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Una historia que hace querer abrazar fuertemente a los padres o por lo menos llamarlos

A veces, en la carrera de la búsqueda de la felicidad personal, el crecimiento profesional y otros beneficios de la vida, olvidamos dedicarles tiempo a nuestros padres y abuelos. Nosotros nos olvidamos, pero ellos siempre nos recuerdan, y de eso se trata el cuento “Había una vez una mujer...” de la joven escritora Alice Atreydas.

Después de leerlo, todos en Genial.guru inmediatamente agarramos los teléfonos y llamamos a nuestros seres queridos, solo para preguntarles cómo estaban.

Compramos una casa en un pueblo. La vendía una joven pareja, dijeron que sus padres no necesitaban una casa de verano, y su abuela había muerto un año antes... Después de la muerte de la anciana, nadie había venido a la casa, esa era la primera vez que venían para venderla. Les preguntamos: “¿Se llevarán las cosas?”. Ellos respondieron: “¿Para qué queremos toda esta basura? Ya nos llevamos los cuadros, pueden tirar el resto”. Mi esposo miró las paredes, donde había huellas claras de los cuadros.

— Pero, ¿qué hay de las fotografías?

Desde las paredes de esa cabaña del pueblo nos miraban mujeres, hombres, niños... Toda una dinastía. Antes, a la gente le encantaba decorar las paredes con fotografías.

Recuerdo que mi abuela tenía una foto en un marco de mí y mis hermanas.

Mi abuela decía: “Me despertaré por la mañana, les haré una reverencia a mis padres, besaré a mi esposo, les sonreiré a mis niños, les guiñaré el ojo a ustedes, mis nietos, y ya puedo decir que el día ha comenzado”.

Cuando la abuela murió, agregamos su foto a la pared, y ahora, al llegar a la casa del pueblo (que se convirtió en la casa de verano), por la mañana siempre le mandamos a mi abuela un beso en el aire. Y parece que la casa inmediatamente comienza a oler a pasteles y a chocolate caliente. Y se siente la presencia de la abuela. Nunca vimos al abuelo, murió en la guerra, pero su fotografía cuelga en el centro de la pared. La abuela nos hablaba mucho de él, y en ese momento mirábamos la foto y nos parecía que el abuelo estaba sentado junto a nosotros, solo era extraño que él fuera joven y la abuela ya era anciana. Y ahora la fotografía de ella está colgada junto a la de él...

Para mí, estas fotografías descoloridas son tan valiosas que si tuviera que elegir qué llevarme, me llevaría las fotos sin dudar. Y ellos no solo las dejaron colgadas solitariamente en la pared y en los álbumes, sino que también las calificaron cínicamente de basura. Pero eran los propietarios y la decisión era suya.

Después de la compra, comenzamos a limpiar y, sabes... no pudimos tirar las cosas de esta mujer que vivía para sus hijos y sus nietos, y ellos simplemente la abandonaron. ¿Cómo lo sé? Ella les escribía cartas. Al principio las escribía y las enviaba, sin respuesta. Y luego dejó de enviarlas, y tres pilas de amor y ternura descansaban en una cómoda. Lo confieso, las leímos... Y entendí por qué ella no las había enviado. Tenía miedo de que se perdieran, pero aquí estaban a salvo. Ella pensaba que las leerían después de su muerte... Y en las cartas había historias sobre los años de la vida durante la guerra, sobre sus padres, abuelos y tatara-tatara-tatara-tatara, contaba lo que, a su vez, le había contado su abuela, para que el legado familiar no muriera, para que fuera recordado. ¿Cómo tirar algo así?

— ¿Y si se las llevaremos a sus hijos? — le sugerí a mi esposo con lágrimas en los ojos. — ¡Esto no se puede tirar!

— ¿Crees que son mejores que los nietos? — respondió mi esposo con duda. — No vinieron ni una vez...

— Tal vez ya son ancianos o enfermos, nunca se sabe...

— Los llamaré, les preguntaré.

Les pedimos el número a los nietos y, tras llamar, escuchamos una alegre voz femenina:

— Oh, ¡solo tírenlo todo! Ella nos enviaba esas cartas de a montones, ¡ya ni siquiera las leíamos! No tenía nada que hacer allí, se entretenía así...

Mi esposo ni siquiera escuchó hasta el final, colgó el teléfono. Dijo que si esa mujer estuviera a su lado, ¡la estrangularía!

— ¿Sabes qué? Eres una escritora, ¡así que pon estas cartas en tus cuentos!

— Me demandarán...

— ¡Ni siquiera leen libros como los tuyos, estoy seguro! — gruñó mi esposo. — Pero para que te quedes tranquila iré a ver a estos... a esta... gente, les pediré un permiso por escrito.

Y realmente fue y tramitó todo notarialmente. Y yo, mientras tanto, llegué al sótano. Ya sabes, en las casas de los pueblos hay esos lugares, a los que bajas y hace frío allí, como en una bodega. Y allí había frascos de encurtidos, mermeladas... Y en cada frasco, un trozo de papel pegado con una inscripción descolorida: “Para Santi, sus hongos favoritos” (Santi murió 10 años antes, el frasco nunca fue entregado), “Para Solcito, bayas”, “Encurtidos para Andrés”, “Frambuesas del bosque para Fernandito”...

P. S.: En total, la anciana que vivía en esta casa tuvo 6 hijos. Todos murieron antes que ella (en su mayoría por accidentes), a excepción de la última hija, la mujer que calificó todo esto de basura...

Y su mamá esperaba a que viniera con sus nietos, enlataba cuidadosamente los hongos y las bayas, firmaba con amor los frascos... Los últimos datan del año pasado, ella tenía 93 años en ese momento. ¡93 años! ¡E iba al bosque para juntar hongos y bayas para sus nietos! Y ellos...

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