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No fui al kínder y estoy convencida de que nunca repetiré esta experiencia con mi propio hijo

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Las madres de hoy en día baten todos los récords en cuanto al cuidado de sus hijos: les inculcan una alimentación saludable, los llevan a un psicólogo, rechazan llevarlos al kínder y optan por la educación en casa en lugar de la escuela tradicional. Los padres tratan de subir el nivel de amor y de protección al máximo, para que su pequeño tenga de todo e incluso más. Así fue también mi mamá: cuando cumplí tres años, decidió no llevarme al kínder. Ahora tengo 25 y estoy firmemente convencida de que esta decisión alberga muchos más inconvenientes de lo que parece a primera vista.

Decidí compartir mi experiencia con los lectores de Genial.guru, contando con sinceridad a qué dificultades en la vida se enfrenta inevitablemente una persona que no asistió a un centro educativo preescolar.

Mamá me tuvo a los 28 años, bastante tarde según los estándares de la década de 1990. Fue la última en convertirse en madre entre todas sus amigas. Por eso, en parte, ella siempre se preocupaba demasiado por mí. No vale la pena ahondar por qué, tan pronto enfermé de anginas tras la primera semana en el kínder, decidió decir adiós a esta idea para siempre.

Mi madre dejó su trabajo y comenzó a dedicarme a mí todo su tiempo. Me llevaba a diferentes actividades: dibujo, modelado con plastilina, ejercicios aeróbicos, también jugaba de manera habitual con los niños en el parque infantil y con los hijos de los amigos de mis padres. Realmente, olvidé que uno podía resfriarse y no tenía ni idea de lo que significaba pasar por la varicela. En aquel momento esta decisión solo mostraba ventajas. Las dificultades llegaron después.

Los niños viven siguiendo las leyes de una manada

El primer día de escuela, yo iba agarrando fuertemente la mano de mi madre. Me sentía como un cachorro salvaje que había nacido y crecido en un zoológico y ahora le tocaba salir en libertad. Ahora, él está entre el hombre y la naturaleza, observando con cuidado la selva y lentamente, paso a paso, va caminando con suaves pisadas. Lo mismo siente el pequeño que crece y se desarrolla fuera del colectivo y luego es soltado en una “manada”. Ahora solo deseo una cosa: que mi mamá nunca sepa qué fue lo que yo sentí aquel día.

Vivimos en los tiempos del culto a la personalidad. Ahora es genial ser diferente de los demás, desafiar a los estereotipos y hacer aquello que la mayoría “no es capaz de”. Sin embargo, con los niños, no funciona. En las escuelas se imponen las leyes de la selva. Y si el niño no hace todo lo que hace la “manada”, existe el riesgo de que el grupo, simplemente, lo rechace. Estudios e historias verdaderas de la vida demuestran que, en la mayoría de los casos, esto es lo que sucede. Los niños que no encuentran un lenguaje común con sus compañeros suelen acabar siendo víctimas de acoso escolar.

Además, los expertos descubrieron una relación significativa entre las habilidades sociales del niño en el kínder y sus éxitos en la edad adulta. Una investigación con una duración de 20 años reveló que los niños que se comunicaban libremente con sus iguales y eran capaces de solucionar problemas por su propia cuenta, casi siempre, al llegar a la vida adulta ostentaban título universitario y un trabajo decente.

Yo era diferente a los demás. Y por eso empezó el acoso

Iba madurando mucho más rápido que el resto de chicos de la clase. En la escuela, ya no quería jugar con las muñecas, aprendía rápidamente y con facilidad. Las dificultades volvieron ya en la pubertad: a los 11-12 años sucedió que casi no tenía amigos. Era muy diferente y comenzó el acoso. Además de eso, me surgieron problemas con los profesores: a menudo yo discutía sobre las notas, lo que molestaba un poco a los docentes, especialmente, a los de la vieja escuela. Cabe destacar que éramos dos personas así en clase: yo y otro niño. Y este tampoco asistió al kínder.

Mis padres siempre me trataban como a una igual: me inculcaron expresar mi opinión sin miedo y a hablar abiertamente cuando no estaba de acuerdo con algo. Pero en la escuela reinan sus propias leyes. Al grupo no le gustan los que destacan y los profesores no perdonan a los estudiantes las críticas y su curiosidad excesiva. Resultaba que los niños a mi alrededor tenían más ases en la manga que cartas en una baraja, mientras que yo ni siquiera conocía las reglas del juego. Si hubiera asistido al kínder, habría aprendido estas leyes mucho antes y, muy probablemente, habría podido evitar dificultades de este tipo.

Cada video en el que unos estudiantes se burlan de uno de sus compañeros de clase, de inmediato, provoca un boom en los medios de comunicación. Cuando yo era adolescente, no había chats de los padres ni comunicación electrónica con la escuela, siendo solo unos pocos los que podían presumir de tener un teléfono con cámara. Sin embargo, el acoso escolar siempre existía, aunque antes no se solía hablar de eso en voz alta. En mi escuela, 1-2 personas por cada clase siempre se convertían en víctimas de acoso escolar. Y a veces era incluso más duro que en aquellos videos que tanto escandalizan por la red.

Las movidas llegaban siempre después de las clases para que, bajo ningún modo, se enterasen los padres y los profesores. Recuerdo una de estas situaciones, especialmente, bien. Invierno, 15° C bajo cero, el viento helado hace cosquillas en el rostro. Una chica y yo nos pegamos con fuerza: yo tenía un mechón de cabello arrancado y ella un rasguño en la frente. Entonces, por primera vez, “gané” y me dejaron en paz. Aquí siempre gana el más fuerte. La ley de la selva.

Cuando el niño va a un centro educativo preescolar comprende mejor las reglas de interacción en grupo, aprende a encontrar un lenguaje común con diferentes personas y no solo con aquellas que están predispuestas a interactuar con él: padres, familiares, amigos cercanos. Por supuesto, esto no garantiza al 100 % que el pequeño se adapte fácilmente y sin obstáculos a su nuevo entorno escolar. Pero definitivamente eso podrá reducir la probabilidad de que se tope con un suceso tan desagradable como el acoso.

Por qué mi hijo sí va a ir al kínder

Ahora estoy bastante contenta con mi vida: tengo pareja, numerosos buenos amigos y un trabajo que, no solo me aporta dinero, sino también me gusta. Si no fuera por los episodios de acoso a los que hice frente en mi infancia, entonces, probablemente, no tendría tanta perseverancia, fuerza y ​​deseo de resistir a las dificultades en mi camino hacia los objetivos que me marqué.

Creo que esta peculiaridad de mi maduración me ayudó a fortalecer mi carácter y convertirme en la persona que soy ahora. Sin embargo, el acoso y la ausencia de habilidades sociales desarrolladas influyen en todos de maneras diferentes: para unos esto puede suponer una motivación para pasar a la acción, pero para otros se convierte en una razón para aislarse aún más en una esquina. ¿Quién puede garantizar que mi hijo corra la misma suerte que yo?

Algunos padres quieren librar a su hijo de la necesidad de acudir a un kínder porque a ellos mismos, en su infancia, no les gustó este lugar: allí te pueden ofender, regañar injustamente, la comida es insípida... Mientras que un enfoque individual, supuestamente, permitirá educar una personalidad armoniosa y desarrollar el pensamiento creativo en la persona.

Sí, los maestros pueden ser injustos y los niños, mal educados, como a veces, incluso más crueles que los adultos. Pero tarde o temprano, cualquiera tiene que ir a la escuela, a la universidad y buscar trabajo. La injusticia y la incomprensión habitan por todas partes. Construir relaciones en grupo es una habilidad importante. Y esta, al igual que una lengua extranjera, es mejor aprenderla a una edad temprana. Al fin y al cabo, a más edad, más complicaciones.

Y tú, ¿fuiste al kínder? ¿Y tu hijo? Cuéntanos tu experiencia en los comentarios.

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