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13 Historias sinceras sobre los estudiantes universitarios, después de las cuales dan ganas de volver al aula al menos por un minuto

Si la infancia es el momento más despreocupado, la época del estudio en una universidad puede considerarse la más intensa e inolvidable. Un estudiante no tiene tiempo para dormir o comer; durante una sola noche, en la víspera del examen, puede dominar todo el programa semestral de la materia deseada y sus ojeras no desaparecen ni siquiera después de las vacaciones de verano. Pero años después, igual recordamos el período de nuestros años estudiantiles con especial calidez.

Hoy Genial.guru leyó las historias de los internautas sobre cómo eran sus días de estudiantes, y ahora no podemos dejar de sonreír con nostalgia.

  • Una vez yo estaba muy nerviosa antes de un examen. Una chica de nuestro grupo se me acercó y me dijo: “No te preocupes. ¡Dicen que una vez aprobó a una estudiante solo porque dijo los nombres de todos los personajes de su caricatura favorita!”. No le dije que estaba nerviosa precisamente porque esa estudiante era yo. © valenayaspers / Twitter

  • Estaba en un examen de filosofía, no estaba listo para rendir en absoluto. Decidí que las cosas ya no podían ponerse peor y comencé a decir un montón de tonterías. Pero al final me sorprendí: me pusieron una B. Pregunté el motivo. El profesor respondió: “Expresaste tus pensamientos, es lo que traté de enseñar a lo largo de todo el cuatrimestre”. Pregunté por qué, entonces, no me había puesto una A. Y él me dijo: “Es que estabas diciendo tantas tonterías que sentí lástima por mis oídos”. © Alex Bergen / Bash.im

  • No tuve tiempo para comer durante el descanso entre dos clases. Compré dos bollos en el comedor. La clase era sobre mecánica analítica. ¡El maestro era una bestia! Muy estricto. Y yo tenía mucha hambre. Bueno, él caminaba por el pasillo y daba la lección. Cuando me daba la espalda, yo pellizcaba un poco del bollo y me lo comía. Y de repente se detuvo junto a mí y preguntó: “¿De qué están rellenos los bollos?”. Le respondí que de carne. Extendió la mano, como diciendo “comparte”. Yo, aturdida, le di un bollo. Y él siguió dando la clase con aire imperturbable, comiéndose mi bollo. Bueno, y yo ya estaba masticando el mío abiertamente. © Victoria Sergeeva-Filippova / Facebook

  • Una vez, estaba haciendo la fila y detrás de mí había un grupo de jóvenes de unos 18 años, probablemente compañeros de clase, charlando animadamente “sobre la vida” y cosas así. Entre ellos había un chico que claramente era de otro país. Y entonces sucedió el siguiente diálogo:
    —Estoy muy contento de haber llegado aquí por un intercambio. Hay tantas cosas interesantes en esta ciudad. En mi casa ni siquiera tenemos un metro, en cambio aquí vi tantas cosas nuevas. Aunque el clima no es muy bueno y extraño a mis parientes. ¿Dónde están las ventanas que dan hacia el sur en nuestro dormitorio? Cuando sienta nostalgia, me sentaré junto a la ventana, miraré al sur y pensaré en mi tierra natal. Aquí está lloviendo, y allá hay sol, aquí hay aguanieve que llega hasta las rodillas, y allí todo está floreciendo y es fragante y colorido.
    —Si tienes tanta nostalgia, tal vez sea mejor que regreses.
    —Noooo, chicos, quiero sentir nostalgia por mi hogar aquí, y no al revés. © torbova / Pikabu

  • El curso de ciencias políticas duró un semestre, y durante todo ese tiempo solo estuve en la primera clase. Antes del examen, hice fotocopias de todos los resúmenes y los repasé con la esperanza de poder arreglármelas durante el examen. Esa mañana hubo una tormenta de nieve y problemas con el transporte. Pero logré llegar a tiempo. Entré volando al salón de clases y vi que no había nadie más que la profesora. Nos sentamos y nos miramos. Sin preguntarme nada, me puso una A y me dejó ir.
    —Por no haberte asustado por el mal tiempo —me sonrió al final. © Natalia Psekha / Facebook

  • Una vez me quedé dormida en clase. El profesor detuvo la lección para escuchar lo que yo murmuraba mientras dormía. Resultó que estaba repitiendo parcialmente la biografía de Julio Verne; la clase era sobre eso. Desperté y el profesor me puso una B. Me había quitado un punto porque había confundido las fechas. © Habitación № 6 / VK

  • Tuvimos un examen en el 4.º año de la universidad. El profesor entró y dijo: “Hoy tendremos un afortunado. Preparé un boleto de preguntas de la suerte, con el número 13. ¡Buena suerte para todos!”. Todos fueron a buscar los boletos. Miré el mío: lamentablemente, no era el 13. El boleto de la suerte le tocó al chico que estaba sentado detrás de mí. ¡Y nunca he dado pistas tan extrañas! Había dos preguntas en el boleto. El chico me preguntó: “¿Cómo se llama el maestro?”. Le respondí. La segunda pregunta: “¿Cómo se llama la esposa de Shrek?”. Más que las preguntas en sí mismas, lo que me sorprendió era que el sujeto no supiera las respuestas. © Habitación № 6 / VK

  • En la universidad, teníamos una falda especial para el examen, una sola para todas: plisada, con las respuestas cosidas al forro. Te la ponías, entrabas, respondías, salías, la pasabas. Con la sexta muchacha, el profesor no pudo resistir y preguntó: “¿Hay un nuevo uniforme en nuestra universidad?”. © Natalia Blokhina / Facebook

  • Facultad de psicología. Estábamos tomando un examen de psicofisiología con un colega. Respondiendo al tema “El método de impresión y su aplicación”, una estudiante de posgrado exponía la historia del detector de mentiras. Contó que en la India antigua, una persona bajo investigación, respondiendo a la pregunta del juez, golpeaba un gong y por el sonido del golpe se determinaba si estaba diciendo la verdad; que en la antigua China, la mentira estaba determinada por el grado de sequedad del arroz en la boca de un sospechoso, etc. Mi colega y yo no sabíamos eso y estábamos asombrados por la profundidad de sus conocimientos. Cuando le preguntamos cómo sabía todo eso, la estudiante de posgrado, mirando modestamente hacia abajo, respondió que había estudiado mucha literatura sobre ese tema en especial. Sin dudarlo, le pusimos un “excelente”. Una semana después, mi hijo de 11 años me contó exactamente con los mismos términos la misma historia del detector de mentiras y me dijo que había aprendido todo eso de una serie de televisión animada. © psy95 / Pikabu

  • ¡Oh, la vida era buena en el dormitorio de estudiantes! Recuerdo que una noche una amiga y yo estábamos sentadas en el salón común, cantando canciones con una guitarra, charlando. Ya había anochecido. De repente apareció gente de todos lados, todo el mundo corría a alguna parte. Pregunté: “¿Qué pasó?”. Y me respondieron: “Estamos apurados por llegar al aula, ya son las 8 de la mañana”. Y así, de una manera tan imperceptible, el tiempo de los años estudiantiles pasó volando. Me pongo nostálgica y lo extraño. © Musikette / Genial.guru

  • Estaba paseando con mi sobrino por el patio de juegos y encontré la unidad flash USB de alguien en el arenero. La traje a casa, la limpié, la inserté en la computadora. Contenía un solo archivo titulado “Lo que arruinó mi vida”. Lo abrí y, al parecer, había una tesis inconclusa. © Habitación № 6 / VK

  • Teníamos un compañero de clases que vivía con nosotros en la residencia universitaria. Siempre traía un gran trozo de tocino de su casa. Su olla también era una obra maestra: enorme, de aluminio. Le encantaba cocinar guisos. Vertía agua en su olla, arrojaba allí el trozo de tocino. Y luego sucedía lo más interesante. El chico llamaba a todas las habitaciones con las palabras: “¿No tienes papas (sal, cebolla, repollo, etc., según la lista de productos)? Dame un par para el guiso. Y ven a comer en 2 horas”. En resumen, después de 2 horas, todo el piso se reunía en su habitación, y todos se turnaban para comer su magnífico guiso. © Gabriela / Genial.guru

  • El profesor de seguridad informática me vio por primera vez en el examen. Se puso terco: trae los apuntes, completa los trabajos. Traté de convencerlo de que yo entendía bien el tema. El profesor: “¿Cómo puedes probarlo?”. Yo: “Mira tu teléfono”. Sacó su teléfono móvil, lo desbloqueó, y ahí, en su fondo de pantalla, estaba mi foto con la inscripción “¿Al menos una C?”. © Habitación № 6 / VK

¿Qué historias de tus años estudiantiles les contarás a tus nietos?

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