10 Pequeñas historias en las que la amabilidad le salvó el día a alguien (humano o animal)

Historias
28/04/2026
10 Pequeñas historias en las que la amabilidad le salvó el día a alguien (humano o animal)

Un día, las cosas nos salen mal. Al día siguiente, también. Y llegamos a creer que ya está, que será siempre así, que nuestra vida está condenada a una realidad problemática.
Y de pronto, algo bueno ocurre. Algo lindo nos pasa. Recuperamos eso que creíamos perdido para siempre. Y volvemos a confiar.
En esta ocasión, los lectores de Genial nos contaron sobre esas ocasiones en las que un gesto amable venció a una realidad antipática.

  • Tengo una vecina que se encarga de transitar perros y gatos abandonados. Ella tiene un trabajo normal, no le sobra la plata, su casa no es lujosa, pero si ve un perro o un gato en la calle, se los lleva a la casa y los cuida hasta que les encuentra un hogar. Mi propio perro me lo consiguió ella. Es una persona genial.
  • Mi hija de diecisiete años y su novio todas las semanas preparan varias tartas dulces y las venden por porciones en la escuela: a los compañeros, a las profesoras. Con la plata que recaudan, una vez al mes compran pan, jamón y queso y arman sánguches que luego reparten a gente en situación de calle. Estoy muy orgullosa de ellos.
  • Mi marido siempre se llevó mal con los perros, simplemente no le gustan. No logran congeniar. La semana pasada alguien dejó en mi patio a una perrita embarazada, la arrojaron por encima de mi pared, no sé cómo no se lastimó. La pobrecita temblaba de miedo y me partió el alma. Cuando mi marido la vio, puso una cara muy seria y me dijo: “Le voy a armar una cucha con una caja de cartón y un buzo viejo hasta que le compremos una camita para perros”. Creo que van a ser inseparables.
  • Tengo un compañero de laburo que todos los inviernos junta abrigos entre nosotros. Anda con una bolsa gigante y va escritorio por escritorio preguntando si tenemos algo para donar: camperas, buzos, pulóveres, bufandas, guantes: lo que tengamos. Después los lava en su casa y los lleva a un comedor del barrio.
  • En la panadería donde compro trabaja una chica que, cuando cierra, separa lo que quedó del día. No lo tira. Lo guarda en bolsitas y lo deja listo para la mañana siguiente. Pasa un señor que vive en la calle y se lo lleva. A veces le deja también un café. Es un gesto simple, pero constante, y estoy segura de que a esa persona la ayuda a sobrellevar el día.
  • Mi mejor amiga estudia enfermería. Los fines de semana va a un geriátrico como voluntaria. Se sienta a charlar con los abuelos (ella no les dice “abuelos” porque dice: “no son mis abuelos, no tengo derecho a llamarlos así” y tiene razón), los acompaña un rato, los ayuda con pequeñas cosas. Dice que lo mejor es cuando alguno le agarra la mano y no la quiere soltar. Vuelve cansada, pero feliz. Es una persona muy especial.
  • El kiosquero de mi cuadra tiene un cuaderno donde anota “fiados”. La mayoría son chicos del barrio que a veces no llegan con la plata. Nunca les cobra de más ni los apura. Cuando pueden, pagan. Cuando no, igual les da algo para merendar. Confía en la gente, y eso hoy es algo muy valioso. A veces pienso que ya no queda gente como él.
  • Mi prima es maestra; trabaja en una escuela que queda en un barrio humilde, y muchas veces tienen muchas necesidades. En su aula siempre hay una caja con útiles extra. Lápices, cuadernos, gomas. Los compra ella de a poco. Sabe que algunos chicos no tienen. Nunca los expone. Simplemente dice: “El que necesite, agarre de la caja”. Los pibes la adoran. Y podrán imaginar que su sueldo no es gran cosa.
  • Un vecino que por algún motivo me caía mal adoptó a un perro viejito del refugio. Nadie lo quería porque ya estaba grande y medio enfermo. Él lo sacó a pasear todos los días, con paciencia. Le daba sus remedios y le hablaba bajito. El perro vivió poco tiempo con él, pero en ese tiempo vivió bien. Desde ese momento el vecino me cae mucho mejor.
  • Mi tía viaja en colectivo todos los días. Siempre lleva caramelos en la cartera. Cuando sube algún chico, le da uno. También le cede el asiento a quien lo necesite, aunque esté cansada. Dice que no cuesta nada ser amable un ratito. (Yo a veces le digo que tenga cuidado con los caramelos, por eso de que a los chicos se les enseña a no aceptar golosinas de un extraño, a ver si encima se mete en un lío).

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