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18 Lectores de Genial contaron cómo las pruebas de la vida los hicieron admirar aún más a sus padres

Una de las cosas que más solemos admirar de nuestros padres es la fortaleza con la que se enfrentaron a situaciones difíciles a lo largo de sus vidas. Muchas veces escuchamos sus historias y llegamos a pensar que no sabríamos cómo reaccionar si algo así nos pasara a nosotros. La verdad es que, además de convertirse en nuestros héroes, casi siempre nos produce mucho orgullo contar sus anécdotas más valientes.

En Genial.guru recopilamos varias historias de hijos que contaron, con un brillo en los ojos, cómo sus padres salieron airosos de momentos complejos.

  • Cuando tenía como 5 años, mi papá se quedó sin trabajo y tuvimos momentos difíciles económicamente. En una ocasión, cuando ya no había qué comer, mi papi cortó unas verdolagas que crecían en el patio trasero de la casa y nos hizo un caldito. Cuando estábamos todos en la mesa comiendo, mi mami se dio cuenta de que tenían gusanos y se lo dijo a mi papá. Él le contestó: “¡Ah! Es que quería que llevara carnita”. Todos nos empezamos a reír y seguimos comiendo. Es la comida más rica que he tenido en toda mi vida. Papis, los amo muchísimo, son los mejores del mundo. © Karol Calderon / Facebook
  • Mi padre, el mejor del mundo para nosotros, estaba muy enfermo. Ya no hablaba, pues le habían quitado las cuerdas vocales. Unos días antes de irse al hospital, trabajó pintando cuadros, unos que llamaba “marceles”, fotos ampliadas de personas a las cuales les daba color y arreglos. Mi madre era ama de casa sin ninguna profesión, de esas de antes, que solo se dedicaban al hogar con esmero y abnegación. Nosotros éramos 6 pequeños sin edad para el trabajo, íbamos a quedarnos solos en el mundo, sin familia y sin él. Recuerdo que nos dijo: “Voy a trabajar y a dejarles el dinero hasta que yo vuelva, para que no tengan que pedirle nada a nadie”. No lo hizo por orgullo, sino por preocupación. Él sabía que éramos muchos para que alguien pudiera ayudarnos. Murió al poco tiempo de ser ingresado, y sí nos alcanzó el dinerito para unos meses. © Marysol Cobo / Facebook
  • Mi mamita trabajaba haciendo zapatos muy lejos de casa. Al mediodía, corría para hacernos el almuerzo, pero un día no llegó a tiempo y mi hermana y yo ya nos habíamos ido para el colegio. Ella llegó hasta la escuela con los ojos llorosos y un portacomidas. Mis compañeras se burlaban al verme almorzando en el recreo, pero al final todas querían de mi rico almuerzo. Gracias, mamita. © Liz Rodríguez / Facebook
  • Mi madre crio a tres hijos. Cada vez que alguno se enfermaba, no teníamos para comer, pero ella hacía milagros con lo que había, y mis hermanos y yo comíamos como si fuera un manjar, porque todo lo que ella cocinaba, para nosotros, era lo mejor. Jamás se sentía cansada, trabajaba haciendo de todo; cocinando comida para vender, viajando de pueblo en pueblo, armando su capital, pero no nos hacía falta nada. Era una supermamá. Nunca olvido todos los esfuerzos que hizo. Está en el cielo porque se lo merece. Me dejó un buen ejemplo de cómo valerme por mí sola y mi trabajo. © Teresa Mendoza Soto / Facebook
  • Mi papá trabajó de sol a sol para darnos todo lo que pudo. Hasta fuimos a la escuela y somos educados gracias a su sacrificio. Recuerdo que traía pan dulce los sábados. Él decía: “Coman, me comí el mío en el camino ”. Ahora sé que mentía, por eso mis hermanos y yo le llevamos todo el que quiera mientras pueda comérselo. © Teodomira Chávez Tec / Facebook
  • Cuando fui a una excursión en la primaria, mi madre se levantó muy temprano y me preparó un bistec con papas fritas. Como vi que mis compañeros comían otras cosas, no me atreví a comer mi fiambre. A veces, de niños, no valoramos el esfuerzo de nuestra madre. © Bengoshi Winter / Facebook
  • Recuerdo cuando mi madre se las ingeniaba para darnos de comer. A veces eran papas sancochadas con cebolla y atún, arroz con camote sancochado, pan duro tostado con sal. Yo en momentos difíciles he hecho papas con maní (en lugar de pollo al maní). También mezclaba agua, harina y sal, y ponía todo a freír, entre otras cosas. © Luz Paucar Jimenez / Facebook
  • Cuando yo salí de la secundaria, teníamos que pagar para presentar el examen de admisión para el bachillerato, pero no teníamos dinero. Mi papá dijo: “Conmigo no cuenten”. Eso me dolió mucho y me fui a llorar de decepción e impotencia. Entonces, mi mamá, al ver eso, me fue a consolar y después fue a pedirle prestado dinero a una vecina. Gracias a ese gesto de mi madre, pude entrar a la escuela otra vez. Ella es una gran mujer. ¡Un ángel! © Alejandro Aguilar / Facebook
  • Yo siempre recuerdo con lágrimas esta anécdota: iba a participar en un desfile deportivo del 20 de noviembre, y necesitaba un short azul rey y una playera blanca. Mi mamá estaba sin empleo desde hacía semanas, y en octubre, para mi cumpleaños, ella me había comprado un conjunto deportivo de ese color. Pensó en cortar el pantalón para hacerlo short, pero tampoco tenía unas tijeras, así que lo hizo con una navaja de rasurar. Quedó tan mal cortado que ya no sirvió ni para una cosa ni para la otra. Entonces, ella se sentó en el piso y comenzó a llorar como niña. Yo no entendía por qué, hasta que me dijo que había echado a perder mi pantalón. El desfile sería al día siguiente, así que salí a buscar a una vecina a ver si ella tenía algo que me pudiera servir. Afortunadamente sí hubo, pero ver a mi mamá llorando por eso me dio mucha tristeza, porque solo fue una de las muchas cosas que ella vivió para sacarnos adelante sola. © Jessica Ramos Harrison / Facebook
  • A mis hermanitos y a mí nos crio mi abuela bella. Ella era una mujer muy capaz en el aspecto de la cocina. Recuerdo una vez, cuando no había qué comer, mi abuelita hizo una sopa muy deliciosa que nunca más volveré a probar. Recuerdo que raspó unos panes duros y los metió a la sopa con un guiso más que hizo. Nos dejó perplejos y satisfechos, sobre todo porque moríamos de hambre. Jamás olvidaré a mi viejita. © Jhony Villarroel / Facebook
  • Mi mamá siempre nos consintió con comida rica y hasta postre; nos hacía palitos de vainilla, trencitas de canela, manzanas encantadas, etc. Ella siempre trabajó mucho para hacernos felices, pero un día, un inconsistente la atropelló. Estuvo mucho tiempo en el hospital, y cuando salió, estaba en una silla de escritorio con ruedas, sin poder caminar. Así que se acercaba a la estufa a cocinar, y cuando llegábamos, siempre había comida en la mesa. Mi madre vale oro. Aun con los años y las dificultades, ella siempre trabaja, pareciera que no se cansa. Es una guerrera, ella es mi mundo. © Angie Montes Hernandez / Facebook
  • Mi amado papá llegaba de trabajar muy duro. Él trabajaba en una fábrica de fundición y era operario de un horno. Aun así, agotado y como estuviera, me llevaba al parque a jugar y luego me compraba un heladito de regreso a la casa. Ahora que crecí, me doy cuenta de que no atesoramos los lujos, sino esos bonitos momentos. © Tatiana Lamus Granada / Facebook
  • En mi infancia, cuando no nos daban el pedacito de carne que nos tocaba, mi mamá decía: “La carne hace daño, todo lo verde es nutritivo”. A veces comíamos quelites con salsa de molcajete y guías de chayote hervidas. ¡Qué sabrosas nos sabían! La carne de pollo eran las alas, huacales, caderas y patas, que hasta la fecha es lo que más me gusta. © Alma Rosa Sanchez Ibañez / Facebook

¿Cómo fue tu infancia? ¿Cuál es el recuerdo más admirable que tienes de tus padres ante una situación difícil?

Imagen de portada Liz Rodríguez / Facebook
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