Texto franco que explica por qué mis padres dejaron de escuchar lo que decían los maestros y nunca revisaron mis notas

Una vez, entré al aula y vi que todos mis compañeros habían rodeado mi escritorio. Una amiga estaba sentada en el centro y sollozaba amargamente. “Es mi fin: saqué una B en Lengua”, dijo ella, ahogándose en lágrimas. Yo no podía entender por qué estaba tan angustiada. Pasó un tiempo hasta que me di cuenta de que mi compañera tenía miedo de la reacción de sus padres. En cambio, yo tenía la suerte de que mis papás nunca revisaban mis notas en la escuela secundaria.

Genial.guru decidió reflexionar sobre si los niños en edad escolar deberían ser regañados por sus malas calificaciones. Al final encontrarás un bono que demostrará que todos, incluidos los profesores, pueden cometer errores.

¿Esto significa que dejaron que mi educación siguiera su curso sin rumbo?

Mi educación se convirtió en mi responsabilidad desde el momento en que pasé al quinto grado. Mis padres podían preguntarme cómo me iba en la escuela y yo siempre les respondía con sinceridad. No había necesidad de revisar mis notas. Estudié bien hasta el séptimo grado. Luego hubo un incidente después del cual me desilusioné mucho con la escuela y con la autoridad de los maestros.

Me teñí el cabello. Fui a clase, la maestra se llevó la mano al pecho y, en lugar de dar la lección, durante 40 minutos habló de mi peinado. Me puso una F por mal comportamiento. Planteó este tema en una reunión de padres, preguntándose a dónde estaban mirando mis papás, qué vergüenza. Y mi madre respondió: “¡Yo misma le teñí el pelo! Y no veo nada malo en eso. El cabello tiene una maravillosa propiedad: vuelve a crecer”.

Incluso antes de eso había comenzado a tener la sensación de que solo estaba perdiendo el tiempo en la escuela, y después de esta historia, empecé a ser extremadamente crítica con los maestros y el conocimiento que estaba adquiriendo. En el colegio todavía se les dice a los niños que la sustancia tiene solo 3 estados (alguien puede llegar a agregar el plasma). Me pregunto, ¿qué nota se le pondría a un estudiante si respondiera en un examen que ya se conocen más de 15 estados de agregación?

Comencé a discutir a menudo con los maestros e identifiqué las clases que realmente eran interesantes para mí

Una vez, discutí con una profesora de Literatura porque no estaba de acuerdo con una de las interpretaciones. Mi opinión fue menospreciada, o, mejor dicho, simplemente me miraron como a una tonta que no entendía cosas obvias. Recién en la universidad supe que nadie sabía realmente a qué se refería ese autor.

En mi clase había una estudiante excelente llamada Luz. Siempre aprobaba todos los exámenes con las mejores notas. Siempre tuvo una buena reputación con los profesores. Y una vez, unos pasantes vinieron a nuestra escuela y no miraron las notas de nadie. Le hicieron una pregunta a nuestra excelente alumna sobre algo que no estaba en el libro de texto. Ella se quedó parada allí, pálida, como si se hubiera tragado la lengua. Resultó que sin un libro de texto, la chica tenía miedo de responder. Temía expresar su opinión.

No se necesita reflexionar para memorizar un material. Si el libro de texto dice que el autor escribió sobre unas cortinas azules por una razón, entonces lo hizo por esa razón que determinó el creador del tutorial. Y punto. ¿No estás de acuerdo? Toma una C. ¿Hiciste algo que no se ajustaba al formato? Toma una C.

También era cuestionable cuán bien merecidas eran las calificaciones. Una vez nos pidieron que hiciéramos un informe. Abordé el tema con seriedad, leí muchas fuentes y al final hice un trabajo coherente. Imagínate lo estupefacta que quedé cuando la maestra me puso una B solo porque había impreso las imágenes en negro y no a color.

Mi rendimiento académico cayó tan rápidamente como creció mi frustración con el sistema educativo. Sabía que estaban tratando de callarme y aplastarme, para que solo respondiera correctamente y guardara silencio si la maestra quería que lo hiciera. Pero no iba a rendirme.

Me di cuenta rápidamente de qué conocimientos me serían útiles y cuáles no usaría en el futuro cercano

Sabía que necesitaba inglés y trataba de estudiarlo en la escuela y con el libro de texto que teníamos. Pero en el aula parecía que estábamos corriendo en una rueda de hámster: la mayoría de los estudiantes de secundaria apenas podían leer en voz alta. Había que trabajar con cada uno por separado, y el libro de texto que usábamos no era el mejor. Aunque obtenía “excelentes” en el aula, aprendía más y mejor fuera de ella: por mi cuenta y en lecciones privadas.

Así sucedía también con otros chicos: si necesitaban saber un tema, sus padres contrataban un tutor para ellos. Los maestros solo necesitaban que aprobáramos, y en un sistema así no hay forma de permitir que el estudiante se dedique a aquello que necesita. Así que invertía mi tiempo libre solo en lo que me interesaba en ese momento. Por supuesto que eso no hubiera sido posible sin el apoyo de mis padres.

Mis calificaciones les resultaban indiferentes, en el buen sentido. Siempre podía volver a casa y decir abiertamente: “Saqué una C” o “Me echaron de la clase por usar maquillaje”. ¿Una B? Genial. ¿Una A? Increíble. ¿Una C? Bueno, son cosas que pasan. Un día llegué a casa decaída por haber recibido una F por mala conducta. Se lo dije a mi madre. Y ella respondió: “Está bien. ¿Bebemos un poco de té?”. Podríamos reírnos juntas de la situación, sacar algunas conclusiones. Nunca he mirado mi certificado escolar, pero siempre recuerdo la aceptación de mis padres con calidez. Veían que no era perezosa, que no tenía malas compañías y que no era holgazana, así que reaccionaban a mi rebelión sin sobresaltos.

Las malas notas no son un veredicto. Es posible que no afecten en absoluto la vida futura, pero el niño recordará para siempre la reacción de sus padres

Siempre me compadecí de aquellos cuyos padres les exigían solo las mejores notas y, cuando las recibían, lo daban por sentado. Creo que para muchos esta es una experiencia traumática que debe repensarse ya en la edad adulta. Aprendí a defender mi opinión, no tengo miedo de discutir, no me pongo a temblar ante el estatus y la autoridad de otra persona. Si necesito ir en contra de la corriente, lo hago sin dudarlo.

Ya preparándome para mi trabajo de posgrado en la universidad, me encontré con una compañera de clase que era una excelente estudiante. Le pregunté en qué universidad había ingresado, qué estudiaba. Y ella dijo que no siguió estudiando en ningún lado, que era ama de casa y estaba criando a un niño. Aunque fue vergonzoso, pregunté por qué. La respuesta me sorprendió: se había hartado de estudiar demasiado y sus padres la habían presionado tanto que lo único que quería era comenzar una vida independiente lo antes posible.

No me arrepiento ni por un segundo de no haber sido la mejor alumna. Mi historia demuestra que es normal equivocarse, que siempre debes escucharte a ti mismo, a tus instintos. ¿Y qué me hubiera dado un diploma lleno de excelentes? Siempre hay razones para las malas calificaciones: pueden ser problemas en la escuela, en el hogar, a veces pueden ser características del niño, por ejemplo, dislexia o trastorno por déficit de atención. Lo más importante para él en ese momento es la aceptación de su familia. Si esa personita la tiene, entonces podrá superar absolutamente cualquier cosa.

Bono: los maestros pueden equivocarse, pero esta niña pudo defenderse

¿Cómo reaccionaban tus padres cuando obtenías malas notas? ¿Regañas a tus hijos cuando se sacan una C?

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