Me negué a asistir a las reuniones escolares, y contaré cómo afectó mi vida

Crianza
hace 2 años

Cuando yo iba a la escuela, las reuniones de padres eran la única forma real de transmitir la información necesaria a los padres porque no había Internet y no todos tenían teléfono. Hoy en día, con los medios modernos de comunicación y aplicaciones de mensajería, así como la prohibición tácita de mencionar a los estudiantes por su nombre, las reuniones de padres se han vuelto obsoletas.

Desde el kínder, asistí diligentemente a todas las reuniones de padres, considerándolas mi responsabilidad directa. En ese momento no había chats ni redes sociales y muchas cuestiones realmente exigían la presencia de los padres. Hace 3 años, cuando mi hijo estaba en octavo grado, dejé de asistir a ellas y lamenté no haberlo hecho antes. Quiero compartir con los lectores de Genial.guru por qué tomé esta decisión y qué ha cambiado desde entonces. Spoiler: nada, excepto que ahora vivo más tranquila y tengo más tiempo libre.

“Algunas chicas se visten de manera inapropiada, y algunos de los chicos se comen regularmente el almuerzo de otra persona”

Ya en los años 2000, los maestros progresistas evitaban hacer comentarios personales, y desde el 2006, la tendencia comenzó a tener un carácter masivo. Ahora las mamás de los alumnos con malas notas pueden ir a las reuniones libremente sin recibir las miradas condescendientes de otros padres.

Al mismo tiempo, las reuniones perdieron su razón principal de ser. Después de todo, lo que más les importa a los padres son los éxitos de su propio hijo, y no el desempeño de la clase en su conjunto. Y ahora solo es posible averiguar algo sobre el comportamiento o las evaluaciones de tu hijo en una reunión personal con el maestro, o para algún tipo de insinuaciones indirectas.

Cuando mi hijo estaba en octavo grado, la maestra, sin mencionar nombres concretos, dijo que algunas chicas usaban maquillaje y atuendos demasiado atrevidos, y algunos de los chicos se comían regularmente el almuerzo de otra persona. Durante los 15 minutos que la maestra y los padres de las chicas trataban de entender qué exactamente era una apariencia atrevida según la administración, las mamás y los papás de los chicos miraban sus teléfonos. Y los próximos 15 minutos, mientras se hablaba sobre los efímeros ladrones de almuerzos, ya eran los padres de las chicas quienes se aburrían.

“Sus hijos no podrán rendir el trabajo final”

Con frases como “esta es la peor clase” asustan no solo a los niños en las lecciones, sino también a los padres en las reuniones. Una maestra constantemente trataba de convencernos a nosotros, los padres: sus hijos no rendirán trabajo final, no aprobarán los exámenes, no lo lograrán, no pasarán, no podrán, etc.

Por supuesto que todos rendían, entregaban y pasaban todo. Pero algunos maestros tienen la necesidad de asustar, y tanto como sea posible, que por algún motivo no desaparece con el paso de los años. Imagina la ruptura de la realidad que ocurría en los padres, si de repente, en una reunión, alguno de los maestros dijera: “Pero relájense no se preocupen, tienen hijos excelentes, todo les saldrá bien”.

“Señores padres, divídanse rápidamente en parejas, una persona cerrará los ojos y caerá, y la otra, la atrapará”

La primera maestra de mi hijo era una señora inteligente y positiva, con una posición activa de la vida. Armaba unas reuniones de padres exhaustivas, y rara vez nos íbamos antes de las 9 p. m. Además de las cuestiones habituales, la maestra planteaba importantes problemas pedagógicos.

Por ejemplo, un niño le dijo que en su casa lo regañaban por las notas regulares. Durante toda una media hora la maestra leyó una conferencia sobre por qué no hay que hacer eso, con ejemplos de la vida, recomendaciones de los psicólogos, etc. Eso está muy bien, pero ¿por qué yo, que no regaño a mi hijo por notas regulares, después de un duro día de trabajo tengo que escuchar esta conferencia, en lugar de ir a casa y pasar tiempo con él?

A veces, la maestra no se limitaba a una conferencia. Una vez les pidió a todos los padres que salieran al pasillo y se dividieran en parejas. Luego, uno de los dos tenía que cerrar los ojos y caer hacia atrás y el otro, atraparlo. Así trabajábamos en la confianza dentro del equipo de padres. Aunque una mamá no fue atrapada.

Muchas otras cosas pasaron durante los años de la escuela primaria: pintábamos el uno en la espalda del otro, tomábamos hojas y nos escribíamos cartas a nosotros mismos a la edad de nuestros hijos. Tal vez todo esto habría sido muy interesante, pero en otras condiciones, con otras personas y hecho por nuestra propia voluntad.

Reuniones en un solo día: cómoda para la escuela, no tanto para los padres

Una vez, a comienzos de la primavera, iba tarde a una reunión de padres. Tuve que dejar el auto a unos 300 metros de la escuela. Mientras corría en la oscuridad por las montañas de nieve derretida, caí en un charco y me mojé los pies. Y todo porque “para la comodidad de todos” la escuela decidió llevar a cabo las reuniones de padres de todas las clases en un solo día, y ahora los autos de todos los padres de la escuela ocupaban una calle completa.

Además, en algunas familias hay 2 o 3 niños en edad escolar, y solo la madre asiste a las reuniones, pero es físicamente imposible que pueda llegar a 3 aulas distintas. En pocas palabras, este intento de optimización claramente no aumenta la asistencia de los padres a las reuniones.

“Dime de nuevo, ¿qué se supone que debemos hacer?”

Cuando todavía iba a las reuniones, su duración a menudo aumentaba gracias a los padres que nunca entienden nada o, por el contrario, los que tienen mucha iniciativa. Las mismas preguntas que comienzan en círculo por 101.ª vez (“Dime otra vez, ¿qué se supone que debemos hacer?”), las bromas inapropiadas y las “propuestas valiosas” son una parte integral de casi cualquier reunión de padres.

Y si en el chat puedes saltearte todo lo poco interesante y poco importante, en una reunión presencial no te queda más que sentarte y escuchar.

“¿Cómo que sin flores? Vaya ocurrencias tienes”

Mi hijo fue transferido a una nueva escuela donde desde hacía muchos años todas las cuestiones se resolvían por un pequeño grupo de padres proactivos. La cantidad de dinero para gastar en los regalos de Navidad, cómo llevar a cabo actividades extracurriculares, etc. se resolvía entre ellos, y se expresaba un veredicto en las reuniones con los demás padres. Cuando, una vez, inspirada en un ejemplo de Internet, propuse gastar dinero en caridad en lugar de comprar flores para el Día del Maestro, se rieron de mí.

Me di cuenta de que mis gustos divergían de las preferencias de la “cúspide gobernante”, ya fuera en la elección de un anfitrión para una fiesta, una decoración del aula o de disfraces para un concierto. Al mismo tiempo, nada de esto me importaba lo suficiente como para organizar una revolución y derrocar al Comité de Padres.

“¡La clase no quiere aprender! La profesora de matemáticas se queja de los niños”

Por algún motivo, los maestros que se quejan ante los padres de toda la clase en su conjunto, y no de los perezosos y traviesos individuales, se han convertido en algo común en los últimos años. Aunque, llegando a la reunión y afirmando: “Sus hijos no entregan su tarea sistemáticamente”, el maestro está afirmando su propia incompetencia, porque otros maestros no tienen problemas de este tipo.

Una vez, una nueva maestra de matemáticas abrió la puerta del aula y declaró: “Sus hijos no quieren aprender en absoluto, nadie ha recibido ni una nota buena, tienen que hacer algo”. Todos los padres estaban hinchados de indignación, pero nadie decía nada, hasta que un padre murmuró: “Sí, tenemos que hacer algo. Hay que cambiar a la maestra”. La profesora pareció no haberlo escuchado, pero yo estuve totalmente de acuerdo con él.

No entiendo por qué a mí, una madre, me exigen el cumplimiento del trabajo de los maestros, y no quiero malgastar mi tiempo escuchando lo malos que resultan ser nuestros hijos.

Durante 11 años, habría pasado 5,5 días de mi vida en reuniones escolares

Cuando mi hijo estaba en 8.º grado, se llevó a cabo una reunión de padres al comienzo del año escolar. Se discutió la próxima feria escolar (dan ganas de agregar “de vanidad”). Nuestra maestra, como de costumbre, elogió a una clase paralela. Un año antes de eso, un padre de 8.º “B”, un militar, había llevado una cocina móvil al estadio de la escuela y había cocinado arroz pilaf, que tuvo una gran recepción. Este año, teníamos que ganarles a los del “B”.

Mientras los padres proactivos discutían cómo organizar una pizzería móvil en el estadio de la escuela, yo intentaba calcular cuánto tiempo pasaba cada año en estos “maravillosos” eventos escolares. Resultaron aproximadamente 12 horas junto con el viaje de ida y de vuelta. Es decir que, en 11 años, pasaría 132 horas de mi vida en vaya uno a saber qué. Y decidí: basta, es suficiente.

“¿Y si todos los padres dejaran de ir a las reuniones?”

Decidí no asistir a la siguiente reunión, cuyo motivo era la celebración de las fiestas de fin de año. Ya conocía las evaluaciones; mi hijo no tenía problemas; si necesitaba firmar algo, podían enviarlo con mi hijo; la información importante se escribiría en el chat de los padres. Aparentemente, nadie notó mi ausencia. En realidad, la presencialidad de los padres del grupo ya no era la mejor, solo la mitad iba regularmente.

Pero a finales de año, la maestra finalmente se dio cuenta: “¿Por qué no vino a la reunión? ¿Se enfermó?”. Respondí que no, que solo no veía el punto. Y expliqué detalladamente por qué. “¿Y si todos los padres dejan de venir a las reuniones?”, preguntó la maestra. “Entonces, probablemente, dejarán de organizarlas”, dije.

Una semana después, me llamaron a una reunión con la directora. Una mujer dura de otra época comenzó a explicarme que ir a las reuniones de padres era mi deber, y si me iba a negar a hacerlo, la escuela se vería obligada a informarlo. Las amenazas eran vacías, no existe una ley que obligue a los padres a asistir a las reuniones. Por lo tanto, no puede haber sanciones por negarse a hacerlo. Le expliqué educadamente a la directora por qué no iría más a las reuniones.

Durante estos 3 años, he notado que el ambiente en la familia se ha vuelto mucho más tranquilo. Antes, quisiera o no, igual llevaba parte de la negatividad al hogar y a veces comenzaba a torturar a mi hijo: “Tal maestra dice que no estás haciendo la tarea, y tal otra se queja de que juegan con el teléfono durante las clases”, etc.

Además, después de las reuniones, el estado de ánimo en general dejaba mucho que desear: no estaba de acuerdo con muchas cosas, algunas incluso me dejaba indignada, pero no había nada que pudiera hacer, y solo me quedaba pensando que, encima, había cancelado una reunión con amigos para eso. Ahora esta tensión salió de nuestras vidas.

La maestra manda toda la información importante al chat de los padres. Si necesito hablar con un profesor en particular, voy a la escuela. Deposito el dinero por transferencias. Durante todo este tiempo, nunca sentí que me perdía algo importante. Al mismo tiempo, cabe aclarar que no me niego en absoluto a seguir comunicándome con otros padres. Mi esposo y yo vamos a los conciertos y a las competencias, ayudamos a atender en los bailes de la escuela, vamos a los campamentos grupales. Considero que las reuniones de padres están condenadas y, en un futuro cercano, o desaparecerán en absoluto, o pasarán a un formato en línea.

¿Tú también crees que las reuniones de padres son una pérdida de tiempo? ¿O consideras que son una parte importante de la vida escolar?

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