Historia de un hombre que durante muchos años estuvo atrapado en su propio cuerpo

En 1988, Martin Pistorius, un saludable niño de 12 años, inesperadamente comenzó a tener problemas de salud con demasiada rapidez. Al final, el chico cayó en un estado mínimamente consciente. Los doctores declararon que el niño se encontraba en un estado vegetal y no había nada para ayudarlo. Todos a su alrededor pensaban que él no escuchaba, ni entendía nada, sin embargo, se equivocaron. Martin no podía controlar en lo absoluto su cuerpo y tampoco podía dar algún tipo de señal a las personas de su alrededor. Todo cambió después de 13 largos años, cuando una enfermera de nombre Virna lo estaba cuidando.

Genial.guru leyó en un suspiro el libro autobiográfico escrito por Martin Pistorius y considera que la historia de su vida merece la adaptación a la pantalla de algún notable director (por ejemplo, Robert Zemeckis). No cabe duda de que, al final, obtendríamos una excelente película, un completo drama, sufrimiento y, por supuesto, amor. Lee nuestro artículo y tú mismo sorpréndete de ello.

El pequeño Martin con su padre y su hermana menor.

En los años 80, Martin Pistorius vivía en la república de Sudáfrica. Era un niño completamente sano y aficionado a diferentes cosas técnicas. Por ejemplo, a los 11 años, él mismo podía reparar un enchufe en casa. Además, equipó su cuarto con una alarma llena de piezas Lego para protegerla de su hermano y hermana menor, David y Kim.

Un día de enero de 1988, Martin, de 12 años, regresó a casa de la escuela quejándose de un dolor en la garganta. Dejó de ir a clases ya que su estado de salud comenzó a empeorar drásticamente. Gradualmente dejó de comer e incluso podía dormir en el día durante muchas horas, le era difícil andar y su cuerpo comenzó a debilitarse. Los cambios ocurrieron de manera consciente: al principio, comenzó a olvidar cosas, posteriormente, no era capaz de realizar simples acciones y, por último, dejó de reconocer el rostro de personas cercanas a él.

Joan, la mamá de Martin, le regaló un marco con una fotografía familiar y todos los días reproducía un video con imágenes de su papá, Rodney. Solo que esto no tenía ningún sentido para él. Comenzaron a surgir trastornos del habla, Martin olvidaba quién era él y en dónde estaba. Después de un año de ese día enero, el adolescente, acostado en una cama del hospital, dijo sus últimas palabras: “¿Cuándo vamos a casa?”.

Martin ya no se parecía a un típico niño de 13 años. Había adelgazado demasiado, sus dedos de las manos y piernas se torcieron como las garras de un pájaro. Su cuerpo en general no lo obedecía en absoluto. No estaba paralizado, Martin simplemente no podía dirigirlo. Lo único que podía hacer por si solo era comer por instinto la comida que su mamá le daba.

Es decir, para ese momento, Martin ya se encontraba en un estado mínimamente consciente. Este es un trastorno psiconeurológico en el cual los ojos del enfermo están abiertos, gira sus globos oculares pero no fija su mirada, frecuentemente produce movimientos caóticos de las extremidades, carece de habla y reacciones emocionales, no percibe los comandos verbales y el contacto con él es imposible. Al mismo tiempo, las funciones básicas de un estado vegetativo (respiración, funcionamiento del sistema cardiovascular, succión, ingerir, secreción de orina y heces) se conservan en el paciente.

Los doctores realizaron una gran cantidad de análisis, tratamiento de diferentes enfermedades, en su mayoría meningitis criptocócica y tuberculosis, trataron con decenas de tratamientos pero no sirvió de nada. Incluso fue internado en una clínica psiquiátrica, ya que los doctores pensaban que se trataba de una enfermedad de carácter psicológico. Después de un año de intentos por averiguar la causa de la enfermedad, los médicos sudafricanos se dieron por vencidos y aconsejaron enviar al chico a un internado, permitiendo que la enfermedad siguiera su curso. Las mentes científicas de otros países (EE.UU., Canadá e Inglaterra) declararon que era poco probable que pudieran hacer algo, ya que, según sus palabras, los doctores de Sudáfrica habían hecho todo lo posible.

Martin fue llevado a casa y, su mamá, quien había renunciado a su trabajo, comenzó a cuidar de él. Después de un año, cuando Martin cumplió 14, sus padres decidieron llevarlo todos los días a un hospital de estancia temporal y por las noches recogerlo para ir a casa. Su padre también formó parte del cuidado de su hijo. Él se despertaba muy temprano, aseaba y vestía a su hijo, lo llevaba al hospital y después se iba al trabajo. Por la tarde, recogía a Martin, lo bañaba, le daba de cenar, lo vestía y lo acostaba a dormir. Por la noche, se despertaba para ir a ver a Martin y comprobar que no tuviera llagas. Martin se sentaba en una silla de ruedas o se acostaba en la habitación sin saber lo que pasaba a su alrededor. Como escribe en su libro, “Estaba acostado como si fuera un caparazón vacío”. Así pasaron largos días y meses hasta que, un día, su conciencia volvió.

Para ese entonces, Martin ya tenía 16 años. Lentamente, pero con seguridad, comenzó a fijar su mirada, escuchar lo que pasaba a su alrededor, sentir los olores y, lo más importante, a razonar. Su cuerpo seguía sin responder, sus extremidades temblaban sin parar, pero el chico ya estaba consciente de que eran partes de su cuerpo, aunque a él le parecía que estaban cubiertas de cemento. Los trabajadores médicos frecuentemente ejercitaban las piernas y brazos de Martin, doblándolas y extendiéndolas, pero todo lo que podía hacer era dar un par de pasos arrastrando sus pies mientras alguien lo sostenía bajo sus brazos.

Su mente comenzó a fortalecerse y, a los 19 años, él se había recuperado por completo. Martin comprendía con claridad quién era, dónde se encontraba y qué ocurría a su alrededor y en el mundo (en su habitación había un televisor). Pero como el joven prácticamente no controlaba su cuerpo, no se podía decir que estaba consciente, pero tampoco era un “vegetal” con el intelecto de un niño de 3 meses. Martin literalmente fue enterrado vivo en su cuerpo. Y todos a su alrededor lo trataban como una planta doméstica, la cual a veces necesitaba ser regada y empujada al rincón. Nadie sospechaba que la conciencia de Martin había regresado.

Un día, Rodney preparó a su hijo para dormir y lo vistió, en silencio. Martin intentó mover la orina con su mano y una vez más falló. Debido a la frustración, comenzó a respirar agresivamente.

— ¿Hijo, estás bien? —, le preguntó Rodney.

El joven detenidamente lo miró a los ojos, intentando persuadirlo de que él escuchaba y entendía todo.

— ¿Déjame llevarte a la cama, sí?

Después de eso, Martin comprendió que sus débiles intentos por llegar a los demás estaban condenados al fracaso. Se resignó a pasar el resto de sus días atrapado en su cuerpo. Él parecía estar en una isla desierta y no tenía esperanzas de salvación.

Durante este tiempo, la familia se dividió en dos bandos. Por un lado, Martin y su papá Rodney, quien rodeaba a su hijo con un increíble cuidado y estaba seguro de que se recuperaría. Y por el otro, la mamá de Martin, quien casi no se acercaba a su hijo inmóvil y le prestaba atención solo a su hermano y hermana. Durante muchos años, en la familia frecuentemente hubo discusiones. Joan insistía en internar a Martin en una institución especial y Rodney estaba en contra de eso. Durante una discusión, cuando Martin entendía todo, pero los demás no lo notaban, Joan, con lágrimas en los ojos, miró a su hijo y lentamente pronunció: “¡Debes morir, tienes que morir!”. En ese momento, Martin, como nunca antes, quería cumplir esa voluntad.

Durante los dos primeros años, Joan cuidó de él incansablemente al igual que su esposo, pero con el tiempo, se dio cuenta de que su hijo nunca volvería a ser como antes. Joan desarrolló una depresión por la cual incluso intentó suicidarse al tomar un puñado de pastillas. La oportuna ayuda de Rodney y los médicos le permitieron seguir con vida. Los doctores le aconsejaron hablar menos con su hijo incapacitado para no caer nuevamente en depresión. Después de estas palabras, ella se volvió fría hacia Martin.

Cuando Martin tenía 23 años, una joven chica de nombre Virna comenzó a trabajar como enfermera auxiliar en la institución. Ella era la única persona que, al hacer sus labores diarias, no hablaba consigo misma, sino con el inmóvil Martin. Entonces, él comenzó a hacer contacto visual con Virna con mayor frecuencia. Ella estaba segura de que Martin no la escuchaba ni la entendía, pero compartía todo lo que ocurría en su vida. Él, con todas sus fuerzas, la miraba a los ojos, pero ella no reaccionaba en lo absoluto. Un día, notó que Martin exhalaba agresivamente cuando le hacían algún tipo de pregunta. También pudo captar unas perceptibles sonrisas y señas con la cabeza. Virna le dijo eso a sus colegas, pero no creían en la intencionalidad de las acciones de Martin.

Una tarde, Virna vio una entrevista por televisión sobre una mujer que se había adormecido después de un derrame cerebral y los científicos lograron restablecer sus habilidades de comunicación. En la jornada de puertas abiertas, Virna visitó el centro médico donde los expertos hablaron sobre las maneras de ayudar a las personas que no estaban en condición de hablar. La chica tuvo la pequeña esperanza de que los especialistas pudieran ayudar a Martin para que comenzara a hablar. Convenció a sus padres de llevar al chico a un centro de métodos alternativos de comunicación en la Universidad de Pretoria para que le realizaran un examen. Para ese momento, Martin ya tenía 25 años, transcurría el año 2001. Es decir, desde el momento que había regresado su conciencia, habían pasado 9 agonizantes años.

La prueba fue larga y exhaustiva, causó una gran emoción en Martin ya que tenía miedo de fallar. Aun así, logró mantener su mirada fija a las imágenes requeridas, detener la flecha en el cuadrante necesario con su cabeza y, con ayuda de un interruptor, señalar correctamente uno u otro objeto. De acuerdo con el movimiento de sus ojos durante la búsqueda de imágenes, los especialistas llegaron a la conclusión de que Martin los escuchaba por completo, se orientaba perfectamente en la realidad y no tenía una deficiencia mental.

Después de este triunfo, durante un año, Martin, con dificultad, aprendió a comunicarse con el mundo exterior con ayuda de una computadora y un software especial. Martín tenía que elegir las imágenes y símbolos de una tabla y un interruptor para hacer que la computadora se comunicara. Por supuesto, él aún pasó sus días en la institución, ya que todavía necesitaba que lo cuidaran. Y, a pesar de que todos sabían que Martin entendía y escuchaba todo, lo seguían tratando como a un niño irracional. Excepto Virna.

Ella era muy linda y educada, además, le platicaba todo sobre su vida. En algún momento, Martin comprendió que amaba a Virna. Un día, él intentó darle a entender eso y simplemente levantó la mano. Pero dio vueltas por el aire y después cayó impotente de lado. Virna miró al chico y le dijo:

— ¿Piensas que entre nosotros es posible algo? Lo siento, Martin.

El joven sintió un dolor en el pecho que nunca antes había sentido. Su corazón estaba destrozado.

Martin con su papá, mamá y su hermana Kim.

Al intentar ahogar su sufrimiento, Martin, con ayuda de una computadora, aprendió a usar algunos programas, responder llamadas telefónicas y enviar mensajes vía correo electrónico. Él comenzó a entender de computadoras e incluso logró configurar el sonido de la máquina a su gusto. Al adquirir su nueva voz, él expuso ante el público en el centro de la salud, donde contó sobre su método de comunicación con las personas. Después de su discurso, la gente se acercó a él para felicitarlo. Fue muy inhabitual para Martin.

Su cuerpo se fortaleció un poco, aprendió a sentarse derecho, los músculos del cuello se fortalecieron de tal manera que podía utilizar un cinturón que mantenía su cabeza y su brazo derecho se hizo más obediente. Pistorius comenzó a exponer discursos ante los estudiantes e investigadores, contando sobre las posibilidades de comunicación con ayuda de tecnologías. Y después de uno de sus discursos, le propusieron un trabajo en un centro de comunicación. Era el año 2003. Es decir, a partir del momento de su primera prueba, habían pasado solo 2 años. Fue un verdadero éxito. Después de medio año, le regalaron una silla de ruedas eléctrica. Desde ese día, Martin pudo manejar independientemente sus movimientos.

Hasta diciembre de 2006 Martin frecuentemente exponía ante el público y trabajaba mucho. Dormía solo 5 o 6 horas al día, y el resto del tiempo se dedicaba al trabajo o aprendía algo nuevo. Pero le hacía falta amor. Él quería dárselo a una única mujer a la cual todavía debía encontrar. El problema consistía en que Martin, a sus 30 años, entendía a las mujeres igual que un niño de 12 años. Aunque se comunicaba maravillosamente con muchas chicas, ellas lo percibían como algo nuevo. Pero nada más.

Un día en 2009, Martin habló por Skype con su hermana Kim, quien en ese momento se encontraba en Reino Unido. En aquel momento, en casa de Kim estaba su amiga Joanna. La chica vio en la pantalla de la computadora a un chico guapo que se sonría hablando con ayuda de la computadora. Después, ella dijo que entendió de inmediato que Martin era el hombre con quien quería pasar el resto de su vida. Después de conocerse por Skype, comenzaron a intercambiar mensajes por correo electrónico, a hablar muchas horas por Internet y, en un mes y medio, declararon que se amaban. Después de medio año, Martin llegó a Reino Unido para casarse con Joanna. En junio de 2009, celebraron su boda.

Para ese entonces, el lado derecho del cuerpo de Martin se había recuperado tanto que no solo podía servir café en tazas de manera independiente, sino que también podía manejar un automóvil. Hace poco tiempo, a finales de 2018, él y su esposa Joanna se convirtieron en padres de un maravilloso bebé llamado Sebastian Albert.

Así es como Joanna describe la actitud hacia su esposo: “Las restricciones físicas de Martin no pueden limitar nuestro amor. Y a pesar de todo, él es la persona más viva que he encontrado”.

Algunos hechos:

  • En 2011 Martin, copatrocinado por Megan Lloyd Davies, escribió un libro autobiográfico llamado Ghost Boy (“Chico fantasma”).
  • En 2015, expuso en las conferencias TED, en las que contó la historia de su vida.
  • En 2018, el canal BBC filmó un video sobre su vida.

Ahora, Martin tiene 44 años y es inmensamente feliz, aunque casi una tercera parte de su vida fue un fantasma. Sí, los fantasmas no existen, pero Martin no existía para las demás personas, en particular para su familia. Y solamente de manera milagrosa pudo llamar la atención de este mundo y salir al pasar 13 años atrapado en su propio cuerpo. Es una historia única sobre una persona en el estado de pseudocoma que tuvo un final feliz. Pero nadie sabe cuántas personas parecidas existen que estén encerradas dentro de su propio cuerpo.

¿Qué piensas sobre la historia de Martin? Escribe en los comentarios tu opinión sobre esta asombrosa historia.

Imagen de portada martinpistorius / instagram
Compartir este artículo