“No nos reuniremos más en mi casa”, una historia personal sobre por qué no hay más invitados en mi hogar

Mi nombre es Ana. Dio la casualidad de que no me gustan los invitados, aunque solía recibirlos a menudo. Todo comenzó en quinto grado cuando llegué a una nueva escuela e hice un montón de amigos. No podía vivir un día sin invitarlos a mi casa. Venían casi a diario. Sin embargo, incluso entonces comenzó a surgir la idea de que los invitados eran personas insolentes.

Creo que entre los lectores de Genial.guru también hay quienes prefieren un paseo por el parque o el visitar una cafetería a las reuniones con amigos en casa. Donde sea, pero no en el hogar. Hoy hablaré de cómo los invitados me molestaron durante mucho tiempo y cómo terminó la cosa.

Hay que quitarse los zapatos

Mis invitados venían casi siempre acompañados. Ya sabes cómo es: llegan y se olvidan de quitarse los zapatos. A veces tienes la sensación de que algunos de ellos han visto películas en las que la gente llega de la calle y se tumba en la cama con los zapatos puestos. Les ponen una manta caliente y los dejan descansar tranquilamente. Tal vez se practique en algún sitio, pero no en mi casa.

Una vez, sucedió lo siguiente. Unos amigos vinieron a visitarnos un poco antes de lo acordado. Todavía estaba preparando los bocadillos, así que ellos fueron a mi habitación. Fui allí con platos de comida y casi me desmayo. Los tres se acomodaron en mi cama y ni siquiera pensaron en quitarse los zapatos y la ropa de abrigo. Además, no estaba cubierta con nada. Los camaradas se tumbaron encima de la ropa de cama. La manta estaba descaradamente arrugada y se colocaron almohadas debajo de la espalda para no apoyarse en la pared, sino en algo blando. Encima se indignaron y dijeron: Ana, ¿por qué eres tan aguafiestas?

“¿Dónde está el gatito?”

“La verdad es que estaba durmiendo”.

Tengo dos gatos. Uno de ellos es gordito. Todo el mundo siempre intenta tocarlo, abrazarlo, etc. Él, por cierto, odia todas esas muestras de afecto. Pero, por supuesto, nadie le pregunta. La frase que más escucho de los huéspedes es: “Ana, ¿dónde está el gatito?”.

No es que no quiera que nadie toque a mi gato. Pero imagina la siguiente situación. Vienen a verme 5 personas, 3 de ellas hombres con una voz baja bastante intimidante. El gato es un depredador nocturno, y su agudo oído es una de sus principales herramientas de caza. Incluso los sonidos débiles son percibidos por los felinos con mayor nitidez que en el caso de los humanos. Y así, cinco personas rodean al gato, que dormía plácidamente en su cajita. No solo lo despiertan, sino que lo sacan de su cama y lo llevan a la cocina.

—¿Tiene la costumbre de que lo tengan en manos? —preguntó una amiga.

—No —le respondí yo.

Ella igual agarró al gato con las manos.

—Sofía —le advertí, —vas a quedar llena de pelos, no lo hagas. Encima, como puedes ver, no le gusta que lo agarren.

—Ay, pero no pasa nada.

El gato estuvo sentado en el regazo de Sofía durante exactamente cinco segundos, luego comenzó a arremeter violentamente y al final salió corriendo hacia la otra habitación.

—Maldición —dijo Sofía, —¡estoy toda cubierta de pelos! ¿Por qué pierde tanto? Tienes que hacer algo con él.

“Cierra la puerta, por favor”.

Atención, inspector en casa

Era un día de fiesta y volví a cometer el mismo error: invité a mis amigos. Mi amiga entró en la habitación y ¿sabes lo primero que hizo? Pasó el dedo por el borde del armario. ¿Y qué encontró? Así es, polvo.

“Oh, qué sucio” dijo, y puso su dedo tan cerca de mi cara que mi vista empezó a desenfocarse. No le contesté nada, pero me sentí mal, ya que había limpiado el día anterior a la llegada de los invitados. ¿Para qué hacer algo así? Yo, por ejemplo, no recorro los departamentos de los demás en busca de polvo, basura o cualquier otra cosa.

Se van en silencio, pero te dejan sorpresas

A una amiga mía, en cambio, le encantan los invitados. Casi todos los viernes, ella y su marido invitan a un grupo de amigos a casa. Lo sorprendente es que, incluso después de esta historia, no han dejado de hacer reuniones en su hogar.

  • Invitamos a unos amigos a casa para celebrar una fiesta de disfraces en año nuevo. Uno de ellos, Jorge, trajo a su nueva novia y desapareció con ella en el baño por mucho tiempo. Cuando todos empezaron a irse, fui al baño. Entré y vi encima de la lavadora la ropa que usaron: disfraces del Guasón y Harley Quinn. Resultó que los chicos se derramaron algo encima, fueron a cambiarse de ropa y arrojaron las cosas mojadas en el baño. La pintura de los trajes sintéticos brillantes quedó impresa en el panel blanco de la lavadora, apenas pude limpiarlo. También se secaron con mi toalla blanca. Se fueron rápidamente de la fiesta, pero, por desgracia, dejaron un notable rastro.

El día en que se me acabó la paciencia

Era el cumpleaños de mi novio. Solo invitamos a amigos cercanos, y de repente ellos vinieron con más gente. Una amiga con su nuevo novio, otro amigo vino con su amigo, Juan. El colmo fue una pareja que vino con 2 niños pequeños.

Por supuesto, no había invitaciones oficiales que indicaran cómo y con quién había que asistir. Pero por alguna razón pensé que se explicaba por sí mismo. Yo, por ejemplo, no llevaría a familiares si me invitaran solo a mí. O preguntaría si puedo llevar a mi novio o a mi hijo.

Nuestra fiesta se planificó para un pequeño grupo de personas, y la cantidad de comida se basó en el mismo principio. Y simplemente no teníamos suficientes sillas en casa. Era un caos: la gente paseaba por el departamento, mirando en todas las habitaciones. Encontré tazas y platos extra en el dormitorio. Y fui paciente. Hasta que uno de los niños dibujó con marcadores sobre mis nuevas cortinas.

Mientras los niños jugaban con mis nuevos lápices labiales en el dormitorio, les dije a mis amigos en un tono muy elevado lo que pensaba de ellos. Por supuesto, fue indecoroso por mi parte discutirlo delante de los invitados. Pero la memorable velada terminó con la frase: “Chicos, no nos reuniremos más en mi casa”. Ellos se fueron claramente ofendidos.

Pero después de un par de días, todo se calmó. Discutimos la situación, alguien se disculpó, alguien se puso pensativo. Sigo comunicándome con estas personas, no hemos dejado de ser amigos. Simplemente no vienen a mi casa ahora. Y me siento mucho más cómoda, ya que durante mucho tiempo tuve que soportar lo que no me gustaba en absoluto.

¿Concuerdas en que los amigos cercanos pueden ser unos invitados sinvergüenzas? ¿O crees que la autora es demasiado categórica y se arrepentirá de su acto?

Compartir este artículo