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17 Historias sobre personas descaradas que harían enfadar hasta a la persona más tranquila del mundo

Dicen que la insolencia es una compensación a la falta de inteligencia, y es difícil no estar de acuerdo con ello. Por alguna razón, algunas personas están convencidas de que todo el mundo les debe algo, e intentan aprovecharse de la cortesía y el tacto de los demás. Lo más molesto es que es muy difícil evitar encontrarse con personas insolentes en la vida cotidiana. Siempre hay alguien que se nos adelanta en una cola, que nos insulta en el transporte público o que intenta robar algo que está mal guardado.

En Genial.guru entendemos perfectamente a nuestros lectores que no podían callarse ante la desfachatez de otras personas. Nos han contado sus historias y, al leerlas, cualquiera podría sentir impotencia.

  • Una colega me contó que, cuando se casó, se mudó a la casa de su suegra. Ella les dijo que si la joven pareja quería utilizar los muebles de la habitación, tendrían que comprarlos. Mi colega pagó la totalidad del importe exigido. Un año más tarde, cuando llegó a casa después del trabajo, vio a su marido quitando las estanterías colgantes de la pared. A la pregunta: “¿Por qué?” — su marido le contestó que su madre le había pedido que le diera cosas que le pertenecían. Había olvidado que ya se las había vendido hace un año. © Larisa Zagrebina / Facebook
  • Trabajé con una mujer que se acercaba al refrigerador de la oficina diciendo: “¿Qué tenemos de rico hoy aquí?”, tomaba lo que le gustaba y se lo comía. Y nadie se atrevió a decirle una palabra. Era la directora. © Veronica / Genial.guru
  • Cuando tuve al bebé, mi marido dijo que no podía dormir bien y que no estaba preparado para salir a conducir a las 6 de la mañana después de una noche sin dormir, así que decidió quedarse con su madre durante un tiempo. Prometió venir los fines de semana. Me pidió dinero prestado para algo y alquiló una habitación para él y su amante. Cuando se descubrió todo, dijo: “¿No podemos dejarlo todo así como está?”. Creo que no he escuchado nada más desconcertante en mi vida. © Alexandra Myshatina-Myshatina / Facebook
  • Estábamos celebrando un cumpleaños en la oficina. Había bombones con relleno de color café y blanco. Una empleada rompía cada bombón y se comía solo los que tenían relleno blanco porque no le gustaban los otros. © Irina Oleinik / Facebook
  • Trabajé como camarera en un restaurante. El sueldo era mísero, los ingresos provenían de las propinas, pero eso es asunto de cada uno; nunca puse cara de descontenta, al menos no delante de los clientes. Me tocó atender a una familia de gente mal educada: ensuciaban todo, comían casi con las manos y se las limpiaban con los cojines y con los muebles. Sabía que no habría propinas y solo deseaba que se fueran lo antes posible. En fin, pidieron la cuenta, pagaron, pero como es costumbre, se quedaron media hora más escarbándose los dientes y metiendo las servilletas y los escarbadientes en sus bolsos. Al lado de ellos había una pareja joven que tenía mucha prisa por partir a algún lado, y les sobraba media ración de varios platos. Así que esta familia pidió que le envolvieran las sobras de esa pareja. Después de negarme, comenzaron a rezongar, diciendo que yo quería comerme las sobras. Me encogí de hombros y me fui. Nadie más se sentó en su mesa esa noche; la tuvimos que limpiar entre todos después de que terminara la jornada. © Vale Kim / Genial.guru
  • Esperé una hora en la cola para ver a la ginecóloga. Llegó mi turno, entré en el consultorio, y detrás de mí entró un chico de unos 15 años. La médica se dirigió a mí y me dijo: “Por favor, espere afuera, mi nieto vino a almorzar, está estudiando aquí cerca”. Pasé los primeros 20 segundos digiriendo en silencio la información con las cejas en alto (se levantaron involuntariamente por sí solas, incluso sentí que se me tensaba la barbilla). Pero de todos modos le dije que su almuerzo era dentro de una hora y que el consultorio no era un comedor. No pude superar su insolencia durante una semana. © Eugenia Mirgorodskaya / Facebook
  • Decidí almorzar en casa ya que mi trabajo está cerca. Una colega se invitó a comer. Le advertí que en casa solo tenía ensalada. A ella le pareció bien, así que fuimos a comer. Yo terminé de comer, pero ella seguía sin terminar. Le pregunté: “¿Por qué tardas tanto?”. La respuesta me mató: “Bueno, pensé que el almuerzo sería más variado...”. Esa fue su última visita a mi casa. © Alla Buharina / Facebook
  • En el avión, estaba sentada en mi asiento según el boleto comprado. Estábamos esperando el despegue. Una sobrecargo se me acercó y me pidió que me cambiara de asiento, de lo contrario, una madre y su hijo viajarían por separado. Me negué cortésmente. Elegí mi asiento por internet con antelación y pagué un extra por la comodidad. Y mi amiga estaba sentada a mi lado. ¡La respuesta de la sobrecargo fue sorprendente! Con voz metálica, me dijo que en ese caso, el vuelo se retrasaría hasta que llegara un representante de la aerolínea para resolver la situación. Esto no se lo dijo a la mujer con el hijo, que decidió ahorrar dinero y consiguió asientos incómodos, sino a mí. Me sorprendió la insolencia de la sobrecargo. Le dije: “¿Me estás amenazando?” Debió darse cuenta de que había dicho algo realmente estúpido y que podría perder su trabajo si me quejaba. Más tarde incluso se acercó y se disculpó. © Lyudmila Zhabskaya / Facebook
  • Estaba haciendo cola detrás de una anciana en la caja de una tienda. Ella ya había pagado sus compras y comenzó a ponerlas en su bolsa. Entonces, la cajera empezó a marcar mis compras y las trasladaba al lugar de recogida, donde estaba la anciana, que, tras meter sus compras en su bolsa, también empezó a meter las mías. Le dije: “Disculpe, pero estos son mis productos”. “Mira tú, parece que ves todo, ¿qué tiene de malo ayudar a una anciana?” — me siseó la anciana, sacando de su bolso mis tampones y toallas femeninas. Todavía me pregunto ¿para qué la anciana necesitaba tampones? © Natalia Mareeva / Facebook
  • Como decoración, tenemos macetas con plantas artificiales delante de la tienda. Y hay piedritas de colores colocadas adentro. Un día estaba parada en la entrada de la tienda, repartiendo folletos, y vi que una clienta salió de la tienda, se inclinó hacia una maceta y empezó a sacar piedritas. Le dije: “¿Qué estás haciendo?” La respuesta me dejó atónita: “Oh, yo también pongo piedrecitas así en mis macetas en casa”. Las guardó en sus bolsillos y se fue. Ante tal descaro, no supe qué decir. © Raisa Timohova / Genial.guru
  • Leí en Internet un pedido de ayuda de una pobre chica embarazada para que los que puedan colaboren con la ropa del bebé. Hice dos bolsas grandes: una manta, sabanas sin usar, un par de juguetes, ropa, todo limpio y planchado. Además, se lo llevé todo yo misma. Al final, la mujer agarró todo sin decir nada, ni siquiera dio las gracias. © Julia Dodon / Facebook
  • Ayer me peleé con una señora en el autobús. Subí, los asientos de la derecha estaban todos libres pero les daba el sol. Hacía más de 30 grados en el exterior y no había aire acondicionado en el autobús. Del lado izquierdo, había un asiento libre. Y una mujer sentada en el siguiente asiento tenía su brazo apoyado en el respaldo del asiento en el que me iba a sentar. Me senté. Naturalmente, su mano colgaba cerca de mi cabeza. Me di vuelta: “Por favor, saque la mano”. En respuesta: “No, no lo haré. ¿Qué, te molesta?” “Sí”, dije. — “Claro que me molesta”. Ella dijo: “Hay muchos otros asientos”. Tuve que explicarle que ella estaba en el transporte público, que tiene una determinada cultura de comportamiento. Por supuesto, me respondió: “Las personas enfermas necesitan ser tratadas”, a lo que respondí: “¡Bien, hágase tratar!”. © Olga_S / Genial.guru
  • Mi colega tenía que estar en su lugar de trabajo a la 1 de la tarde. Ya casi era la hora, pero ella no había llegado. La jefa la llamó y se enteró de que ella se encontraba en un centro comercial en la otra punta de la ciudad. Cuando le señaló que tenía que estar en el trabajo, la mujer le contestó con descaro: “¡Yo tengo que estar allí a las 13.00 y son las 12.59! © Alexandra Moskvoretskaya / Facebook
  • Cuando mi marido cocina algo, deja los platos sucios con la frase: “Bueno, tú los lavarás, no es difícil para ti”. El argumento de que el que cocinó lava los platos, no funciona. Así que trato de mantenerlo fuera de la cocina. © MilaSha / Genial.guru
  • Elegí con antelación un asiento en el avión junto a la ventanilla. Una madre se sentó a mi lado y al otro lado del pasillo estaba su hijo de 5 años. Y esta madre empezó a exigir el cambio de asiento de inmediato. Yo dije: “Podrías haber elegido el asiento tú misma por adelantado, y además solo era 1 hora de vuelo”. Y ella dijo: “¡Ves, cariño, hay gente tan mala!” Y luego dijo una serie de palabras desagradables y cosas francamente groseras sobre mí. Para completar el cuadro, el chico que estaba sentado detrás de mí se unió a la conversación y se puso del lado de esta mujer. ¿Por qué hay gente a la que le parece que todo el mundo le debe algo? © Jeanneta Vasilkova / Genial.guru
  • El día de pago era dentro de una semana, y me quedaban 20 USD. Fui a la tienda y compré lo esencial. Había una anciana delante de mí en la caja. Me pidió mi tarjeta de descuento. Así que se la di. Ella pagó sus compras y comenzó a poner las mías en su bolsa. Protesté, y ella furiosa me dijo de todo, me llamo de todas las formas posibles, y dijo que debería saber compartir. Obviamente no me gustó nada de lo que acababa de escuchar. Le dije: “¿Qué se supone que tengo que comer? Era el último dinero que tenía”. La anciana me dijo: “Ganarás más, y de todas formas, la gente como tú está acostumbrada a estar a dieta”. En fin, menos mal que se acercó un guardia de seguridad. © 6thDevil / Genial.guru
  • Compramos una carriola muy cara, la usamos en su momento con nuestra hija, y justo una conocida tuvo a su hijo. No tenía mucho dinero, así que le dejé usar la nuestra. Un mes después me encontré con ella y llevaba a su hijo en una carriola lamentable. Le pregunté: “¿No te gustó la mía?”. Y ella respondió: “La vendimos: tenía colores de niña, y no era nueva. Pero esta me la compró mi madre, es nueva”. Le dije: “¿Pero cómo es eso? De hecho, te la he prestado por un tiempo”. Ella respondió: “Vamos, tenías el dinero para comprar una carriola, y ya no la necesitas. Nosotros no tenemos dinero, ya sabes”. El hecho de que le diera el cochecito temporalmente y que bien podría haberlo vendido yo misma y recuperar parte del dinero que gasté en ella. © Julia-Pilulia / Genial.guru

¿Cuándo fue la última vez que te encontraste con una descarada impudicia? ¿Intentas poner a la persona maleducada en su lugar?

Imagen de portada Julia-Pilulia / Genial.guru
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