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Internautas hablaron sobre sus peores jefes, en cuyas venas solo fluye avaricia y arrogancia

La relación entre los jefes y sus empleados suele ser complicada por naturaleza. Por alguna razón, la mayoría de los superiores cree sinceramente que sus subordinados deben trabajar de día y de noche, incluso por sueldos que parecen una burla, además de hacer horas extra sin bonificación alguna, llevar a cabo tareas que ni siquiera forman parte de sus responsabilidades laborales y, en general, también dar las gracias por tener “un trabajo en una empresa tan seria y respetada”.

Por supuesto, a nadie le gusta trabajar bajo tales circunstancias, y muchos internautas lo demostraron compartiendo numerosas historias sobre jefes “iluminados” por su abuso de poder. A continuación, podrás leer algunos de los relatos más indignantes recopilados por Genial.guru.

1.

En la oficina me pidieron trabajar de más el fin de semana. Simplemente dije: “No, no lo haré”. Me miraron con asombro diciendo: “¡Debes hacerlo!”. Respondí que debía trabajar solo 5 días a la semana, 8 horas diarias, y dejé a mi jefe reflexionando en su despacho. Ni siquiera pudo contestarme algo. © timohius / Pikabu

2.

A los 19 años conseguí un empleo como secretaria en un buen bufete de abogados. El trabajo era simplemente genial. A los 21 años me dieron la oportunidad de convertirme en asistente de un abogado. Al principio todo iba bien... hasta que mi jefe encontró a alguien que podía sustituirme: una hermosa brasileña rubia un año mayor que yo. Sí, era muy agradable, pero, sinceramente, esta joven era una opción terrible para ese puesto: no tenía experiencia laboral en absoluto, ni siquiera sabía leer y escribir bien en inglés.

Los problemas comenzaron en el momento en el que mi jefe esperaba que yo cumpliera tanto con mi trabajo como con el de ella, ya que entendió que la brasileña no servía para el puesto. Cuando se lo dije, se disculpó por ella. En ese instante me di cuenta de que la muchacha era más que una simple empleada para él.

Así, cuando le dije que ya no volvería a trabajar por ella, me respondió que yo tenía que elegir: quedarme y trabajar por ambas, o renunciar al puesto. Y añadió que esperaba una respuesta antes de que acabase el día. Me fui a almorzar y, cuando regresé, le dije que renunciaría en ese mismo instante. Al principio se sorprendió, ya que confiaba en que me quedaría, y luego me pidió que trabajara otras dos semanas más. Pero me fui ese mismo día.

Al pasar un tiempo descubrí que la brasileña también se fue, dos semanas después. La joven se dio cuenta de que, sin mi ayuda, no era capaz de realizar todo el trabajo necesario. © Laura Breton / Quora

3.

Conseguí un empleo y todo iba bien. Pero muy pronto, mi jefe comenzó a mostrar una atención desmesurada que no me interesaba. A nadie le interesa esta atención por parte de un hombre mayor con barriga. Llegó hasta ese momento en el que comenzó a insinuar directamente que quería una relación íntima. Bueno, no soy de las que se andan con rodeos, así que comencé a grabar sus discursos con una grabadora. Y, después de que grabé que me despediría en caso de no aceptar sus propuestas, al igual que a los empleados que antes ocupaban mi puesto, hice un montón copias, las procesé y se las di para escuchar. Le pedí que renunciase a su puesto o, de lo contrario, la grabación acabaría llegando a quien debería y a quien no. Ahora, la jefa soy yo. © Escuchado por casualidad

4.

Conseguí un trabajo como agente en una empresa organizadora de viajes. Me pidieron que sustituyera al contador durante dos semanas (recibir dinero, algunos papeles, controlar la caja y similares). Finalmente, ¡me despidieron! ¿La razón? ¡No cumplí con los deberes de un contador! © Elena Yakovenko / Facebook

5.

6.

Hoy advirtieron a un compañero de trabajo. Ayer, nuestro empleador nos dijo:
— Todos somos una familia. Si alguien en el trabajo, o incluso en casa, tiene algún problema o dificultad, debe sentirse libre de acudir a mí: como pueda, intentaré ayudarlos. Incluso pueden venir simplemente para hablar. Todos remamos en el mismo barco...
Hoy, delante de todo el mundo, mi compañero le dijo al empleador:
— ¡Buenos días! ¿Cómo van sus cosas?
— Usted está tomándose demasiada confianza...
— Entonces no venda tanto su “barquito”. © 33happy / Pikabu

7.

Una historia de hace una semana. Trabajé oficialmente de barrendero. Salía a trabajar cuando me resultaba cómodo, y la calle siempre estaba en orden, limpia. Y, de repente, cambiaron de superiores y comenzaron a molestar con controles e inspecciones, pero no me veían en mi lugar de trabajo. Resulta que, por un salario irrisorio, tenía que estar en la calle 6 días a la semana durante 8 horas... Renuncié al empleo de inmediato. © Mihael Muravyev / Facebook

8.

En nuestra empresa trabajaba un especialista en nuevas tecnologías a tiempo parcial, hasta las 12:00, pero la mayoría de las veces se iba a las 11:00. El hombre era genial, todo lo que era de su competencia funcionaba sobre ruedas. Siempre llegaba antes para que le diera tiempo a actualizar las bases de datos y programas, así como a hacer diagnósticos. Siempre ayudaba con muchas cuestiones. Y, cuando organizaba bien todo su trabajo, visitaba los despachos o navegaba por Internet hasta las 11:00.

Pero un día llegó un nuevo director, vio que este especialista prácticamente no hacía nada y decidió que, supuestamente, no había nada por lo que pagarle, así que redujo su salario a más de la mitad. Al hombre no le gustó eso y renunció al puesto.

Al principio, todo iba bien, pero luego apareció un problema, y después otro. Fruto de todo esto, el director llamó a un “servicio de emergencia” en esta materia y se volvió loco al conocer el precio que le reclamaron. Este suponía 2 salarios mensuales del exespecialista. Como resultado, él pagó un par de veces y decidió contratar a un nuevo especialista para desarrollar este trabajo. Pero tanto este, como el siguiente y posteriores, en su cualificación profesional, ni por asomo se acercaban al anterior. Y, si antes el exempleado hacía todo el trabajo para las 9:00, ahora eran dos personas trabajando el día completo. Pero, pese a la ampliación, no era lo mismo.

El director decidió volver a llamar al anterior y buen especialista, pero la respuesta de este fue la siguiente: “Gracias por despedirme, de lo contrario, no me habría enterado de cuánto valía realmente y cuánto podría ganar”. Mientras tanto, nuestro director sigue buscando a un buen especialista en TI. Ya vamos por el octavo en medio año... © al56.81 / Pikabu

9.

Cuando un empleado pidió licencia por paternidad porque su esposa ganaba más, el director, un excoronel, durante mucho tiempo se quejó diciendo que el hombre debería trabajar, ya que estar con los hijos es un deber para las mujeres. Tan solo un par de meses más tarde, una empleada se pidió la licencia por maternidad y escuchó de él que era su esposo quien tenía que pedirlo, mientras que ella debería trabajar.

La gota que colmó el vaso para mí fue cuando nos dijeron públicamente en una reunión lo siguiente: “Recuerden, todos ustedes son esclavos y deben cumplir con lo que se les exige”. © Plutovik / Pikabu

10.

11.

Mi amiga trabajaba como especialista en mercadotecnia (colocaba cajas con artículos alineadas y atendiendo a un esquema de color). Ya era su segundo o tercer año en ese empleo, y lo hacía muy bien: siempre reinaba el orden en las estanterías. Sus compañeros, quienes eran responsables de otras zonas, se tomaban la cuestión de una manera diferente: lo hacían a la ligera y podían no hacer nada durante todo el mes.

Entonces, llegó la época de exámenes en la universidad y mi amiga comenzó a trabajar como todos los demás, es decir, visitaba cada tienda no una vez por semana, sino una vez al mes. Físicamente, ella no tenía tiempo para hacerlo con más frecuencia. Su jefe, al acabar el mes, pasó revista, vio el desorden y la regañó en una reunión: “Está bien que los demás lo hagan con desorden, estoy acostumbrado, pero ¿tú? Lo puedo esperar de cualquiera, pero no de ti”, y le tramitó una penalización. © KrasaPolina / Pikabu

12.

Trabajaba como contadora llevando la contabilidad de artículos en una gran cadena de supermercados. Nuestro departamento fue cerrado y nos dijeron que después llamarían para distribuir a todos en función de nuestro puesto en otros establecimientos de la ciudad. Al pasar seis meses, pensé que me habían despedido y fui a recoger mis certificados a la empresa. El Departamento de Personal se sorprendió al verme. La gente comenzó a preguntarme quién era yo, dónde había trabajado y cuál era mi puesto. ¡Entonces se dieron cuenta de que mi número ya había sido transferido a un nuevo supermercado en otra ciudad!

Ante mi indignación sobre cómo podían haber cometido tal error perdiendo a una persona, y no a un número, me dijeron que, o bien renunciaba en ese mismo momento al puesto, o me despedirían por absentismo laboral. © Anna Fomina / Facebook

13.

Una vez, en nuestra oficina, empezó a trabajar una chica de 25 años. Muy tranquila y modesta, silenciosa y sombría. Era muy extraña: cada vez que entraba el jefe, saltaba de su silla y seguía de pie hasta que este se iba. Y, cuando él decía algo, la nueva apartaba sus labores y mostraba una mueca de máxima preocupación, como si cualquier palabra pronunciada por el superior tuviera que llegar al fondo de sus entrañas. Era... ¡aterrador!

Sin embargo, al concluir su primera semana laboral, logramos que hablara. Ella nos contó que sus dos últimos jefes habían sido un tanto extraños. Uno de sus superiores se consideraba a sí mismo un cómico de monólogos y soltaba bromas absolutamente ridículas, obligando a que todos los empleados rieran. Cualquiera que no se reía o no participaba en su “jerga de comedia” estaba expuesto al despido.

En su segundo lugar de trabajo, su jefe exigía de manera estricta que, cuando los superiores entraran en las instalaciones, los subordinados se pusieran de pie en forma de saludo. Y así fue cómo se desarrollaron sus reflejos. La nueva trató de averiguar qué iba mal con nuestro jefe y por qué se comportaba como una persona normal. ¿Qué podía decirle? Nuestro superior no alberga cosas raras en su cabeza y no es para nada arrogante. © y-story.ru

14.

Tenía un empleo. Un día, el jefe me llamó y me dijo: “Un empleado se va de vacaciones. Tienes que hacer su trabajo, tiene pocas responsabilidades”. Otro operario renunció a su puesto, Entonces, el jefe: “Bueno, también tienes que trabajar por él. Tenemos que aguantar hasta que contratemos a un nuevo empleado”.

Como resultado, trabajé durante un mes por tres, no tenía tiempo para nada. Tampoco podía cumplir plenamente con mis deberes, de lo que informaba con sinceridad tanto a mis jefes como a sus superiores, porque uno no puede multiplicarse por tres por mucho que quiera. A final de mes, me enteré por mis jefes de que yo era “un idiota que no hacía nada”, y me quitaron las bonificaciones. © AleksBoev / Pikabu

15.

16.

Conseguí un empleo como barista en una cafetería de un emprendedor. Mi salario era el sueldo base más comisiones. Más vendía, más cobraba. Al principio, por un turno de 12 horas, ganaba un poco más de 24 USD.

Después, muchos se enteraron de la existencia de esta cafetería, por lo que la cantidad de clientes aumentó. Dos años más tarde, los ingresos de este negocio se triplicaron, y comencé a percibir por un turno alrededor de 40 USD. Es cierto, si antes el trabajo no era muy duro, ahora preparaba hasta 400 tazas de café al día y también me dedicaba a tareas de horneado de bollería. Al final de la jornada estaba exhausta, las piernas me dolían tanto que me costaba hasta caminar. Durante la noche, mis piernas no tenían tiempo para recuperarse y descansar, así que sufría fuertes calambres...

Entonces, un día, mi director (eficiente a más no poder) vino y me dijo: “Te reduciré el sueldo base y también la comisión porque cobras demasiado”. Como resultado, obtendría un sueldo diario inferior al que tenía hacía 2 años, y todo esto con un número de clientes mayor. Renuncié ese mismo día. Ahora, en mi puesto trabaja un chico que cobra 16 USD al día. Probablemente tendría que haber una moraleja, pero la cafetería sigue abierta y el director ha abierto cuatro establecimientos más. © Viandniak / Pikabu

17.

Trabajaba en la recepción de un hospital. Mientras no había pacientes, arreglaba todo el papeleo y descansaba. Un día, la enfermera superior entró.
— ¿Por qué estás sin hacer nada?
— De momento no hay nadie, los que recibí ya se han tramitado.
 Entonces, ve a ayudar a María, ella no puede con todo (claro, si vas a fumar o a tomar té 3 veces en una hora, ¡eso es normal!).
— No, así seré yo quien no podrá con todo cuando haya una fila.
— No quieres trabajar, sueltas groserías... ¡Informaré de ello al médico jefe!
— Pues hazlo.
Se fue dándole un golpe a la puerta. © Mixonec / Pikabu

18.

Después de mudarme al extranjero conseguí un trabajo en una fábrica para panaderías. Tenía que pasar los bollos de una bandeja de horno a otra... Vino el jefe, observó cómo los pasaba y, al final del día, me dijo que no volviera más... Dijeron que tenía las manos pequeñas, “solo podía tomar dos bollos de una vez, y tenían que ser cuatro”. No me importó. © Tatyana Ratnovski / Facebook

19.

Acabo de llamar a una empresa que me invitó a realizar una entrevista de trabajo y enseguida me dijo: “Habrá que quedarse hasta más tarde”. Mi opinión es la siguiente: si tu jornada laboral de 9 horas se convierte en una de 11 o 12 por un simple “gracias”, entonces deben permitirte llegar tarde a veces. Por eso, siempre compruebo si el empleador es adecuado y le pregunto:
— Entonces, ¿es posible llegar tarde por razones objetivas? ¿Un atasco de tráfico, por ejemplo?
— No, los retrasos no son aceptables. El tráfico no es una razón objetiva, ese tipo de faltas son motivo de despido.
— Es decir, horas extra son bienvenidas, pero llegar un poco más tarde, ¿no?
— Joven, usted no es adecuado para el puesto. © Anders138 / Pikabu

20.

21.

Hace algún tiempo, estaba buscando trabajo de manera activa. Tuve que ir a muchas entrevistas. Aquí va la historia de una de ellas.

Una empresa grande, salario ligeramente superior a la media, sin bonificaciones y un montón de requisitos. Llegué un poco antes de la hora señalada y vi una fila, como en una clínica dental. En fin, rellené el cuestionario, y luego hubo una entrevista con un jefe raro. Me sentí incómodo allí. Aunque, después de la entrevista, este dijo que no había ido mal, pero tampoco genial, y que ya me llamarían.

No me importó y continué con mis cosas, incluso me alegré de no tener que comunicarme con esas personas de manera regular en el trabajo. Pasaron varios días y realmente me llamaron. Una voz masculina inició la conversación:

— ¡Buenas! Hablamos contigo sobre el trabajo. Hay una propuesta. Ven a trabajar un día o dos. Veremos qué puedes hacer. ¿Cuándo vienes?
— Bueno, puedo mañana. Llevaré mis papeles para la contratación.
— Espera, primero tienes que trabajar. Un día de prueba. El papeleo viene después, al pasar ese período.
— ¿Cuánto me pagarán por el día de prueba?
— Nada. En nuestra empresa es una norma que primero se demuestre lo que vales.
— Yo tengo por norma que cualquier trabajo debe ser remunerado.
— ¿Sabes, chico? Somos una empresa seria y tú cuentas el dinero. No podremos trabajar juntos. ¡No nos llames!
Y colgó. © weisekopf / Pikabu

Bono: pero también existen buenos jefes

Una vez, el jefe me dijo que no quería trabajar conmigo, a lo que le respondí: “Si no quiere trabajar, ¡redacte su carta de renuncia!”. ¡Se olvidó de nuestra discusión y se rio durante mucho tiempo! ¡Después de ese percance trabajé allí durante 10 años! © Gulara Pirieva / Facebook

¿Has tenido que lidiar con jefes de este tipo? ¿Cuáles fueron tus momentos de trabajo más indignantes? Cuéntanos en la sección de comentarios.

Imagen de portada timohius / pikabu