10 Cosas que creemos hacer por nuestros hijos adolescentes, pero que en realidad solo los alejan

Estamos acostumbrados a convivir con una niña dulce, alegre y educada. Un día, esa niña parece haberse transformado: ya no la divierten nuestros chistes, se pasa el día en su cuarto y no nos hace caso en nada. ¿Qué ha ocurrido? La adolescencia; ni más ni menos. Quienes saben aseguran que se trata de una etapa compleja para los niños y también para sus padres. Son estos quienes deberán revisar las normas que hasta ahora se cumplían armoniosamente para ajustarlas a una realidad nueva.

Genial.guru quiso saber más sobre esta etapa y los posibles errores que cometemos sin darnos cuenta, pero que pueden hacer mella en la relación de confianza que necesitamos construir con nuestros hijos.

1. Sobreidentificarnos con ellos

Entre la empatía y la sobreidentificación hay un límite, en algunos casos, un poco corredizo. Sentimos empatía por nuestros hijos cuando nos podemos poner en su lugar para comprender realmente lo que les está sucediendo; nos sobreidentificamos cuando lo vivimos como si nos estuviera ocurriendo a nosotros y actuamos en consecuencia. Pero olvidamos que ellos son diferentes. Tienen otros gustos, otras preferencias, otro modo de ser.

Cuando tu hija te cuenta que el chico que le gusta ya no le responde los mensajes y le deja el visto azul, ¿cómo te sientes? ¿Abrumada? ¿Indignada? ¿Quieres buscarlo y decirle de lo que se está perdiendo? Sí, no estás comprendiendo que tu hija esté enojada y confundida, tú estás enojada y confundida también. Y sintiéndote exactamente igual que ella, no podrás ayudarla.

Aunque te den ganas de regañar a ese chico desconsiderado, a sus amigas, que le han dicho algo ofensivo, o a los profesores que parecen desquitarse con ella, no lo hagas. Solo tómate un tiempo para pensar. Así comprenderás que esto le está pasando a ella, no a ti, y que tú, desde afuera, tienes la tarea de hacer que se sienta mejor. Seguro sabrás cómo hacerlo.

2. Tomar sus malos modos como algo personal

De la risa estruendosa al llanto más profundo en un minuto. Los cambios de humor son moneda corriente en la adolescencia. Las causas son múltiples: desde hormonales hasta psicológicas y sociales. En general, ninguna de ellas tiene que ver con sus padres. Esta vez, no se trata de nosotros, sino de ellos.

Si tomamos sus palabras de aceptación y su buen comportamiento como una satisfacción personal, un signo de que “hemos hecho las cosas bien”, es probable que hagamos lo mismo con sus malas contestaciones, con sus bajas calificaciones en el colegio o con sus actos de rebeldía: un desaprobado en nuestra libreta de calificaciones maternas.

Esto no es así: cuando ellos se comportan de una manera que nos resulta desconsiderada, simplemente están siendo ellos mismos. Traspasan límites, tienen problemas para regular sus emociones, se preocupan y se angustian. ¿Por qué todo en casa y frente a nosotros? Somos un blanco fácil: los amamos incondicionalmente. Y ellos lo saben.

3. Enfrascarse en fuertes discusiones

Puede que el enojo ante las actitudes que nos resultan desconsideradas nos haga perder el control y que terminemos por zambullirnos en una pelea que no nos llevará (ni a ellos ni a nosotros) a ninguna parte. Es mejor que en estos casos, cuando sientas que estás a punto de perder la paciencia, te alejes y busques acercarte más tarde, cuando una conversación más productiva sea posible.

Es que si cuando tu hijo te grita por algo, tú te indignas y le respondes también a los gritos, estás tomándolo como un par. Pero en realidad ellos son solo niños en un cuerpo adulto tratando de amoldarse, de encontrar una identidad, un lugar propio. Si en cambio mantienes la calma, le estarás dando un ejemplo que, aunque ahora no lo pueda ver, sí le servirá para el resto de su vida.

Recuerda que, aunque no nos lo hagan saber, somos para ellos su lugar seguro. Si les permitimos que traigan a casa las situaciones caóticas que están atravesando en todos los demás ámbitos, terminarán por perder lo que puede ser su único lugar a salvo dentro de un (provisorio) naufragio.

4. Hacer predicciones apresuradas sobre su futuro

No quiere bañarse ni cuida su apariencia, no se hace responsable ni siquiera de acomodar su habitación, llega tarde a todas partes... ¿Cómo podrá ir a la universidad? ¿Qué trabajo serio podrá conseguir en esas condiciones? Aunque queramos lo mejor para nuestros hijos y auguremos para ellos un futuro brillante, imaginarlos en su adolescencia es un error. Esta situación de ahora pasará; la adolescencia es un proceso de cambio de un estado a otro, un salto. Ocuparnos de ellos ahora mismo es lo que garantizará que lleguen sanos a pisar tierra firme.

Aunque no lo reconozcan, lo que nosotros pensemos es para ellos muy importante; ellos necesitan que confiemos en sus posibilidades. Por eso, hagamos el ejercicio de cambiar nuestro discurso para, a partir de allí, modificar también nuestro pensamiento. En lugar de objetarles: “¿Qué piensas hacer de tu futuro?”, es mejor preguntarles cómo se sienten ahora, en este preciso momento.

5. Querer tener siempre el control y mantenernos inflexibles

En las relaciones entre padres e hijos, es importante fijar ciertos límites y pautar normas. El que estos puedan cumplirse, tanto a mediano como a corto plazo, tiene que ver con la forma en que se establecen. A veces cometemos el error de pensar que siendo rígidos y mostrándonos inflexibles lograremos cierto orden en la vida de nuestros hijos adolescentes. Tendemos a relacionar los límites con una orden dada “desde arriba”.

Sin embargo, lo mejor es que las normas sean consensuadas y negociadas. Si nos mantenemos en nuestra posición a toda costa y no negociamos, por ejemplo, un permiso para salir, estaremos enfrascándonos en una verdadera batalla de voluntades de la que no saldremos ganadores. Es probable que ellos, que están probando pasar todos los límites, intenten de todos modos salirse con la suya a nuestras espaldas.

Negocia cosas que sean posibles, por ejemplo, una salida con amigos que no estaba pautada, y fija nuevas normas sobre ese encuentro: hora de llegada, llamadas por teléfono, etc. Si le demuestras a tu hijo que puedes comprender sus razones y cambiar de opinión, es más probable que responda justo como te ha dicho y que la relación entre ustedes sea más sincera.

6. No respetar su privacidad

¿Notas a tu hija triste o algo extraña y revisas su celular para saber “en qué anda”? ¿Entras al cuarto cuando no está y mientras acomodas, chequeas el bolsillo de su abrigo? Puede que creyendo que es mejor monitorear su vida te estés equivocando y solo consigas más distancia de su parte.

Espiar a menudo empeora cualquier problema. En primer lugar, es muy posible que el conocimiento tecnológico del niño sea muy superior al nuestro y que encuentre rápidamente la forma de que no podamos chequear sus mensajes. Pero si así y todo los leyéramos, ¿qué es lo que buscamos? Hacerlo seguramente no resolverá el problema y puede que, por el contrario, nos genere aún más ansiedad. El hecho de que sepamos lo que ocurre no significa que podamos actuar y resolverlo.

Si realmente consideras que tu hijo podría estar corriendo un riesgo, lo mejor es que hables con él y le avises que tendrás que mirarlo más de cerca y revisarle sus cosas si es necesario. Puede que así y todo llegue a borrar algún mensaje, pero sabrá que estás alerta y no tomará tu intervención como una traición. Si ese es el caso, tarde o temprano agradecerá que hayas estado allí.

7. Sobreprotegerlos

Es cierto que como adolescentes, nuestros hijos pueden estar expuestos a riesgos y peligros; por eso querer protegerlos, cuidarlos y procurar que estén a salvo es la reacción más natural. Sin embargo, si lo hacemos en exceso, lejos de ayudarlos los estaremos perjudicando. Es que nuestra presencia constante puede, además de fastidiarlos y hacerlos sentir ahogados en el momento, generarles emociones negativas que afecten su personalidad y la forma en que se relacionan con otros incluso en su adultez.

¿Los acompañamos a todas partes? ¿Queremos constantemente estar al tanto de su entorno y de sus amigos? ¿Tratamos de hacer todo por ellos? Si esto es así, los estamos sobreprotegiendo y podemos generar en ellos problemas de seguridad y autoestima capaces de impactar muy fuertemente en su personalidad.

Con nuestra ayuda constante, ellos interpretan que no están capacitados para manejarse por sí solos en la vida; muy por el contrario, lo que necesitan es demostrarse a sí mismos que sí pueden hacerlo solos, sin nosotros.

8. Darles “lecciones de vida”

Nuestro hijo tiene un problema o se acerca a nosotros para contarnos algo que le ocurrió, y creemos que es el momento justo para darle una “lección de vida”. Nos sentamos y comenzamos un largo monólogo sobre qué es lo que debería hacer, qué hacíamos nosotros a su edad, cómo debería comportarse, por qué no debería haber hecho lo que hizo y un largo etcétera.

Creemos que así, dándole nuestro ejemplo, podremos resolver el problema; pero quizás lo que él necesita es solo hablar, que lo escuchemos un tiempo sin intervenir. Nuestro silencio seguramente hará que nos cuente aún más. Por nuestra parte, escuchar a nuestros hijos nos permitirá entender más sobre ellos y sobre la situación en la que ahora se encuentran.

Comenzar enseguida nuestro monólogo puede hacer que lleguemos a conclusiones erradas y que nuestra larga charla solo sirva para cansarlos y distraerlos. Déjalo que hable; luego, ya con más información, podrás hacerlo tú.

9. Criticar a sus amigos

Es normal, y saludable, que nuestro hijo tenga muchos amigos y que haga algunos nuevos en esta etapa. Puede que de esos nuevos, alguno no nos guste, nos caiga mal o creamos que puede ser para él una mala influencia. ¿Qué hacemos en ese caso? ¿Se lo decimos y le pedimos que se aleje? Error. Como siempre, nuestra negativa puede generar en un niño rebelde exactamente el efecto contrario al que buscamos.

Primero debemos preguntarnos por qué no nos gusta. Si es solo una cuestión personal, y no hay nada en él que objetivamente podamos considerar peligroso, olvidémoslo. No tenemos que ser nosotros los amigos de ese chico y no todo el grupo de pertenencia de nuestro hijo tiene que caernos bien.

Si así y todo pensamos que sí puede ser una influencia perjudicial, no critiquemos su comportamiento ni reprendamos a nuestro hijo por las malas conductas de su amigo; solo establezcamos algunas reglas especiales en su relación con esa persona y prestemos más atención de la normal a sus encuentros. Siempre es mejor no imponer restricciones, sino darle tiempo de que solo se dé cuenta y decida que esa amistad no es para él. Recuérdale, y hazle sentir, que estás de su lado; no del contrario.

10. Querer que hagan lo que nosotros no pudimos hacer

Es común que queramos lo mejor para nuestros hijos y que, en ese camino, pensemos que lo mejor para ellos es lo que de muy jóvenes creímos lo mejor para nosotros. Alguna meta quisimos lograr y por algún motivo no pudimos; ahora pretendemos que la alcancen ellos para sentir que de algún modo nuestro sueño está cumplido.

Pero la realidad quizás nos dice otra cosa: ellos no son como nosotros, son distintos, tienen proyectos diferentes y lo que en otra época pudo habernos parecido fascinante, a ellos puede no atraerles para nada. Si bien podemos orientarlos y animarlos, finalmente tomarán sus propias decisiones, y así es como debe ser. Proyectar en ellos nuestros deseos personales no hará más que hacerlos cargar con un peso innecesario.

¿Cómo eras de adolescente? ¿Tus padres supieron comprenderte, o creyendo que te ayudaban tomaron actitudes que te alejaron? ¿Recuerdas alguna?

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