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Una historia sobre cómo el festejo de cumpleaños de una niña se vuelve un aprendizaje para sus padres

Como madres y padres queremos todo para nuestros niños. Darles lo mejor. Ni qué hablar cuando llega su cumpleaños. La ansiedad de ellos se acopla con la nuestra y no nos alcanza el tiempo ni la energía para todo lo que les queremos preparar. Ansiamos que sea un momento inolvidable. Su mejor cumpleaños. Ahora, ¿qué sucede cuando por diferentes motivos creemos que no podremos cumplir con sus expectativas? Es posible que nos preocupemos y nos angustiemos mucho. Pero también puede ser que esta falta nos sirva para darnos cuenta de que estábamos equivocados y que la reacción de ellos nos ayude a aprender muchas cosas.

Genial.guru te trae aquí una historia acerca de un cumpleaños diferente. Uno que sirvió para que dos adultos recibieran una lección de vida de una niña de 6 años.

Faltaba poco para el cumpleaños de Nina. Cumplía 6, vaya que era una edad importante. Los cumpleaños anteriores habían sido fantásticos. Fiestas temáticas, pasteles perfectos, de varios pisos, muchos colores y detalles llamativos. Castillos inflables, animadores, luces de todas las formas y tamaños. Y música, mucha música. Mis recuerdos de esos momentos eran ideales. La veía a Nina feliz disfrutando con sus amigos y a nosotros tranquilos, solo viéndola reír.

Pero este había sido un año difícil. Mi esposo había perdido su empleo y el mío había disminuido notablemente. Nuestros ingresos apenas nos permitían mantener la vida que hasta entonces llevábamos, aunque a costa de deudas y mucho sacrificio. En esas condiciones era evidente que estábamos muy lejos de poder armar el cumpleaños soñado de Nina.

Al principio me enojé por estar pasando por ese momento. ¿Tanto habíamos trabajado y no podíamos siquiera festejar un cumpleaños? Después me puse triste, ¿qué le diría a Nina? ¿Por qué tenía que padecer ella ese mal momento? Más tarde me empeciné: el cumpleaños se haría igual. Busqué precios, salones más pequeños, menos horas de fiesta, rebajas de todo tipo. Con su papá pasamos semanas haciendo números. Hasta pensé en pedir un préstamo. Y después lo acepté: así lo único que conseguiríamos sería estresarnos aún más y engrosar nuestra lista de deudas.

Me decidí. No tenía sentido seguir buscando alternativas, era como intentar rastrear un anillo transparente en el agua. Inútil. Siempre habíamos querido mantener a Nina fuera de cualquier percance económico, pero ahora era su cumpleaños y no podíamos ocultárselo. Se lo dije una tarde cuando volvíamos de la escuela: esta vez su cumpleaños no podría ser como otros años. No nos alcanzaba para un salón de fiestas, para tantos invitados, para los animadores y los castillos, los peloteros y los pasteles triples.

Lo que recibí como respuesta me dejó anonadada. Lo recuerdo como si hubiera sucedido hoy. Me miró con sorpresa, abrió sus ojos celestes y transparentes bien grandes y me sonrió. “¿Entonces podemos hacerlo en casa?”. Se la veía feliz. “Claro”, le dije, “en casa, con algunas amigas, los tíos, el abuelo y nosotros”. Recuerdo que cuando terminé de pronunciar esas palabras, lo que yo misma oí de mí ya no me sonó para nada mal.

Una fiesta casera, la familia más cercana y sus mejores amigas. ¿Por qué hasta entonces me había parecido una catástrofe? Muy lejos de lo que esperaba, la cara de mi niña se iluminó. Había creído que nosotros no queríamos hacer la fiesta en casa, pero ella lo hubiera preferido siempre. Padecía los salones, la música fuerte, los peloteros. Ni siquiera quería invitar a todos sus compañeros de curso. En realidad, no todos eran sus amigos.

Entonces, en mi mente se reprodujo la película verdadera. Las verdaderas fotos, no las idílicas, las ideales, las del pasado color de rosa que yo imaginaba. Era cierto, Nina no disfrutaba en el pelotero y le molestaba la música fuerte. Más de una vez había tenido que ir a socorrerla porque lloraba o la tenía que animar a participar en algún juego porque era muy tímida y no siempre quería hacer lo que le proponían los animadores.

Mi estado de ánimo y el de mi esposo cambiaron. Nos pusimos en marcha para preparar el cumple: Nina hizo sus propias invitaciones, decoramos la casa con globos, guirnaldas y dibujos hechos por los tres. La torta no fue perfecta, claro, pero estuvo riquísima y se veía verdaderamente casera y divertida. ¿Los invitados? Sus tres mejores amigas y su familia. ¿El animador? Su papá, el mejor de todos. Cuando terminó el día, Nina me dijo: “Fue el mejor cumpleaños de mi vida. Quiero que los que siguen sean siempre así”.

Seguramente van a cambiar, aunque ella aún no lo sepa. Un día no habrá más globos, ni rosa, ni muñecas. Ya vendrán los bailes, y tantas otras cosas. Pero lo importante es todo lo que ese día aprendí: que a los niños hay que escucharlos, hay que verlos más allá de nuestros prejuicios, de lo que nosotros creemos que es ideal para ellos. Ellos miran la vida con otros ojos, unos donde lo material, el lujo y los excesos casi nunca están asociados a la felicidad.

¿Y qué es lo que quieren? Ahora creo que la familia, los amigos, el entusiasmo. Que les regalemos un rato de nuestro tiempo, que les prestemos atención, que los acompañemos. ¿Acaso no es eso lo que a todos nos hace felices? Sin dudas, una vez más, lo esencial es invisible a los ojos.

¿Y tú? ¿Qué ha sido lo último que has aprendido de un niño? Piénsalo bien, seguro hay algo que ellos te han enseñado en estos días.

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