18 Relatos de lectores de Genial sobre la odisea cotidiana de viajar en un transporte público lleno

Historias
Hace 2 semanas

Viajar en transporte público es algo que la mayoría de la gente hace en su vida cotidiana, ya sea para ir a trabajar, estudiar o por otras razones. Y todos conocen la pesadilla que es subir a un autobús tan lleno que es casi imposible mantenerse de pie. Y si, en esas casualidades, se libera un asiento, podemos llegar a ser testigos de una batalla campal para ver quién se lo queda. Los lectores de Genial quisieron contar sus experiencias al respecto y nosotros te las compartimos. Seguramente te identificarás con algunas de ellas.

  • En una ocasión, me subí a un minibús y llevaba puesta una blusa bastante holgada. Entonces, un joven inmediatamente se levantó y me dijo amablemente: “Siéntese, señora”. Me dio pena porque él pensó que yo estaba embarazada y no, solo era el relleno (mi barriga). Me senté, no porque me aprovechara, sino porque, en otra ocasión, ese joven ya no le daría el asiento a nadie para no quedar avergonzado. © Jhovi BarCa / Facebook
  • A mí me pasó que llevaba unas muletas para un sobrino, subí al autobús, aunque eran solo dos paradas, y un señor hizo parar a una persona para que me diera el asiento. Por más que le dije que no, que ya iba a bajar, todos me insistieron, así que me senté y todo el corto viaje pensé: “¿Y ahora qué hago? Cuando me vean bajar, ¿corro con las muletas bajo el brazo y los hago reír?”. ¡Jajaja! No bajé despacio. Además, yo les dije que no quería el asiento, ellos insistieron. © Carmen Saldaña Laredo / Facebook
  • Una vez, yo le cedí mi asiento a una señora embarazada y lo triste fue que ella le dio el lugar a su hijo, un muchacho como de 14 o 15 años. Yo soy una persona de la tercera edad con problemas de artritis, así que le dije: “¿No se va a sentar usted?”. Ella me contestó: “Se lo di a mi hijo”. “Pues, lo siento mucho, pero yo le cedí el asiento porque usted está embarazada. Muchachito, párate y devuélveme el asiento, yo ya soy una vieja de 70 años y tú eres joven y fuerte”. Así que se levantó y me senté. © Rosahelia Macias / Facebook
  • Iba en el metro, donde solo un hombre iba de pie. En mi ciudad hace mucho calor, el hombre iba con camiseta sin mangas y estaba debajo del ventilador, no sucedía nada extraño, salvo que el tipo tenía mal olor en las axilas y el ventilador ayudaba a “perfumar” todo el vagón. Aturdida por el olor, el calor y la velocidad, le grité: “¡Baja los brazos!”. Inmediatamente, me arrepentí, pues el hombre comenzó a acercarse con mala actitud. Reaccioné y me paré para que no tuviera tanta ventaja si me atacaba. Pero una voz muy fuerte y varonil lo detuvo al gritar que yo tenía razón, pues el olor le llegaba hasta atrás y otras personas también lo apoyaron. El tipo, avergonzado, se bajó en la siguiente parada. © Wendy Vaca / Facebook
  • Una vez, hace muchos años, salí de una práctica clínica en un hospital que quedaba lejísimos de mi casa. Los turnos duraban mínimo 12 horas o más, sin contar la hora y media de viaje desde mi casa hacia allá. Iba tan cansada después de la jornada atendiendo pacientes (el área de partos), que no pude evitar sentarme en el suelo del autobús, cabe destacar que en ese entonces era bastante pequeña de cuerpo y no había podido comer nada en horas. Tenía sueño, hambre, así que iba comiéndome un pan. Entonces, un tipo se enojó, comenzó a decir maldiciones, a golpear en el techo, todo porque le molestaba cómo iba sentada. Si hubiera sabido lo que yo hice toda la noche y por qué iba así, quizás no hubiese reaccionado como un patán. © Violet Manzi / Facebook
  • Hace como 10 años, en el metro, el chico que estaba a mi lado le dio el asiento a una señora y ella le habló a su nieto de secundaria (llevaba uniforme). El chico la levantó y se sentó. Yo le sonreí y ella se enojó. Le fui aventando la mochila hasta que se bajó. También, en otra ocasión, a la salida de muchos de trabajar, con el vagón lleno, sube una anciana con tremendos tacones pidiendo un asiento porque los que son para ancianos estaban ocupados por ancianos. Yo la vi y me dije, si usa esos tacones, puede ir parada. Creo que todos lo pensaron y nadie le dio el asiento. © Leticia Díaz / Facebook
  • Un día, subí con mi hijo con discapacidad, el autobús estaba lleno, pero no me preocupé porque ellos tienen sus asientos reservados. En el asiento estaba una señora mayor y una chica joven. Le pido a la joven que se levante para que se siente mi hijo y me dice que está cansada y que le duelen las rodillas y por eso no podía levantarse. Pero mi hijo era prioridad, ya que no tiene estabilidad. Me puse a discutir hasta que una persona que estaba sentada atrás se levantó y le cedió el asiento a mi hijo. Creo que la gente tiene que ser más empática si hay asientos reservados, tienen que respetar eso y dárselo a quienes les corresponde. © Corelia Zaira Ramos Silva / Facebook
  • Cierta vez, tomé el autobús y me senté del lado de la ventana. Al rato, sube un joven con su mochila y se sienta a mi lado. De repente, siento un chorro de agua que cae por mi pierna, la del lado del muchacho. Miré y vi que llevaba una botella con agua sin tapa en el bolsillo externo de su mochila. Inmediatamente, lo desperté de un grito porque se había quedado dormido y seguro se olvidó de su botella, me pidió disculpas y yo solo atiné a secarme con papel tisú. Al rato, el joven se queda dormido de nuevo y casi recuesta su cabeza sobre mi hombro, invadiendo mi espacio, lo sacudí, saltó del asiento y se puso de pie asustado. Lo miré y le dije: “¿Qué te sucede? Primero me bañas con agua fría y ahora te acuestas en mi hombro?”. © Ana Maria Shelling Valdez / Facebook
  • Salí de estudiar y, al subir al autobús, había dos asientos desocupados. Subí primero y atrás de mí había una señora con su hija. La señora y yo íbamos a sentarnos en el mismo lugar al mismo tiempo, pero ella puso su bolso sobre el asiento, como guardándolo para su hija. Entonces, sin querer, me senté encima del bolso, me levanté haciendo una expresión como de resignación, pero la señora se levantó muy enojada, gritándome delante de todos. Lo único que hice fue decirle que yo era menor de edad. La mujer fue muy maleducada conmigo, y si hubiéramos estado en estos tiempos, me hubiera quedado sentada y le hubiera contestado. © Álison CC / Facebook
  • A mí me paso algo bochornoso. Estaba sentada en el autobús y siento que me empieza a bajar la regla, así que me quedé quieta, pues me pilló desprevenida. Estaba rogando que ya no me bajara más y en eso sube una pareja, la chica estaba embarazada, cabe recalcar que yo estaba sentada en la tercera fila, no en un asiento reservado. Entonces, la chica literalmente me puso la barriga en la cara, y yo, superincómoda, hasta que el joven me dice: “¿No ves que está embarazada? Dale el asiento”. Yo no sabía qué hacer, me puse de mil colores, todos me miraban. Para colmo, a mi lado iba una señora mayor que comenzó a decir que los jóvenes de ahora son egoístas y todo eso. Me paré y bajé del autobús; como pude, regresé a mi casa en taxi. No sé cómo habrá quedado el asiento. © Grace Aguilar / Facebook
  • Estaba en la universidad y me subí en un autobús para llegar a mi apartamento. Me senté y de pronto me doy cuenta de que la persona que iba a mi lado tenía un lagarto acomodado en la falda. Les tengo terror. Casi muero del susto y me levanté volando. Hace como 43 años de esto y nunca lo he olvidado. © Wanda Gonzalez-Mora / Facebook
  • Esto pasó en el tren. Una mujer sube y reclama uno de los asientos “reservados”, donde estaban sentadas una chica bien arreglada y una con uniforme (o de seguridad o de limpieza, de esos mamelucos, de cuerpo completo). La señora le reclamó a esta última, la que estaba “menos arreglada”, y a la que tenía “buena ropa” y estaba con el celular, no le dijo nada. Ante la negativa de la joven, la mujer comenzó a gritarle, llamando la atención de todos. La joven de uniforme le pregunta por qué le estaba exigiendo el asiento solo a ella, que estaba cansada, y le dice: “Mire, señora, disculpe, pero usted no es ni anciana ni mayor ni está embarazada y este no es un asiento reservado. Encima, me lo pide de mala manera, así que no se lo doy. Quizás la chica a mi lado le ceda su asiento”. La señora, toda prepotente, le dice (sin haber preguntado): “Ella no me lo quiere ceder”. Así que la joven del mameluco le contesta rápido: “Entonces, si ’ella’ no le puede dar el asiento, yo tampoco”. La mujer se quedó callada. No sé por qué, la respuesta de la joven me pareció sublime y no la olvido. Está bien dar asiento, pero nadie merece ese trato y, francamente, la estaban discriminando. Creo que pidiendo las cosas con respeto y de buena manera es lo mejor. © Lux Cœur / Facebook
  • Una vez, íbamos a Veracruz en un autobús llenísimo. Mi hermano, mi sobrino y yo estábamos sentados en un mismo asiento. Como una señora iba de pie, mi hermano nos dijo: “Arrímense y háganle sitio para que la señora pueda sentarse”. Cuando la señora se sentó, el esposo se sentó en sus piernas y se fue acomodando hasta que, al final, nosotros tuvimos que pararnos, y ellos bien sentados, o dormidos o besándose. © Sthela Hernàndez Bravo / Facebook
  • Una vez en el metro, iba sentada y se subió una señora ya muy mayor, muy bien vestida. En cuanto la vi, me levanté y le ofrecí: “Siéntese”, y ella dijo: “No, gracias”. Le insistía que se sentara, pero ella no quería. Hasta que decidió sentarse, me hizo señas para que acercara mi oído y me dijo: “¡Es que subí a cantar!”. ¡Qué vergüenza la mía! Me dejé llevar por las apariencias, pues la señora se veía muy bien. No parecía que hubiera subido al autobús a cantar. Me sentí muy apenada. Y me dijo: “No te preocupes” y se bajó en la siguiente estación. En otra ocasión, la encontré cantando en otro vagón. Por cierto, tenía linda voz y cantaba canciones españolas. © Silvia Sanchez Zapata / Facebook

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