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Una psicóloga contó cómo les enseñamos a los niños a traicionarse a sí mismos. Y esta verdad es una bofetada en la cara

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Al hablar con los niños pequeños, muchas veces no somos conscientes de cómo nuestras palabras pueden afectarlos. Y nuestra influencia suele ser mucho mayor de lo que imaginamos. Por eso es tan importante sopesar con cuidado nuestras acciones y palabras cuando tratamos con nuestros hijos, hermanos, sobrinos o nietos.

Genial.guru comparte contigo un texto de la psicóloga Larisa Vertysheva en el que pone en evidencia este difícil e importante asunto.

Estoy sentada en un café. En la mesa de al lado hay una familia: un papá, que parece tener unos 35 años, su hijo de 4 o 5 y la abuela, aparentemente, la mamá de este papá. Toman té con bollos, los adultos hablan de algo.

El niño quiere tomar su té, pero está muy caliente. Intenta varias veces tomar un sorbo, pero no puede. Abandona los intentos y se vuelve hacia los adultos: “Está muy caliente”. Ellos no lo escuchan o no le prestan atención. El chico intenta de nuevo, más alto: “Está muy caliente”. La abuela se vuelve hacia él y le dice con irritación: “¡No está nada caliente, no inventes!”.

El papá toca la taza, intenta hacer algo, pero la abuela lo distrae con una pregunta, y él vuelve a entablar conversación con ella, dejando a su hijo solo con su problema. El niño una vez más intenta llamar la atención. La abuela responde, ya con rabia en la voz: “¡Basta! ¡Bébelo! ¡Caliente! No está nada caliente, bebe, que ya nos tenemos que ir”. Y se vuelve hacia el papá. El niño, después de una pequeña vacilación, como puede, soplando el té ocasionalmente, lo bebe, intercalándolo con bocados del bollo. Finalmente se levantan y caminan hacia la salida. En el camino, la abuela reprende a su nieto: “Si te comportas así, la próxima vez no te llevaremos a ningún lado con nosotros”.

No sé tú, pero yo quería pegarle a esa abuela. Solo en mi mente, claro. Pasemos al niño: ¿qué aprendió en esta situación?

  • Que sus problemas no son importantes y que él mismo tampoco lo es.

  • Que no puedes hablar de tus problemas en voz alta.

  • Que no puedes pedir ayuda: te regañarán o te ignorarán. Y, en cualquier caso, la situación solo empeorará.

  • Que no puedes confiar en tus propios sentimientos y sensaciones. Otros saben mejor qué puedes sentir y percibir en una circunstancia determinada.

  • Que los seres queridos pueden darte la espalda solo porque dijiste que te sientes mal (en este caso, que te quemas).

  • Que papá no intercederá y no te protegerá.

  • Que papá es más débil que la abuela. Porque no intercedió y no te protegió. Más tarde, esta proyección recaerá sobre los hombres y las mujeres en general y sobre él mismo en primer lugar.

La lista continúa, pero creo que esto es suficiente para horrorizarse. Toda la situación duró unos 10 minutos, pero muy probablemente se repite en la casa, con distintas variantes, en la comunicación entre los miembros de esta familia. Unas pocas docenas de repeticiones y las lecciones se aprenden para toda la vida.

Todos hemos crecido escuchando algo como esto todo el tiempo. Somos el producto de esa “educación”. No nos escuchamos a nosotros mismos, no confiamos en nosotros mismos, nos enfocamos en los demás y llevamos nuestras necesidades a un rincón alejado. ¿Cómo puede ser diferente? Así.

Cuando me siento mal en alguna situación, en contacto con algo o alguien, solo significa una cosa: me siento mal. Estos son mis sentimientos y me guío por ellos, confío en ellos. Y estoy obligada a protegerme por cualquier medio. Es un acto de amor por mí misma. No tengo que pensar POR QUÉ alguien me está haciendo mal, ponerme en sus zapatos, entenderlo. No tengo que reflexionar sobre si tuvo una infancia difícil, si tiene algún trauma que ahora lo hace comportarse así con la gente. Que esa persona piense en sí misma no es mi responsabilidad, eso es seguro.

La capacidad de protegerse, de definir los límites, es muy propicia para el crecimiento de la autoestima. Y al lograr tener respeto por uno mismo, se pueden desarrollar otras habilidades. Por ejemplo, la capacidad de ver una situación a través de los ojos de otra persona, comprender sus motivos, no enojarse en respuesta, aceptarla como es y perdonar. O no perdonar. Y solo después de atravesar este camino, puedes encontrar una fruta mágica: una absoluta y saludable indiferencia.

Insúltame, y me encogeré de hombros y pensaré: “¡Vaya, las cosas que pasan!”. Y después de esto vendrá la aceptación de las personas tal como son. Y una comprensión profunda de que todos en nuestras almas somos niños y niñas a quienes los adultos alguna vez enseñaron a traicionarse a sí mismos. Y a todos todavía nos duele. Y por lo tanto, no es necesario multiplicar este dolor respondiendo al mal con el mal.

Desde la niñez nos enseñaron a no confiar en nuestros sentimientos, nos dijeron: “No puedes sentirte así, está mal”. Y crecimos sin poder a veces ni siquiera reconocer estos sentimientos. ¿Mostrarle a alguien tu “malestar”? ¡Dios no lo quiera! Siempre escucharás como respuesta: “¡Tú te lo buscaste!”. Por lo tanto, primero debes restaurar este daño en particular, aprender a confiar en tus sentimientos, presentarlos al mundo y hablar sobre ellos. No, no ante todos, sino de forma selectiva. Ante aquellos que son capaces de comprender y de no reírse en respuesta. Luego, perfecciona la capacidad de establecer límites y de defenderlos. Si es necesario, “con armas en las manos”, agresivamente.

Al principio será agresivo. Luego vendrá todo lo demás. No funcionará en otro orden. Es por eso que los adeptos de diferentes tradiciones orientales que claman por la calma y el amor universal, detrás de sus sonrisas tensas y del deseo de mostrar a todos su “iluminación”, tienen los ojos inundados de tanto dolor. Se perdieron las dos primeras etapas, decidieron tomar al toro por los cuernos y saltaron directamente a la tercera. Pero no funcionará en una secuencia diferente.

¿Qué cosas que te dijeron de pequeño te afectan hasta el día de hoy?

Imagen de portada icsilviu / Pixabay
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