“Me hace falta un descanso”. Un texto sobre por qué cada mujer debe tener un respiro, o de lo contrario habrá problemas

Cada una de nosotras tiene mucho que hacer. Trabajo, limpieza, comida, lavandería, compras. Lavar los pisos, ayudar con los deberes escolares, planchar y guardar. Pasillos, alféizares, armarios. Esta faena sin fin continúa día tras día, mes tras mes, año tras año.

En algún momento, la fatiga empieza a transmutarse en irritabilidad, fastidio, tics nerviosos en ambos ojos. Los “frenos” empiezan a fallarle solo a la dulce guardiana del hogar, pero las consecuencias las sufrirán todos a su alrededor: marido, hijos y hasta las mascotas.

Mi madre solía salvarse de esto leyendo libros. A pesar de la pila de ropa sucia, el polvo acumulado en los muebles y los platos en el fregadero, se tumbaba en el sofá con un libro. Todos los días pasaba al menos 40 minutos inmersa en Chéjov o en algún escritor japonés con un nombre impronunciable. Afirmaba que todo no se puede, y que era crucial alimentar el espíritu de cosas bellas. La literatura se combinaba con las mascarillas faciales de manzana y el consumo de caramelos.

Una amiga mía ve películas todos los viernes. Se mete debajo de la manta y se regala dos horas de felicidad. Sin correos electrónicos, sin informes, sin limpieza del refrigerador. Solo ella, la penumbra y lo mejor del cine mundial.

Mi suegra, en sus momentos de “agotamiento”, va al parque y observa la vida de los pajarillos. Escucha el “piu-piu” y bebe té de un termo. Una colega acude religiosamente al baño de sauna. Y otra amiga hace bordados con forma de panda.

A una compañera de clase le diagnosticaron el otro día un trastorno obsesivo-compulsivo. Me llamó llorando y confesó que al principio tenía una sensación de desasosiego, luego empezó a volver a casa como diez veces solo para comprobar si la puerta estaba cerrada, y ahora oye voces. Uno de ellos insiste en dar un paseo por el tejado.

— ¿Cuántos años llevas sin tomar vacaciones?

— Ocho. Al principio fue por los niños, las reparaciones en casa, y otras cosas. Con el tiempo me olvidé de cómo descansar. Me educaron con el lema: “La noche no es un obstáculo para el trabajo”. Recuerdo que, cuando me daba pereza tocar el trombón, mi madre me ponía en la cara un póster en el que apenas se mostraba el amanecer y una mujer trabajadora ya estaba golpeando la ventana de alguien haciendo señas con el dedo en dirección a un campo sin arar. Y aquí estoy, “arando” sin parar.

“A mí también me hace falta un descanso”, así que tuve que profundizar en el tema. Resulta que el respiro ideal para una mujer es un día de completa relajación. Nada de selecciones de ropa, lavados a mano de prendas delicadas, cambios de toallas y limpiezas de piso. Todo lo que se necesita es un libro, una película y un helado. Siestas, contemplación de una nube en el cielo. Té y dulces de chocolate. Otra película como Planeta libre. Café con magdalenas. Una elegante novela de amor en un bello libro de tapa dura. Una porción de pastel. Dormitar una vez más. Sonreír un poco. Soñar con un vestido nuevo. Contemplar la penumbra y las sombras que revolotean por la habitación. Tumbarse de costado. Un largo bostezo.

Dicen que hay que practicar para lograr tal relajación. Primero no haces nada durante 15 minutos, luego 30. Entonces por ahí llegas hasta 24 horas. El “escenario” parece tentador en teoría, pero no sé cómo llevarlo a la práctica.

Genial.guru publica este texto con el permiso de la autora, Iryna Govorukha.

¿Cuánto tiempo diario sueles otorgarle al descanso? ¿Estás de acuerdo con la autora de este texto? Cuéntanos en los comentarios qué piensas al respecto.

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