Un Colacao y una buena charla pueden arreglar muchas cosas ❤️
10 Veces que un pequeño acto de bondad logró silenciar a un mundo injusto

El mundo puede parecer en ocasiones un lugar hostil e injusto; sin embargo, los actos de bondad siguen existiendo y parecen dispuestos a cambiarlo todo. En este artículo se exponen historias en las que queda claro que la amabilidad, la paciencia, la generosidad y el cuidado del otro siguen estando a la orden del día. Cada uno de estos actos es un ejemplo de que un pequeño movimiento bienintencionado puede ser capaz de cambiar todo a su alrededor.
- Don Manolo, el vecino del segundo, siempre me estaba pidiendo que le leyera el periódico porque, según él, “no quería gastar en comprarse unas gafas nuevas”. Todos en el barrio le llamaban pesetero, pero yo prefería dedicarle esos diez minutos cada día mientras merendábamos juntos unas galletas María con un ColaCao.
Cuando falleció, me dejó una nota junto con sus gafas, que decía. “Gracias por ser mis ojos y prestarme los tuyos, cuando los míos se cansaron de ver injusticias”. Me dejó también un sobre en el que estaban todos los ahorros de su vida, con un papel en el que se podía leer: “Para que estudies la carrera con la que tanto sueñas”. Resultó que Manolo no era tacaño, solo estuvo ahorrando para la única persona que no le había pedido nada. - El hijo de mis vecinos no paraba de lanzar su balón de fútbol a mi jardín. Cada día. Todos los días. Yo solo se la devolvía sin decir ni media.
Una mañana, antes de ir a trabajar, encontré una nota pegada en la puerta de mi casa: “Gracias por no gritarle a mi hijo. Su padre nos acaba de abandonar y ahora el fútbol es lo único que tiene.” Esa misma tarde corrí a una tienda de deporte y le compré una portería.
A veces, las personas que parecen más difíciles o molestas son las que libran las batallas más grandes.

Qué bonita la historia de este chico ❤️
- Todas las mañanas, en uno de los pasillos del metro de mi ciudad, un chaval tocaba el violín de pena. Desafinaba y se equivocaba tanto en las notas que la gente le miraba con mala cara o aceleraba el paso para no escucharle. Yo, que paso por ahí a diario, empecé a echarle un par de eurillos cada vez y a decirle: “¡Ánimo tío, hoy suena mejor!”.
Ayer el pasillo estaba en silencio, pero en el lugar en el que solía estar el chico había una funda de violín con una nota: “Soy profesor de conservatorio. El chico es mi hijo; perdió la audición hace un año y solo quería sentir las vibraciones de las cuerdas otra vez. Gracias por ser el único que no lo juzgó por el ruido, sino que escuchó sus ganas de vivir”. Me quedé de piedra y me sentí feliz de haber podido ayudar en algo. - Durante meses he estado viendo a una mujer mayor en la biblioteca que siempre estaba pidiendo ayuda para encender el ordenador. Todos mis compañeros pasaban de ella porque decían que era una pesada y que no aprendía. Yo me detenía a ayudarla, aunque tuviera mucho lío, y le explicaba los mismos pasos una y otra vez con una sonrisa.
Hoy ha venido un hombre joven a buscar sus cosas. Me ha dado una tarjeta de agradecimiento, unas entradas para la ópera y me ha dicho: “Mi madre tiene principio de demencia. Venir aquí todos los días a que la enseñaras era su forma de sentir que seguía perteneciendo al mundo moderno. Gracias”. Hoy estoy súper segura de que unos minutos de tu tiempo pueden ser un mundo entero para otra persona.

Las apariencias engañan, ya lo dice el dicho
- En mi clase de la facultad siempre estaba Paula, una chica que llegaba a la uni en un cochazo y que siempre vestía ropa de marca. Se convirtió en el blanco de todas las críticas porque “de seguro le dan todo hecho”. Un día antes de un importante examen final, me encontró súper agobiado en la cafetería porque mi portátil había muerto y me había quedado sin apuntes. Ella me prestó el suyo: “Toma, yo ya me lo sé de sobra”.
Aprobé con buena nota, pero ella ni siquiera se presentó al examen. Cuando fui a su casa para devolverle el ordenador, me quedé helado. Resulta que no era su casa, sino la de una señora mayor para la que trabajaba cuidándola como interna. El coche era de la señora y la ropa de segunda mano. Paula no se había presentado al examen porque la señora se había puesto mala y no quiso dejarla sola. No era una niña mimada, era una buena tía con buenos valores que sacrificaba su carrera por no dejar tirada a quien la necesitaba. Ahora trabajamos juntos; yo le pagué los libros del año siguiente y ella es la mejor socia que podría tener. - Me acababa de mudar a un edificio de pisos en el centro de la ciudad y mi vecino de enfrente, un chavalito con el pelo azul, piercings y la música a todo trapo, me tenía frito. Nunca ayudaba a sostener la puerta, no saludaba y siempre parecía ir a lo suyo. Un sábado por la mañana, se me rompió una tubería y el agua empezó a inundar incluso mi salón. Entré en pánico, no sabía qué hacer, ni dónde encontrar la llave de paso.
Escuché el timbre. Era el del pelo azul con una caja de herramientas en la mano y descalzo. Se metió debajo del fregadero sin decir ni media palabra, se puso perdido de agua sucia y arregló el estropicio en diez minutos. Cuando acabó, le ofrecí dinero o invitarle a cenar, pero se negó en redondo: “No hace falta, mi abuelo era fontanero y me enseñó que a los vecinos se les cuida”. Resultó que el tío era súper tímido y se ponía los cascos para no molestar a nadie.

La señora una pena, pero si sabe para que se sube a un avion
Menos mal qe iba en ese avion
Pobre señora que angustia debió de pasar hasta que llegó el muchacho
- Estaba en un vuelo de Madrid a México de 11 horas. A mi lado iba sentado un tipo joven con unos cascos casi más grandes que su cabeza y una actitud de “mejor no me hables” que tiraba para atrás. A mitad del vuelo, una señora mayor que iba sentada tres filas más adelante que nosotros empezó a encontrarse mal. Se puso muy nerviosa, casi hiperventilando.
Nadie sabía qué hacer para ayudarla. El chico a mi lado se quitó los cascos, saltó de su asiento y se arrodilló en el pasillo justo frente a la señora. Le cogió ambas manos y empezó a hablarle con una calma pasmosa. Era psicólogo especializado en fobias y se pasó seis horas sentado en el pasillo del avión, dándole conversación y distrayéndola para que no llegara a sufrir un ataque de pánico. Él ni siquiera esperó agradecimientos. Me sentí un memo por juzgarle por su aspecto. - Llegó el día de mi boda al aire libre, y el vecino de la finca de al lado, un hombre bastante huraño, nos había puesto mil pegas por todo: por el ruido, por las luces, etc. A mitad de la fiesta, estalló una tormenta de verano de esas que hacen época. El toldo cedió, la comida se estaba empapando, los invitados corrían buscando refugio y nosotros estábamos hundidos.
De pronto, escuchamos unas voces desde la valla. Era el vecino “huraño”, empapado de pies a cabeza y abriendo un portón enorme que conectaba con su antiguo granero completamente rehabilitado. “¡Traed todo aquí dentro, rápido, antes de que se eche a perder!”, gritó.
No solo nos dejó su espacio, sino que el hombre sacó mesas, manteles y hasta trajo un equipo de música. Gracias a él nuestra boda fue todo un éxito.

Me alegro por esa mamá que pudo llevar comida a la mesa para sus hijos
- Llevaba diez minutos en la cola de la caja del super detrás de una mujer que no dejaba de preguntar el precio de cada cosa, una por una. “¿Y esto cuánto cuesta? ¿Y si quito los yogures?”. Los que estábamos detrás resoplábamos, mirando el reloj cada dos por tres porque la mujer no avanzaba y no se decidía.
Cuando por fin pagó y se fue, la cajera tenía los ojos empañados de lágrimas. Al parecer, la mujer no es que fuese una tacaña o una indecisa, es que acababa de perder su empleo y solo tenía cinco euros exactos para la cena de sus dos hijos. La cajera, sin que nadie se diese cuenta, pasó su propia tarjeta de empleada para aplicar algunos descuentos y que la mujer pudiese llevarse la leche y el pan que iba a tener que dejar en el mostrador. - Saqué a mi cachorro a pasear por primera vez al parque y fue todo un cuadro: se enredó con las correas de otros perros, casi hace caer a un señor y se hizo pis en la pierna de un chico que leía tranquilamente sentado en el césped. Me puse roja como un tomate y le pedí perdón mil veces con una vergüenza que me moría. El chico, en cambio, ni se inmutó.
Se levantó tranquilo, se limpió el pantalón con un pañuelo y, en lugar de cabrearse, sacó una pelota de su mochila y me la dio: “Tranquila, el mío hacía lo mismo. Ten, juega con él, que lo que tiene es energía acumulada”. Se pasó más de media hora enseñándome trucos para que mi perro se relajara. Después me confesó que había perdido a su perro hacía poco y que mi cachorro le había hecho recordar buenos momentos con su mejor amigo.
¿Qué acto de bondad has vivido o presenciado que cambió tu forma de ver las cosas?
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Comentarios
Una vez estaba teniendo un día de perros y cuando llegue a pagar a la caja del super se me rompió una bols aentera de arena para gatos. Quise que me tragara la tierra; no sabía ni qué hacer. Le pedí a la cajera una escoba y un recogedor al borde de las lágrimas. La mujer me vio tan angustiada que no me dejó recoger nada, me sentó en una silla y me trajo una botella de agua, mientras me daba platiac. Un amor!!
Me alivia un poco saber que aún hay gente haciendo el bien ahí fuera. Yo trato de ser buena gente y de ayudar a los otros pero a veces me desanimo
Oigan muy bonitos gestos, pero a mí nunca me toca encontrarme con gente así. Cuando me tocará? También es verdad que yo no soy de ayudar mucho, desconfío
Las personas que saben ver cuando alguien necesita ayuda , cuando estás al borde del colapso y deciden ayudar, esas son las que merecen la pena
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