No tenía agua caliente en el hogar de su infancia y se volvió millonario al crear una aplicación

Historias
hace 6 meses

Jan Koum, un inmigrante que pasó por momentos muy difíciles, se convirtió en el cerebro detrás de una de las aplicaciones de mensajería más exitosas del mundo. Desde sus humildes comienzos hasta el éxito rotundo, cada paso revela la determinación y la pasión detrás de WhatsApp.

Koum nació y creció en un pueblo de las afueras de Kiev, en Ucrania. Su madre era ama de casa y su padre gerente de construcción de hospitales y escuelas. El agua caliente no existía en su hogar, y sus padres casi no podían hablar por teléfono.

A los 16 años, se mudó junto a su madre a un apartamento de dos habitaciones en Mountain View, California, mientras que su padre tuvo que quedarse en su país de origen con la promesa de que, cuando pudiera, se uniría a ellos en su nuevo hogar.

Su situación económica era muy compleja. Su madre trabajaba cuidando niños y él limpiaba en una tienda para poder llegar a fin de mes. Incluso utilizaba útiles escolares que su madre había traído en una valija desde Ucrania para no pagar por nuevos en Estados Unidos. Sin embargo, esto no sería lo peor, ya que, al poco tiempo, su madre sería diagnosticada con cáncer.

Su madre comenzó a recibir un subsidio por discapacidad, y Jan trabajaba y asistía a la escuela, donde era una especie de alborotador. Y, por si fuera poco, su padre también sufrió problemas, ya que nunca pudo salir de su país y falleció allí, en 1997, sin volver a ver a su familia.

En esos años, Jan comenzó a interesarse por la informática y estudiaba con manuales que compraba en una tienda de libros usados y que volvía a vender una vez incorporados. Gracias a estos conocimientos, se unió a una red de piratas informáticos llamada w00w00, y al poco tiempo, luego de meterse en los servidores de Sillicon Graphics, conoció a Sean Fanning, creador de Napster.

Ingresó a la Universidad de San José, y gracias a su trabajo en una compañía internacional de auditorías, conoció a Acton, un empleado de Yahoo de 44 años al que debía ayudar con su sistema de anuncios. Mientras otros empleados eran sutiles o estratégicos, Koum era sensato y directo y, al poco tiempo, fue entrevistado y comenzó a trabajar como ingeniero de infraestructura allí.

Un día, mientras estaba en clase, el cofundador de la empresa, David Filo, lo llamó por problemas en sus servidores y, al escuchar que estaba en la universidad, le dijo que saliera de allí. Esto motivó a Koum a abandonar la educación formal: “La odiaba de todos modos”.

En el año 2000, su madre murió, y Jan quedó solo. No tenía muchos amigos en Estados Unidos, y Acton, su compañero de Yahoo, comenzó a acercarse a él. “Me invitaba a su casa”, recuerda, y allí jugaban al futbol y al frisbee juntos.

En septiembre de 2007, ambos dejaron Yahoo luego de lidiar por varios años con un fallido proyecto de publicidad que había dejado los ánimos por el suelo. “No se mejora la vida de nadie haciendo que los anuncios funcionen mejor”, dijo Koum sobre ese trabajo. La pareja de amigos viajó durante un año por América del Sur, y hasta probaron suerte en Facebook, pero fueron rechazados.

En 2009, Koum se compró un iPhone y vio un negocio a punto de explotar en la tienda de aplicaciones. Fue a una de las tantas juntadas de pizza que hacía su amigo Alex Fishman para la comunidad inmigrante local, y allí charlaron largo y tendido sobre la idea para una aplicación. Koum mostraba su libreta de contactos y decía que “sería genial tener estados junto a sus nombres”.

Para llegar a esto, debían conseguir un desarrollador de iPhone, y lo consiguieron en línea. WhatsApp apareció casi de inmediato, ya que su traducción sonaba a “qué pasa”, y al poco tiempo se le agregó el “Inc.” al final. Todo esto sin haber desarrollado aún la aplicación, trabajo que Jan comenzaría pronto.

Las reservas de dinero comenzaban a agotarse, así que Koum ya pensaba en rendirse. Su amigo Acton le dijo que sería “un tonto” si lo dejaba en ese momento. Al poco tiempo, iPhone habilitaría las notificaciones automáticas y le daría un empujón a la aplicación, ya que avisaba a todos cuando alguien cambiaba su estado.

“En algún momento, se convirtió en una especie de mensajería instantánea”, dice Fishman. “Empezamos a usarlo como ’Hola, ¿cómo estás?’. Y entonces alguien respondería”. Sobre esto, Koum dijo: “Poder llegar a alguien al otro lado del mundo al instante, en un dispositivo que siempre está contigo, fue poderoso”.

En ese momento, ambos desarrollaban proyectos diferentes en una oficina junto a muchos otros emprendedores digitales. Acton un día dejó su idea que no iba hacia ningún lado y consiguió 250 mil dólares de unos excompañeros de Yahoo para invertir en WhatsApp, y recibió una parte de las acciones de la empresa.

Los primeros años trabajaron gratis en un edificio que alquilaba cubículos, y no tenían ni un cartel con el nombre de la empresa. Las instrucciones para llegar allí eran referencias, porque a pesar de crecer paulatinamente a nivel internacional, no querían perder el enfoque. “El marketing y la prensa levantan polvo. Se te mete en el ojo y entonces no te enfocas en el producto”.

En 2011, la aplicación ya se encontraba entre las 20 más descargadas en Estados Unidos, y gracias a su socio Jim Goetz, del grupo inversor Sequoia, pudieron continuar el desarrollo de WhatsApp gracias a un acuerdo de 8 millones de dólares y la posibilidad de seguir enfocados en el producto, sin recibir presiones de incorporar publicidades o cosas por el estilo.

En febrero de 2013, la aplicación ya tenía 200 millones de usuarios y 50 empleados. En ese momento, Koum y Acton acordaron que era el momento de generar dinero para asegurar los sueldos de la empresa, ya que esto era algo que Acton había aprendido de su madre, que manejaba una empresa de transporte, y perdía el sueño pensando en poder mantener los sueldos de su gente.

Para generar este dinero, recurrieron a otra ronda de inversión, pero en secreto, y ahí Sequoia invirtió nuevamente, pero esta vez 50 millones de dólares, y WhatsApp pasó a valer 1,5 mil millones.

En 2014, Facebook, la empresa que en algún momento había rechazado a Koum y Acton, compró WhatsApp por 21 800 millones de dólares (12 mil en acciones de Meta, y el resto en efectivo). En 2016, Koum vendió parte de sus acciones de Facebook y, en 2018, se alejó del grupo directivo de la empresa por diferencias de criterio, pero continuó trabajando a pesar de la lejanía.

Jan Koum demostró que, con determinación y enfoque, los sueños pueden hacerse realidad. El legado de WhatsApp se extiende más allá de una simple aplicación de mensajería. Representa la perseverancia y el valor de un inmigrante que transformó la forma en que nos conectamos con el mundo.

Cada vez que enviamos un mensaje a través de WhatsApp, recordemos que detrás de esa sencilla interfaz hay una historia de esperanza y valentía. Jan Koum y su equipo cambiaron el panorama de la comunicación para siempre, demostrando que una idea poderosa puede conectarnos más allá de las fronteras y difundir un mensaje de unidad y superación.

Al igual que Jan Koum, otros seres desconocidos del planeta tienen historias emotivas detrás de su negocio, como el hombre que casi comió la almeja más cara del mundo o el niño que creó una empresa para poder comprarle un auto a su madre.

Imagen de portada Badabun / Youtube

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