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“Mi madre vive de manera equivocada”. Una psicóloga contó por qué los hijos de los 90 no entienden a sus padres

Cada nueva generación suele malinterpretar a la anterior. Y la eterna discusión entre padres e hijos no cesará mientras continúe la vida en la Tierra. Aun así, a veces es útil dejar de lado tus puntos de vista por un momento y mirar la vida desde el lado de alguien que es un poco mayor. Especialmente si esta persona es tu madre.

En Genial.guru, no pudimos ignorar el texto de la psicóloga y bloguera Elena Pasternak sobre qué hacer cuando parece que nuestros padres están viviendo “de manera incorrecta”.

Mi madre vive de manera equivocada. Realmente quiero ayudarla...
—¿Ayudarla cómo?
—Ayudarla a empezar a vivir bien.
—¿Y tú?
—¿Y yo?
—¿Estás haciendo las cosas bien?
—¿Qué tiene que ver conmigo? ¡Es sobre mi madre!

Es un caso real. Una mujer joven y hermosa con un vestido elegante y un montón de pulseras finas. Su anciana madre, aparentemente, vive de una manera equivocada. Después de todo, mamá lo tiene todo, incluso le compraron un viaje al sanatorio. Pero mamá no quiere ir al sanatorio.

—Quiere ir a su casa de campo a labrar la tierra y plantar las estúpidas papas. Se lo he dicho un millón de veces: “Compra todo los que necesites, yo te daré el dinero”. Y las amigas de mi madre también son unas ridículas. Solo hablan de sus nietos.
—¿Y de qué deberían hablar?
—Deberían pensar en su crecimiento espiritual.
—¿Y tú?
—¿Otra vez yo?
—Háblame de ti.
—Bueno, me gradué en periodismo.
—¿Tu madre fue a la universidad?
—No, no lo hizo.
—¿Y tu padre?
—La verdad es que nunca lo veía.

—¿Así que tu madre te crio sola?
—Con la abuela.
—¿Cómo creciste? Dime.
Siempre me avergoncé de mi madre. Teníamos muy poco dinero. Solíamos ir a la casa de campo en verano.
—¿Para labrar la tierra y plantar las estúpidas papas?
—Y recoger bayas en el bosque. Todas las chicas se las comían, pero nosotras las recogíamos para luego venderlas. Y se reían de mí porque mi madre vendía bayas al lado de la carretera. No conocí el mar hasta el décimo grado.
—¿Qué hacías?
—Siempre me dijeron que estudiara. Quizá por eso tengo tantos problemas con los hombres, porque no me enseñaron a relacionarme con ellos.
—No, no es por eso que tienes problemas. Es porque no ves lo mucho que tu madre hizo por ti.
—¡¿Qué ha hecho por mí?! Lo hice todo por mi cuenta.

—Por supuesto que sí. ¿Quién pagó tu educación? ¿Quién plantaba las estúpidas papas para que tú pudieras tener comida? ¿Quién recogía arándanos y los vendía para que tuvieras todo lo necesario para la escuela? Si no he contado mal, tu infancia fue en los 90. Los recuerdo bien. Cuando no había nada de dinero, cuando la gente sobrevivía a base de papas.
—¡Solo hablas de cosas materiales! Pero también hay cosas espirituales. ¡Amistad! ¡Confianza!
Es fácil hablar de amistad y confianza cuando se tiene todo. Es difícil cuando no tienes nada para alimentar a tu hijo. Y tu madre hizo lo mejor que pudo. Hizo exactamente lo que pudo. Te dio algo que te permite hacer lo que haces. Sí, es difícil para ella. Sí, no entiende cómo vivir de otra manera, pero su estrategia de vida, a juzgar por ti, fue exitosa. El resto está en tus manos.
—¿Qué es?
—Piénsalo.

Cuando estaba en la universidad, en la Facultad de Psicología, uno de nuestros profesores dijo: “Los padres siempre se equivocan, pero tú puedes elegir qué tipo de vida quieres vivir, y esa elección la tienes gracias a tus padres”. Nuestros padres no tuvieron vidas fáciles. Recuerdo muy bien mi infancia. Recuerdo que mi madre y mi abuela hervían la ropa y la lavaban a mano. Recuerdo cómo vivíamos cuando mis padres no recibían su salario durante seis meses seguidos. Y recuerdo el invierno en el que no teníamos más comida que papas y verduras enlatadas. Recuerdo la angustia de mi madre cuando me robaron los zapatos en la escuela y no había dinero para comprar unos nuevos.

Nuestros padres gastaron toda su energía para que nosotros tuviéramos tiempo. Para que aprendamos, para que nuestra vida sea diferente a la suya. Sí, no vivían bien. En nuestra opinión. Pero nuestro concepto de lo que es correcto e incorrecto, las vacaciones en un sanatorio, visitas a los museos, libros de autodesarrollo, todo esto es posible gracias a las papas y bayas. Y en ese campo de papas, entre sus compañeros, ellos han aprendido a ser felices. Y nuestro trabajo es “regar” nuestro propio jardín y respetar lo que han hecho los demás. Primero respetar. Y luego dar las gracias. Y solo entonces uno se convierte en adulto.

Eso es todo lo que quería decirte hoy. Abrazos.

¿Recuerdas los años 90? ¿Los viviste? ¿Crees que criar hijos en aquella época era toda una hazaña o que ser madre no es nada fácil en ninguna época?

Imagen de portada Elena Pasternak / Facebook
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