú, ¿te atreverías a ir con un grupo de turistas a una de las ciudades abandonadas?