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20 Lectores de Genial contaron cuáles son sus recuerdos favoritos de la infancia

Para muchas personas, la infancia está llena de recuerdos irrepetibles en los que cada pequeña vivencia podía convertirse en una gran aventura. Apenas comenzábamos a descubrir el mundo y cualquier momento tenía el potencial de darnos una valiosa lección o, al menos, graciosos recuerdos para compartir en la vida adulta.

Genial.guru les preguntó a sus lectores cuáles eran sus experiencias más divertidas de la infancia y estas son las elegidas.

  • “Cuando tenía ocho años, mi mamá me mandaba a comprar las tortillas. Una amiguita me sugirió que comprara menos y así podría comprarme una paleta. Así lo hice por un buen tiempo; mi madre siempre me decía: ’Me parece que no te están despachando bien’. Hasta que un día me tardé porque había mucha gente. Yo me estaba comiendo mi paleta formada en la fila... ¡y que llega mi mamá! Me preguntó: ’¿Con qué dinero compraste la paleta?’, y le mostré el dinero que traía para las tortillas. Me miró y me dijo ’¡Me las vas a pagar llegando a la casa!’, me puso una tunda que ni se imaginan, pero lo bueno fue que nunca me volvió a mandar”. ©Rebeca Moreno

  • “No sé si sea gracioso. Pero mi hermano me animó a subirme a un columpio y me empujó tan fuerte que salí volando, me dio terror y duré mucho tiempo con miedo a los columpios. Y otro recuerdo es que andaba en bici y era un poco cuesta abajo, frené de repente y dejé embarrada mi piel en el suelo; caí a una barranca pequeña, salí absolutamente llena de polvo... ¡Ah! Ya lo había olvidado, gracias por recordármelo”. ©Ross Dom Gar

  • “Una vez, mi hermana y yo nos fuimos a torear unas vacas y una de ellas nos persiguió. Mi hermana venía corriendo detrás de mí y, cuando vuelvo a ver para atrás, vi que ella se había caído y regresé a recogerla, con tan mala suerte que, cuando cayó, había pegado en popó que alguna persona había dejado allí. De la risa que tenía no podía ni ayudarla a levantarse y hasta se me olvidó la vaca”. ©Elena Chavarría Campos

  • “Mis anécdotas de niña son muchas, fui libre de jugar donde quisiera, siempre y cuando me reportara con mi mamá. Recuerdo mi forma de bajarme de la bici cuando iba a parar. No sabía cómo, entonces frenaba y me tiraba. Así fue que, después de muchos años y golpes, aprendí”. Paola ©Physiic Muñozz

  • “Me subí a un árbol de peras y estuve dos horas con un pie atrapado entre dos ramas. Tuvieron que cortar una rama para soltarme y todavía me arden los oídos por el regaño”. ©Julia Bugayo

  • “Estaba con mi hermana y unas amigas en casa de ellas. Después de un rato, ya nos íbamos, y me dice mi hermana: ’¡Fulanita no me quiere dar los juguetes!’, y yo ’¿Pero por qué no?’. Salimos peleadas, pero al final le dieron sus trastecitos. Ya en casa, se me ocurrió preguntarle que quién le había dado esos trastecitos y me respondió ’¡Eran de ella pero no me los quería prestar!’”. ©Sol Soria

  • “Yo estaba jugando con mis primos en una especie de carretilla cuando convencimos a mi primo de que se subiera y nosotros lo empujaríamos. Los dos éramos más pequeños, por lo que, al llegar a la bajada del camino, nos ganó el peso y mi primo salió volando mientras nosotros moríamos de risa”. ©Van Mafaldiny

  • “Me caí por un barranco mientras bailaba para mi padre y mis hermanos agarrada de un junco que se rompió repentinamente. Rodé cómo pelota”. ©Krn Lucas

  • “¡A mis seis años, le prendí fuego a un cobertizo en la parte trasera de mi casa porque quería ver a mi tío más querido que era bombero!”. ©Juan Alejandro Strange Fuentes

  • “Una vez, estaba sola con mi hermana y de repente una muñeca empezó a hablar, de esas que uno les aprieta las manos y los pies y dicen ’papá’, ’mamá’, lloran y ríen. La cosa es que ninguna de nosotras estaba cerca de la muñeca como para haberla hecho hablar, lo más terrible es que no tenía pilas. En ese momento no fue divertido, ¡pero ahora sí!”. ©Rocio Muñoz Rocío

  • “Me regalaron la primera bicicleta a los ocho años y mi padre me enseñaba a andar. Yo confiada de que él me sostenía, pedaleaba mientras le decía “¡No me sueltes!”. Lo gracioso es que mi padre nunca me sostuvo, solo corría detrás de mí gritando “¡Te tengo, te tengo!”. ©Claudia González
  • “Cuando mi mamá me alteró el vestido de mi primera comunión y lo transformó en mi vestido nuevo para celebrar la Navidad. La falda era abultada y el material como de velo (me quedó bellísimo) pero a la hora de estallar las luces y pólvora, alguien tiró por error una luz encendida en mi dirección y cayó en mi falda. Empezó a encenderse y mi mama y todos empezaron a tirarme agua”. ©Alicia G. Araujo- Hidalgo
  • “En su infancia, mi hijo salía con su papá y abuelo a tener sus días de pesca. Un día, intentando hacer que pescaban, el río se puso turbulento y tormentoso, se los llevaba para adentro, así que decidieron tirar el ancla. Mi hijo le dijo a su abuelo ‘¡Tira el ancla!’ y la tiró con tan mala suerte que no estaba atada a la soga. Todos comenzaron a reírse y tuvieron que ayudarlos a salir. Es un recuerdo que cada vez que lo contamos nos trae una sonrisa”. ©Andrea Escobar
  • “Mi hermana le tiró un chicle a un automóvil y el señor se devolvió y me pego a mí el chicle en el pelo. Me tuvieron que cortar todo el pelo. Fue terrible en ese tiempo, pero hoy en día lo recuerdo cada vez que puedo, muero de la risa yo solita dentro de mi carro”. ©Kyankey Daniels
  • “Con mi vecina amiga de la infancia, solíamos salir todos los días aunque lloviera. Jugamos de todo. Ese día salimos en bici y se nos ocurrió competencia. Mi amiga obvio ganó, aunque se estrelló con la pared, pero fue la primera en llegar. Horrible, ese accidente le ocasionó una factura y que todos nos preocupáramos por ella. Pero ella se fue llorando y al mismo tiempo riendo, diciendo ‘¡Gané!’. Posteriormente, solo jugábamos a la escolta y ella era la abanderada por tener su brazo enyesado”. ©Xit Lally
  • “De camino a la escuela, de niño, me encontré una cigarra y la guardé en mi bolsillo. Al llegar a la escuela, la puse en mi pupitre y, en medio de la clase, ¡comenzó a cantar!”. ©Francisco J Lopez Nuñez

  • “Cuando tenía 5 años y acudía al kínder, en Nayarit, México, en el año de 1980. Cada lunes, mi mamá me daba 1,50 pesos para mi torta y jugo y 50 centavos para el ahorro que hacíamos con el fin de comprar un regalo del Día de las Madres. Un día, como todos los lunes, pasó la maestra por mí (yo era su alumno preferido), solo que ese día iba retrasada en su horario. Mi mamá me dio un billete de 20 pesos y, con la prisa de la maestra, se le olvidó decirme que 19,50 pesos eran para el ahorro, y yo, como todo niño, nunca pensé en eso. Ya se imaginarán como andaba yo en el kínder con tanto dinero. Parecía un magnate con sus guaruras, como unos cuatro amiguitos detrás de mí y yo pagando todas sus golosinas, tortas y demás antojos. Lo malo fue cuando le rendí cuentas a mi mamá, no hubo cinturón ni nada por el estilo, pero no vi ni un centavo más el resto del año”. ©Mario Armando Salas Tamayo

  • “Una vez, nos fuimos de pesca, pero nuestro permiso para salir era de solo de treinta minutos”. ©Anita Diaz

  • “Padecí mucho de las amígdalas y, un día, estaba que moría, con temperaturas altas y así, pero era muy necia y que quería nieve. Fue tanta mi insistencia que mi mamá me compró dos bolas de nieve de nuez y me dijo ’Mira qué rico, te las calentaré porque hacen daño heladas’. Yo era feliz tomando mi nieve caliente, ¡pero que conste que era nieve, eh!”. ©Antonieta Flores

  • “Cuando tenía unos seis años, era época de barriletes (cometas), cada chico lo hacía con mucha paciencia y adornados. Era una hermosa mañana, yo estaba junto a mi amiga de ocho y su hermano de doce que elevaba el suyo compitiendo con otros chicos. Su madre lo llamó para hacer un mandado (en esa época se obedecía), él mira a la hermana, a mí y decide dármelo con la recomendación muy seria: ‘¡No se te ocurra soltarlo!’. Apenas dio unos pasos hacia su casa... lo solté, recuerdo su grito y como salí corriendo a mi casa. En todo el día no salí. Él lo recuperó, algo estropeado, y siempre me pregunté por qué lo hice. Ya de grandes nos reíamos al recordarlo”. ©Liliana Frencia

¿Cuál es el recuerdo más vívido de tu infancia?