Qué cara de desesperación este chico...
Creí que todo estaba perdido hasta que la bondad de una desconocida salvó a mi madre enferma

A veces es en esos momentos en los que todo parece más oscuro, cuando se tienden las manos más inesperadas e inspiradoras. La compasión y la bondad pueden cambiarlo todo a su paso e iluminar las situaciones más aterradoras y, gracias a ellas, el joven de esta historia consiguió salvar a su madre.

A las dos de la mañana de un lunes, mi madre, con un ataque de asma, luchaba por cada bocanada de aire sentada en su cama; su inhalador se había acabado y también todas nuestras reservas de ellos. Corrí a la farmacia de guardia más cercana tan rápido como pude. Al llegar, me puse tras el mostrador nervioso, desesperado y temblando, mientras la farmacéutica solo miraba su teléfono móvil.
Cuando por fin me atendió, le pedí el inhalador y fui a pagar. Pasé mi tarjeta por el terminal, pero el aparato solo soltó un pitido de alerta y apareció un mensaje: “Operación rechazada”. Volví a intentarlo, pero el resultado fue el mismo. Mi cuenta debía estar en ceros.
Me llevé las manos a la cabeza, mientras el tipo que estaba detrás de mí comenzaba a resoplar y a impacientarse de un modo nada amistoso.

Señora, más gente como UD, ¡Por favor!
Ay si, please
“Si no tienes dinero, no hagas esperar a los demás. Quítate de en medio, chaval”, me dijo el hombre con total desprecio. Me quedé de piedra y me sentí humillado. La farmacéutica ya se estaba llevando la caja con el inhalador, mientras yo balbuceaba tratando de explicarle que se trataba de una cuestión vital.
La mujer que limpiaba la farmacia, una señora de unos sesenta años, con el uniforme desgastado y cara de cansancio, me escuchó y dejó su trabajo. Vino hasta la caja, sacó del bolsillo un billete de veinte euros y lo puso sobre la tarjeta que el hombre tras de mí ya había plantado en el mostrador.
Me quedé mirándola entre las lágrimas y el más profundo agradecimiento, al tiempo que ella decía “Cobre la medicina del chico”. Todos en la farmacia se volvieron para mirarla y, el hombre, avergonzado, tomó su tarjeta y se fue. En cuanto recibí la caja, le di las gracias una y otra vez a aquella mujer, pero ella solo me miró, me dio un empujoncito y me dijo: “Corre con tu madre, hijo. Te está esperando”.
Salí corriendo hacia mi casa, sin parar de llorar y sin dar crédito a lo que me acababa de suceder. Mi madre se recuperó y, cuando todo hubo pasado, le conté lo que viví esa noche.
Mamá y yo regresamos varias veces a aquella farmacia para hacerle saber lo que significó para nosotros su gesto. Queríamos saber más de ella e invitarla a comer, pero no volvimos a verla. Siempre le estaré agradecido.
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Comentarios
Qué bueno que tu mami se puso bien y que bien que encontraron a esa doñita
Yo tengo asma, no puedo ni imaginar pasar por esa situacion !
Todavía existe la gente buena
Y algunos encima se enojan en vez de ayudar!
A toda esa gente en la fila, oigan no tienen mamás o que les pasa? Ven al muchacho apurado cmo estaba y nada? Ay no 😞
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