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“Siempre ahorro en mí misma”. Una historia dolorosamente real para toda mujer de familia

“Siempre ahorro dinero en mí misma”, escribe la bloguera Liolia Tarasevich. “Si no me alcanza el tiempo, dormiré menos. Si no me alcanza el dinero, no veré a la cosmetóloga”. Y andaré así, llena de granos y con bolsas debajo de los ojos. Y con las uñas mordisqueadas, porque la manicurista está en el mismo lugar que la cosmetóloga, en un universo paralelo que, nuevamente, no se cruza con el mío".

Genial.guru notó que este texto provocó una respuesta tormentosa en las redes sociales y, con el permiso de la autora, compartimos su historia con nuestros lectores.

Entre un paseo con mi hijo y una visita al médico, elegiré lo primero. Prefiero comprarle otras zapatillas al niño mientras y yo misma uso sandalias desgastados. Llamaré a mi abuela y escucharé todas sus lamentaciones sobre la salud, incluso si ese día no tengo la fuerza para procesar información y se me parte la cabeza.

Puedo caminar en lugar de tomarme un taxi. Aunque llueva.

Puedo arrastrar bolsas del supermercado o muebles de IKEA, verduras del mercado y una mochila llena hasta mi casa. Aunque los médicos me hayan prohibido llevar incluso una cartera.

Siempre ha sido así. Es solo un rasgo del carácter, un mal hábito o un modelo de comportamiento aprendido. No es un sacrificio, sino la eterna seguridad de que para mí estará bien así. Hay objetivos que son más importantes que unas sandalias desgastadas, después de todo.

Y todo estaría bien, y seguiría igual, si no fuera por una circunstancia: una vez cada seis meses o un año (o más seguido) pongo los ojos en blanco y armo un escándalo. Por qué, ¿dónde, por el amor de los dioses, estoy yo, mis deseos, mis caprichos y la falda nueva? ¿Por qué los demás se permiten todo, pero yo siempre pospongo? Dinero, tiempo, energía, a mí misma...

Me pongo a mí misma en el estante más alejado del armario olvidando, al menos, quitarle el polvo. Estornudo, apoyo los codos y las rodillas en las puertas, pero no me escapo. Es incómodo, pero se puede vivir así. Lo haré. Para mí estará bien así.

Puedo armarle este escándalo a alguien (¡te di todo lo que tenía que quedarme!), o a mí misma. Decidir vivir una nueva vida a partir del lunes, ir de compras por 5 horas... y comprar medias nuevas. Porque este mes todavía hay que pagar la cuota del préstamo, el campamento del niño y el seguro del automóvil. Todo bien con el escándalo, pero la página del presupuesto de mi monitor interno no está cerrada, está minimizada, está allí abajo, parpadeando, quiere que la abran.

En resumen, no sé cómo amarme a mí misma. Y dicen que es necesario. Sin falta, dicen. Pero siempre se olvidan de decir cómo exactamente hay que hacerlo. Ellos siguen amándose a sí mismos, ya que saben cómo hacerlo. A diferencia de algunos.

Y luego leí cómo pueden comenzar a hacerlo los dinosaurios como yo. Aquellos que nunca lo han intentado porque tenían miedo de volverse adictos a la aguja de la heroína del egoísmo.

La receta es muy simple: haz por ti mismo lo que haces por tus seres queridos. Prepárate una comida deliciosa, vístete con una hermosa lencería, permítete dormir hasta la hora del almuerzo los fines de semana.

Realmente me gustó. Al menos está claro en qué posición es correcto amarse, y en cuál ya es indecente.

Practico y lo disfruto. Tapé la zumbante voz que dice adentro mío que soy una persona egoísta y que cómo puede ser que no me dé vergüenza con una mordaza de indiferencia y citas de libros cultos. Disfruto de finalmente ir al consultorio de la cosmetóloga sin sentirme culpable o pensar que estoy haciendo un gasto desmesurado. Y hasta me elogio por darme ese lujo. Ya casi he aprendido.

Y ayer llené la bañera, pensaba remojarme con sales y mi serie favorita. Es mi tiempo, quiero ver la serie, y no hacer frenéticamente albóndigas para mañana. Tengo el derecho.

Saqué el paquete de sales y vi que quedaba para un solo uso.

— Mañana, el niño se meterá en la bañera y querrá poner las sales, pero no habrá más. Y él querrá usarlas seguro. Le gusta cómo se disuelven los cristales de colores, los atrapa con los dedos, los mira durante mucho tiempo a trasluz, los huele, los toca, los hace rodar. Y yo... yo puedo bañarme sin las sales, para mí estará bien así.

— ¡Para, para, para, Liolia! ¡No estará bien! — y volqué todo el paquete en la bañera antes de cambiar de opinión. Hoy yo, mío, para mí.

Y me quedé sentada allí con el ceño fruncido durante una hora, derramando agua y culpa, exprimiendo el placer. ¡Disfruta, dije! Me olvidé de poner la serie. Salí después de la medianoche y me fui a hacer las albóndigas.

En resumen, no es fácil eso de amarse a uno mismo. Es muy difícil, sobre todo sin estar acostumbrado.

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