Genial
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Historia verdadera sobre el hecho de que hay que seguir siendo humano, incluso si todo a tu alrededor se está yendo al infierno

A veces sucede que todo a nuestro alrededor parece confabular para que tengamos un mal día. Todo se nos cae de las manos, las cosas se rompen, el autobús que perseguimos por varios metros se va frente a nuestra nariz... Y es entonces cuando nuestro estado de ánimo y los nervios de punta pueden hacernos olvidar que quienes nos rodean no tienen la culpa de nada. En momentos así es importante recordar que todo es pasajero, tomar un profundo respiro y no descargar nuestro mal humor en las personas que nos crucemos. Porque puede resultar que se trate de alguien que realmente necesita una mano de ayuda o un gesto amable que no nos cuesta nada brindar. Y si lo logramos, tanto nuestro propio estado de ánimo como el mundo en general se volverán un poco mejor.

Genial.guru quiere compartir una historia verdadera sobre este tema, con el permiso de su autora, Olga Savelyeva.

Estábamos esperando en una fila para el registro de un vuelo en el aeropuerto. Ya había pasado una hora y media. El avión saldría pronto, pero no habíamos hecho el check-in y no habíamos despachado las maletas. Hacía muchísimo calor. Había muchísima gente. Había muchos mostradores de registro, pero los pasajeros que llevaban esperando dos horas los tomaban por asalto para recibir su tarjeta de embarque. Era un verdadero colapso. Se estaba haciendo el registro de todos los vuelos a la vez.

Mis hijos y yo también estábamos en esa fila. Había otras tres familias frente a nosotros y la cola no se movía. Habíamos pasado los últimos 40 minutos clavados en el lugar. Y entonces, desde adelante llegó la noticia:

-No tienen suficientes asientos... Se vendieron boletos de más... Están tratando de resolverlo. ¿Cómo puede ser?

Durante más de media hora estuvieron buscando asientos para esos pasajeros, y el resto estaba esperando. La tensión en la fila iba en aumento. La gente estaba sudorosa, cansada, enojada...

Había mala ventilación. El sistema de aire acondicionado parecía estar averiado. La gente agitaba abanicos improvisados, los niños lloraban, las personas estaban paradas muy juntas, había muchas posibilidades de recibir un golpe de calor en una situación así. Finalmente, a los que estaban adelante les entregaron sus tarjetas de embarque.

-Probablemente volarán de pie- bromeó alguien. -Como en un autobús...

La fila se “descongeló”. Una mujer de unos 60 años estaba detrás de nosotros.

Mi hijo más tarde dirá “anciana” sobre ella, y me sorprenderé: “¡Pero tiene 60 años! ¿Cómo que anciana?”. Bueno, ella estaba parada allí y se quejaba, se quejaba, se quejaba.

-¡Indignante! ¡Hace calor! ¡Solo mira esas filas! ¡Qué clase de gente atiende así! ¡Qué vergüenza! ¡Es un horror!

Me resultaba físicamente difícil escuchar todo eso, porque quejarse solo agregaba un grado de irritación, pero no cambiaba nada. Bueno, tal vez a esa mujer se le hacía más fácil soportar la situación, arrojando todo eso sobre nosotros. Mi hija comenzó a lloriquear: “Hace calooor”. Terminamos toda el agua, ya se hacía imposible seguir de pie. Y por fin solo quedaba una pareja frente a nosotros. Faltaba muy poquito.

De repente, una mujer embarazada con un niño de 5 años se abrió camino hacia el mostrador.

-Disculpa, ¿no nos dejarías pasar? Es muy difícil para mí seguir de pie con este calor...

Y luego tuvo lugar el siguiente diálogo entre la embarazada (E) y... llamémosla “anciana” (A).

-Es difícil para todos aquí- dijo A. -¡La gente lleva una hora parada con niños!

-Pero estoy embarazada- dijo E tímidamente.

-El embarazo no es una enfermedad- respondió A tajantemente.

-Sí, pero hace mucho calor, tengo miedo de desmayarme...- dijo E.

-No trates de hacer que te tenga lástima. Soy una anciana y no lloriqueo...

-¡Por Dios, pasa delante de nosotros!- le dije a la mujer embarazada, y sentí cómo la anciana me quemaba con la mirada. Porque al final resultó que E de todos modos pasaría delante de A y ella se sintió ofendida.

-¡Mira qué amable!- se enojó A conmigo, y sentí físicamente la negatividad que emanaba hacia mí.

Mira, yo también tenía mucho calor. Hasta las náuseas. Mi hija estaba lloriqueando en mis brazos. Yo misma estaba con los ojos llenos de lágrimas, porque la oreja de mi hija la estaba molestando (tiene un audífono electrónico, un implante coclear) y yo no entendía por qué. Y ya se había apagado tres veces (el audífono), nos quedaba una semana por delante lejos de casa, y yo no sabía cómo solucionar ese problema. Ya había llorado tres veces a causa de eso, a escondidas de los niños, para aliviar el miedo. Para ser honesta, se sentía como si simplemente fuera uno de esos días terribles en los que todo te sale mal. Pero incluso en el día más terrible, hay que encontrar la fuerza para seguir siendo una persona decente.

La mujer embarazada me dio las gracias y se acercó al mostrador.

-Ni siquiera tenemos maletas que despachar. ¡Será rápido!

Y luego resultó que su avión estaba lleno y quedaban solo 2 asientos, pero estaban en diferentes extremos del avión: ella tenía la fila 37 y su hijo la 25. Y el niño tenía 4 años. Bueno, tal vez 5. ¿Cómo viajar por separado y tan lejos el uno del otro?

-Oh- la mujer embarazada estaba asustada. -¿Cómo es eso? No puede viajar solo.

-Bueno, ¿qué puedo hacer si los demás asientos están ocupados?

La recepcionista llamó irritada a algún lugar, pero no atendieron el teléfono. Preguntó a sus colegas, pero ellos solo se encogieron de hombros. Pulsaba el teclado, intentaba hacer algo. Todo el mundo estaba esperando.

-Oye, samaritana- siseó la anciana detrás de mí. -¡Ahora espera! Y todos esperaremos también, gracias a que eres una persona tan amable. ¿Estás satisfecha?

Estaba a punto de empezar a llorar de nuevo. Por todo. Por el calor. Por la concentración de irritación general. Por la forma en que el sudor corría por la cara de mi hija (tal vez el audífono se estaba rompiendo por la humedad). Por el estrés. Por el cansancio.

Entonces la recepcionista se fue a algún lugar para solucionar el problema, nuestra fila quedó huérfana y comenzó a zumbar de nuevo, furiosa e indignada. Y todo era mi culpa: había dejado pasar a esa mujer embarazada.

-¡Y tal vez yo tenga una discapacidad! De hecho, sí, soy una persona con discapacidad, ¡simplemente no voy a ver a los médicos!- se indignaba A en voz alta. -Tal vez soy una madre heroína de muchos hijos, solo que los niños han crecido, ¿tú qué sabes? ¡Puede que yo también esté por perder el conocimiento! ¿Entonces qué? ¡Dejemos pasar a todos, entonces!

¡Ahhhhhhhhhh! Teníamos un vuelo en una hora, probablemente deberíamos acelerar las cosas de alguna manera, apresurarnos con los niños y las maletas a otro mostrador, pero no, había un colapso en todas partes. Y yo estaba en una especie de entumecimiento; no podía hacer nada, todas mis fuerzas estaban puestas en no echarme a llorar en ese mismo momento.

-¿Qué hago?- casi llorando, preguntó la embarazada con culpa.

-Yo tomaría los lugares que están disponibles y lo solucionaría de alguna manera ya en la cabina- le aconsejé.

Porque ¿qué otra opción le quedaba?

Finalmente, la recepcionista regresó con tarjetas de embarque para la embarazada y el niño. Para asientos lindantes. No sé cómo lo hizo. La embarazada se volvió hacia mí y me dijo:

-Discúlpeme.

-¡Vamos! ¿Qué culpa tienes tú?

Le entregué los documentos a la mujer del mostrador. Podía ver lo cansada y lo agotada que estaba por el calor y el descontento general.

-¡Esto es un caos! ¡Un verdadero caos! Escribiré quejas en todas partes, ¡en todas partes! ¡Sobre todo el mundo!- se quejaba la anciana madre heroína (aunque eso no era seguro), la persona con discapacidad sin discapacidad (lo que tampoco era seguro).

Mis ojos se encontraron con los de la recepcionista.

-Quiero darte ánimos, pero no sé cómo- dije.

-Bueno, no estás enojada conmigo, eso ya de por sí es un regalo- sonrió ella con dificultad. -¿Tienes equipaje?

Tenía equipaje. Lo despaché en un minuto. Llegamos a tomar el vuelo.

-Te deseo tener la fuerza suficiente para soportar este día- le dije a la recepcionista antes de irme, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Porque ella no tenía la culpa de nada, estaba tratando de ayudar a todos, y cientos de personas estaban tirándole dardos de ira e irritación.

Y es injusto... Realmente quiero decir el nombre de la aerolínea, pero no lo haré. Me parece que todas sufren esos colapsos de vez en cuando. Y este texto no es sobre los aviones o las aerolíneas, sino sobre las personas. No quiero armar un escándalo, no quiero hacer un revuelo. Solo quiero transmitir una idea: cuando tomes carrera para despegar, trata de no pisotear a quienes accidentalmente tropezaron cerca de ti.

¿Alguna vez estuviste en una situación difícil, estando de mal humor o sintiéndote mal, y teniendo que ayudar a alguien? ¿Qué hiciste entonces?

Imagen de portada Olga Savelyeva / Yandex
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