12 Hechos sobre los bailes de gala que podrían dejar en estupor incluso a los fanáticos de las novelas históricas

Los bailes han sido un pasatiempo popular en siglos pasados. Literalmente todo el mundo bailaba: desde los representantes de la alta sociedad hasta las personas de los estratos más bajos. La preparación de este evento requería mucho esfuerzo por parte tanto de los organizadores como de los invitados. Y el asunto no se limitaba a decorar un salón y enviar invitaciones. Aun así, algunos celebraban fastuosas fiestas varias veces al año.

En Genial.guru decidimos averiguar cuán difícil era organizar un baile en el siglo XIX.

1. Había que preparar la casa

Prepararse para el baile no era fácil. La organización generalmente la manejaba la anfitriona de la casa. Si la vivienda no contaba con un salón adecuado, se podía alquilar un espacio en otro edificio. No todas las mansiones tenían salones de baile especiales. Por lo tanto, se elegía la habitación más grande, que se liberaba de los muebles innecesarios.

Las paredes estaban cubiertas con telas y la habitación estaba decorada con plantas y flores. Si había cortinas oscuras en las ventanas, debían reemplazarse por otras claras. El amarillo pálido se consideraba el tono ideal para decorar un salón de baile. A veces no había suficientes sillas en la casa para que los invitados se sentaran y se relajaran entre los bailes. Así que había que alquilar muebles.

2. Se prestaba especial atención al suelo

En los hogares británicos, los pisos de madera generalmente se cubrían con alfombras. Antes del baile, se enrollaban y se frotaban las tablas con cera de abejas. Era un verdadero arte: por un lado, la superficie tenía que brillar como un espejo; por otro lado, el piso se podía volver resbaladizo, lo que podía llevar a consecuencias desagradables. Además, la cera manchaba los zapatos.

A principios del siglo XIX, los zapatos de salón para damas y caballeros estaban forrados con suelas planas de cuero. Para no resbalarse mientras realizaban pasos difíciles, los invitados se frotaban los zapatos con tiza. Pronto, este hallazgo fue adoptado por las anfitrionas y comenzaron a rociar los pisos con esta sustancia. Y para ocasiones especiales, incluso contrataban a una persona especial que debía pintar el salón de baile con crayones. Los patrones no solo deleitaban la vista, sino que también ocultaban todos los defectos de la madera.

3. Había que cuidar bien a los invitados

Además del salón de baile, se debían asignar salas separadas que sirvieran como vestuarios para hombres y mujeres. Allí los invitados dejaban su ropa exterior. Además, en la habitación destinada a las mujeres, solían estar de servicio dos sirvientas que cosían los atuendos rotos, corregían los peinados y ayudaban con otros posibles problemas. Se trataba de colocar esta habitación en la planta baja, para que las damas no tuvieran que subir y bajar las escaleras.

También era necesario elegir una habitación para las necesidades más delicadas. En la primera mitad del siglo XIX, no todas las casas estaban equipadas con un sistema de alcantarillado, por lo que en una habitación adecuada se dejaban los orinales, una botella de agua y una criada que ayudaba a las damas a hacer frente a este proceso sin perjudicar sus trajes. Los contenedores también se colocaban en otras áreas estratégicas de la casa, como detrás de las mamparas y en los rincones oscuros. Si la necesidad tomaba por sorpresa al invitado durante la comida, podía levantarse de la mesa y esconderse detrás de las cortinas. Y algunas señoritas llegaban al baile con su propia bacinica, que llevaban en sus bolsas.

4. Los bailes de gala eran muy costosos

Todas las salas del baile tenían que estar bien iluminadas. Antes de la llegada de las lámparas de gas, se usaban velas, pero no unas comunes, sino unas hechas de cera de abejas. Costaban mucho dinero: más que la comida y la bebida preparada para la celebración. Si las velas se instalaban incorrectamente en los candelabros, comenzaban a gotear y los invitados se quemaban con cera. Cientos de velas funcionaban como varias bombillas de 25 vatios. Por lo tanto, los candelabros de pared se decoraban con colgantes de cristal y se colgaban espejos detrás de ellos. De lo contrario, las habitaciones parecían lúgubres. Y la llama de las velas quemaba sin piedad el oxígeno, liberaba dióxido de carbono y, sin la ventilación adecuada, los invitados comenzaban a sentirse mal.

La anfitriona del baile tenía que contratar una orquesta. Por lo general, un grupo de cuatro músicos era suficiente. Invitaban a un pianista, un violinista, un violonchelista y un trompetista. Si los bailes iban acompañados de un piano, se debía contratar a un músico profesional. De lo contrario, un invitado no muy talentoso podía terminar usando el instrumento, lo que podría conducir a un desastre.

5. La comida se servía sobre hielo

La comida y las bebidas también eran una parte importante de la velada. Se podían encargar a una empresa de catering especial, pero este placer no era barato. Por eso, los platos se preparaban habitualmente en la casa. Aquí era importante evitar una abundancia vulgar. Todos los platos se dividían en bocadillos y en los que se servían para la cena. Como entrada, se les ofrecían a los invitados dulces: wafles y golosinas. Todo se colocaba en una habitación separada. No se podía entrar al salón de baile con comida o bebida en la mano.

La cena se servía en una habitación separada. A los invitados se les ofrecían bocadillos de carne, gelatina, aves y, a veces, sopa. Toda la comida se cortaba previamente. Los platos que debían mantenerse fríos siempre se colocaban sobre hielo. De lo contrario, en una habitación caliente, la comida podía estropearse irremediablemente.

6. Prepararse para un baile requería mucho papeleo

Por lo general, se invitaba al baile a alrededor de 1/3 más de personas de las que cabían en la sala, porque algunas rechazaban la invitación. Una multitud de personas podía convertirse en un verdadero desastre para la anfitriona. Las invitaciones se enviaban 3 semanas antes del evento. Si la anfitriona quería ver a una familia numerosa, entonces hacía tarjetas separadas para el marido y la esposa, las hijas y los hijos. Todas se colocaban en un solo sobre. El invitado debía responder a más tardar 3 días después de recibir la carta.

Era necesario elaborar un programa de baile por adelantado con una lista de todos los bailes e imprimirlo en hojas. Por lo general, eso se hacía en forma de folletos: de un lado había bailes numerados; del otro, números y un espacio vacío donde los invitados podían ingresar a sus acompañantes. Se adjuntaba un lápiz a la invitación. Algunas anfitrionas inventivas hacían programas en forma de abanicos de papel.

7. Los abanicos no solo servían para luchar contra el calor

El abanico era un detalle importante del vestido de salón de cada jovencita. Debido a la cantidad de velas y a la multitud de personas, el ambiente rápidamente se volvía caluroso y sofocante. Así que este accesorio era imprescindible. No solo salvaba a las jóvenes de desmayarse, sino que también las ayudaba a comunicarse con los pretendientes. En el siglo XIX, las mujeres no podían expresar abiertamente sus sentimientos, especialmente en presencia de otros miembros de la sociedad. Por lo tanto, usaban un lenguaje secreto.

Si la joven sostenía el abanico en su mano izquierda y lo agitaba débilmente, significaba que quería conocer al caballero al que apuntaba el accesorio. Cuando el objeto era presionado contra la frente, era una señal de que alguien estaba mirando a la pareja. Para expresar disgusto y odio por el interlocutor, la dama sostenía un abanico cerrado con la mano apretada. Si se abanicaba lentamente con la mano derecha y con el abanico abierto, significaba que la mujer estaba casada.

8. La dueña de la casa tenía que quedarse de pie en la puerta durante horas

La anfitriona se veía obligada a saludar a todos los invitados que ingresaran al baile. Por lo tanto, necesitaba estar cerca de la puerta hasta la cena o hasta que hubieran llegado todos los concurrentes. Por lo general, esto no era complicado. Las dificultades surgían solo si en la puerta aparecía un caballero desconocido para la dama, que había sido invitado por su esposo o por uno de sus hijos. La anfitriona no podía dirigirse a tal huésped sin una presentación adecuada. Por lo tanto, el esposo o los hijos siempre tenían que quedarse cerca de ella. Pero a las hijas se les permitía disfrutar de la diversión en el salón de baile.

9. A todas las damas se les asignaban números

Una de las figuras más significativas de la celebración era el maestro de baile. Era él quien supervisaba el cumplimiento de las reglas durante los bailes, anunciaba la cena y era responsable de todo tipo de cuestiones organizativas. Antes del inicio del baile, el maestro recibía a los invitados en la puerta del salón y entregaba tarjetas con números a todas las damas. La joven tenía que sujetar con alfileres o atar el trozo de papel en un lugar visible. El número indicaba qué lugar debía tomar la pareja mientras realizaba el baile.

Las chicas usaban el número durante todo el baile, porque sin él no podrían bailar. Si alguien perdía el trozo de papel, tenía que ponerse en contacto con el maestro para que lo reemplazara. Antes del inicio del baile, las parejas salían en círculo por turnos, cuando se anunciaban sus números. Si alguien dejaba pasar su turno o llegaba tarde, luego tenía que ocupar los últimos lugares.

10. Los guantes eran un artículo imprescindible del atuendo

En el siglo XIX, los guantes eran imprescindibles en el atuendo femenino. Por lo general, se elegían guantes de un tamaño pequeño para que se ajustaran bien a la mano, enfatizando su fragilidad y gracia. La longitud de los guantes variaba según la moda.

Una dama no podía aparecer en un baile con las manos desnudas: era el colmo de la indecencia. Se suponía que los guantes debían ser de color blanco o rosa pálido. Además, este artículo se consideraba muy íntimo. Por lo tanto, la reina Victoria se sintió extremadamente avergonzada cuando tuvo que prestarle los guantes a su hermana. Con la ayuda de este accesorio, la dama podía transmitir señales secretas a un caballero. Para confesar su amor al elegido, la joven tenía que dejar caer ambos guantes.

11. Un simple paseo por un salón de baile era un asunto complicado

La etiqueta del salón de baile era bastante estricta. Y no solo para las damas, que no podían dar ni un paso sin estar acompañadas de otra mujer. En tales condiciones, incluso un paseo por el salón de baile o una visita al baño se convertía en una verdadera prueba.

Los hombres también se veían agobiados por muchas reglas. Un caballero cansado después de bailar no podía sentarse en una silla si estaba ubicada al lado de una dama desconocida. Y lo más importante, no debía quedarse mucho tiempo en el baile. De lo contrario, se rumorearía que era poco popular y que rara vez era invitado a este tipo de eventos.

Los hombres tenían más responsabilidades cuando el baile era organizado por sus esposas, madres o parientes cercanos. En este caso, el caballero tenía que asegurarse de que todas las señoritas tuvieran pareja de baile. Y si no había gente dispuesta a bailar con alguien, el pobre tenía que hacerlo él mismo. Así que todas las matronas feas y ancianas terminaban bailando con él.

12. Un peinado podía decir casi todo sobre una mujer

Preparándose para el baile, las damas prestaban mucha atención no solo a los atuendos, sino también a los peinados. Para darle volumen al cabello, se lo decoraban con “ratas”. Este era el nombre de los mechones que las criadas recogían del peine de la joven y convertían en extensiones caseras. Las “ratas” coincidían en color con los otros cabellos y, por lo tanto, no se destacaban del resto del pelo. Se aplicaba un polvo brillante al cabello. Estaba hecho de pan de oro o plata triturado. Solo las damas ricas podían permitirse tales mezclas. También había contrapartes baratas, pero hacían que el peinado se viera desordenado y que los mechones lucieran sucios.

Se prestaba especial atención a los accesorios. Las damas usaban flores naturales y artificiales, cintas y joyas en su cabello. Además, por la complejidad del peinado, era fácil distinguir a una dama casada de una joven en edad de casarse. La primera podía permitirse diseños más complejos, profusamente adornados con joyas y plumas. Las jóvenes doncellas se distinguían por la modestia. Solo debían usar flores.

¿Qué crees que es más difícil de organizar: una boda moderna o un baile victoriano?

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