17 Anécdotas reales de mamás que son mejor que cualquier comediante

Historias
hace 3 horas
17 Anécdotas reales de mamás que son mejor que cualquier comediante

Los archivos familiares suelen contener no solo fotografías antiguas, sino también una colección de obras maestras orales, cuya protagonista es invariablemente mamá. Estas historias, perfeccionadas por repetidos relatos en la mesa festiva, no son peores que los chistes clásicos. Y el hecho de que ocurrieran de verdad las hace mucho más cercanas y entrañables.

  • Le regalé a mi mamá un ventilador de mano. Fue con él a una reunión local y todas sus amigas quedaron fascinadas, tanto que enseguida se pidieron uno igual. Mi mamá, feliz: “Soy tu... ¿cómo se dice? ¡Influencer!”. © evgienika / Х
  • Mi mamá leyó en algún lado que, si plantas un tallo de rosa dentro de una papa y lo entierras, en un mes y medio tendrás un nuevo rosal. Yo, claro, me burlé, porque mi mamá siempre está probando cosas raras en el jardín, pero ella plantó varios, los regó... Al par de semanas, llega feliz: “¿Ves que sí? Ya salieron hojitas nuevas”. Fui a ver... Sí, había hojas, pero era la papa que estaba brotando. © No todos entenderán / VK
  • Estaba en la maternidad y mi madre me mandaba comida casera todos los días. El día que salí del hospital con mi bebé en brazos, mi esposo llegó con flores y toda la familia feliz. El fotógrafo nos reúne para la foto del recuerdo, todos sonríen... y justo en ese momento, mi mamá se me acerca y me pregunta susurrando: “¿No te olvidaste los tuppers donde te mandé sopa, verdad?”. © LVira / Pikabu
  • La vecina de mi abuela, que tenía fácil cien años, vivía sola, igual que casi todas las abuelas del edificio. Su hijo la visitaba los fines de semana con su familia. Un día, las abuelas espías notaron que, entre semana, la visitaba un “joven” de unos 60 años (según sus estándares). Juntaron información: escuchas a través de la pared, vigilancia desde la ventana. Resulta que se conocieron en el súper. Ahora él la visita a menudo, a tomar té y filosofar. Las abuelas convocaron una junta urgente en la banca del edificio: “Esto no puede ser, hay que avisar al hijo, ¡a ver si no termina heredándole el departamento y luego se arma un escándalo!”. Llegó el hijo, habló con su madre y luego le pidieron reporte detallado. La madre, indignada, le dice: “Si quiero, hasta me caso con él, ¡tú no mandas en mi vida!”. El hijo: “Mamá, ¿pero a los 90 años uno se casa?”. Y la respuesta fulminante: “¡Tengo 89!”. © Ksaverija / ADME
  • El día de mi cumpleaños, mi mamá decidió organizarme una búsqueda del tesoro. Tuve que recorrer todo el departamento, hacer un poco de limpieza como parte del juego, buscar pistas y finalmente encontrar mi regalo. La última pista me llevó a una montaña de platos sucios. El último plato era una olla limpia... ¡y debajo estaba el móvil de mis sueños! Así que ese día recibí regalo y, de paso, la casa quedó reluciente. © Karamel / VK
  • Una vez, mi mamá fue a visitarme al campamento de verano. Ella quería verme, así que no tuvo mejor idea que saltar la cerca. Era delgada, llevaba shorts cortos y una camiseta, así que parecía toda una jovencita. Un encargado la vio y le preguntó su nombre y de qué grupo era. Mi mamá, sin pestañear, le dijo: “Nadia, del segundo grupo”. Esa noche, durante la formación, el pobre encargado estuvo un largo rato buscando a la misteriosa “Nadia del segundo grupo” que había roto las reglas. © Habitación № 6 / VK
  • Mi cactus tuvo “hijitos”. El más grande lo planté en una maceta y se lo regalé a mi mamá. Otro lo decoré bonito para sorprender a mi hermana que volvía de un viaje largo. Cuando regresó, entró a su cuarto y dijo ¡el cactus no está! Mi mamá dice que se le cayó por accidente. Me sorprendió que no me avisara, pero bueno, pensé. Tiempo después descubrí la verdad: resulta que regalar cactus a chicas solteras es de mala suerte. Por eso mi mamá se deshizo en secreto del de mi hermana y del suyo. Mi mamá tiene 47 años. © Overheard / Ideer
  • Una mañana escuché a mi mamá, indignadísima, murmurando algo. Parecía estar hablando consigo misma, diciendo algo en voz baja en la habitación de al lado. Tiene 68 años. Me acerco:
    — ¿Qué te pasa?
    — ¡No sabes! ¡Se me cayó un empaste! ¿Con qué los hacen? ¡Pura basura!
    Yo ni recordaba que hubiera ido al dentista últimamente.
    — ¿Y cuándo te lo pusieron?
    — ¡Cuando iba a la escuela! © Lenchbina / Pikabu
  • Hoy he llamado a mi mamá, que tiene 84 años.
    — Mamá, ¿cómo estás? ¿Cómo te sientes?
    — Ay, hijo, estoy fatal... la pierna, el brazo, la presión, todo me duele, y el asma no me da tregua.
    — Entonces quédate en casa, nosotros vamos a hacer unas compras y luego al campo. Al regresar, pasamos a verte. ¿Qué te llevamos?
    — Hijo, ya me siento mucho mejor. ¡Me voy con ustedes! © MAPK.TBEH / Pikabu
  • Mi mamá es enfermera y a veces me llevaba al trabajo cuando era pequeño. Para pasar desapercibido, me cosió una bata blanca y un gorrito muy mono. Yo, todo profesional, me puse cubrebocas, guantes y botas quirúrgicas y me fui derechito a la sala de operaciones. El cirujano, con voz de mando: “¿Quién es este niño? ¿Qué hace aquí?” Y yo, muy tranquilo: “¡Soy el microcirujano de mi mamá!” Así me llamaba siempre ella. © No todos entenderán / VK
  • Fui a visitar a mi mamá y mientras hablábamos me dice:
    — Vi un video buenísimo en ese sitio que me mostraste. Quiero que lo veas, me morí de la risa.
    — ¿Lo guardaste? ¿Me lo enseñas?
    — No, pero hay buscador, ¿no?
    — Sí...
    — Ándale, busca: gatito". © CaptainOcevidnst / Pikabu
  • Salimos al campo con mi novio y sus papás. Su papá, feliz pescando a la orilla del río; su mamá, cada cinco minutos, yendo a preguntarle si ya se va a ir. En mi familia pasa justo lo contrario: a mi papá le encanta quedarse tranquilo viendo la tele, y mi mamá es la que no deja de insistir: “¡Vámonos al río! Todavía quedan dos horas de luz, hay que aprovechar”. Por eso a mi novio le gusta más salir de paseo con los míos. © Karamel / VK
  • Hace como veinte años, empezaron a llegar productos raros a las tiendas y en la tele daban programas de cocina de lo más exótico. Un día, mi mamá vio sushi o algo parecido y decidió sorprendernos. Mi papá había traído salmón de un viaje, mamá lo cortó, lo saló, y, no tengo idea de cómo, consiguió algas nori. Se puso a hacer sushi, pero no cualquier sushi: eran rollos del grosor de mi brazo, con 150 o 200 gramos de pescado y todavía más arroz. No sé cómo, pero las nori aguantaron el tamaño. Cuando los puso en la mesa, todos quedamos impactados. Mamá, feliz y orgullosa. Años después, los sushi-bars estaban por todas partes, pero mi mamá seguía diciendo: “¿Y esos bocaditos? ¡Los míos sí llenaban!”. © pugchoo / Pikabu
  • Estábamos de vacaciones en Egipto. Un joven se sentó a mi mesa. Empezó a flirtear, intentando conocerme e ignorando mi amable negativa. Vino mi madre. Echó un vistazo al “macho”, puso un plato con tres raciones de papas fritas a la mesa y soltó: “Chico, yo no la llamaría para una cita. Te costará mucho alimentar a mi hija. Se va a comer todas estas papas y también el postre”. En fin, mi madre me sacó del apuro porque el joven se quedó impresionado y se largó de inmediato. © Skull Koo / ADME
  • Mi madre es una mujer de nervios de acero. En verano vive en una cabaña apartada entre bosques y pantanos. Un día quiso adentrarse en el bosque en busca de hongos. En lugar de estos, encontró un claro con frambuesas. Algo aullaba y mordisqueaba entre los arbustos. Mamá, sin pensárselo mucho, lanzó una rama a la espesura con todas sus fuerzas. Una enorme cosa negra y peluda salió rugiendo de allí: ¡un oso! Mamá salió corriendo y se perdió. Llamó al servicio de emergencias: “¡Soy una anciana débil, casi me come un oso!”. Enviaron a un guarda forestal, pero la batería de su teléfono se agotó enseguida. Le dijo a mi madre que haría ruido y dejaría que ella fuera a su encuentro, pero ella se negó: “Ya he hecho una hoguera, tengo agua conmigo y no tengo prisa”. Al anochecer, los rescatadores encontraron y sacaron del bosque a mamá... y al guardabosque perdido. El oso nunca fue encontrado. © aleol / Pikabu
  • Mamá me llama desde otra ciudad: “Llego mañana por la mañana, ¿podrás recogerme antes del trabajo?”. Yo: “¿A qué hora llega el tren?”. Mamá dice que no se acuerda, y que el billete está lejos y tardaría mucho en sacarlo, y entonces me pregunta sin tapujos: “Conque, ¿te da tiempo o no?”. © ********torfan / Pikabu
  • De esta manera, nunca encontraré una novia. Mamá trabaja de azafata en el tren nocturno. Una vez vine a casa con una compañera de clase para que me ayudara con mi informe. Estábamos sentados en la habitación, se abrió la puerta, entró mi madre y me dijo: “Ya me voy. ¿Les hago la cama?”. © ****frodo / Pikabu
Imagen de portada Skull Koo / ADME

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