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15 Frases que a menudo escuchamos de nuestros padres, pero no se las diremos a nuestros hijos

Nuestros padres, sin lugar a dudas, nos querían y nos deseaban lo mejor. Pero a veces su sistema educativo dejó una huella profunda, que incluso con el paso de muchos años sigue influyendo en nuestras vidas. Las frases, inofensivas a primera vista, del tipo “Obedece a los adultos”, “Las niñas no hacen eso” y similares pudieron afectarnos en gran medida e incluso perjudicarnos. Por eso, no nos gustaría que estas se dijeran a nuestros hijos.

Parte de la redacción de Genial.guru se acordó de las historias de su infancia, aquellas que todavía no nos dejan en paz. Los usuarios de las redes también tienen varias confesiones sentimentales que añadir.

“Te llevaré de vuelta al hospital materno”

Si me portaba mal, mi madre me decía: “Te voy a entregar a ese hombre” o “Te llevaré de vuelta al hospital materno”. Y una vez, realmente, llamó a algún lugar diciéndome que quería devolverme. Me asusté mucho pidiéndole a mi madre que dejara de hacerlo. Se quedó contenta y yo todavía lo recuerdo horrorizada. Desde entonces, estoy convencida de que si no me porto bien, se desharán de mí, no me van a amar. A causa de esto, entablaba relaciones tóxicas, sometiéndome.

“Debes ser la mejor”

Cuando llevaba a casa buenas calificaciones pero no la máxima nota, justificándome diciendo que el tema era complicado y que toda la clase obtuvo malos resultados, mi madre me decía: “No me importa toda la clase, tú debes ser la mejor”. Y también la frase típica de “Y si todos saltan de un puente, ¿tú también saltarás?”. Fruto de esto, me convertí en una perfeccionista hasta la médula y esto me impide disfrutar de la vida.

“Cuando crezcas, lo entenderás”

A mis numerosos “por qué”, mi madre solía responder con frases cortas: “Cuando crezcas, lo entenderás”. También me decía: “Cuando llegues a mi edad, hablaremos”. Esto realmente me ponía triste y, finalmente, abortó mi curiosidad. Constantemente me fijaba en los chicos mayores, quería ser amigo de ellos, ganarme su confianza. Ya en la adolescencia, me rodeé de malas compañías, comencé a beber y fumar. Simplemente, quería crecer lo antes posible. Para que finalmente me notaran, me oyeran y tener derecho a expresar mi propia opinión.

“No sabía que era un secreto”

Me gustó una chica cuando tenía unos 10 años. Era un sentimiento fuerte, pero no correspondido. Mi madre se dio cuenta de que yo andaba triste y me pidió que le contara lo que me sucedía. Lo negué. Al fin y al cabo, el amor abierto de los niños es una cuestión muy íntima. Pero me di por vencido y se lo conté todo como un gran secreto. Por la tarde-noche, volví a casa y oí voces femeninas y risas en la cocina. Las amigas de mi madre habían ido a verla y en ese momento hablaban animadamente de algo. Y, de repente, me di cuenta de que se trataba de mí y de mi “amor no correspondido”. Todas se reían y luego se fijaron en que estaba presente. Enseguida, le dije a mi madre: “¿Cómo pudiste haberlo hecho? Lo prometiste”. Y ella respondió: “Bueno, ¿pero qué pasa? No sabía que era un gran secreto”. Desde entonces, no le he vuelto a contar nada más, ella se ofendió terriblemente. Y todavía lo recuerdo todo como si fuera ayer. © Molotokmark / Pikabu

“Mejor lo hago yo”

Si yo intentaba hacer algo, ayudar a mi madre, entonces ella decía: “Bueno, deja que lo haga yo, que tú no lo haces bien”. Y cuando me convertí en adolescente, comenzó a quejarse con todo el mundo de que yo dependía demasiado de ella; no recogía la casa y ni siquiera sabía hacerme unos huevos fritos. Pero, ¿cómo se suponía que tenía que hacer algo si no me confiaban nada? Incluso cuando tuve a mi propio hijo, mi madre me llamaba para explicarme sencillamente que tenía qué hacer, porque tan “tontita” no lo sabría por mi cuenta. Mi hijo aún es pequeño, pero trato de mantener su curiosidad. Aunque después de él, todo se quede sucio o algo no le salga bien, al menos, lo está intentando.

“No se debe ofender a las chicas”

Cuando tenía 8 años, le gusté mucho a una compañera de clase. Pero esta no encontró nada mejor que mostrar su simpatía con violencia: un día me rompía la mochila, otro me golpeaba la cabeza con un libro. Yo lo aguantaba. Porque mis padres siempre me decían que no se debía ofender a las chicas. Solo que mi cerebro infantil percibió estas palabras de otra manera: no tienes derecho a defenderte si te ofende una chica. Pero un día no pude soportarlo más y la empujé con fuerza. Obviamente, se lo contó a la profesora y esta me obligó a pedir perdón delante de toda la clase. En casa, también fui castigado. Ahora, si me grita una mujer, me quedo paralizado, perdido. No sé cómo actuar y esto me molesta muchísimo.

“Los hombres no lloran”

“Bueno, qué llorón”, “Los hombres no lloran”, “Sécate las lágrimas, llorar es de chicas”. Probablemente, a muchos niños les dijeran eso. Nunca oí a mi padre decirme palabras de amor, pero no importa, lo que necesitaba era que me compadeciera, al menos una vez me abrazara y sentir que le importaba. A mi esposa le molesta que hasta ahora no haya aprendido a mostrar mis emociones, a responder a su ternura y ser sincero. Y sí, no lloré por Hachiko, aunque realmente tenía muchas ganas. Simplemente, no pude.

“Es solo un juguete”

Tenía un juguete favorito: algo para tirar anillas parecido a un teléfono móvil. Era especialmente importante para mí porque no simplemente me lo regalaron: me lo gané. Fue mi premio, me lo entregaron entre aplausos en una ceremonia frente a todo el campamento de verano. Una vez, descubrí que mi juguete no estaba en su lugar. Mi madre me dijo: “Vino mi amiga Tania con su hijo. Daniel se aferró a él y gritó, pues, decidí dárselo”. Tenía dentro tanto resentimiento y enojo que mis padres se quedaron muy sorprendidos. “Es solo un juguete, no debes enojarte tanto. No es algo por lo que gritar”, esa era la respuesta a mi discurso de enfado. Mi hija tiene tan solo 21 meses, pero ya le enseño a no tomar las cosas ajenas sin preguntar. Y no le daré sus juguetes a nadie. No podemos saber qué tan querido puede ser cualquier cosa para un niño. © Lozbenidze / Pikabu

“He hecho tanto por ti, y tú...”

Mi abuela siempre me apoyaba tanto en la infancia como en mi época de estudiante: me ayudaba con las tareas, me daba consejos útiles, me mandaba dinero, aunque no se lo pedí. Y después, si yo hacía algo mal, me decía: “He invertido tanto en ti, tanto he hecho por ti”. Siempre me sentía muy avergonzada e incómoda por mis acciones “equivocadas”. Y más adelante, cuando me convertí en adulta, comencé a enfadarme y sentir resentimiento por estas palabras. Por eso, desde mi infancia tengo dos complejos: por un lado, siempre trato de ser una de los mejores y, si algo no me sale, me preocupo mucho; por otro, muy raras veces pido ayuda a alguien, incluso si realmente la necesito, simplemente para no deberle nada a nadie.

“No te vayas a quedar premiada”

Mis padres siempre le contaban a todo el mundo con una sonrisita que su hija todavía no había aprendido a atrapar la pelota. Me molestaba mucho, pero aprendí a responder a esto al llegar a los 20 años. “¿Y qué hicieron ustedes para que yo aprendiera a atrapar esta maldita pelota?”. No solo no desarrollaban mis habilidades, sino que ni siquiera me dejaban salir a la calle. Decían algo parecido a “y si me caigo y me rompo algo, mejor leer libros en casa”. Tenía prohibido ir a la piscina, tampoco podía acudir a clases extraescolares. Cuando crecí un poco, aumentaron el control para que “no quedase premiada” (sí, así de claro me lo decían). Han pasado muchos años, pero los resentimientos infantiles todavía me atormentan. Mis hijos se ríen de mí, diciendo que su madre solo sabe trabajar y leer libros. © Zy26 / Pikabu

“Te lo compramos ahora, pero es por tu cumpleaños”

Mi cumpleaños nunca se celebraba de manera especial. Se reunían familiares y amigos de mis padres, se sentaban a la mesa y luego se iban. Y me regalaban algo muy importante y necesario diciendo lo siguiente: “Te lo compramos ahora, pero es por tu cumpleaños”. Por Dios, ¿ni siquiera pudieron alguna vez hacerme una sorpresa, regalándome alguna baratija sencilla? Además, nací en verano, por eso ni siquiera me felicitaban en la escuela. Todavía no he aprendido a alegrarme por ese día y no siento que sea festivo.

“¡Pero si eres una niña!”

Cuando mi hermano mayor montaba en bicicleta, jugaba a policías y ladrones y corría para nadar en el río, yo llevaba un vestido recién planchado, coletas bien recogidas (cada mañana aguantaba las lágrimas mientras me peinaban) y miraba a los niños varones con envidia. Si quería jugar con ellos, entonces mi madre me cortaba diciéndome: “¡Pero si eres una niña!”. Y me llevaba de vuelta a casa. Qué triste y apenada me sentía: también quería divertirme y “romperme las rodillas”. Por eso, no debe sorprender a nadie que a los 13 años de edad me cortase mucho el cabello, llevara solo zapatillas de lona y jeans rotos. Ahora entiendo que esta fue mi manera de protestar. Estoy embarazada y a mi hija no le inculcaré estos terribles estereotipos.

“Qué gran diferencia hay entre mi hija y Anastasia”

Tengo una prima, Anastasia. En aquel momento, ella tenía unos 18 años y yo, unos 9. Tuvo la oportunidad de irse a Alemania para vivir e ingresar allí en la universidad, además, en este lugar le esperaba su novio. Por supuesto, se estaba preparando fuerte para los exámenes. Y una vez, mi padre, delante de mí, dijo: “¡Miren, qué gran diferencia hay entre mi hija y Anastasia! Anastasia es tan persistente”. Sus palabras me parecieron del todo injustas. Hoy, con frecuencia, me comparo con los demás y en casi todos mis amigos busco algo que pueda envidiarles y en lo que ellos puedan envidiarme a mí.

“Eres gorda, pero alguien sentirá lástima y te casarás”

Mi madre, desde mi primera infancia, me transmitía que yo era gorda y añadía: “Pues, sí, eres gorda. Así naciste. Nada, alguien sentirá lástima y te casarás”. ¿Sabes qué es lo que más duele? Yo nunca realmente fui gorda. Sí, no era delgada, pero tenía una figura normal, con cintura. Sin embargo, por culpa de mi madre, crecí llena de complejos e inseguridad de mí misma y por mucho que hiciera deporte y me pusiera a dieta, seguía sintiéndome fea. Cuando los hombres estaban interesados ​​en mí, pensaba que simplemente sentían lástima por mí. Pensaba así, incluso cuando me casé. Solo al pasar los años pude creer que mi esposo realmente me quiere y soy una mujer hermosa. © “Habitación № 6”

“Hay que respetar a los adultos y obedecerles”

Mamá siempre me decía que a los adultos había que respetarlos y obedecerles. Hasta ahora, me cuesta tratar de tú a las personas poco conocidas, incluso cuando estos me lo piden, porque este mensaje está grabado a fuego en mí. Pero lo peor es que una vez, cuando tenía 6 años, un auto se paró justo al lado de mí. Un hombre desconocido me dijo que tenía que ir con él, diciendo que así lo había pedido mi madre. Y si no le obedecía, entonces ella me castigaría. Ya estaba dispuesta a subir al auto, pero nuestro vecino lo vio y aquel hombre se asustó y se fue. Si no hubiera sido por este vecino, probablemente, ya no estaría y todo por lo que me habían inculcado: los adultos son siempre una autoridad incondicional. A mi hijo trataré de explicarle que los adultos también pueden ser malos e incluso estúpidos, por eso no siempre hay que hacerles caso.

Los psicólogos dicen que todos los traumas provienen de la infancia. ¿Qué frases de tus padres tú no se las dirías a tus propios hijos?