Si comes la misma comida durante un mes, mira lo que te pasaría

Curiosidades
hace 1 año

Tu cuerpo está temblando. Estás empapado de sudor, lo único que puedes hacer es echar un vistazo a la pequeña y oscura habitación. Has escrito todas las paredes para documentar cada uno de tus pensamientos desde que llegaste aquí. Te anotaste a un programa experimental que paga muy bien. El único problema es que parece no tener fin. (Hace 1 año) Estás navegando por las redes sociales sin pensar en nada en particular, cuando un anuncio interesante llama tu atención. Lo estudias de principio a fin y te das cuenta de que resolverá todos tus problemas financieros. Sigues el enlace y te inscribes.

Pasa una semana y olvidas la oferta. Estás esperando el metro cuando, de pronto, un desconocido con traje se sienta a tu lado. Te pones a la defensiva, pero te entrega una tarjeta con el mismo logotipo que la oferta a la que te anotaste. Lo miras y te sonríe. Tu tren llega, no sabes si subir o hablar con él. Vuelves a sentarte y escuchas su oferta. Abre una bolsa y te da una papa asada. Te dice que, si quieres participar en el concurso, deberás comerla. Tú nunca aceptas comida de extraños, así que te niegas y te preparas para subir el tren. El extraño te dice que, si te niegas a comerla, nunca tendrás la oportunidad de ganar un millón de dólares. Le das un mordisco, pero él insiste: para ser un candidato, debes comértela toda. Terminas obedeciendo, mientras él se limita a sonreír. Cuando terminas, te dice que se pondrán en contacto contigo para darte más instrucciones y se va.

(7 días después) Estás comiendo una deliciosa comida que preparaste, cuando recibes una llamada de un número desconocido. Respondes y te dicen que recojas tus cosas: te llevarán a un instituto para formar parte del experimento. Terminas de comer y empacas algunas cosas. Una hora más tarde, un jeep negro se detiene frente a tu casa. El hombre del metro toca el timbre y te acompaña al asiento trasero. Cuando entras, te da un bolígrafo para que firmes una renuncia de responsabilidad, y después te venda los ojos para que no veas adónde te llevan. Un par de horas después, llegas a lo que parece ser una gran escuela abandonada con miles de guardias con monos y máscaras. Te llevan a tu habitación, que no es más que un pequeño cubículo, y te dicen que te pongas un mono especial. Cuando terminas, recibes un papel. Dice: “Come cuando te den comida. Duerme cuando te lo digan. Y disfruta tu estadía”.

Guardas el papel en el bolsillo y te diriges al patio con otros cientos de personas. Los guardias les dicen a todos que formen filas y esperen su turno. En una gran mesa se sirven las mismas papas asadas que comiste en el metro. Por fin llega tu turno y comes. El siguiente en la fila se niega a comer, así que los guardias se lo llevan. Eliminado. No podrá ganar el gran premio. Te das cuenta de que los voluntarios pueden hacer deporte o pasar el rato dentro de las bibliotecas improvisadas. Paseas con la intención de detectar otras cosas inusuales en el entorno, y te das cuenta de que las puertas están completamente cerradas para que nadie intente escapar.

Un guardia te llama y te dice que regreses al patio de recreo. De repente, los guardias les ordenan a todos que formen una gran fila en un extremo del patio de recreo y esperen. En el extremo opuesto, los guardias arman un bufé de papas para que todos coman. El orador anuncia que todos deben correr lo más rápido posible para alcanzar la comida; de lo contrario, serán eliminados y se irán a casa. Suena la campana, y nadie corre. Todos se miran confundidos. Algunos comienzan a caminar y los demás los siguen. Segundos después, todos están corriendo. Pero lo que el locutor no anuncia es que hay una zanja oculta cubierta con césped. Los primeros en llegar al final caen dentro y no pueden salir. Algunos jugadores intentan saltarla, pero es demasiado ancha.

Tú y otras 80 personas llegan a la meta y comienzan a comer. Las personas que se rehúsan son llevadas a casa. Hacia la noche, te dan la cena, que es (sorpresa) papas, y te vas a dormir a tu cuarto. Al día siguiente, te dan el desayuno, la comida y la cena, siempre papas asadas. Algunos piden irse, no pueden comer papas todo el tiempo. Regresan a casa y se despiden del gran premio. Solo quedan 50 personas en el juego, incluyéndote a ti. La semana siguiente consiste en pasar el rato y socializar, todo bajo una dieta estricta de papas asadas. Los efectos de la mala nutrición comienzan a verse: todos están debilitándose, y su complexión está cambiando. Nadie puede moverse correctamente, y no todos logran salir de la cama. Se sienten psicológicamente atrapados, no pueden ni mirar más papas. Han pasado dos semanas desde el primer juego. De pronto, los guardias llaman a todos al patio para otro desafío.

Te diriges allí y ves un gran camino para jugar a la rayuela, pero no la típica rayuela con unos pocos casilleros, sino un camino largo que se extiende casi un kilómetro. Y el gran premio de este juego son papas asadas con especias extra y mantequilla. Todos deben esperar su turno para completarlo. Los primeros intentan completar el juego, pero tropiezan y se caen. Parece imposible, el patrón es muy confuso, nadie llega a ver cómo es. Se sienten muy débiles. De las 50 personas en el juego, 25 son eliminadas. Tú has sido uno de los ganadores. Los guardias presentan la nueva comida, y los participantes acuden a comer. Sigue siendo una dieta de papas, pero hay especias para darle un toque fresco. Todos sonríen y disfrutan de la comida.

Pasan otras dos semanas y 15 jugadores más abandonan por desnutrición. El color de tu piel ha cambiado completamente. Has perdido mucho peso, y ya no puedes ni caminar bien. Te han dado papas todos los días, pasas las noches soñando con la última papa buena que comiste hace 2 semanas. Has escrito por todas las paredes, y ni siquiera has salido de tu habitación para estirarte o tomar sol. Tienes un teléfono para llamar a los guardias en caso de que necesites algo o quieras salir. Extiendes la mano para llamarlos y abandonar, pero el altavoz anuncia que todo el mundo debe presentarse en el patio para el último juego. Los participantes son escoltados con sillas de ruedas, ya que la mayoría no puede ni caminar, incluido tú. Forman una fila.

Algunos están sentados en sillas de ruedas, mientras que otros apenas pueden mantenerse de pie. El altavoz anuncia el nuevo juego: un divertido partido de baloncesto. Colocan los aros y te dan el balón. Solo quedan 10 personas, incluido tú. Se dividen en equipos de 5 y cada uno asume su posición. Eres la persona más alta de tu equipo, toda la presión cae sobre ti. Comienza la cuenta regresiva: 30 minutos para marcar el mayor número de puntos. Los dos equipos se enfrentan, pero nadie sabe trasladar bien el balón, mucho menos lanzarlo. Tienes que hacer uso de todas tus fuerzas para tomarlo y apuntar. Pero fallas. El otro equipo marca 2 puntos consecutivos. Y otro más. Quedan 15 minutos. Te reúnes con tu equipo y les dices que deben ganar este juego. Después de esto, serán millonarios. El reloj se reanuda, tu equipo está motivado. Forman una estrategia y contraatacan cada ataque. Faltando 5 minutos, igualan el puntaje. Y en los últimos segundos, marcas la anotación de la victoria y eliminas al otro equipo.

Tu equipo celebra y reciben una buena comida a base de papas como recompensa. Aunque sabe mejor, no aporta los nutrientes necesarios. Están muy cansados y esperan el dinero: un millón de dólares para cada uno. Pero, una vez que el equipo perdedor se va, comienza otro juego sorpresa. Cada uno de los 5 jugadores restantes debe encestar una vez para ganar el premio. Parece fácil, pero, con lo débiles y agotados que están, ni siquiera pueden tomar el balón. 2 personas llaman a los guardias y les piden que los lleven a casa. Solo quedan 3 personas, contándote a ti. Las 2 primeras personas fallan sus tiros, y tú quedas de pie con el balón.

Piensas en el gran premio y lo lanzas. Encestaste. ¡Te declaran ganado! Los guardias se acercan y celebran contigo. Te llevan a una sala con el mayor festín que jamás hayas imaginado. Te muestran el premio en dinero por el que tanto has trabajado. No volverás a mirar papas (ni asadas, ni fritas, ni siquiera gratinadas) nunca más.

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