“Hijito, ¿cómo puede ser?” Una historia cálida sobre el hecho de que, al crecer cuidados, nosotros mismos aprendemos a cuidar también

No existe un adulto que en la infancia no haya creado muchos problemas para los padres con sus travesuras. Pero el escritor Héktor Schulz muestra en su historia que incluso de las travesuras se pueden aprender lecciones importantes que darán frutos con el tiempo.

Genial.guru no paró de suspirar con emoción mientras leía este cuento. Envuélvete en una manta y disfruta de esta historia con nosotros.

Tengo cinco años. Una infancia sin preocupaciones, donde el trabajo, las hipotecas y los problemas de adultos todavía están muy lejos. Ante mí está todo el mundo: loco, abierto, cambiante. Y a mi lado está nuestro perro Charik, un Terranova, aunque en ese momento se les decía “salvavidas”, pero eso no importa. Mucho más importante es el frasco de tres kilos de caviar negro, que papá compró a los cazadores furtivos y puso en el refrigerador para una ocasión especial. El frasco también está junto a mí y a Charik. Y comemos el caviar con una cuchara grande y brillante. No, comemos no. ¡Nos atiborramos! Primero le doy una cucharada a Charik, en cuyo rostro se ha congelado una expresión filosófica entusiasta, y luego lleno otra cucharada para mí. Y así estamos sentados con Charik en el medio de la habitación, comiendo caviar negro de un frasco. Una cucharada para mí, una cucharada para el perro. Estamos sentados con Charik, con las caras cubiertas de caviar. Pero contentos.

No escucho cómo la llave entra silenciosamente en la cerradura. No escucho a mis padres que regresan del mercado y entran al pasillo. Cansados, refunfuñándose algo amablemente. Pero escucho el “Oh” de mi madre y luego la frase, que escucharé muy a menudo:

— ¡Hijito! ¿Cómo puede ser?

Y yo sonrío y como caviar. Una cucharada para mí, una cucharada para Charik. Y el frasco está junto a mí. Casi vacío.

Tengo siete años. Ante mí está el mundo: loco, abierto, cambiante. En mis ojos hay chispas traviesas, en mi mano izquierda está el fijador para el cabello de mi madre, en mi mano derecha está el encendedor de mi padre. Frente a mí, en el borde blanco de la bañera, hay una fila de soldados de plástico verde, comprados hace un año en un gran centro comercial. Son unos prisioneros que esperan una ejecución por crueldad contra civiles. Las pequeñas chispas en mis ojos se hacen más grandes hasta que se convierten en un verdadero incendio, el encendedor se activa y una corriente de fijador ya está volando hacia la llama azul y amarilla. Un instante, y se convierte en un flagelo ardiente que azota los cuerpos de los prisioneros. Los soldados se retuercen y se derriten como la cera de la vela gruesa que mi madre enciende cada vez que se apaga la luz. Los soldados guardan silencio, pero yo le pongo voz a todo: los gritos de alegría de los ganadores y los gritos de muerte de los perdedores. Las chispas en mis ojos se hacen más grandes cuando los soldados comienzan a derretirse por el borde de la bañera, llenando el aire viciado con olor a gasolina quemada.

No escucho la puerta principal abrirse. No escucho las voces de mis padres. Soy un general que perpetúa el castigo al enemigo. Solo escucho el familiar “Oh” y la frase favorita de mi madre:

— ¡Hijito! ¿Cómo puede ser?

Las chispas en los ojos se apagan, el encendedor, que está al rojo vivo, se apaga y la lata de fijador expulsa, asustada, el último chorro. Puedo escuchar la puerta del armario abrirse. Puedo escuchar los pasos de mi padre y las palmadas de la chancleta en sus manos.

Tengo nueve años. Ante mí está el mundo: loco, abierto, cambiante. Mis mejillas están rojas de frío, los guantes de lana se mojaron con la nieve derretida y se congelaron, al igual que los pantalones de algodón. La bota izquierda sonríe con su suela caída, y la mano frota el agujero desgastado en la rodilla. Pero sonrío, agarro un cartón mojado y corro lo más rápido que puedo hacia mis amigos que se atrincheraron junto al tobogán de hielo. Un instante, y ya me deslizo a una velocidad frenética, pisando el hielo desigual con mi zapato izquierdo y riendo cuando la suela no resiste la tortura y vuela hacia un lado. Tropiezo y vuelo por los aires. Me golpeo la rodilla con hielo, rasgando los pobres pantalones por completo y la rodilla, igual de pobre, comienza a sangrar. Pero no me duele, y el orgullo arde en mi pecho cuando escucho los gritos de admiración de mis amigos, que hablan asombrados sobre mi alucinante voltereta.

Oscurece rápidamente y corro a casa cuando escucho el distante grito de mi madre. No veo la palidez en su rostro cuando entro de la calle al pasillo y me quito la ropa mojada. No veo cómo frunce el ceño, preguntándose de dónde sacará el dinero para los pantalones y los zapatos nuevos. Solo escucho el familiar “Oh” y su frase favorita:

— ¡Hijito! ¿Pero cómo puede ser?

Y aquí estoy, sentado al lado del calefactor, calentando mis manos rojas congeladas y mirando por la ventana, donde el cielo se vuelve azul oscuro y la nieve brilla con chispas mágicas bajo la luz de la luna. Sé que mi padre seguramente me castigará por la ropa dañada, tal vez hasta con la chancleta, pero estoy sonriendo. Mis amigos discutirán durante mucho tiempo mi vuelo a las estrellas.

Tengo catorce años. Ante mí está el mundo: loco, abierto, cambiante. Estamos sentados con mis amigos bajo un gran árbol de moras, disfrutando de una cálida tarde de verano. Sobre la mesa, cavada en el suelo, hay una botella de vino de Oporto medio vacía, a su alrededor, como unos caballeros medievales, se congelaron los vasos que trajimos desde nuestras casas. Un paquete de cigarrillos baratos también yace allí, medio vacío. La voz confiada y hermosa de Julio flota por encima, cantando otra canción de amor acompañada por acordes de la guitarra.

Me está abrazando Alicia, una chica del barrio vecino, que en solo un año de una traviesa nena de cara manchada, se convirtió en una verdadera belleza. La abrazo en respuesta y sonrío. Sonrío por la calidez, por la canción de Julio, por el suave mareo en mi cabeza, que hace que mi corazón lata dos veces más rápido. Y no importa que aquella misma tarde hayamos perseguido la pelota por el descampado, y luego hayamos arrojado barro a las ventanas como niños. Ahora somos adultos y sabios. Adultos que se convierten en niños inmediatamente cuando escuchan las voces de las madres desde las ventanas.

Entro silenciosamente, me quito las zapatillas y luego miro asustado a mi madre, que está parada en el pasillo de entrada y me mira con una sonrisa. Detrás de su hombro está mi padre. Él también sonríe. Y esas sonrisas me dan aún más calor que los abrazos de Alicia. Y todo por culpa del olor. El olor agrio de “adulto”, que irrumpió en mi departamento después de mí. Olor a cigarrillos baratos, oporto y perfume penetrante de una chica.

— ¡Hijito! ¿Cómo puede ser? — pregunta mamá y sonríe. Yo también sonrío. Me encojo de hombros culpablemente, me escabullo a mi habitación y caigo sobre la cama, con las mejillas ardiendo de vergüenza. No escucho las voces tranquilas de mis padres en la cocina. No escucho el poderoso, como el de una excavadora, ronquido el viejo Charik. Duermo, y en mis sueños me rodea el mundo adulto, girando en borrachas manchas multicolores.

Tengo veintidós años. Ante mí está el mundo: loco, atractivo, cambiante. Estoy de pie en el pasillo, sosteniendo una gran bolsa de deporte con mis cosas y una pequeña bolsa de pollo frío y sándwiches. En la entrada, un taxi toca la bocina nerviosamente, pero yo miro a mis padres. Miro a mi madre, en cuyo rostro no hay sonrisa. Solo ansiedad y tristeza. Pero aún así sonríe, me abraza, suspira por costumbre y me revuelve el cabello.

— Hijito, ya ve — cambia ella la frase. Pero yo escucho las palabras que escucho siempre: “¡Hijito! ¿Cómo puede ser?”.

No veo nada. Ni las lágrimas, ni la tristeza, ni las preocupaciones. Solo el taxi, que me lleva a un mundo nuevo. Cambiante y loco. Por uno de los caminos abiertos ante mí.

Tengo veintinueve años. Ante mí está el mundo. Pequeño, acogedor y tranquilo. Mi mundo. Junto a mí, duerme dulcemente mi esposa, y en la cuna un poco más alla, duerme mi hijo. A veces refunfuña algo, como un pequeño abuelo, y a veces duerme igualito como su madre. Solo yo no duermo. Doy vueltas, frunco el ceño, me ahogo.

Me levanto, tomo los cigarrillos y voy a la cocina. Al balcón. Enciendo un encendedor, lanzo humo hacia el cielo negro y miro las calles vacías iluminadas por la cálida luz de los faroles. Fumo y pienso. Recuerdo mi infancia. A mis padres. A mamá. Y entonces sonrío, tomo el teléfono y la llamo. Ella responde de inmediato, como si hubiera estado esperando mi llamada. Y hay una sonrisa en su voz. Una sonrisa amable. Con una pequeña nota de tristeza.

— Fui al mercado — dice ella y yo escucho. — Compré papas, y carne para tu padre. Y luego, el otro día, me caí. Estaba vaciando la despensa, me subí al borde de la silla y volé hacia abajo.
— ¡Mamá! ¿Cómo puede ser? — me enojo y ella se ríe.
— No pasa nada. Apenas es un pequeño moretón, es todo — dice ella. Se ríe alegremente, como una niña. Yo sonrío, apenas, como un adulto — ¿Y tú cómo estás?
— Bien — le digo. Y le cuento sobre todo lo que pasa en mi vida. Sobre la primera palabra de mi hijo, sobre las dificultades en el trabajo, sobre los viajes a la naturaleza. Mamá suspira, a veces se ríe, a veces guarda silencio. Yo también estoy en silencio.

Tengo treinta años, Ante mí está el mundo. Pequeño, acogedor y tranquilo. Mi mundo. Estoy parado en el balcón y miro el otro mundo: loco, abierto, en constante cambio. Cambiante, como yo. Ahora es mi turno de decirle a mi madre la misma frase. Sea porque se cayó de la silla cuando estaba vaciando la despensa, o se le agitó el corazón después de una discusión con su vecina. Ahora ella se ríe, y yo sacudo la cabeza y le digo esa misma frase:
— Mamá, ¿pero cómo puede ser?
— Está todo bien, hijito — sonríe ella, obligándome a sonreír a mí también.

La llamo. Siempre la llamo.

¿Mamá? ¿Por qué callas? Mami... ¿cómo puede ser?

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