Genial
NuevoPopular
Inspiración
Creación
Admiración

Por qué las hijas suelen creer que no las amaron lo suficiente y cómo se sienten al respecto en la adultez

“Una madre no ama a su hija”, esa frase suena mal, ¿verdad? Parece que tal situación solo puede ocurrir en una familia disfuncional, donde los padres apenas pueden llegar a fin de mes y resuelven sus problemas con alcohol. Tuve una muy buena infancia: una familia completa, una buena escuela y no consumí ni un gramo de alcohol hasta los 18 años. Pero, al mismo tiempo, estaba segura de algo: mi madre no me amaba. Y nosotras, las personas más cercanas, parecíamos estar insoportablemente distantes. Quería sentirme hermosa, pero ella decía: “Eso no te queda bien”. Hacía lo mejor que podía, y mamá siempre respondía: “Puedes hacerlo mejor”.

Hoy quiero compartir mi historia de la infancia con los lectores de Genial.guru, para demostrar cómo los niños interpretan las acciones típicas de los adultos y cómo uno puede pensar que no lo aman lo suficiente hasta llegar a sentirse en soledad.

“Primero, haz los deberes. Luego pasearás”

Mamá decía: “Me preocupo por tu futuro”.

Y, en ese momento, yo solo quería disfrutar del presente. Mamá soñaba con que su hija se convirtiera en economista, así que, mientras mis amigos jugaban en la calle o miraban televisión, yo estaba sentada a la mesa en compañía de un grueso libro de matemáticas. Era difícil concentrarse en resolver ecuaciones: afuera, los niños jugaban a atraparse los unos a los otros, y en la tele estaban pasando mis programas favoritos. Traté de explicar que los números no eran lo mío, pero no me escucharon. Al terminar la escuela empecé a estudiar para ser traductora.

“¿Quién se casará contigo?”

Mamá decía: “Tienes que cuidar de tu apariencia”.

Siempre la escuché hablar sobre mis defectos. Dientes torcidos (“¡No abras tanto la boca al sonreír!”), exceso de grasa en mis piernas (“¡A tu edad! ¿No te da vergüenza?”), mala postura (“¡Endereza la espalda!”), y más. Cuando crecí me tomó mucho tiempo entender que las personas que me decían cumplidos no necesariamente mentían o se burlaban de mí. Me casé con el primer hombre que me prestó atención. En ese momento, el matrimonio me pareció un éxito. Obvio, conocí a un sujeto que no veía mis defectos y que a veces decía: “Eres hermosa”.

“Cuando tengas tu propia hija, lo entenderás”

Mamá decía: “Eres poco sociable”.

Envidiaba a mis amigas que podían hablar honestamente con sus madres. Podían dialogar sobre una calificación injusta, un chico que les gustaba, o cualquier cosa. El deseo de iniciar una conversación sobre temas francos siempre competía en mí con un agudo sentido de la vergüenza mezclado con un grito de ayuda. Soñaba con que un día mi madre diera el primer paso y nos transformáramos no solo en madre e hija, sino también en amigas. Pero eso no sucedió.

“Te meterás en problemas si tienes mala compañía”

Mamá decía: “Si algo te sucede, moriré”.

Rara vez me dejaba salir con amigos. El mundo está lleno de peligros, y mi madre creía que atraer problemas era mi especialidad. En su boca, la frase “te meterás en problemas si tienes mala compañía” no sonaba como una historia de terror, sino como un hecho inalienable. Para que todo eso no cayera sobre mis hombros, mi madre me acompañaba a la escuela, que estaba a 15 minutos de casa. Mis compañeros de clase se reían, y eso aumentaba aún más mi vergüenza. Todavía recuerdo el pulso en mis sienes, el deseo agudo de dejar mi propio cuerpo y estar en cualquier lugar, excepto ahí.

“¿Por qué otra vez no conseguiste una calificación excelente?”

Mamá decía: “Quiero que tengas todo lo que yo no tuve”.

Mamá siempre tuvo notas excelentes en la escuela secundaria, y yo a veces no tenía las mejores calificaciones. Ella no entendía por qué no podía tener éxito en lo que a ella solía irle bien. Durante 7 años asistí a una escuela de música porque, en la infancia, mi madre había querido tocar el piano y sus padres no habían tenido los medios para comprarle el instrumento. Le pedí que me inscribiera en la sección de baile, pero ella aseguró que no era lo mío.

“Eres una chica”

Mamá decía: “Estoy cuidándote”.

Nunca me he sentido tan indefensa como en la infancia. Si perdía algo, alguien me ofendía, o me lastimaba las rodillas (o el corazón), lo último que hacía era contarle a mi madre. Tenía que mantener todo en secreto, lidiar con eso yo misma y, en ningún caso, involucrarla a ella. Soñaba con su apoyo, pero sus palabras siempre empeoraban las cosas. Quería escuchar “Todo estará bien”, y ella decía: “Tú tienes la culpa de todo”.

Crecí, y todas las frases de mi madre se convirtieron en un recuerdo. Estoy segura de que ella quería lo mejor para mí, pero no entendía cómo transmitirle eso a su hija.

Lo único que quiero en este momento es que mi madre descubra cómo vi todo desde mi lado. Dejar que mi dolor de chica y mis dudas de aquel entonces sobre el amor maternal sigan siendo un secreto para ella, una historia que escuchó en alguna parte, pero que nunca enfrentó. Que sea una excelente madre en sus ojos, y yo, una niña caprichosa que siempre estuvo rodeada de cuidado, amor y calidez.

Pasaron los años, y tengo mi propia hija. Hoy, ella fue por primera vez a una fiesta de estudiantes. Son las 3 de la mañana, y no puedo dormir. ¿Y si se junta con malas personas? Si algo le sucede, moriré...

Y entonces recordé las palabras de mi madre: “Cuando tengas tu propia hija, lo entenderás”.

Ahora entiendo, mamá. Entiendo todo.

¿Cómo fue tu relación con tu madre? ¿La repensaste después de convertirte en adulto? Cuéntanos en la sección de comentarios.