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Prefiero dormir en lugar de preparar el desayuno a mis hijos y todos creen que soy mala madre

La hermana de mi esposo tiene una mala opinión de mí y de mis habilidades como madre. Nunca me lo dice directamente, pero deja caer indirectas sutiles, como suspiros y jadeos: “Vaya, no sé cómo puedes estar descansando cuando tus hijos se mueren de hambre”. El problema es que yo no preparo el desayuno por las mañanas y no me preocupo tanto por la comida como ella y mi suegra.

Para mí, madrugar es una auténtica tortura. Me siento enfadada, histérica y con la cabeza pesada. Suelo ser una persona tranquila y amable, pero levantarme al amanecer no es lo mío. Elegí a propósito un trabajo que me permitía presentarme a las diez y luego pasé a trabajar desde casa. Mi esposo sabía, incluso antes de casarnos, que yo era un ave nocturna, y no se hacía ilusiones. Pero mi suegra no paraba de decirme: “A ver cómo lo llevas cuando tengas hijos”.

Por supuesto, solía levantarme temprano cuando mis hijos eran muy pequeños. Recuerdo que iba a la cocina a las siete de la mañana para cocer el arroz en la olla programable, luego me duchaba y me sentía agotada durante el resto de la mañana. Y un día me di cuenta de que nadie necesitaba ese arroz.

Mis hijos han crecido, tienen sus propios gustos. A uno le gusta la granola, otro quiere queso y el tercero no come nada por la mañana y prefiere desayunar en el kínder. Entonces, ¿por qué tengo que sufrir yo?

Nuestro hijo mayor tiene 9 años y los pequeños 6 y 4. Mi esposo sabe que no me gusta madrugar, así que levanta a los niños. Y enseguida se va a trabajar. En la nevera siempre tenemos queso y fiambres (ya cortados), yogur y leche.

A veces hago hotcakes la noche anterior y solo queda calentarlos en el microondas por la mañana. En la armario de cocina siempre tenemos cereales. Cada uno puede elegir lo que quiere comer.

Así que no les preparo el desayuno a mis hijos, sino que ellos mismos lo hacen. Me levanto cuando ya se han aseado, vestido y comido. Peino a las niñas, reviso que todo esté en orden, y ya solo queda llevarlos al colegio y al kínder.

Una mañana, cuando mi suegra se alojaba con nosotros, irrumpió en nuestro dormitorio gritando: “¡Levántate! ¿Has visto lo que pasa en tu cocina?”. Salté de la cama, corrí por el pasillo en ropa interior, poniéndome la bata y olfateando en busca de fuego. Entré en la cocina y vi que mis hijos estaban sentados a la mesa, comiendo huevos fritos y tomando té.

Resulta que gritaba porque yo estaba durmiendo mientras mis hijos se preparaban el desayuno. Según ella, un niño de casi 10 años no debería freír huevos él solo. Una madre “normal” debe levantarse antes que los demás, preparar el desayuno, poner la mesa, etc. Así es como se hace.

Sé muy bien cómo se hace en su casa. Mi suegra se levanta a las 5 de la madrugada para hacer el desayuno y preparar las loncheras que su esposo se lleva al trabajo. Él se levanta a las 7 de la mañana. Y nunca se come las sobras del día anterior. No lo entiendo. ¿Por qué no pueden levantarse al mismo tiempo y cocinar juntos?

Una vez fuimos a su casa a ayudarlos con la computadora. Mi suegro estaba enfadado y hambriento. Resultó que mi suegra se había retrasado en la clínica y él estaba esperando a que ella le diera de comer. Vale, él no sabe cocinar nada, pero tenían sopa, puré de patatas y chuletas en la nevera; solo quedaba calentarlo todo. Pero no fue capaz.

A mi cuñada le pasa lo mismo: se va a trabajar a las 10 de la mañana, pero su madre le enseñó a levantarse a las 7 para preparar el desayuno a sus dos hijos, de 10 y 7 años. Una vez nos quedamos juntas en una casa de campo y pensé que me volvería loca. Los niños eran muy quisquillosos. Uno quería desayunar hot cakes, el otro omelette.

Si les hacía un omelette, cambiaban de opinión y decían que querían un huevo duro. Y los platillos tenían que estar bien presentados, como en un restaurante. Su abuela siempre estaba por allí ofreciendo hot cakes con mermelada o dulce de leche. Si se quedaba sin alguna de las dos cosas, iba corriendo a la tienda a comprarlas. Mis hijos se quedaban asombrados.

El caso es que mi suegra empeoraba aún más las cosas, diciéndoles a mis hijos: “¡Qué pálidos están! Ay, su madre no les da de comer”. Una vez me enfadé y dije: “Son capaces de abrir el frigorífico y sacar lo que quieran si tienen hambre”. Tras una semana viviendo así, recogí a los niños y me volví a mi casa.

Pero no puedo evitar que mi suegra y mi cuñada vengan a visitarnos, por lo que tengo que aguantar sus sermones. Incluso prohíben a mis hijos que carguen el lavavajillas. Según ellas, si los niños lavan una taza, se les caerá y se romperá. El aspirador es demasiado pesado para los niños. Poner la mesa tampoco es tarea para niños: ¿y si tropiezan y se hacen daño?

Aun así, la mayoría de nuestras discusiones son sobre los desayunos. Intento explicarles que no tienen mucha hambre por la mañana, que aún no están del todo despiertos. Pueden picar algo y desayunarán en el kínder o en la escuela. Pero mi parientes no me hacen caso.

Un día tuve una conversación con mi cuñada. Le dije: “Mira, mi madre me enseñó ser independiente desde pequeña. Volvía del colegio y me hacía la comida. Cuando crecí un poco, podía ayudar con la cena pelando papas, mientras que planchar la ropa era siempre mi responsabilidad”. Ella me contestó: “Los tiempos han cambiado desde entonces”. ¿De veras?

Ahora todas las tareas domésticas son mucho más sencillas de hacer. Tenemos un microondas, una lavadora e incluso una vaporera vertical en lugar de una plancha. Estás criando niños que no saben cuidar de sí mismos. ¿Cómo se las arreglarán después? Mi cuñada me dijo: “Mis hijos se casarán con buenas esposas”.

Sí, las buenas esposas son mujeres como ella. Mimarán a sus hijos adultos y les servirán el desayuno caliente cada mañana. Me niego a convertir a mis hijos en personas dependientes. Duermo por la mañana, mientras ellos desayunan, y no me avergüenzo de ello.

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