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17 Historias con un final tan inesperado que los guionistas de Hollywood podrían pensar: “¿Por qué no se me ocurrió a mí?”

Casi todos tenemos nuestras historias favoritas con las que entretenemos a los amigos en las fiestas y reuniones, aunque en el momento en que todo sucedió tal vez no nos haya parecido nada gracioso. Aquí hay algunas de esas anécdotas emblemáticas que no pierden su encanto con el paso del tiempo. Y el caso de las empanadas provocará risas incluso 20 años después.

Genial.guru ha reído de buena gana de estas situaciones y ahora quiere entretenerte también a ti. Y al final del artículo encontrarás un bono con una historia sobre los deseos inusuales de las mujeres embarazadas.

  • Hace unos 20 años fuimos con amigos a una pequeña ciudad. Entonces sentí mucha hambre. Y no había carpas, ni tiendas con comida. Y luego vi que la gente se apiñaba alrededor de una mujer y ella ponía a la venta muchas empanadas y sándwiches. Me acerqué más y comencé a elegir con qué comprar una empanada. La mujer me miró.
    -¿Qué quieres?
    -No lo decidí todavía. ¿Qué relleno tienen las empanadas?
    Entonces vi que todos los demás compradores se volvieron y me miraban con cara de pocos amigos. Uno de ellos:
    -Somos un grupo. Es nuestro almuerzo, no nos moleste, por favor. © ImperiaMakarova / Pikabu
  • Ayer llegué a la entrada de mi edificio y vi a una vecina. Es una mujer hermosa que me gusta. Estaba de pie con bolsas pesadas. Me ofrecí a llevarlas hasta su departamento, asintió con una sonrisa coqueta. Subimos hasta la puerta de su departamento, y dijo:
    -Oh, gracias, no sé cómo agradecerte.
    -No hace falta, ayudé como lo haría cualquier scout.
    -¿Scout?
    -Sí, esos chicos que ayudan a las ancianas de forma voluntaria.
    Después de eso, sus ojos me dijeron que había sufrido una derrota total. © X***E / Pikabu
  • Entré en el elevador, apreté el botón. Las puertas se cerraron, el ascensor quedó parado. Volví a presionar el botón. El elevador siguió parado. Presioné el botón rápidamente, luego lo presioné con un poco más de fuerza, lo mantuve presionado: el elevador se mantuvo en su lugar. Bueno, me dije, vaya manera de llegar a casa. Llamé al encargado:
    -¿Qué pasó?
    -¡El elevador no funciona!
    -¿En qué piso estás?
    -En planta baja.
    -¿Y a cuál tienes que ir?
    -¡Al 17!
    -Pues presiona el botón número 17.
    -¡Pues lo presiono, pero no se mueve!
    -Estás presionando el botón número 1.
    -Lo siento... trabajé demasiado hoy. © CivicValor / Pikabu
  • Trabajo con documentos en un despacho de abogados. Los documentos son muy serios: cuestionarios, contratos... muy aburridos. Uno de estos días vino un señor. De aproximadamente 40 años, cara seria, grandote, elegante. Me entregó unos documentos. Sin mirar, pregunté: “¿Has puesto tu firma en todas las hojas? ¿No lo has olvidado?”. Él respondió: “Sí, por supuesto”. Se dio la vuelta y se fue. ¡Miré los documentos y empecé a reírme a viva voz! ¡Tenía soles dibujados en lugar de firmas! Pensé que había hecho una broma, pero también tenía un sol en su pasaporte como firma. Al principio no entendía nada, y luego vi su apellido: Sol. ¡Oh, qué manera de reír! Le estoy agradecida por su sentido del humor y por su nada aburrida firma. © Oídoporahí № 6 / VK
  • Soy abogada. Teníamos una jueza, una señora entrada en años con cara de maestra. Bueno, mi primer caso fue con esta jueza. La sesión del tribunal estaba en curso. Todos estaban serios. Testimonios, peticiones, resultados de las revisiones... Y luego la jueza se levantó y anunció alegremente un descanso... para hacer gimnasia. Fue más fácil para los guardias. Después de todo, son policías, fueron entrenados. El fiscal resoplaba, sudaba, se sonrojaba, pero dentro de todo lograba hacer los ejercicios. Más tarde, colegas expertos me dijeron que con esa jueza siempre era así. © Anna / Bash.im
  • Mi exmarido paga una buena pensión alimenticia, recoge al niño durante los fines de semana, lo lleva de vacaciones, va a conferencias de padres y maestros y lo lleva a sus talleres cuando estoy en el trabajo. Si hubiera sabido que se convertiría en una persona tan santa, me habría divorciado de él mucho antes. © unknown author / Bash.im
  • Bloqueaba la salida de una tienda: empujaba el carrito y llevaba de la mano a mi hijo de 1 año y medio, caminaba despacio. El hombre que estaba atrás soltó, irritado: “Señora, ¿podría ir más animadamente?”. No pude encontrar nada mejor que ponerme a cantar.... ¡Espero que se haya sentido aunque sea un poco más animado! © Oídoporahí / Ideer
  • He estado saliendo con un chico durante 7 meses. Una vez, me envió un mensaje de voz: “Amor, ven al centro comercial” (vivo al lado). Fui, me agarró de la mano y me llevó hasta donde se vendían unos vestidos. Me mostró 3, preguntó cuál prefería. Elegí el que más me gustó. Lo tomó, fue al probador, extendió el vestido y dijo: “Toma, mamá, pruébate este”. Así fue como me presentó a su madre. © Oídoporahí / Ideer
  • Hoy mi esposa y yo llegamos a la entrada de nuestro edificio con niños, paquetes y llaves en nuestras manos. Llamé al intercomunicador. Estábamos parados, esperando y hablando. Y luego empecé a pensar: ¿por qué se tarda tanto en abrir la puerta? La gracia de la situación estaba en el hecho de que todos los que podían abrir estaban de pie junto a mí, escuchando los pitidos del intercomunicador. © drannuk / Pikabu
  • Una vez, una compañera de clase vino a visitarme con su novio extranjero. Su nivel de inglés se limitaba a “I love you”, así que esperaban con ansias que yo regresara del trabajo para que pudiera traducirles todo lo que querían decirse. Imagínate: pasaba todo el día en el trabajo traduciendo de mi idioma al inglés y del inglés a mi idioma, llegaba a casa y en lugar de relajarme, volvía a traducir de mi idioma al inglés y viceversa. Y así durante 7 días seguidos. Al octavo día, entré tanto en el ritmo que cuando el novio de la chica salió de la habitación y mi amiga y yo continuamos nuestra conversación en nuestro idioma, automáticamente me volví hacia mi gato y comencé a regañarlo en inglés por haber mordido a un invitado. © Janna Sigoshina / Facebook
  • Por la mañana, él llamó y lloró. Me pidió disculpas por la desagradable pelea del día anterior, con una voz llena de remordimiento. Prometió no volver a pelear conmigo y pidió que volviera a casa temprano del trabajo, ya que había planeado una cena a la luz de las velas y me había comprado ropa interior bonita para compensarlo. Lo escuché estupefacta. ¡Me conmovieron mucho sus palabras! Y aunque no tengo idea de quién es este hombre, me sentí genial. © Rose Cruz / Quora
  • En ese entonces yo tenía unos 16 años. Era la víspera de Pascuas, mi padre se fue a trabajar por la noche y me pidió que pintara los huevos. Nunca había hecho eso antes y decidí mirar las instrucciones en Internet. Las instrucciones eran algo así: “Diluir la pintura en un vaso, poner los huevos allí, esperar 5 minutos, listo”. Hice todo siguiendo estrictamente el paso a paso, puse los huevos de colores alrededor del pastel y, orgulloso de mí mismo, me fui a la cama. Por la mañana, mi padre regresó, me llamó a la mesa, rompimos los huevos el uno contra el otro y uno se derramó por todas partes. A la pregunta de mi padre “Has hervido los huevos, ¿no?”. Respondí: “No, eso no estaba en las instrucciones”. © Gurman / Pikabu
  • Reconocí a un excompañero de clase en un dentista gordo y calvo. Coquetamente, sintiendo satisfacción por mi apariencia, dije: “Estuvimos en la misma clase, ¿sabes?”. Y él preguntó pensativo: “¿Sí? ¿Y qué nos enseñabas?”. © Raisa Krapivnitskaya / Facebook
  • Cuando era niño, mi tía vino a visitarnos por un par de semanas. Vivió con nosotros durante casi un año. Ella decoró mi habitación según sus propios gustos e incluso colgó sus fotografías en la pared. © slams-head-on-desk / Reddit

Bono

  • Hace muchos años, yo, embarazada, caminaba por la calle. Había nieve blanca, las casas eran grises, el camino era sucio y negro. Una mujer salió de la tienda con una bolsa de hilo amarilla y de la bolsa de hilo sobresalían unas cebollas verdes. Me hipnotizaron con su exuberante vegetación y me recordaron el verano. Simplemente no podía apartar los ojos de ellas, los tallos se doblaban y se enderezaban de nuevo, grandes copos de nieve caían sobre ellos... La mujer miró hacia atrás. No me gustan las cebollas. Pero la mujer, al ver que una mujer embarazada no apartaba los ojos de su cebolla verde, me persuadió para que la comiera con pan negro aromático. Estábamos de pie, como dos delincuentes, en un callejón, comiendo cebollas verdes con pan negro y por alguna razón no parábamos de reír, las lágrimas asomaban a nuestros ojos por el sabor picante, nuestras mejillas ardían por la escarcha. Y no paraba de nevar alrededor... © dharmaraja / Pikabu

¿Tienes tus propias historias con las que diviertes a tus amigos y conocidos?

Imagen de portada Oídoporahí / Ideer
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