Durante medio año acudí al psicoterapeuta, y estoy lista para contar cómo es que las personas se vuelven locas

Hola, me llamo Katia, y hoy te contaré mi experiencia visitando a un psicoterapeuta. Alerta: no escuchaba misteriosas voces en mi cabeza y no pensaba que existiera alguna conspiración en el mundo. Solo sucedió que, un “maravilloso” día, perdí la alegría por vivir y no conseguí recuperarla de manera independiente.

Compartiré con los lectores de Genial.guru mis aventuras psicoterapéuticas, y espero que mi historia le ayude a alguien a obtener paz mental, o al menos a dar los primeros pasos hacia esta dirección.

Por qué fui al psicoterapeuta

Así me veía antes de sentirme triste de manera constante.

En 2012, a la edad de 28 años, me volví viuda. Como escriben en los malos libros, “nada predijo esa desdicha”. Éramos una familia normal, criábamos a un hijo y estaba embarazada de un segundo. Pero mi vida cambió en solo unos días debido a que una enfermedad se llevó a mi joven esposo en una semana. Así me quedé, en el noveno mes de embarazo y con un hijo de 3 años en las manos.

En el mundo no cambió nada: no se apagó el Sol, no dejaron de cantar los pájaros, las personas iban a trabajar, la vida continuaba. Ni siquiera pensaba en la depresión ya que simplemente tenía que ser fuerte.

Estaba sufriendo, por supuesto, estaba devastada: ¿cómo es que algo así podía pasarme a mí? Pero ahora, después de 7 años, me doy cuenta de que parecía haber estado encerrada dentro de un traje: todos mis sentimientos se habían debilitado porque no podía rendirme. Bloqueé el dolor de mi corazón, aprendí a no llorar y a no ponerme histérica, pero todo fue en vano.

Y así me veía en el período de depresión. ¿En dónde están mis mejillas?

La depresión me alcanzó cuando pensé que ya había superado la pérdida. En un año baje 20 kilos, ya que simplemente no quería comer. Llegué a pensar que tenía cáncer u otra enfermedad incurable. Me volví loca: comencé a buscar síntomas “adecuados” en Internet, inclusive iba a consultas médicas pero los doctores no me diagnosticaban nada. Sin embargo, yo sabía que estaba enferma de algo terrible y que pronto moriría, por eso medía mi temperatura corporal cinco veces al día, examinaba mi piel buscando erupciones o manchas, y tocaba mis nódulos linfáticos.

Una tarde sentí que mi corazón latía como si fuera a salirse de mi pecho. En mi frente apareció sudor, mis manos comenzaron a temblar y quería correr hacia algún lado. Sentí que pasaría algo terrible, pero no sabía qué. Así conocí los ataques pánicos.

Mi organismo estaba gritando: “¡Estoy mal!”. Estaba destrozándome, simplemente no quería notarlo y pensaba que todo pasaría por su propia cuenta. Recién cuando sentí mi ropa holgada y noté que me resultaba más complicado levantarme por las mañanas me di cuenta de que necesitaba ayuda para “curar mi cerebro”.

El doctor te recibe en una clínica local gratuitamente. No hay divanes ni cajas con pañuelos de papel para limpiar las lágrimas.

Navegué por Internet buscando a un doctor adecuado. En general, el servicio de un psicoterapeuta es bastante caro, pero en mi clínica local había un doctor que atendía de forma gratuita. No tenía nada que perder, por lo que pedí una cita con él. Así comenzó el camino de mi recuperación.

Visité al psicoterapeuta durante varios meses. Juntos descubrimos que tenía una depresión reactiva. A diferencia de otros tipos, cuyas raíces se tienen desde la infancia, de defectos y otras cosas, la depresión reactiva es una respuesta de la mente ante una situación traumática.

Esperaba que el doctor me recetara antidepresivos y me dejara ir a casa, pero la psicoterapia no funciona de tal manera. Para deshacerse de la depresión, te tienes que esforzar bastante.

Esto es lo que aprendí después de visitar al psicoterapeuta durante medio año:

1. No hay que confiar en los medicamentos

No existe una pastilla milagrosa. En general, no hay píldora en este mundo que me haga sentir alegre. Mi psicoterapeuta comparó los antidepresivos y ansiolíticos (contra la ansiedad) con unas muletas. Cuando una persona se rompe una pierna, le ponen un yeso y le dan muletas para que pueda moverse. Pero son temporales: tarde o temprano tendrá que dejar de usarlas y comenzará a aprender de nuevo a caminar.

Lo mismo sucede con las pastillas: te quitarán los síntomas (ansiedad, miedo), te ayudarán a sobrevivir en los días más negros, pero no te curarán. Sin una correcta psicoterapia puedes tomar medicina muchos años sin conseguir un verdadero alivio. Para curar la depresión, el paciente tiene que esforzarse.

2. A veces, la sanación puede ser dolorosa

Desde las primeras citas se descubrió que yo no quería vivir. No tenía planes para el futuro, al menos para un par de días (¿para qué? De todos modos, algún día moriremos), no encontraba el sentido de hacer obras en casa o ir a cortar mi cabello. Incluso tomar una ducha me parecía un procedimiento no tan necesario.

Tuve que aprender a querer vivir. Forzosamente. Mi terapeuta y yo creamos una lista para un día, para un mes, para tres años. Dibujaba los gráficos y los planes. Asimismo, aprendía a controlar mis pensamientos negativos. Es complicado y, a veces, muy doloroso.

3. Confía en una persona con un título de médico

Es mejor confiar en un especialista con educación médica, ya que un doctor puede analizar las causas de una enfermedad y recetar un tratamiento adecuado. La depresión es multidimensional: a veces, las hormonas tienen altibajos. En otras ocasiones, le hace falta serotonina al cerebro. Y, en otros casos, todo sucede por acontecimientos traumáticos. Un doctor te ayudará a desentrañar ese laberinto y abordar el problema de forma íntegra.

Debes saber que, al momento de tener ataques de pánico o depresión, es necesario acudir a una revisión médica. Lo mínimo que debes hacer es un electrocardiograma, revisión de un neurólogo, endocrinólogo y también rayos X. Es sorprendente darse cuenta de que algunas enfermedades se ocultan bajo la depresión, ya que mientras estás conversando con un psicoterapeuta, tu estado puede empeorar.

4. Las demás personas no te comprenderán

La mayoría de las personas a mi alrededor pensaba que todo mi sufrimiento ocurrió debido a la ociosidad. La depresión solo la padecen las personas vagas que no tienen nada que hacer en esta vida. “Tómate un té con menta, duerme, cómprate un par de zapatos nuevos y la depresión pasará”, decían mis conocidos.

Qué bueno que no les hice caso. La vida no me traía alegría, me daba miedo levantarme por la mañana, aparecieron ataques pánicos... ¿por no hacer nada? Era poco probable. En general, estoy cuidado de dos hijos y trabajo. ¿De qué ociosidad se podía hablar? Así entendí algo: para reconocer una debilidad, se tiene que ser muy valiente. Para comenzar un tratamiento, necesitas cien veces más valentía. No hay que hacerles caso a las demás personas, y mucho automedicarse.

5. Todo es muy lento

Algunos consejos de los doctores sinceramente parecen insensatos. Un especialista puede proponerte llevar un diario, crear un plan de acciones por tres años a futuro o dibujar algo. “Pero ¿cómo esto me puede ayudar? Mejor recéteme unos medicamentos y me iré a casa”, pensaba yo.

El truco consiste en que eso funciona, pero discretamente. A la mañana siguiente, e incluso después de una semana, no me sentía mejor. Percibí el efecto después de unos meses. Incluso pienso que mi doctor tampoco sabía precisamente si el tratamiento funcionaría al 100 por ciento.

6. Los malos ratos son parte del tratamiento

A veces me siento peor. “¿Cómo puede ser? Acudo al doctor, sigo sus recomendaciones al pie de la letra y aún no tengo ganas de reír...”, pensaba yo. Con el comienzo de la terapia ocurren reveses. Pienso que es algo normal. Los grandes asuntos no se solucionan en un par de días, y aquí estamos hablando de salud mental. Es necesario tener paciencia y perseverancia.

7. El doctor no te registrará

El psicoterapeuta no te registra. Frecuentemente, las personas tienen miedo de acudir al psiquiatra debido al temor de que los anoten en una lista de enfermos mentales, lo cual les quitaría el derecho de conducir un automóvil y haría que en el trabajo dejaran escrito en sus fichas que tienen problemas mentales.

Es una confusión. Acudía a citas con el psicoterapeuta en mi clínica local y no necesitaba documentos que identificaran mi persona. Mientras no corras por las calles vestido de pájaro y ataques a las personas, nadie te registrará.

8. Conocerte a ti mismo puede ser desagradable

La psicoterapia es la oportunidad de conocerte a ti mismo de forma más cercana, algo que puede ser un poco desagradable. Averigüé que en mi depresión había un montón de ira y agresión. Estaba enojada con mi esposo, que murió y me dejó sola con nuestros hijos. Estaba enfadada con las mujeres que tenían maridos y con los niños que tenían padres. ¡Porque era la persona más infeliz en el mundo y nadie podría comprenderme!

9. La depresión puede regresar, y lo más seguro es que eso ocurra

Dicen que no existen los exalcohólicos y exdrogadictos. Lo mismo sucede con la depresión y los ataques de pánico: pueden volver. El psicoterapeuta no es un hada madrina, no me transformó en otra persona, pero me dio herramientas y destrezas para superar mi estado.

Es imposible convertirse en un superhumano, el cual nunca se entristece ni tiene problemas mentales. Pero se puede aprender a vivir en nuestro propio mundo, aceptando nuestras rarezas y controlando nuestra mente de forma independiente si es necesario.

10. A veces, el sentido del humor ayuda

No se puede “coronar” la depresión. Sí, la depresión es una enfermedad y se tiene que curar. Solamente no tienes que dejar que capture tu vida. Por ejemplo, cuando tienes un resfriado, toda tu existencia no solo consiste en ponerte gotas para la nariz y hacerte infusiones de manzanilla, ¿verdad? Aquí sucede lo mismo. Existen un trastorno contra el cual se está luchando. El doctor despejará tu cerebro, no te desesperes.

El sentido del humor me ayudó. A veces creía que estaba volviéndome loca, pero pensaba: “Bien, tal vez esté loca y me envíen al manicomio. Pero así descansaré de la limpieza, el lavado de ropa y las juntas de padres en la escuela”. En ocasiones, el sarcasmo contigo mismo ayuda.

En lugar de conclusión

Hace 6 años acudí al psicoterapeuta y no me arrepiento de nada. Sus consejos me ayudaron a salir de una complicada situación y a no caer en la desesperación. Mi experiencia resultó ser positiva, por lo que, a todos mis conocidos que tienen problemas de depresión, ansiedad y otros trastornos, les aconsejo acudir con un profesional.

Es sorprendente cómo muchas personas toleran tal incomodidad debido al temor de parecer “locas”. Y algunas en general le temen al psicoterapeuta ya que piensan que este doctor les pondrá una camisa de fuerza y les inyectará medicinas extrañas.

¡No tengas miedo de buscar ayuda y cuídate!

¿Qué opinas sobre el tabú que existe a la hora de visitar a un psicoterapeuta? Comparte tus pensamientos con nosotros en la sección de comentarios a continuación.

Imagen de portada Mike Bird / Pexels
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