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Me crie en una familia adinerada y quiero contar cómo una infancia rica me afectó años después

Nací en el seno de una familia de un funcionario de alto rango. Desde mi infancia estuve rodeada por lujo y atención. Los extraños, a mis espaldas, decían que me habían dado todo en bandeja de plata y soltaban bromas sobre los jóvenes adinerados, pero en secreto soñaban con vivir como yo. Pocos de ellos se han detenido a reflexionar en que una vida sin problemas económicos no es lo que parece a primera vista.

Especialmente para los lectores de Genial.guru, voy a describir los entresijos de mi vida adinerada y explicaré a qué se enfrentan el 99 % de los jóvenes ricos.

No podía ir a la escuela con los “simples mortales”, pero incluso en el mejor colegio de la ciudad estaba bajo vigilancia

Mis abuelos y yo vivíamos en una mansión a las afueras de la ciudad y me llevaban a estudiar a una pequeña escuela de élite. Cuando era niña, me gustaba ir al colegio y volver a casa en un Mercedes-Benz Gelenvagen negro: me sentía como una princesa, con un pequeño séquito. Aunque ya en la escuela secundaria, los hombres corpulentos y fuertes de mi Mercedes (mientras yo estudiaba, este daba vueltas alrededor de la escuela) me ponían nerviosa.

Cuando mis amigos (hijos de diputados, de periodistas de primer nivel y hombres de negocios) pasaban horas en la calle, relacionándose con chicos normales y corrientes, probando el tabaco y las bebidas energéticas, yo los odiaba tanto a ellos como a mis guardaespaldas. Un par de veces traté de escalar la cerca de la escuela o pasar sin que me vieran por la puerta, intercambiando chaquetas con una compañera de mi clase, pero siempre me los vigilantes siempre me detenían.

Algunos profesores, o bien me daban trato preferencial, o me ponían obstáculos. Una vez, le llevé regalos a mi tutora y profesora preferida: bombones belgas hechos a mano. La maestra de Matemáticas se sintió dolida y lo percibió como un insulto personal. Desde entonces, no obtenía calificaciones superiores a 7 y en las notas finales poco más de un 6, aunque conseguí copiar el examen para obtener un 8.

Sin embargo, la profesora de Geografía me adoraba: me ponía solo buenas notas y se conmovía viendo mis fotos de viajes. Una vez, esto me jugó una mala pasada. Tras terminar la escuela, fui un mes a Europa, donde conocí a turistas de Brasil. Pasábamos mucho tiempo y nos divertíamos, hasta que en una conversación solté: “¿Y cómo se dice eso en brasileño?”. Los nuevos amigos me miraron como si estuviera loca y me di cuenta de que no sé nada sobre diferentes países y en mi cabeza saludé a mi profe de Geografía.

Cuando era niña, veía a mis papás de 3 a 4 veces al año

Mis padres tenían negocios en Alemania: no tenían tiempo para atender a mi crianza, pero en mi ciudad natal estaban mis abuelos, los guardaespaldas y una escuela donde enseñaban en mi idioma materno. Mis padres solo me veían durante mis vacaciones. Viajábamos juntos y todavía siento pena porque estos viajes durasen tan poco. Durante unas vacaciones en Londres, incluso escondí el pasaporte de mi mamá: ¡la idea de no separarme de ella y vivir en Inglaterra para una niña de 8 años de edad era genial! Confesé mi crimen seis horas antes de la partida del vuelo y, en casa, por primera y única vez en mi vida, me golpearon con un cinturón.

Mis padres trataban de celebrar el Año Nuevo conmigo, pero una vez no pudieron llegar a tiempo, tenían demasiado trabajo. Por eso, el comienzo de 2005 lo celebré en compañía de una institutriz, pero en París. El 3 de enero, mis padres vinieron y me hicieron un regalo: una cámara profesional Canon de 1 500 USD.

Cuando mis padres no tenían razón, me hacían un regalo costoso, y a los 16 años de edad, yo tenía las prendas de las últimas colecciones y los dispositivos electrónicos más modernos. Rápidamente me di cuenta de que, con un buen regalo, se puede solucionar cualquier situación. Aunque ahora, cuando no dispongo de dinero para regalos, tengo que disculparme con desgana.

Mi juventud no fue feliz por estar sujeta a un control total

No solo se elegían las actividades extraescolares por mí, también mi círculo de amigos: solo podía tener amistad, o bien con los chicos de la escuela, o bien del pueblo donde vivía. Un día, mi abuelo me llevó a un partido de un equipo de fútbol local. No entendí nada del juego, pero el ambiente en las gradas me fascinaba. Cuántas ganas tenía de unirme a estas personas, ponerme esa bufanda colorida y gritar al unísono: “¡Goooool!”.

En el descanso, mientras mi abuelo hablaba por teléfono, me acerqué a un grupo de fanáticos y alabé sus hermosas banderas. Resultó que también las habían pintado ellos mismos. ¡Estaba entusiasmada, a más no poder! Charlamos un poco e intercambiamos nuestros contactos. Más tarde, decidí llamar a mis nuevos amigos por mi cumpleaños. Cuando Pablo y Victoria entraron en la cafetería, los vigilantes los echaron y mi abuelo tiró a la papelera la camiseta con el escudo del club de fútbol que me habían regalado.

Debido a la falta de autosuficiencia, aprendí a tomar decisiones conscientes más tarde que los demás niños

Tuve mi primer novio a los 17 años. Antes, tenía prohibido pasear a solas, incluso con mis compañeros de clase, no iba más allá de las notas con tiernas confesiones y correspondencias. Así, al comenzar a salir con el hijo de un fotógrafo de moda (era nuestro vecino), inmediatamente caí bajo su influencia. ¡Pero ya se me permitía ir al cine o al parque de atracciones con un novio de verdad!

Los vigilantes me pisaban los talones sin dejarnos a solas ni un minuto, incluso cuando nos despedíamos cerca de nuestras casas. Esto me cohibía mucho y me irritaba al mismo tiempo, así que cuando mi amado me ofreció huir del baile de graduación, no lo dudé y elaboramos un plan.

Durante la fiesta de graduación, los vigilantes se relajaron y miraban lo que ocurría en el escenario. Entonces me deslicé hacia la puerta trasera, la cual no todos conocían. En el patio trasero, me esperaba mi novio con su motocicleta Ducati y salimos corriendo a las afueras de la ciudad. Mi abuelo levantó a todos los equipos de la policía, en la escuela comenzó un alboroto y empezó la búsqueda por todos los alrededores.

La fiesta se interrumpió, a los chicos se les entregaron rápidamente los títulos y no los dejaban salir fuera del territorio de la escuela hasta que me llevaran de vuelta. Como regalo de graduación, mi abuelo me había prometido fuegos artificiales en la escuela, que mis compañeros de clase esperaban. Pero debido a mi escapada, todo se canceló, por lo que todavía siento vergüenza por ellos. Al pasar un par de horas, a 30 kilómetros de la ciudad, nos detuvo la patrulla de la policía de carretera y me trasladaron a nuestro Mercedes negro.

Después de graduarme en la facultad de Periodismo, que mis abuelos eligieron por mí, comencé a trabajar, pero rápidamente lo dejé

Pronto, mi abuelo se retiró y se fue a su patria, Alemania, pero antes me compró un departamento en pleno centro de la ciudad. Al terminar mis estudios, me consiguió un empleo en una editorial local. Al principio, me pareció una gran idea. El entusiasmo se desvaneció cuando descubrí que no solo tenía que sonreír a la cámara, sino también deambular por aldeas remotas, cubriendo solo arte académico y editando videos hasta altas horas de la noche.

Las normas en nuestro departamento eran extrañas: éramos cuatro y cada uno por turnos debía llevar comida para todos. Primero, no entendía por qué, y luego, no me habían enseñado a cocinar. Tenía que pedir comida con antelación, meterla en contenedores y llevarla a la oficina como si la hubiera preparado yo. Dos meses más tarde, simplemente, no fui a trabajar porque estaba harta de regresar a casa a las 10 de la noche, llevar comida todas las semanas e interactuar con personas que a veces se olvidaban de ducharse.

Durante dos años no trabajé, recuperando el tiempo perdido y tratando de entender lo que quería en la vida

Salí en libertad y decidí averiguar si había vida más allá de la mansión de mi abuelo y las paredes grises de mi oficina. Visitar clubes nocturnos y de las afueras de la ciudad, esquiar y hacer puénting: probé todo de lo que se me había protegido hacía varios años. Una vez, incluso, fui a un partido fuera de casa del equipo de fútbol y en compañía de sus aficionados, ​​pero rápidamente caí en la decepción. El autobús iba lleno, con personas groseras con las que no podías hablar de nada salvo del fútbol, para mí resultó ser francamente aburrido.

No me olvidé tampoco de mi vida personal: los chicos me prestaban atención y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa. Para divertirme, inventaba desafíos para ellos. A uno de ellos le propuse atravesar todo el país haciendo autostop. Después de pasar por cuatro ciudades, mi fracasado pretendiente regresó en tren porque había perdido sus documentos durante el camino. Al segundo lo obligué a teñirse el pelo de rojo y hacerse un tatuaje por toda la espalda. Y al tercero, simplemente, lo engañaba porque era muy posesivo.

Me di cuenta de que, por el bienestar económico, la gente estaba dispuesta a sacrificar sus principios y bailar al son de los demás. Por eso, durante algún tiempo, no quise relación alguna y enfoqué mi vida en hacer amigos. Los busqué en vano en mi ciudad natal: con la mayoría de mis nuevos conocidos no tenía asuntos de qué hablar.

Les interesaba cómo llegar a fin de mes teniendo tan solo 500 USD. Me preocupaba por cómo pasar la noche: ir a un restaurante de cocina sofisticada o dar un paseo a caballo. Ahora tengo muchos más amigos fuera de mi país que dentro: en Europa, la gente se preocupa menos por resolver problemas cotidianos, también porque tienen un nivel de vida más alto. Además, son más abiertos a la hora de comunicarse.

Ahora tengo 27 años y todavía no sé qué quiero ser cuando sea mayor

Mi abuelo falleció hace unos años. Cuando mis padres se divorciaron, me dejaron de mandar dinero. Mi padre se fue a otro continente y mi madre comenzó a prestarle toda su atención a su nuevo esposo y pequeño hijo. Simplemente ya no tenían tiempo para mí. Ahora vivo de una manera completamente diferente a la anterior: viajo dos veces al año, en vez de 4-5, no ando en un Mercedes negro con chófer personal, sino en un taxi común y corriente.

Dedico más tiempo a limpiar y cocinar: no tengo una criada, aprendo viendo videos en Internet. También cocino con la ayuda de tutoriales en las redes: es comestible, pero no sale tan rico como en un restaurante. Por eso, sueño con casarme con un chef para no tener que volver a hacerlo nunca más.

No tengo una fuente permanente de ingresos, pero siempre entendía la moda, así que de vez en cuando actúo como asistente personal de shopping para mis conocidos y amigos de la élite de la ciudad. No puedo decir que este sea el trabajo de mis sueños, pero me da para vivir. Tengo ya 27 años y todavía no sé a qué me gustaría dedicarme. Mis compañeros de clase, desde hace mucho, ya tienen familias y un empleo en lo que les gusta.

No hace mucho me di cuenta de que vivo por inercia y no vivo mi propia vida. No podría resolver este problema por mí misma, por lo que acudí a una amiga que estudió psicología. Ella me dice que, debido a una sobreprotección excesiva, el proceso de madurez, en mi caso, va más tardío y complicado que con mis iguales. Tengo la intención de llevarlo hasta el final, averiguar lo que quiero, precisamente yo, y no las personas de mi alrededor y, por supuesto, obtenerlo.

¿Qué opinas, cuánto crees que afecta el nivel de ingresos a la formación de la personalidad?