Vaya chasco!! Ósea por qué?? Así no más??
10 Actos de bondad que animan a seguir adelante incluso cuando la vida se pone cuesta arriba

Cuando miramos a nuestro alrededor y todo parece lucir como un laberinto oscuro y sin salidas, un pequeño acto, un solo gesto puede llegar para cambiarlo todo y hacer aparecer un puntito de luz al que aferrarnos. Y es que, aunque a veces nos sintamos completamente solos, hay muchas personas dispuestas a hacer de este mundo uno mejor desplegando toda su bondad.

Eso hombre fallece y no le deja nada a la que le agunató la vida entera?? Noooo
- Mi tío falleció y en su testamento, decidió no dejarle nada a su mujer de toda la vida, María. Todos sus hijos y mis hermanos se lavaron las manos y pasaron de ella, pero yo no pude ni quise dejarla en la calle, así que me la llevé a mi piso de un barrio de las afueras de Madrid. Aguante carros y carretas: “Te vas a arrepentir de lo que estás haciendo. Te va a arruinar la vida”. Un par de años más tarde, María murió y bajo su cama encontré una caja de zapatos que tenía escrito mi nombre.
Dentro encontré escrituras de 3 propiedades de las que nunca habló en 14 años. Me lo dejó todo a mí junto con una carta que decía: “Gracias por abrirme la puerta de tu casa cuando todos me dieron la espalda. Podría haber vivido sola con mi dinero, pero quise pasar mis últimos años contigo porque me demostraste ser una excelente persona. Nunca pierdas ese corazón de oro”. Mis hermanos y mis primos se quedaron de piedra en el notario. Trataron de replicar, pero ya no había nada que hacer; ella solo quiso premiar de algún modo a quien estuvo para ella sin esperar nada a cambio. - A los 19 años era madre soltera. Para mí, ir a hacer la compra al super era un completo suplicio, porque no podía comprar lo que quería, sino lo que podía. Un día estaba contando los centimillos para comprar las toallitas y los pañales de mi bebé, cuando una señora que se percató de mi cara de agobio me dijo: “Espera un segundo, niña, vamos a hacer un poco de magia”. Y dicho y hecho, sacó su móvil del bolso y empezó a combinar ofertas y cupones de la app como si no hubiera un mañana. Al llegar a la caja, el precio había bajado más de la mitad. Ella me guiñó un ojo y se fue diciendo: “Hoy por ti, mañana por mí, reina”.
- Llevaba dos años en el paro, se me iba a acabar la prestación de desempleo y esa misma tarde tenía la entrevista que podría salvar a mi familia del desahucio. Fui a la barbería de mi barrio con el alma por los pies, unas ojeras de mapache y con el pelo hecho una maraña. Me quedaba el dinero justo para el bus de regreso, así que cuando saqué la cartera para pagar al barbero, las manos me temblaban.
Él me puso la mano en el hombro y, mirándome fijamente, me dijo: "Guárdate eso. Hoy invito yo. Me has recordado a mi hijo cuando empezaba. Pero con una condición, ¿va?: cuando firmes ese contrato, vienes y me invitas a un café". Me hizo sentir por primera vez en meses que merecía una oportunidad y, por suerte, pude invitarle a ese café un mes después. - Hace unos meses, me quedé tirada en una gasolinera de la autovía en mitad de la nada. Volvía a casa desde un hospital de Málaga y acababan de darme una terrible noticia sobre la salud de mi madre. La tarjeta no funcionaba, mi móvil se había quedado sin batería y estaba sola, así que me puse a llorar como una descosida apoyada en el volante.
Un camionero que había parado a descansar me vio y se acercó con un café caliente, un paquete de Kleenex y, sin decirme nada, llenó mi depósito pagando con su propia tarjeta. No sabía qué decirle. Traté de agradecerle, pero él solo me sonrió y, alejándose, me dijo: "Todo mejorará".

Ay Don Paco, que alma tan noble y tan incomprendida
- Trabajo en una residencia de ancianos desde hace años y Don Paco era considerado como el “cascarrabias” de mi planta por todos mis compañeros. Todos le evitaban, casi nadie venía a verle y solía estar de mal humor, pero a mí me parecía un hombre entrañable, así que le cogí mucho cariño. Solía sentarme a escuchar sus batallitas, le llevaba alguna chocolatina a escondidas y, cuando me tocaba el turno de noche, siempre iba a darle las buenas noches y a dejarle su vasito de agua.
Cuando partió, me sentí sumamente triste, pero de pronto una enfermera apareció con una bolsa de deporte que había encontrado en su armario y que tenía mi nombre y apellidos. Dentro había decenas de envoltorios de caramelos perfectamente doblados y en cada uno de ellos, Paco me había dejado una frase de ánimo: “Hoy brillas más”, “No dejes que te pisen”, “Eres valiente”.
Esos papelitos son hoy mi tesoro más valioso. - Iba a una audición en el conservatorio de Barcelona y empezó a diluviar. Llevaba conmigo mi violín, el único recuerdo que me quedaba de mi abuelo, y estaba empezando a mojarse. Traté de taparlo mientras yo me empapaba, pero mis intentos no estaban sirviendo de mucho. Estaba completamente desesperada.
Pasó un hombre con un paraguas y se detuvo al verme. No dijo nada. Solo se quitó la gabardina, envolvió mi violín con ella y me dio el paraguas. Quise devolvérselo, pero negó con la cabeza y me dijo: “Se ve que es muy importante para ti. Yo me seco en cuanto llegue a casa”.

Ay no, que horror. Lo bueno que ella se dio cuenta y ese tipo que mala onda
- Entré en una cafetería tratando de escapar de una cita que se había convertido en una pesadilla. El tipo no dejaba de agobiarme y yo ya no sabía cómo darle esquinazo sin que se pusiera farruco. La camarera, una chica joven con mirada atenta, se acercó a mí con la cuenta y me puso un papelito de estrangis debajo del ticket: “Si necesitas que llamemos a alguien, finge que algo te ha sentado mal y te espero en el almacén”.
Hice lo que me dijo. La chica me sacó por la puerta de atrás; me había pedido un taxi y no se separó de mí hasta que el coche arrancó. No la conocía de nada, pero se convirtió en mi ángel de la guarda.
Se llama Laura. Días después fui a la misma cafetería para darle las gracias. Ahora tengo una amiga increíble. - Me subí a la línea 6 del metro de Madrid, me senté y saqué los apuntes de la oposición a la que iba a presentarme en unos minutos. Estaba a punto de llorar. Llevaba dos años hincando los codos sin descanso, me lo estaba jugando todo y, con los nervios, me había dejado los bolis y el DNI en casa. Me quedé mirando el reloj, susurrando “me tenía que dejar los bolis y el DNI”, pero era imposible, no me daba tiempo a volver a casa y llegar al examen.
Enfrente de mí, iba sentada una mujer de unos sesenta años que se percató de mi cara de pánico. Sin decir ni mu, abrió el maletín que llevaba, sacó un estuche, me dio dos bolis y me puso su móvil en la mano: “Llama a alguien que te traiga el carné a la puerta de la facultad; yo me bajo contigo y espero para que me devuelvas el teléfono”. Se bajó conmigo, esperó y, cuando me trajeron el DNI, me dio un abrazo de esos de abuela que te quitan el miedo de golpe. “Ve a por esa plaza, que ya es tuya”. Aprobé, y todavía guardo esos bolis como si fueran de oro.
- Tras el divorcio, llevaba seis meses viviendo solo y llegó la Navidad. Estaba en la cocina hecho una piltrafa, tratando de hacerme un pincho de tortilla para cenar algo y de repente, sonó el timbre.
Era mi vecino del 3.º B, un hombre con el que apenas habría cruzado un par de frases en el ascensor. Me puso una bandeja con polvorones y turrones y me soltó: “En esta escalera no cena nadie solo hoy, chaval. Mi mujer dice que te bajes, que hemos puesto un cubierto de más por si acaso”. Casi ni me conocía, pero me invitó a su casa con su familia a cenar. - Iba a ir a mi primera cita después de mucho tiempo y estaba hecho un flan. Me puse a repasar en voz alta lo que iba a decir frente al espejo de mi portal y a punto de regresarme a mi piso por el miedo a hacer el ridículo.
Un vecino mayor, de los que van impecables, me observaba desde una esquina. Se me acercó, me colocó bien el cuello de la camisa y me comentó: “Hijo, no ensayes tanto, que las mejores historias se escriben solas”. Me abrió la puerta como si fuera mi propio abuelo y me dio el empujón que me faltaba.
¿Qué acto de bondad han hecho por ti que cambió el rumbo de tu vida? ¿Qué has hecho tú por ayudar a otra persona?
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Comentarios
Me quedé sin trabajo, no tenía para pagar el alquiler y casi ni para comer. Mi casera me dijo que no pasaba nada, que hasta que no encontase un trabajo no le pagase. Gracias a ella no me quedé en la calle
La historia del hombre que no le dejé nada a la mujer me dejó así =O ¡Qué gente malvada!
Don Paco 🤘🏻🤘🏻
Me encanta saber que hay gente de buen corazón. Es genial ☺️
Pues qué bien que hay gente te decente
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