Qué bien que alzaste la voz y te rebelaste contra lo que estaban haciendo. Yo ni intentaría acercarme a alguien así. Mejor lejos chaval!!
Me niego a seguir siendo la marioneta de mis padres para manipular a mi yaya

El que tiene una yaya tiene un inmenso tesoro, no cabe duda alguna. Los abuelos parecen tener una debilidad por sus nietos y nosotros por ellos. Es un vínculo sagrado forjado entre mimos, historias y juegos. Por desgracia, hay veces que ese cariño puede usarse como moneda de cambio, como en el caso de la siguiente historia.
La carta de Dani:
Hola, Genial:
En mi familia, las visitas a casa de la yaya no eran cuestión de cariño, eran misiones de “inteligencia financiera” o algo así. Mis padres llevan años de morros con ella por una herencia de una casa del pueblo, pero como a la abuela le va bien económicamente, no podían tolerar romper el hilo y la relación con ella. Y yo era como su caballo de Troya o algo así.
Cada domingo era lo mismo. Antes de entrar a su casa, mi madre me hacía ensayar un guion con lo que tenía que hacer y decir: “Nene, cuando te ponga el pincho de tortilla, tu dile que la caldera ha petado y no tenemos un duro”. Al entrar en casa de mi abuela, siempre olía a rosquillas y a sofrito de toda la vida. Me sentía la mar de a gusto, pero también como el peor nieto del mundo.
Cada vez que la veía ir a su cuarto para sacar el sobre en el que guardaba el dinero para “lo que pueda pasar” y darme unos cuantos billetes, me sentía como un estafador cutre y cruel. Una marioneta movida por la avaricia de mis padres, mientras ella solo me decía: “Toma, zagal, para que no paséis penurias”.
El domingo pasado todo explotó. En la sobremesa, entre el café y los mantecaos, mis padres se pusieron a hacerme señas porque querían que la convenciera para poner el piso de la playa a su nombre. Miré a mi yaya, tan contenta y feliz de vernos a todos juntos y reunidos que no pude más. Dejé la cucharilla en el plato de Duralex dando un golpe: “Me niego a seguir siendo vuestra marioneta para manipular a mi yaya y que tengais lo que queréis”.
El silencio fue sepulcral. “Si queréis que os dé su dinero, tened las narices de pedírselo vosotros, pero dejad de usarme todo el tiempo. No lo haré más”. Mi madre se puso como una mala bestia y me llamó “desagradecido”, y mi padre casi se atraganta de la impresión.
Le di un beso de corazón a mi abuela y me largué de allí. Ahora, mis padres no me hablan y dicen que me olvide de que me dejen ninguna herencia. Sin embargo, voy cada martes a visitar a mi yaya y me siento liberado, alegre y en mi verdadero hogar.
¿Creéis que hice lo correcto? ¿Merece la pena tratar de acercarme a mis padres?
—Dani
Nuestras recomendaciones:
Querido Dani, gracias por haber compartido con nosotros tu historia. Durante mucho tiempo pareces haber estado entre la espada y la pared, entre cumplir las órdenes de tus padres y el amor que tienes por tu yaya. Te dejamos algunos consejos que podrían serte de ayuda:
- Marca una línea roja: No es necesario que termines la relación con tus padres, pero sí que les dejes claro lo que estás o no dispuesto a hacer, así como que la relación con tu yaya es “sagrada”.
- Pasa tiempo a solas con tu yaya: La mejor forma de recuperar su confianza y que sepa que ya no eres la marioneta de nadie es visitarla en cualquier momento para que sepa que la aprecias y te preocupas por ella.
- Fomenta la seguridad y autonomía: Recuérdale a tu abuela que tú la quieres por quien es, no por el dinero que tiene.
¿Cómo es la relación de tus yayos? ¿Qué harías en el lugar de Dani?
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Comentarios
Nunca voy a entender como hay hijos tan desconsiderados y como hay padres tan sumamente malos y horribles Dejad a la yaya en paz. Las yayas son sagradas
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