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20 Maestros cuya vocación debió perderse en algún recóndito lugar del universo

La escuela debería ser un espacio para aprender y jugar, y en el que podamos crear recuerdos que seguirán con nosotros el resto de nuestra vida, pero lamentablemente, no siempre sucede esto. Así como hay maestros entrañables y superlindos que no olvidaremos nunca, hay otros que desearíamos poder olvidar cuanto antes o no haber conocido nunca.

  • En mi primer grado (6 años), no me salía pronunciar la “r”. La maestra me ponía al frente de la clase y me hacía decir palabras con “r” para que toda la clase se riera. Hoy, 52 años después, todavía la recuerdo con un profundo desprecio. © Adriana Marcela López / Facebook
  • Cuando mi hijo tenía 7 añitos y estaban en clase de plástica, les pidieron que hicieran un dibujito con un árbol de Navidad porque era la época. Mi hijo, que es muy bueno dibujando, pero temas que le gustan, se puso a hacer su dibujo y con toda la ilusión del mundo fue a enseñarle su arbolito ya terminado a la maestra. Ella tomó el dibujo, lo miró, miró a mi hijo y le dijo:
    —Esto es una porquería. Haz otro.
    Lo rompió y lo tiró a la papelera. Mi pequeño regresó a su lugar y se negó a hacer otro dibujo. Él es un niño sensible y en cuanto salió de la escuela, me contó lo que había sucedido. Él estaba triste y no entendía por qué; según sus propias palabras, ella había sido “tan grosera”. Inmediatamente, le escribí un mensaje a la maestra y solicité una cita para hablar con ella en persona. Su respuesta fue que tal vez sí lo había dicho, pero que no se acordaba. Le dije que a mi hijo no se le olvidaba y que independientemente de la tarea que se pida, hay formas de decirle las cosas a un niño tan pequeño y que, desde luego, así no motivaba a nadie.
  • Cuando era estudiante de primer o segundo año de la secundaria, tenía muchas dificultades para comprender la geometría al iniciar el semestre. Asistía a sesiones de tutoría temprano por la mañana siempre que podía, después de la escuela si no tenía deporte, durante el almuerzo, o incluso utilizaba tiempo de pasillo para las sesiones de tutoría. Estaba empezando a entrar en pánico porque se acercaba un examen importante, así que pasaba cualquier momento libre en su salón tratando de entender el material.
    La mañana del examen, llegué una hora antes de la escuela para un último intento y me dijo: “Si no lo entiendes ya, no hay esperanza para ti”.
    Inmediatamente, me desinflé y salí de su salón de clases tratando de ocultar las lágrimas. © asking_advice21 / Reddit
  • Tuve una profesora de matemáticas muy problemática cuando estaba en quinto grado que era condescendiente y perezosa. Hubo una semana en la que tuve que ir al baño después del almuerzo varios días seguidos.
    Ella siempre decía: “¿Por qué no fuiste durante el almuerzo?”. Porque no tenía ganas, y bebía mucha agua durante el almuerzo/receso.
    Me dejaba ir al baño, pero me decía: “Si tardas más de 5 minutos, te echo de mi clase”. No sabía qué decir en ese momento y ni siquiera sabía que tenía una infección urinaria grave.
    Hubo un día en el que se hartó tanto cuando le pedí ir al baño que me envió a la oficina del director, y menos de dos días después, mi madre me llevó de urgencia al hospital porque esa infección urinaria se convirtió en una infección renal. Tuve fiebre y posiblemente fue el dolor más insoportable que he experimentado. Ahora tengo casi 20 años y todavía trato con infecciones urinarias de vez en cuando. © shegotskylz / Reddit
  • Mi hermana tiene una maestra que es de lo más injusta. Me cuenta que en todas las clases, cuando alguno se pone a charlar, lo hace agarrar su banco, llevarlo al frente del salón y ponerlo contra la pared. “Juancito se va a quedar toda la jornada mirando a la pared y cada vez que alguien hable, acercaré más su silla al escritorio”. Siempre es un niño cualquiera, esté hablando o no, y lo peor es que desde ese lugar no se puede ver la pizarra, por lo que ni siquiera pueden copiar y seguir la clase...
  • Estábamos en 2.º grado. Nuestra maestra era bastante estricta y también amargada, todo la irritaba (no sé por qué trabajaba con niños). Recuerdo que una amiga quería ir al baño y le pidió permiso a la profe, ella le dijo que no, que fuera a la hora del receso, pero aún faltaba mucho para salir. Mi amiga le volvió a pedir permiso tiempo después, y ella se lo volvió a negar. Ya en la tercera ocasión en la que mi amiga se levantó y se dirigió al escritorio de la profesora, fue para decirle que se había orinado. Nos dio mucha pena por ella, y mucha rabia con la maestra. En verdad la hizo pasar un muy mal momento.
  • En 4.º de primaria tenía una maestra de Lengua y Literatura a la que llamábamos la “Cuqui”, porque siempre iba muy “peripuesta”. Esa materia siempre fue mi favorita y se me daba muy bien, pero ella y yo teníamos nuestras diferencias.
    Un día nos informaron de que una escritora de libros infantiles, que me encantaba, vendría a la escuela a darnos una charla y a firmarnos libros. ¡Yo estaba más que feliz! Mientras esta maestra nos daba la noticia, se empeñó en decir que la escritora estaba por encima de todos nosotros y que nosotros, textualmente, “no éramos nada a su lado”. Siempre he pensado que todos, y digo todos, somos iguales, así que me hirvió la sangre y no me pude callar:
    —Profe, eso no es cierto, ¿por qué ella sería más que cualquiera de nosotros? Todos somos iguales. Usted está marcando diferencias.
    Me regañó y entramos en un intenso debate, que acabó con ella gritándome y echándome del salón y yo enfadadísima yendo al despacho de la directora a contarle lo que había sucedido. Por suerte, mi directora era y es un ángel, me apoyó y me regresó al salón.
  • La única maestra con la que no tuve buena relación fue la de mi kínder. Era tan mala docente que cuando se veía simpática, yo pensaba: “Vino a buscarme mi papá”. No era una mala persona ni nada de eso, pero no le ponía muchas ganas a su profesión.
    En fin, lo peor fue que en todas las clases había un niño muy molesto (Ignacio se llamaba, ¡todavía no me olvido!), de esos que golpeaban, o te pegaban cosas en el pelo, o arruinaban el dibujo que uno estaba haciendo. Siempre que lo acusaba, la maestra me decía: “¿Y qué quieres que haga?”, o lo corregía sin mucha voluntad. Hasta mi papá iba a quejarse, y no cambiaba nada.
    En fin, no pude ir a mis últimos días de jardín, así que cuando fui a buscar a la casa de la docente mis cosas, ¿quién estaba con ella? ¡Ignacio! ¡Era su hijo! Por eso nunca le decía nada.
  • Recuerdo que estaba en una clase con una maestra en la preparatoria que nos pidió que tomáramos apuntes del pizarrón. Al dar la vuelta a la hoja del cuaderno, me corté el dedo meñique con la misma hoja. Era incómodo escribir así, por lo que me acerqué a la maestra y le pedí permiso para ir a la enfermería y ponerme una curita. Me volteó a ver y me dijo sentenciante:
    —Es increíble que algo tan pequeño te detenga. Vas a fracasar en la vida, de verdad que nunca vas a llegar lejos.
    Sentí que el mundo se me venía encima. Mi papá recién había tenido su primer infarto cerebral y la situación en mi casa era muy difícil. Realmente sentí que fracasaría en la vida, me hizo dudar de mí misma. Hoy me encantaría volver a verla y decirle que un pequeño corte no determinó mi futuro.
  • Mi hija me contó esto cuando estaba en tercer grado de primaria. En ese entonces, tenía una maestra a la que, francamente, le faltaba un tornillo. A veces se ponía a hablar sola mientras los alumnos hacían sus tareas, o de repente, les preguntaba si les parecía que era bonita.
    Una vez, para el día del maestro, un niño de un curso superior que sabía dibujar muy bien le hizo a cada maestra una caricatura de ella misma. La idea era sorprenderlas y hacerlas reír. Se les entregó el regalo en el acto escolar y a todas les encantó su caricatura. Menos a la maestra de mi hija. Cuando volvieron al aula, levantó el dibujo y dijo enojada:
    —Yo no me veo así, ¿soy así de fea, chicos?
    Rompió el dibujo en pedazos y lo tiró a la basura. Los alumnos se quedaron pasmados. De más está decir que nadie quería tener a esta maestra.
  • En la secundaria tuve una profesora de Historia muy difícil. Daba su clase muy bien, muy apasionada, te contaba las cosas como si ella hubiera estado ahí. Pero tenía muy mal carácter. Me acuerdo de que dictaba cosas para que anotáramos en nuestro respectivo cuaderno, y si no íbamos en la misma página o no usábamos la pluma del color que quería, nos hacía escribir la cuartilla completa de nuevo. Si alguien se atrevía a pedirle permiso para ir al baño, lo regañaba y hasta lo ridiculizaba.
    Un día yo estaba tan ansiosa que comencé a morderme un pellejito del dedo, haciendo lo posible por arrancarlo, y la maestra me dijo:
    —Ya me hartaste, niña. Tienes un punto menos. ¡Número de lista!
    Sorprendida de que hubiera notado eso en un salón de clases de casi 40 personas, no tuve más remedio que dárselo y me anotó un −1. Le teníamos tanto miedo que nadie nunca le decía nada. Lo único “bueno” de esa experiencia es que aprendí a quitarme ese tic a las malas.
  • En segundo grado tuve clases vespertinas extracurriculares de flamenco. Amaba bailar. De peque, hacía ballet y quería aprender flamenco. El primer día de clase, la mujer nos gritaba, y a las que estaban hablando mucho, les lanzaba un zapato. Los zapatos de flamenco son algo pesados, porque normalmente tienen unos clavos en la punta y en el tacón, y este era así. Me sentía como Matilda en el patio de la escuela cuando la Tronchatoro buscaba víctimas. Después de un año, no regresé a esa clase.
  • En la primaria donde yo estudié, había una maestra que decían que era muy estricta. Para castigar a los alumnos, los ponía de espaldas a la pared y tenían que hacer como si estuvieran sentados en una silla durante mucho tiempo. Considerando que eran niños de 6-12 años, me parece que era algo exagerado y hasta traumático.
  • Cuando estaba en la primaria, yo era de las alumnas que siempre sacaban 10, que era la calificación más alta. Pues en mi último año, tenía como 11 años, la maestra me puso 9,9 como calificación final del curso. Yo no sabía por qué, si había hecho todos los trabajos y en todo me había ido bien. Cuando le pregunté, me dijo que no podía ponerme el 10 porque había otro alumno (le decían Pepe, todavía me acuerdo) que vivía más lejos que yo. No entendí qué tenía que ver eso con la nota. Resulta que la maestra le dijo a mi mamá que como el niño vivía más lejos de la escuela, eso significaba que él le ponía más empeño. Yo vivía a dos cuadras de la escuela y el niño como a cinco. En realidad, la calificación era casi la misma, pero en ese momento me dio mucho coraje.
  • En la universidad, una profesora nos daba clases de investigación, pero nunca enseñaba nada, nos ponía a decirle cuál era nuestro color favorito y decía cosas como: “El naranja es tu color favorito porque tienes problemas con tu mamá, ¿verdad?”. Era muy raro. Pero bueno, un día estaba tomando asistencia y de pronto escuchamos que decía “camarón”; todos nos quedamos en silencio superconfundidos. La señora se me quedó mirando y dijo “Karime”. No sé cómo se confundió o por qué me dijo así, pero después de eso, muchas personas me empezaron a decir camarón y se convirtió en el chiste del semestre.

¿Has tenido la desgracia de sufrir a algún maestro como estos? ¿Existió, en cambio, alguien en la escuela que no hayas podido olvidar gracias al apoyo que te brindó?

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