“¡La abuela no vendrá por la mañana!”, un cuento de Valentina Oseyeva, actual en todas las épocas

No importa qué tanto cambie el mundo, la diferencia entre las generaciones existe en todo momento. Y, aunque es muy difícil entender a una persona que tiene una gran diferencia de edad con nosotros, hay que apreciar a nuestras abuelas y abuelos. Siempre serán una fortaleza de verdaderos valores y una fuente de sabiduría. Y esta es una verdad que debe ser recordada.

Genial.guru encontró un sincero y profundo cuento de Valentina Oseyeva sobre una abuela, que nunca perderá su actualidad.

La abuela era voluminosa, ancha, con una voz suave y melodiosa.

“¡Ocupa toda la casa con su voluminoso cuerpo!” — refunfuñaba el padre de Bruno. Y la madre replicaba tímidamente: “Es una persona grande. ¿A dónde puede ir?”. “Se ha demorado entre los vivos”, —suspiraba el padre. — “Un asilo, ese debería ser su lugar”.

Todos en la casa, incluido Bruno, miraban a la abuela como a una persona completamente sobrante.

La abuela dormía sobre un gran baúl. Durante toda la noche daba vueltas tratando de acomodarse, y por la mañana, se levantaba antes que todos los demás y hacía ruido con los platos en la cocina. Luego, despertaba a su yerno y a su hija: “El desayuno está listo. Despierten. Beban algo calentito antes de salir...”.

Se acercaba a Bruno: “¡Levántate, cariño, es hora de ir a la escuela!”. “¿Por qué?” — ​​preguntaba Bruno con voz adormecida. “¿Por qué ir a la escuela? Una persona sin educación es sorda y muda, ¡por eso!”.

Bruno escondía la cabeza bajo las sábanas: “Déjame, abuela...”.

En el pasillo, el padre revisaba los rincones. “¿Madre, dónde pusiste mis zapatos? ¡Siempre llego tarde por no encontrarlos!”.

La abuela se apresuraba a ayudarlo. “Aquí están, Pablito, a plena vista. Ayer estaban muy sucios, los lavé y los puse aquí”.

Bruno llegaba de la escuela, ponía el abrigo y el gorro en manos de la abuela, lanzaba la mochila con los libros sobre la mesa y gritaba: “¡Abuela, tengo hambre!”.

La abuela dejaba su tejido, ponía la mesa rápidamente y, cruzando los brazos sobre el vientre, observaba a Bruno comer. En esos momentos, Bruno sentía involuntariamente a su abuela como una amiga cercana. Le hablaba de las clases, de sus compañeros. La abuela lo escuchaba con amor, con gran atención, diciendo: “Todo es bueno, Brunito: tanto lo bueno como lo malo es bueno. De lo malo las personas se hacen más fuertes, y de lo bueno florece su alma”.

Después de comer, Bruno apartaba el plato: “¡La comida está deliciosa hoy! ¿Has comido, abuela?”. “He comido, he comido”, asentía la abuela con la cabeza. “No te preocupes por mí, Brunito, yo, gracias a Dios, tengo suficiente alimento y salud”.

Llegó un amigo de Bruno. El amigo dijo: “¡Hola, abuela!”, y Bruno le dio un codazo alegre: “¡Vamos, vamos! No hace falta saludarla. Es nuestra abuela vieja”. La abuela se acomodó la chaqueta, se arregló el pañuelo y movió los labios, diciendo en voz baja: “Ofender es fácil, como golpear, pero para arreglarlo cuesta encontrar las palabras”.

Y en la habitación de al lado, el amigo de Bruno dijo: “Y nosotros siempre saludamos a nuestra abuela. Tanto nosotros, como los que nos visitan. Ella es la persona más importante de la casa”. “¿Cómo que la más importante?”, se interesó Bruno. “Bueno, está viejita... ha criado a todos. No hay que ofenderla. ¿Y tú por qué tratas a la tuya así? Mira que si se entera tu padre te castigará”. “¡No me castigará!”, frunció el ceño Bruno. “Él tampoco la saluda...”.

Después de esta conversación, Bruno a menudo le preguntaba inesperadamente a su abuela: “¿Te ofendemos, abuela?”. Y les decía a sus padres: “Nuestra abuela es la mejor, pero vive como la peor: nadie la cuida”. Su madre se sorprendía y su padre se enojaba: “¿Quién te enseñó a cuestionar a tus padres? Ten cuidado, que todavía eres pequeño”.

La abuela, sonriendo suavemente, negaba con la cabeza: “Deberían alegrarse, ¡el niño crece para ustedes! Yo ya he vivido lo mío, pero la vejez de ustedes está por llegar. Lo que se mata, no se puede regresar”.

A Bruno también le interesaba la cara de la abuela. Había diferentes arrugas en esa cara: profundas, pequeñas, delgadas como hilos, y anchas, surcadas a lo largo de los años. “¿Por qué estás tan arrugada, abuela? ¿Porque eres muy vieja?”, preguntaba. La abuela se quedaba pensativa un rato. “Por las arrugas puedes leer la vida humana como un libro, pichoncito. La pena y la necesidad están dibujadas aquí. Enterré a un hijo, lloré, y las arrugas se imprimieron en mi cara. Sufrí necesidades y luché, arrugas de nuevo. Mi esposo murió: hubo muchas lágrimas, y quedaron muchas arrugas. Hasta una lluvia fuerte cava hoyos en el suelo”.

Bruno la escuchaba y se miraba con miedo en el espejo: ¿acaso él no había ya llorado mucho en su vida? ¿Todo su rostro también quedaría marcado con hilos así? “¡Ya déjame, abuela!” — refunfuñaba — “Siempre dices tonterías...”.

Y últimamente, la abuela repentinamente se encorvó, su espalda se volvió redonda, caminaba más silenciosamente y se sentaba seguido. “En cualquier momento suelta raíces”, bromeaba el padre. “No te rías de una persona mayor”, se ofendía la madre. Y en la cocina le decía a la abuela: “Mamá, ¿por qué te mueves por la habitación como una tortuga? Siempre que te mando a buscar algo, nunca llega”.

La abuela murió antes de mayo. Murió sola, sentada en la silla con un tejido entre las manos: en su regazo yacía un calcetín sin terminar, en el suelo había una bola de lana. Se ve que esperaba a Bruno. La mesa estaba puesta.

La abuela fue enterrada al día siguiente.

Poco después de regresar, Bruno entró y encontró a su madre sentada frente al baúl abierto. En el suelo había desparramado todo tipo de objetos. Olía a cosas rancias. La mamá sacó un arrugado zapato rojo tejido y lo enderezó suavemente con los dedos. “Es mío”, dijo, y lo apretó contra el pecho. “Mío...”.

En el fondo del baúl estaba la cajita, esa misma, que tenía tesoros y en la que Bruno siempre había querido mirar. Abrieron la cajita. El padre sacó de él un paquete apretado: adentro había guantes abrigados para Bruno, calcetines para el yerno y una chaqueta sin mangas para la hija. También había una camisa bordada, de seda antigua, para Bruno. En un rincón había una bolsa de caramelos, atada con una cinta roja. En la bolsa había algo escrito en letras mayúsculas. El padre lo dio vuelta en las manos, entrecerró los ojos y leyó en voz alta: “Para mi nieto, Brunito”.

Bruno se puso pálido de repente, le arrebató el paquete y corrió a la calle. Allí, agazapado en la puerta de una casa ajena, contempló durante mucho tiempo los garabatos de la abuela: “A mi ñeto, Brunito”. La Ñ en lugar de la N. “¡No aprendió!”, pensó Bruno. Le había explicado muchas veces que nieto se escribe con la N y la I... Y de repente, como si estuviera viva, la abuela apareció frente a él: silenciosa, con aspecto culpable por no haber aprendido la lección. Bruno miró desconcertado hacia su casa y, sosteniendo la bolsa en la mano, caminó por la calle a lo largo de una larga cerca ajena...

Llegó a casa tarde en la noche; sus ojos estaban hinchados por las lágrimas, las rodillas manchadas con arcilla fresca. Puso la bolsa de la abuela debajo de su almohada y, cubriéndose la cabeza con una manta, pensó: “¡La abuela no vendrá por la mañana!”.

Ilustró Yekaterina Ragozina para Genial.guru
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