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La gente compartió historias de sus fracasos que, sin duda alguna, protagonizarían de forma increíble grandes comedias de Hollywood

Cada uno de nosotros tiene días malos, cuando parece que todo el mundo está en nuestra contra. Pero el tiempo pasa y acabamos riéndonos de nuestros fracasos. Ellos le dan un toque especial de pimienta a la vida y se convierten en una carta de presentación en caso de que sea necesario sorprender a alguien contando una historia épica no inventada.

Genial.guru ha recopilado para ti las mejores historias publicadas en las redes sociales sobre personas que saben cómo reírse de sí mismas y de sus errores.

  • Comía una manzana y se me dislocó la mandíbula. Mi marido, mientras me llevaba a urgencias, se reía tanto de mí que corrió la misma suerte: se dislocó la suya. Dos gotas de agua. El uno para el otro.
  • Mi marido y yo estábamos de vacaciones en México. Una noche, íbamos a nuestra habitación y en el medio de la acera vimos una concha de mar. Decidí quedármela de recuerdo. La llevaba a casa cuando, de repente, le salieron las pinzas de un cangrejo. Primero, entré en estado de shock, y luego me invadió un deseo insoportable de cometer una buena acción. Sentimos lástima por el crustáceo, así que fuimos a la playa y lo arrojamos al mar. Solo entonces decidí buscar en Google qué tipo de cangrejo habíamos soltado. “Salvamos” a un ejemplar de tierra. Siento vergüenza y pena por él, no se lo merecía.
  • Era el cumpleaños de mi compañera de trabajo. Le regalé una barra de cacao diciendo lo siguiente: “Que tu vida sea tan dulce como el chocolate”. Todo estaría bien, pero resulta que el bocadillo era amargo: 72 por ciento. Sentí tanta vergüenza, como nunca antes en mi vida.

“Este automóvil cuesta tanto como una pequeña casa en Luisiana, y yo lo sumergí entero en la piscina”.

  • Volaba en un avión, mi perro yacía en un bolso transportador en mi regazo. Los niños gritaban, hacía mucho calor. Escuchaba música pensando en lo fácil que resultaba viajar con mi mascota. Él dormía en su ubicación, sin más que añadir. Sentía lástima por los padres que no lograban calmar a sus hijos y por los pasajeros que estaban muy enojados, pero se mantenían en silencio. Y entonces... mi perro comenzó a sufrir una diarrea espantosa.
  • En una película vi un flequillo que se podía peinar a ambos lados, y me gustó mucho. Llamé a mi peluquera, le mandé la foto y me dijo que podría hacerlo sin problemas. Ya durante el corte, empecé a sospechar que algo iba mal y le pregunté: “¿No será demasiado corto? ¿Quieres que te vuelva a enseñar la foto?”. “No, hay que cortarlo así. Cuando esté seco, se verá genial”. Como resultado, sobre mi cabeza notaba algo diminuto y desnivelado que apuntaba a todas las direcciones, pero no un flequillo. Entonces, ella me dijo: “La próxima vez, tráeme un video”.
  • Todo el mundo tiene complejos. El mío es que tengo las piernas torcidas. Agravado, además, por mi forma de andar. Bueno, yo lo aceptaba y no sufría hasta que asistí a una clase de ciencia forense. El tema rezaba sobre la “Descripción de la apariencia de una persona utilizando el método del retrato verbal”. Para poner un ejemplo me llamaron a mí, y 50 compañeros de clase comenzaron a describir mi apariencia. Ya se habían descrito todas las características obvias, cuando la profesora dijo: “Se olvidaron de lo más importante: las piernas torcidas en forma de O”.

"Por poco sufro de un ataque de nervios: menudo error al suministrarme el rompecabezas".

  • Un compañero me contó de su trabajo como subdirector en un centro de rehabilitación en una ciudad secundaria de una región. En invierno, el territorio se cubría de nieve. El director lo llamaba y le decía: “Hay que poner en orden la zona, aquí está el teléfono de Juan, él te ayudará”. Sin hacer preguntas, mi compañero llamó al sujeto: “¡Hola! ¿Juan? Buenos días. Me dijeron que contacte contigo para limpiar la zona”. “Sin problemas”, respondió él. Una hora más tarde, la nieve fue retirada. Juan resultó ser el alcalde de aquella ciudad. @Toshan81
  • Un día de verano hacía un fuerte viento, pero eso no me detuvo y me puse un vestido voluminoso que me llegaba justo encima de mis rodillas. Al entrar en una tienda grande, en los escalones, la brisa sopló con fuerza y mi falda se levantó. Conseguí sostener la parte delantera de la misma de la mejor manera que pude, pero la trasera me creó demasiados problemas. Y entonces no se me ocurrió nada mejor que apoyarme con la espalda al escaparate de la entrada. Recordaré eternamente los rostros de las personas que me vieron desde el interior del local. Lo de Marilyn Monroe es una cosa muy pequeña comparándola con lo mío.
  • Hace unos 7 años, cuando entré por primera vez a un Starbucks, un guapo barista preguntó mi nombre. Yo, ruborizada, sonreí y le dije: “Elenita”. Pensaba que estaba coqueteando conmigo. Qué ilusa.

  • Decidí conocer a una agradable chica por Internet, que expresaba sus pensamientos de manera inteligente e interesante, y yo era un chico entre un montón. Empecé a buscar en Google cada palabra antes de escribirle, al objeto de utilizar sinónimos reseñables. Aquello parecía un diálogo entre dos premios Nobel. Al mismo tiempo, ella siempre hablaba así, pero yo solo intentaba presumir. Seis meses después, le propuse comenzar una relación porque sentí que me había enamorado. A lo que ella respondió: “Eres demasiado inteligente para mí, temo que no alcanzaré tu nivel de desarrollo”. Lástima, podría haber presumido menos.

“En nuestra familia, todos somos muy amantes del café. Y esta mañana he roto la única cafetera de la casa. Por cierto, es martes 13”.

  • Planeando mis vacaciones el verano pasado, ya estaba saboreando cómo rompería con la rutina. El primer día de vacaciones me divertí mucho... en la mesa de operaciones del hospital. Me cosieron un dedo roto.
  • Hace 4 años, sentado en una cafetería, descubrí una cartera de un desconocido. Mi vena noble se activó y comencé a buscar a su dueño. Imagínate la reacción de mi amigo, cuando, al salir del baño, vio cómo “ofrecía” sus pertenencias a todos los que estaban en el establecimiento.
  • Estaba en la cola de una tienda. La mujer delante de mí, pagando, pone 20 euros. La dependienta, obviamente cansada, responde irritada que ya no tiene cambio. La dama insiste en que es su deber tenerlo. Yo, muy inquieta, intervengo: “Te lo cambio yo”. Pongo mis dos billetes de 10 euros y el de 20 se lo devuelvo a la mujer. Nadie me dijo nada, solo hace poco me di cuenta de lo que había hecho.

  • Una amiga me contó que mientras pasea con los niños en un patio, a veces, habla con el vecindario. Y una mujer le preguntó: “Imagínate, al lado de casa alguien aparcó un viejo Nissan. ¿Qué clase de mendigos puede tener ese auto?”. Y mi amiga le contestó: “Somos nosotros”. La vecina intentó arreglarlo: “No, me refiero a un viejo Nissan Maxima, verde, incluso con óxido”. Mi amiga: “Somos los mismos”. @kybo3

“Decidí utilizar autobronceador y elegí el tono ‘más oscuro’, pero el resultado superó todas mis expectativas: la piel se volvió demasiado oscura, con un tono verdoso. Traté de quitarme el producto, pero entonces me volví verde por completo. Ahora, soy Shrek”.

  • Voy por la calle comiendo ositos de gomita. Un joven, pasando al lado, con descaro mete su mano en la bolsa, agarra un puñado y, sonriendo, corre hacia adelante. Soy un poco tacaña con la comida, y detesto a la gente insolente. Entonces, decidí correr tras él y darle una patada, pero se cayó en un lugar plano y desafortunadamente se rompió el brazo. No, no nos casamos después de eso. El ladrón me llevó a juicio como si él fuera la víctima.
  • Al terminar mi carrera universitaria, soñaba con lograr un puesto certificado, pero fracasé ante la comisión médica por completo: con bajo peso, tan solo 48 kilos, y una altura de 172 cm. Me dijeron que volviera pasado un mes. Comía pan con mantequilla, bebía cerveza con nata, pero en el espejo yo seguía viendo una tabla de planchar. Y entonces decidí actuar en serio: me compré un sostén dos tallas más grandes, recopilé todas las monedas que había por casa, las metí en los calcetines y las cosí a la prenda. Llegó el día X. Llevaba con orgullo mi “nueva talla de pecho”, apenas podía mantener la espalda recta y me costaba horrores no hacer ruido al caminar. Me subí a la balanza: 50,5 kilos. El médico me dijo: “Es suficiente, pero está bien, te mandaremos al gastroenterólogo. Desnúdate de cintura para arriba”. Alegremente, le pregunté por el cuarto de baño, que resultó estar detrás de la puerta de al lado. Corrí hacia allí, desabroché mi sostén, y todo mi relleno cayó al suelo haciendo un estrepitoso ruido. Lo metí todo en mi bolso y volví arrastrándome al médico. La mirada del doctor no tenía precio. Nos reímos juntos, pero no me aceptaron para el puesto. @alenasmola

¿Alguna vez has experimentado una situación así?

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