Carta a mi hijo, quien me desprecia por no haberle dado una vida más lujosa

Historias
hace 11 meses

Los hijos son el motivo principal por el cual los medios de transporte público se abarrotan todas las mañanas; millones de personas salen a la calle a dar el máximo de sí mismas para poder costearles a sus pequeños todo lo que está dentro de sus posibilidades. Conforme pasan los años, muchos padres se van dando cuenta de que tanto esfuerzo tal vez no fue bien recibido, y es que hay hijos que no entienden por qué sus papás no les dieron más; más lujos, más ropa, más gustos. Justo en ese momento, se cae la venda de los ojos y sale a la luz que uno estuvo criando a un malagradecido.

Carta a mi hijo, mi amor más inconforme

Antes de que llegaras a mi vida, mi única responsabilidad era yo misma. Los fines de semana no tenía impedimentos para salir hasta tarde, y lo poco o mucho de mi sueldo era para gastarlo en cosas para mí y para mi casa. No voy a mentirte: yo no estaba preparada para ver esas dos rayitas en aquella prueba de embarazo, pero saber que estabas en camino produjo un vuelco de felicidad en mi corazón que jamás habría podido compararse con unas visitas al cine o unos zapatos nuevos. Te amé desde ese mismo instante.

El orden de mis prioridades sufrió un sacudón extremo. Las paradas soñadoras frente a las vitrinas de joyas caras se trasladaron a las de las tiendas de bebés. ¡Quería comprártelo todo! Pero la frase más frecuente en mi cabeza era: “No me alcanza”. Cuando me enteré de que serías un niño, nuestra casita se llenó de un brote de color azul. Guardaba hasta el último centavo que me era posible y lo ahorraba para poder ir a pagar cada una de las cositas que deseaba para ti, como aquella cunita de madera que había visto en el almacén.

Nunca olvidaré el día en que te tuve entre mis brazos por primera vez. No podía creerlo, una criaturita tan perfecta, tan única, tan mágica no podía haber salido de mí. Se me iba a salir el corazón del pecho. Me convertí de inmediato en tu protectora más fiel y me enfoqué en esmerarme al máximo por ti, pasé a dejar mi propia vida de lado para enaltecer la tuya. Atrás quedaron las salidas ocasionales y los gustos que me daba. No había cosa que disfrutara más que ver tu sonrisa luego de haber corrido todo el día en el parque o de haber recibido la pelota de fútbol que tanto querías. ¡Qué felices fuimos en tu infancia!

Nadie me dijo que la adolescencia sería el coco que merodeaba mi cuarto por las noches cuando la niña era yo. Luego de que pasaste los 12 años, las cosas empezaron a cambiar. Yo sentía que estaba dejando de ser el gran amor de mi único amor. Tu carácter se volvió más agrio y tu dulzura fue mermando, aunque nunca me atreví a decírtelo. Tus abrazos y cariños solo se volvieron el recuerdo de lo que algún día existió. Ya no querías parar en casa, e ir a la de tus amiguitos se volvió tu deporte favorito. No tenía el corazón para discutir contigo, así que, para ocupar mi mente, me conseguí otro trabajo.

Los años siguieron pasando y mi niño bonito seguía en ese proceso de convertirse en adulto. En esa transición, salieron a la luz cientos de reproches que tenías reprimidos en mi contra. Aún recuerdo uno de ellos como si fuera ayer. Tenías quince años y, una noche, llegaste a casa de muy mal humor, te pregunté tímidamente si estabas bien y vi cómo tus ojos se llenaban de rencor. Fuiste directo al grano y me preguntaste por qué nosotros no teníamos nuestra propia casa. Te contesté que eso no era tan fácil y que eran muy caras, entonces de tu boca salieron unos cuantos dardos que fueron a dar directo a mi corazón: “¡Mamá, es el colmo! Eres una fracasada, una arrimada. Me da vergüenza provenir de alguien sin dinero”.

Al mes siguiente, cuando nuestro casero vino a cobrar el alquiler, le ofreciste una “propina” de 50 dólares, ¿te acuerdas? Le dijiste que yo era una inquilina muy tacaña y que me aprovechaba de él. Me quedé de una sola pieza. Intenté explicarte que a los caseros no se les dan propinas, pero mis palabras te entraron por un oído y te salieron por el otro. No pude reconocerte en la persona que me respondió que, cuando fuera grande, sería dueño de muchas casas y desalojaría a las madres solteras. Casi me muero del dolor.

Resulta que, durante años, yo he sido parte de una competencia de comparaciones entre la vida que tus amigos tienen y la que yo he podido darte. Está de más decir que siempre perdí olímpicamente. Los sacrificios que hice durante todo este tiempo no significan nada para ti y, peor aún, te avergüenzas de ellos. Ya casi no hablamos y te veo muy poco. No sé cómo llegamos a este punto, pero siento, con mucha tristeza, que no soy la madre que hubieras querido tener.

Hoy cumples 18 años y, oficialmente, te conviertes en un adulto. He intentado por todos los medios acercarme a ti, recuperar tu amor y volver a inspirar esa mirada cariñosa que me dabas en tu infancia. Todo ha sido en vano porque, para mí, tú solo tienes rechazo, dureza e insultos. En cambio, a mis ojos, tú siempre serás mi niño hermoso, que llegó para cambiarme la vida. Sin embargo hoy, con mucha pena, necesito tomar una decisión radical que te ayude a entender que el valor de las personas no está en sus posesiones.

Durante años he tenido dos trabajos y confieso que, incluso en esos momentos, tú fuiste mi motivación. Todo lo que ganaba de mi segundo empleo lo enviaba a un fondo que creé para que tú pudieras ir a la universidad y tuvieras una mejor vida que yo. Hoy hay varios miles de dólares ahorrados allí, pero tú ya no eres el destinatario, soy yo. Empezaré de nuevo en otra ciudad y espero saber de ti cuando la vida te haga entender que no hay amor más puro que el de quien te trajo al mundo. Te dejo esta carta como herencia, enseñanza y despedida.

Mamá

Imagen de portada Awkward_Gur3747 / Reddit

Comentarios

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Dejar irse, es la respuesta que debemos usar en casos como ese, el desagradecido hace daño. Los hijos malcriados que no razonan sino con el interés pueden buscar su camino. Lo ahorrado debe ser empleado por quien sacrificó su vida y se esforzó. Muy buena elección y a no arrepentirse de esta decisión. Nadie debe cargar una cruz que no le pertenece.

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