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7 Razones poco obvias por las que, después de 6 años, me escapé de la casa de mis sueños junto al mar

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Cada persona tiene un sueño preciado en la vida. Es este el que nos consuela en los momentos difíciles, nos hace volver al torbellino de la vida con renovado vigor, soportar los problemas cotidianos y, a veces, observar el más estricto ahorro. Tarde o temprano, el deseo se hace realidad. Pero a veces la realidad se aleja mucho de nuestras fantasías. Según los últimos datos recopilados, el 40 % de la población mundial vive en las costas de los mares y océanos, y, generalmente, estas personas son más felices que las que viven lejos de los elementos de la naturaleza.

Quiero explicarles a los lectores de Genial.guru por qué soñé con una casa en la playa durante mucho tiempo y cómo la realidad cambió mis nociones románticas de una vida así.

Tenía un sueño y “se veía” muy hermoso. Una casa blanca reluciente escondida en la densa sombra de árboles viejos, ubicada al borde de una amplia playa desierta. Un camino de madera serpenteaba a través de las dunas y se acercaba al borde del retumbante mar azul. Las olas susurraban perezosamente, corriendo hacia la orilla. En el infinito azul del cielo, las gaviotas inquietas volaban de aquí para allá lanzando incansables gritos.

La casa estaba rodeada por una amplia galería, en la que había dos sillas chirriantes y una mesa de madera descolorida por el tiempo. Mi esposo y yo tomábamos café, admirábamos perezosamente las vistas y exponíamos nuestros rostros a la brisa salada. El mar, por supuesto, era cálido como la leche, y en cualquier momento podías zambullirte en sus olas tras correr alegremente por la suave arena.

Los primeros 30 años de mi vida los viví a orillas del Mar Báltico, o más bien, la parte de él llamada golfo de Finlandia. Nuestro mar del norte se veía pintoresco e impresionante, pero solo desde la distancia. De cerca, el mar no inspiraba a admirarlo, y mucho menos a nadar en él. El agua estaba demasiado sucia y hacía frío 10 meses al año. Por eso yo quería vivir junto a un mar donde se pudiera nadar durante todo el año. Sin el hábito de soportar aguas heladas.

Cuando surgió la oportunidad, nos mudamos felizmente a tierras cálidas junto a un suave mar tropical. Allí podías nadar en las olas saladas los 12 meses del año. Elegimos como nuestro nuevo hogar una pequeña ciudad turística, anticipando una vida paradisíaca en la casa de nuestros sueños.

El costo del sueño

No teníamos planeado comprar la codiciada casa, por lo que comenzamos a buscar una vivienda que se pudiera alquilar. Los precios nos sorprendieron bastante. Más tarde nos dimos cuenta de que los sueños deben realizarse de manera oportuna. Y es mejor trasladarse al mar en temporada baja, si se eligió una ciudad turística como lugar de residencia permanente.

El segundo descubrimiento fue la costumbre de los propietarios de fijar el alquiler en función de la temporada. Es decir, el costo cambiaba: en temporada baja pagábamos menos y en temporada alta, dos veces más. Las largas y tediosas negociaciones basadas en el hecho de que, después de todo, íbamos a alquilar la casa por varios años, nos permitieron calcular una tarifa promedio y obtener un pequeño descuento.

Nuestra primera casa era grande, pero estaba bastante lejos de la playa. Y si vives junto al mar, entonces tiene que ser escuchando las olas y ver solo el agua, y no otros edificios, decidimos nosotros. Encontramos una casa más pequeña, pero a 100 metros de la orilla del mar. Por fin tenía mi veranda. Aunque con dos taburetes en lugar de sillas. Pero el café de la mañana, con vistas a las palmeras verdes y las olas azules, era fantásticamente delicioso. Nos ajustamos el cinturón y nos preparamos para pagar una renta bastante alta.

Trabajar o descansar

Para pagar la pequeña casa había que trabajar, pero no daban ganas de hacerlo en un paisaje tan pintoresco. La computadora portátil estaba juntando polvo en un rincón, y nosotros chapoteábamos en el mar de la mañana a la noche. Luego me quedó claro que las imágenes que nos rodeaban estaban firmemente asociadas con las vacaciones, y tales condiciones no motivaban a poner la mente a trabajar.

Todas mis fantasías iridiscentes sobre cómo creaba obras maestras admirando ocasionalmente las poderosas olas a través de la cortina de muselina blanca se alejaron flotando irremediablemente, llevadas hacia algún lugar distante por la corriente del mar. La casa se convirtió en una carga abrumadora, por lo que los pintorescos paisajes tuvieron que taparse por una pesada cortina y debí poner manos a la obra.

Todavía tenía la esperanza de chapotear en las olas temprano en la mañana, antes de la taza de café matutina y el comienzo del día de trabajo. Pero la pereza resultó ser más fuerte que los sueños. ¿Por qué correr hacia el mar antes del desayuno cuando también puedes nadar por la tarde? O mejor al atardecer. O tal vez mañana, si total estaremos aquí durante mucho tiempo y esta capa de agua salada no irá a ninguna parte.

Como resultado, después de unos meses, con suerte, íbamos a la playa una vez a la semana. Cuando mis conocidos me preguntaban con qué frecuencia nadaba en el mar, solo sonreía misteriosamente y decía: “Bueno, ¿y tú qué piensas?”. Porque una respuesta sincera desconcertaba a todos.

Una esponja en lugar de cabello

Llegué al sur luciendo un elegante cabello “a la Botticelli”. Y en la maleta había varios paquetes de mi tinte para el cabello favorito, de un jugoso color cobre. La mitad de los paquetes quedó sin abrir. Varios experimentos fallidos demostraron que, en primer lugar, un color saturado apenas duraba un par de semanas en ese lugar. Enseguida se rendía ante la embestida de la luz del sol y el aire salado. En segundo lugar, los rizos ondulados se convirtieron en pequeños rizos molestos que parecían más una esponja de baño. Debido a la alta humedad, el cabello se negaba rotundamente a secarse y se juntaba en un duro montón.

Toda la ropa también perdió rápidamente sus colores brillantes. Después de cada lavado, había que esperar mucho tiempo para que se secara con la fresca brisa del mar. Además, sobre ella aparecía una capa blanquecina apenas perceptible. Después de un mes de uso diario, mi traje de baño favorito perdió su color y forma. El mar era despiadado con nuestra ropa. Ahora, cuando veo la inscripción publicitaria “frescura del mar” en un detergente en polvo, me estremezco nerviosamente. Sí, frescura, cómo no.

El mar también me quitó los lentes. He cambiado irrevocablemente a lentes de contacto. Porque los lentes comunes tenían que limpiarse cada 5 minutos. Los cristales se cubrían de pequeñas gotas y todo se veía borroso y confuso. Y por la noche, la sal comenzaba a hacer que me ardieran insoportablemente los ojos. Después de un tiempo, mis amigos se acostumbraron al hecho de que, a cierta hora, yo comenzaba a sonarme la nariz y lagrimear.

Humedad y moho

En el momento de la mudanza, nuestro dulce hogar brillaba con colores frescos. Había sido arreglado recientemente. Pero después de un par de meses, comencé a notar la aparición de manchas sospechosas en las paredes. Los puntos pálidos al principio aumentaron de tamaño, luego comenzaron a llenarse de color y pronto sobre ellos comenzó a crecer una especie de esponjoso pasto verde. Así fue como conocí el moho.

Era tenaz e indestructible. El cloro no podía vencerlo. Soñando con darle calidez a nuestro hogar, colgamos un par de fotos familiares en las paredes. Gracias a Dios, las quitamos a tiempo. Debajo de ellas había nacido algo que parecía listo para entrar en la segunda fase de evolución y desarrollar extremidades.

Había que limpiar el moho de las baldosas del baño 2 o 3 veces a la semana. Parecía crecer de la noche a la mañana. Y en la cocina, la pintura del techo formaba alegres burbujas que se hinchaban como un chicle y, en el momento más inesperado, se caían, esforzándose por terminar en la comida. El moho era omnipresente: se trepaba por las cortinas, atacaba la ropa del armario, los zapatos, los juguetes de los niños, los lentes y la cámara de mi marido, e incluso llegaba a las maletas. Fue entonces me descubrí que el moho también puede crecer en el plástico.

No aparecía solo en objetos metálicos. Pero, un mes más tarde, estos estaban cubiertos de óxido. Todos los conectores de computadoras y consolas se corroían a un ritmo fantástico. Seis meses después, la computadora de mi esposo se veía como si hubiera estado en el fondo del mar. Los programadores amigos nos contaron que habían asignado una habitación separada en sus casas para los servidores, donde colocaron todas las unidades del sistema y mantenían el aire acondicionado encendido constantemente con el fin de reducir, aunque fuera un poco, la humedad en la habitación.

Multitudes de turistas

Si vives en un lugar turístico, rápidamente te acostumbras a otro fenómeno: las multitudes de vacacionistas. Además, en el apogeo de la temporada, su número es varias veces mayor que la población local. Todos los habitantes se dividen rápidamente en 2 grupos: “locales” y “turistas”. Además, los primeros no pueden vivir sin los segundos, cosa que, sin embargo, no les impide entrecerrar los ojos con desprecio y maldecir a los veraneantes ante cualquier oportunidad.

Los turistas no me molestaban, pero también pasaba un tiempo inusualmente corto en la playa. En cambio solo podía antojárseme un paseo nocturno por el terraplén en temporada baja. En la alta, no había forma de caminar en paz allí y las vistas del atardecer sobre el mar perdían su encanto.

Otro rasgo distintivo de una ciudad turística es el hecho de que toda su infraestructura está destinada principalmente a los visitantes. Esto significa que la calidad de las cosas es peor y los precios son más altos. Hay pocas tiendas de abarrotes y las que existen venden comida de vacaciones: papitas, bombones, frutos secos, etc., que solo sirven para una fugaz estancia agradable y relajante. El resto son tiendas de souvenirs, bañadores y farmacias. Para comprar algo útil, había que viajar a un pueblo vecino.

La comida en la mayoría de los restaurantes también era mala. La cocina estaba enfocada en los vacacionistas, lo que significaba que no tenía sentido luchar por la calidad. De todos modos, la gente se iría en un par de semanas y vendrían otros en su lugar.

El entretenimiento disponible incluía numerosos bares, discotecas y cafés. Recuerdo que una vez llegó un grupo de teatro de la capital con una función. Todo el pueblo que ya estaba aburrido se reunió para ver la función. Pero los turistas no estaban interesados ​​en la actuación y el teatro ya no volvió a la ciudad turística. Pero el mar se podía admirar todos los días. Infinitamente.

Olas “plásticas”

Cuando estamos descansando, muchos momentos desagradables simplemente no llaman nuestra atención. E incluso si queda un residuo amargo, desaparece rápidamente bajo el influjo de otras emociones vívidas. Pero si ves la misma imagen durante varios años, es mucho más difícil no prestarle atención.

Nuestro mar estaba sucio. No, no siempre, pero sí después de las fuertes tormentas, cuando todo el plástico y los escombros que flotaban en algún lugar en la distancia, llegaban hasta la orilla. Botellas, recipientes, vasos, popotes, había tantas cosas allí. Y más que nada ¡las bolsas! Había incluso más de ellas que de habitantes de la vida marina. Por eso las llamábamos cariñosamente “pescado de bolsa”. Era muy desagradable chapotear entre todo eso.

El mar se ensuciaba más y más con cada año, y no es fácil mirarlo con indiferencia cuando se vive a 100 metros de la playa. Una cosa es saber algo y otra muy distinta ser un testigo vivo de ello. Recogíamos diligentemente la basura cada vez que íbamos a nadar, pero estos viajes eran cada vez menos satisfactorios. Sabiendo lo que se escondía detrás de las pintorescas olas azules, ya no daban tantas ganas de admirar las hermosas vistas. Pero ahora realmente odio las bolsas, los popotes y los vasos de plástico.

Las peculiaridades de una ciudad turística

La vida junto al mar es, sin duda, buena para la salud, pero a veces todos enfermamos. Y encontrar un buen médico en una ciudad así no es tarea fácil. A menudo solo hay dos de ellos, y deben tratar principalmente a los huéspedes de los hoteles. Así que todo el proceso depende del seguro médico. Cuantos más procedimientos y medicamentos se prescriban, tanto mejor para Asclepio. Nuestros dos médicos de la aldea eran amables, pero solo queríamos verlos en las reuniones festivas. Por supuesto que esto no se puede decir de todos los pueblos turísticos, pero era así en nuestro caso.

Las otras pequeñas cosas de la vida civilizada también parecían un lujo. Los talleres infantiles, los jardines de infancia y las escuelas eran muy originales. De hecho, cualquiera podría organizar una institución educativa. Había muchos niños en nuestro pueblo y, por lo tanto, estos establecimientos aparecían y desaparecían constantemente. Siguiendo estrictamente las tendencias de la moda. Al principio, fue popular el kínder de las personalidades libres. Los niños se volvieron un poco salvajes y lo reemplazó un kínder “estricto”. Luego abrió uno vegano; luego, uno inglés. Al final llegó uno correccional que ya era necesario para todo el mundo: tanto para los hijos como para los padres.

Curiosamente, más que nada, nos oprimía el verano interminable. Para nosotros, acostumbrados a las cuatro estaciones, el calor eterno parecía algo antinatural. Como resultado, decidimos cambiar el clima y el lugar de residencia. Pero no drásticamente: después de tantos años en los trópicos, simplemente no hubiéramos sobrevivido a un invierno real.

Nos trasladamos a Tbilisi, desde donde hay 200 km hasta las montañas nevadas y 400 km hasta el mar con palmeras. Cuando vimos la primera nevada, chillamos de alegría. Aunque, en ese momento, no duramos más de 20 minutos, luego nos chasquearon los dientes durante todo el día.

No me arrepiento de haber vivido durante varios años en la casa de nuestros sueños. Fue todo menos aburrido. Hasta el día de hoy, por la noche recuerdo el rugido sordo de las olas y las brillantes estrellas del sur dispersas en el firmamento oscuro. Creo que simplemente nos apresuramos demasiado a cumplir nuestro sueño.

¿Dónde sueñas vivir tú?

Imagen de portada vitalytitov / Depositphotos
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